Lo que circula por los medios

30 de noviembre de 2008

El armado de un fracaso



Newsweek
Argentina
La tentación del fracaso

Lamento argentino: De la euforia al desaliento, sin escalas.

26-11-2008 / Científicos, psicólogos, economistas, escritores y sociólogos explican el insólito coqueteo argentino con el abismo.

Por Matías Loewy

Cuando, en febrero pasado, el abogado italiano Natale Rigano se hizo cargo de la dirección general de Iveco Argentina, la empresa del grupo Fiat que fabrica camiones en Córdoba, esperaba seguir cosechando mieles antes que tener que enfrentar sobresaltos. En pocos años, su compañía había trepado del cuarto al segundo lugar en participación en el mercado local, crecía a un ritmo sostenido de 15 por ciento anual, acababa de incorporar a 400 empleados y para fines de 2008 proyectaba duplicar su récord de producción y exportación a 20.000 unidades terminadas.
Pero el conflicto del campo primero, y el estallido de la crisis financiera global después, trastocaron sus planes. Las ventas se desaceleraron, y a mediados de octubre la empresa decidió cesantear a 350 trabajadores eventuales, recortó horas extras y suspendió a sus operarios. “Estamos en medio de un ciclón que afecta al mundo”, justificó Rigano. Esta semana, la Unión Industrial Argentina coincidió en la queja y reclamó medidas para recuperar la competitividad (el Gobierno respondió anunciando la creación de un Ministerio de la Producción, incentivos fiscales para la contratación de nuevos empleados y un megaplan de obras públicas).

Para el italiano Rigano, pasar del paraíso al infierno en menos de 10 meses puede haber sido inesperado. En la Argentina, en cambio, las crisis están imbricadas en la cultura popular y se viven casi como un destino, un horizonte con el sino contrariado de los retornos eternos.

Es cierto que algunas políticas del Gobierno no han ayudado a mejorar el clima. Pero ¿cuánto influye en esta percepción de cuesta abajo el temperamento argentino, que, a lo largo de la historia, demostró desarrollar una admirable capacidad para viajar sin escalas de la euforia a la desesperanza y cultivar impulsos de autodestrucción? El país puede estar condenado al éxito, como sentenciaba Eduardo Duhalde, pero pareciera mejor programado para echar a rodar lamentos y coquetear con el abismo. Mientras Barack Obama convocaba al cambio con un “Yes, We Can” (“Sí, podemos”), a los argentinos nos cuesta imaginar un futuro posible.

El periodista Orlando Barone lo decía el último viernes en Radio Continental: “Paremos de armar tanto escándalo argentino. Dolerse antes de que llegue el dolor sólo aumenta el sufrimiento. Llorar antes de que se justifiquen las lágrimas nos resta lágrimas si después llegan a ser necesarias. Lo que más gracia causa es ver desparramar la desgracia a tantos agraciados. (…) Quienes más cacarean con la crisis no son los que podrían morirse de hambre, sino los que tiene que suprimir el caviar”.

Distintos retratos de la idiosincrasia argentina identifican esos rasgos. Raúl Scalabrini Ortiz sostenía que somos, sin términos medios, apáticos o apasionados. Y Jorge Lanata nos define básicamente como "exagerados". La tendencia a los extremos y la aversión a la "normalidad" parecen ser rasgos acentuados de nuestra personalidad, coincide Facundo Manes, director médico de INECO y del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro. "Nos gusta pensarnos como aquellos que más sufrimos o el pueblo que más disfruta", asegura el neurólogo, para quien Argentina es como un paciente con disfunción del lóbulo frontal: piensa en lo inmediato, pero nunca en el largo plazo.

En el año 2005, cuando el país llevaba dos años de fuerte recuperación económica después del colapso de 2001, un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) había confirmado que las expectativas positivas de los argentinos sobre el futuro inmediato seguían en alza desde mediados de 2002. El documento sugería que estaban dadas las condiciones para que terminaran de una vez y para siempre los ciclos recurrentes de ilusión y desencanto. La socióloga Liliana De Riz, profesora de la UBA y directora de la investigación, sospechaba que estábamos viviendo un momento histórico, una oportunidad única para cambiar creencias arraigadas del tipo “estamos mejor pero ya se va a pudrir todo”.

Pecó de optimismo. “La realidad otra vez se encargó de mostrarnos que vivimos en el puro presente y el futuro es incertidumbre”, admite hoy De Riz. Argentina puede tener un sistema financiero robusto y casi US$ 50.000 millones de reserva en las arcas del Banco Central. El país puede estar relativamente aislado de los mercados financieros y aparecer más protegido de los coletazos de la crisis global. Pero la visión del porvenir no se relaciona sólo con la evaluación fría de las variables. Las últimas mediciones del Índice General de Expectativas Económicas de la UCA, por ejemplo, alcanzaron su valor mínimo histórico desde que comenzaron los registros, hace 57 meses. Y ocho de cada diez argentinos creen que las esquirlas del estallido originado en Wall Street van a impactar de manera considerable en la marcha de la economía local, abonando el terreno para las profecías autocumplidas.
El propio ministro de Economía, Carlos Fernández, admitió este lunes que el país “no va a crecer a tasas tan altas” en 2009 como las que se vieron desde 2003.
Para intentar entender nuestra psiquis profunda, el economista Pablo Fajfar eligió un enfoque innovador. Profesor de Teoría de Juegos e investigador del Centro de Investigación en Métodos Cuantitativos Aplicados a la Economía de la UBA, Fajfar tiene al menos dos particularidades: a los 37 años no usa teléfono celular y es uno de los escasísimos argentinos que estudia en modelos experimentales el rol de las variables psicológicas en la toma de decisiones económicas.

Para su última investigación, que acaba de presentar en la XLIII Reunión Anual de la Asociación Argentina de Economía Política, Fajfar reclutó a 115 estudiantes universitarios y les hizo, a cada uno, 34 preguntas de un test estandarizado. Cada respuesta acertada se pagaba 50 centavos, aunque el participante no sabía de inmediato el resultado. Al final de la prueba, los estudiantes debían estimar su desempeño y decidir luego de manera más o menos conservadora cómo invertir el dinero acumulado.

Las conclusiones fueron sorprendentes. Los participantes mostraron una fuerte tendencia a mostrarse menos confiados en su performance cuando sabían que el resultado de la prueba les sería dado poco tiempo después. “Es como si quisieran evitar la desilusión de sobreestimar su rendimiento, como si eso les pudiera provocar una herida narcisista”, desliza Fajfar, para quien los resultados bien podrían extrapolarse a la población general.

- Newsweek: ¿El temor a la “herida narcisista” puede ser un rasgo más marcado entre los argentinos que en otras sociedades?

- Fajfar: Es una hipótesis posible, y, de hecho, el año que viene voy a hacer estudios en Brasil y Colombia para confirmarlo. ¿Se acuerda el chiste de que “a un argentino hay que comprarlo por lo que vale y venderlo por lo que él cree que vale”? Pareciera que nos sentimos mejor teniendo expectativas negativas cuando corremos el riesgo de que conocer los resultados de nuestras decisiones nos frustre.


La psicoanalista Natacha Gurman, quien colaboró con la investigación de Fajfar, enumera algunos atributos (o defectos) de la identidad argentina que se fueron construyendo a través del tiempo: la fascinación por lo que ofrece la mirada en detrimento del pensamiento y la palabra, la búsqueda de satisfacción inmediata, la acentuación al extremo del individualismo y el exitismo, la pulsión de muerte y la tendencia a la autodestrucción, entre otros.
El economista y periodista Enrique Szewach, ex profesor de Política Económica en la UBA y autor de la “La eterna novela argentina. Historia de un suicidio” (a la que define como una metáfora del país) señala que “en nuestra sociedad parece predominar una extraña vocación por el fracaso, casi un regocijo cotidiano en torno a lo que se hace mal”. Pero Szewach arriesga otra hipótesis más utilitaria para explicar por qué el argentino puede llegar a disfrutar de los contextos de crisis: “Como muchos tienen ahorros en dólares en el exterior, y las crisis suelen terminar en devaluaciones, a la larga saben que van a ganar plata”.

No es que la Argentina sea el único país donde la dimensión psicológica influye en las crisis. Los expertos saben que los estados de ánimo colectivos determinan o contribuyen al origen, la propagación y la finalización de las crisis, en una especie de círculo de retroalimentación.
El economista argentino Rafael Di Tella, un profesor de la Universidad de Harvard que investiga (entre otros temas) el rol de las creencias y emociones en la organización económica, destaca que las desviaciones psicológicas precedieron la crisis en Estados Unidos. “Había un exceso de optimismo: la gente pensaba que la suba de los precios (de las propiedades) iba a ser para siempre”, dice Di Tella.

Por otra parte, se desarrollaron productos financieros sofisticados que tenían aspectos muy difíciles de entender, incluso para los mismos operadores “que no tenían idea de lo que hacían y no se animaban a confesarlo”, puntualiza Di Tella. La combinación del miedo al ridículo, los incentivos corruptos y la falta de regulación terminó por prender la mecha: así llegaron el sucesivo colapso de la burbuja inmobiliaria, la crisis de las hipotecas de riesgo o “subprime” y su repercusión en el sistema financiero internacional. Alemania y Japón entraron técnicamente en recesión, Estados Unidos anunció este martes que su PBI cayó 0,5 por ciento en el tercer trimestre y el Banco Mundial ajustó sus pronósticos, vaticinando que el crecimiento económico mundial se desacelerará a sólo 1% en 2009, un tercio del anterior estimado. La primera reacción del Gobierno de Kichner había sido muy “argentina”, evidenciando cierto regodeo por el derrumbe en los países donde se habían generado tantas recetas de ajuste. Pero después la crisis comenzó a golpear las propias puertas.

La otra dimensión psicológica que aplasta o desestabiliza la economía es la sensación de incertidumbre. “Como dijo Keynes: la incertidumbre es el problema central de cualquier crisis”, afirma Martín Tetaz, economista del Centro de Estudios Laborales y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata. “Es peor no saber que conocer un dato, aunque sea negativo”.

Una de las consecuencias de la incertidumbre y la falta de información es el miedo, lo que propicia una “mentalidad de manada”: las personas dejan de confiar en la lógica o sus razonamientos y empiezan a reproducir el comportamiento de los otros. No es de extrañar. Los neurobiólogos saben ahora que los circuitos cerebrales del temor evolucionaron antes y tienen primacía anatómica y funcional sobre los de la percepción conciente. Hay buenas razones para eso: cualquier ancestro humano que hubiera carecido de una buena respuesta al temor (y escapara, por ejemplo, ante el ruido amenazador de malezas) se habría convertido rápidamente en comida de carnívoro y no hubiera dejado descendencia.

El resultado evolutivo es que el miedo suele gobernar la razón cuando la amígdala (la estructura del cerebro que alerta sobre los riesgos) interrumpe los circuitos del razonamiento. Y también existen neurotransmisores que controlan tanto el miedo como el placer. En un plano más general, las emociones juegan un rol sobre la toma de decisiones mucho mayor que el que asumen muchos modelos económicos. O los profetas de la City.

¿Es injustificado el miedo de la sociedad argentina? Di Tella piensa que no, y lo atribuye a las “decisiones absurdas” del Gobierno, como el “manotazo confiscador” a las AFJP. “Cuando uno está en una jaula encerrado con un gorila que tomó cuatro tequilas, ¿el pánico es o no real?”, desafía.

Por otra parte, la naturaleza del argentino puede imprimir matices a lo que se consideran patrones universales de respuesta. “Frente a contextos de incertidumbre, las personas pueden arriesgar o retraerse. Aunque no hay evidencias, mi sensación es que el argentino se frena más que en otros países”, apunta Ernesto Weissman, profesor de Toma de Decisiones en la Facultad de Ciencias Económicas (UBA) y director de la consultora Tandem.

En el otoño de la gestión de Alfonsín, su ministro de Economía Juan Carlos Pugliese habló con el corazón y le respondieron con el bolsillo. Y uno detrás de otro, todos los Gobiernos han despotricado en distintos momentos de su gestión contra los considerados “pronósticos agoreros” (desde el dólar a 9 pesos hasta cifras de inflación que triplicaban la real). En la práctica, los economistas que anticipan escenarios más adversos cobran más y son más requeridos para dar sus charlas en empresas que aquellos que adoptan posiciones más favorables, como si de esa forma lograran satisfacer el hambre argentino de crisis.

El problema es que hablan de lo que no pueden saber. Los expertos coinciden en que las respuestas de los mercados y, en general, cualquier decisión económica involucra no sólo un deseo racional de maximizar ganancias sino también emociones y otras variables que van desde el ego hasta los niveles de hormonas. Es un proceso donde participan tantas variables subjetivas que, en los hechos, se torna imposible realizar predicciones macroeconómicas confiables. En todo caso, los pronósticos funcionan bien en situaciones de normalidad pero fracasan en sus momentos de quiebre, como en las crisis.

“Un buen porcentaje de las explicaciones y previsiones políticas y económicas es una sucesión de tonterías llenas de fatuidad”, denuncia el matemático John Allen Paulos. Coincide Nassim Nicholas Taleb, autor del bestseller “El cisne negro”, quien recomienda no confiar en las predicciones de los economistas: venden “espejitos de colores” y casi siempre se pierden los grandes acontecimientos, acusa. “Decir que uno está ciego sería un poco más honesto”, grafica Pablo Mira, docente de Macroeconomía II de la UBA.

Las dificultades para hacer pronósticos no impiden, sin embargo, vislumbrar estrategias para cambiar las expectativas en el corto plazo y sobrellevar la seducción fatal por la crisis, tan acendrada que ha naturalizado la destrucción del adversario como una herramienta sistemática de construcción política (ver columna “Objetivo: destruir”). Para Francisco Ingouville, Máster en Negociación de la Universidad de Harvard y coordinador del taller “Crisis Mundial. ¡Al toro por las astas!”, realizado la semana pasada en la Universidad de San Andrés, los “fileteados tangueros” de la personalidad argentina se pueden contrarrestar con un política activa de motivación, capacitación y estímulo para evitar riesgos y aprovechar las oportunidades.

El economista platense Tetaz, quien cursa una maestría en psicología cognitiva en la UBA, toma lecciones del diván. Y cuenta que uno de los roles de la terapia es permitir al sujeto experimentar respecto de su trauma en condiciones de seguridad. Por ejemplo, si alguien tiene fobia a la araña, se le puede mostrar una foto en el consultorio. “La función del Gobierno tiene que ser poner esa red de seguridad”, propone, keynesiano.

Lo que resulta más difícil de enfrentar y tratar es esa díada argentina que vincula al temor y el deseo: el miedo al abismo y la tentación de alcanzarlo. El último consuelo es que, cuando existe una amenaza persistente que no se concreta, como el riesgo de colapso, la amígdala se “desactiva” y la lógica vuelve a imperar. “El pesimismo de la gente tiene límites”, sostiene Tetaz. “Las crisis empiezan a terminarse cuando alguien se da cuenta de que hay oportunidades y se llena de plata”. El problema es que cuando terminan, para un país tan acostumbrado a convivir con ellas, es como si estuviera faltando algo. n

http://www.elargentino.com/nota-16518-La-tentacion-del-fracaso.html
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