Lo que circula por los medios

4 de diciembre de 2008

SIGNOS Y LECCIONES DE LA ECONOMIA....


Jueves, 04 de Diciembre de 2008

Domingo, 30 de Noviembre de 2008


A río revuelto



Por Roberto Navarro


En septiembre y octubre, los dos meses en los que la crisis financiera internacional destruyó activos por cientos de miles de millones de dólares en el mundo, los bancos privados que operan en el sistema local obtuvieron la más alta rentabilidad del año. Mientras la industria, la construcción y el resto de los servicios ya mostraban importantes signos de desaceleración, la banca privada ganó 1847 millones de pesos en los últimos dos meses, casi el triple de lo que había obtenido en el resto del año. El principal factor que determinó estos resultados fue la fuerte suba en la tasa de interés que las entidades cobran por sus préstamos.

Bancos de primera línea, como el Santander Río, el Francés y el Standard Bank llegaron a cobrar tasas de más de un 80 por ciento anual por girar en descubierto en cuentas corrientes y del 75 por ciento por financiar compras con tarjeta de crédito. Los bancos argumentan que para retener a sus clientes tuvieron que subir la tasa de interés que pagan por los plazos fijos. Pero el incremento de la tasa que pagan por ese fondeo fue del 8 por ciento para el promedio del sistema y el de la tasa que cobran por sus préstamos subió al 30 por ciento promedio. En el mes en curso, ambas tasas bajaron levemente, pero la relación entre ellas es similar. La disparada de las tasas, que perjudica el sistema productivo, fue convalidada por el Banco Central cobrando por pases a un día un interés de hasta el 35 por ciento.

El Standard Bank, una de las entidades financieras más grandes del mundo, pagó en octubre un promedio del 18 por ciento de interés a los depositantes de plazos fijos, seis puntos más de lo registrado hasta agosto. Para sus préstamos personales pasó de cobrar un 38 por ciento de costo financiero total (CFT), tasa que incluye los gastos, a un 70 por ciento en octubre, 32 puntos más. Del total de la tasa, la mitad es interés puro, lo que se denomina tasa nominal anual (TNA); el resto lo cobra como gastos de gestión, comisión de otorgamiento y de administración, seguro de vida, IVA sobre intereses y sobre comisiones. La misma entidad cobra por un préstamo prendario a cinco años un 26,9 por ciento de TNA y un 58 por ciento de CFT. Es decir, que, aun teniendo el vehículo como garantía, en un crédito a tres años obliga a devolver más de tres veces el monto del préstamo.

Según datos del Banco Central, en octubre los bancos tuvieron un costo de captación promedio del 15 por ciento y lo prestaron a un promedio del 49 por ciento. Es decir que ganaron 34 puntos por la intermediación. En otros términos, ganaron más de un 200 por ciento sobre el capital de sus depositantes.

El extraordinario incremento de la rentabilidad obtenido mediante el aumento de las tasas de interés que cobran por sus créditos pueden conseguirlo gracias a la alta concentración del sistema financiero. A comienzos de los ‘90 operaban casi 200 entidades financieras, hoy sólo quedan 85. Y las primeras doce manejan el 73 por ciento de los depósitos y el 77 por ciento de los préstamos. Por otra parte, el Banco Central, lejos de desalentar la fuerte transferencia de recursos desde el sistema productivo y los clientes particulares hacia la banca, lo impulsó. Durante octubre, los bancos que necesitaron asistencia del Central con préstamos a un día llegaron a pagar la tasa Badlar multiplicada por 1,35.

La banca pública (Nación y Provincia) maneja el 35 por ciento de los depósitos del sistema financiero y el 25 por ciento de los préstamos al sector privado. Pero en septiembre y octubre, los dos meses de mayor rentabilidad del sistema, sólo se quedaron con el 4 por ciento de las utilidades. El Nación, por caso, sólo subió la tasa de créditos a las pymes de 12 a 14 por ciento anual. La diferencia de conducta del mayor banco público del país –no sólo frente a los efectos de la crisis financiera internacional, sino también en los meses en que el conflicto con el campo disparó las tasas de los bancos privados en la primera parte del año– derivó en que los préstamos al sector privado del Banco Nación crecieran un 41 por ciento en lo que va de 2008, contra un 19 por ciento de promedio del sistema. Más fuerte aún fue la diferencia que se generó en el mercado de créditos hipotecarios, en los que el Nación ya acapara un tercio del total de préstamos.

La crema del negocio de los bancos son las tarjetas de crédito. En los últimos doce meses, el saldo de los clientes con los bancos por intermedio del plástico creció un 58 por ciento, muy por arriba del crecimiento del stock total de préstamos del sistema, que fue del 41 por ciento. La deuda de los consumidores a las entidades por saldos en tarjeta ascendió al 31 de octubre a 13.649 millones de pesos. El costo financiero total de la financiación por tarjeta de crédito es uno de los más altos del sistema y tiene enormes variaciones entre distintos bancos, aunque se trate de la misma tarjeta, por ejemplo, Visa. En mayo, la Visa del Standard Bank cobró un CFT del 73,2 por ciento y la del Río, un 55,9 por ciento. Estos costos varían mes a mes, sin previo aviso.

El rubro de menor crecimiento entre los préstamos a familias es el de los créditos hipotecarios, que aumentó un 37 por ciento en un año. De los 2500 millones de pesos que se otorgaron en los últimos doce meses, 1700 millones los prestó el Banco Nación y 550 millones, el resto de la banca pública –la mayor parte el Provincia de Buenos Aires– y el Credicoop. Esto refleja un corrimiento de los bancos privados hacia los nichos de negocios más rentables. El CFT del Banco Nación, el Provincia de Buenos Aires y el banco cooperativo es, en promedio, la mitad del de los bancos privados.

El Banco Francés, aún hoy, ofrece sus créditos hipotecarios al 25 por ciento de interés nominal anual, 10 puntos por encima del que cobraba hace tres meses. Además, cobra gastos de gestión, de tasación, de hipoteca, de otorgamiento, de administración, más comisión por administración, seguro de incendio, seguro de vida, impuestos internos sobre los seguros e IVA sobre todos los gastos. Así, el CFT llega al 38,5 por ciento. Tomando en cuenta que la relación del precio de las propiedades respecto del salario obliga a la mayoría de los potenciales clientes a elegir el máximo plazo posible –el Francés ofrece 10 años–, el precio final del préstamo se multiplica por cinco. El Santander Río cobra un 34 por ciento de costo financiero total en sus créditos hipotecarios, lo que lo convierte en el segundo más caro entre los doce líderes del sistema.

La fuerte suba de las tasas desalienta el pedido de nuevos créditos de empresas y personas. Por eso prefieren utilizar el descubierto en cuenta corriente o, en el caso de los particulares, endeudarse con la tarjeta de crédito. En ambos casos lo hacen porque de esta manera esperan pagar intereses sólo por el plazo que les resulte imprescindible. Pero las tasas de estos pasivos llegaron al 80 por ciento en bancos de primera línea y hasta el 120 por ciento en entidades de menor rango y financieras. El problema no es sólo de los pequeños clientes. En el mercado trascendieron operaciones de call a grandes compañías, como el laboratorio Roemmers, que pagaron hasta un 40 por ciento de interés a anual por un préstamo a un día.

Con la estrategia de concentrarse en los negocios más rentables y seguir subiendo el costo del dinero, los bancos están consiguiendo utilidades impensables hace pocos años, cuando el sistema estuvo a punto de colapsar. La mayor parte de sus ingresos los consiguen mediante la diferencia que cobran por sus préstamos con respecto a lo que pagan por fondearse (spread), fundamentalmente, por la tasa que pagan por los plazos fijos. El Banco Macro, la entidad privada que más creció en los últimos dos años, pasó de obtener 312 millones de pesos por diferencia de tasas en junio a 475 millones en septiembre. A otro nivel, el Banco Supervielle incrementó sus ingresos por spread de tasas de 14 millones de pesos en junio a 36 millones en septiembre. Así, cuando el resto de los sectores de la economía ve caer su rentabilidad rápidamente, los bancos están aprovechando la crisis para obtener ganancias extraordinarias.

IMPACTO EN EL SECTOR PRODUCTIVO Y EN ESPECIAL EN LAS PYMES
Suben la tasa y dan menos créditos
La fuerte suba de la tasa de interés que implementaron los bancos privados en los últimos dos meses perjudica al sector productivo en general y a las pymes en particular. En la Argentina sólo el 13 por ciento de la economía se mueve a crédito; el resto se paga al contado. Es obvio que si las empresas dispusieran de más crédito crecerían más, con su consecuente correlato para la economía. Pero el problema no es sólo la escasez de financiamiento bancario. Además, los préstamos de los bancos privados apuntan cada vez más a las familias y menos a las empresas. En octubre de 2006, el 60 por ciento del monto total de préstamos del sistema estaba destinado al sector productivo y el 40 por ciento al rubro familiar. En la actualidad, sólo el 53 por ciento del stock lo tienen las empresas y el 47 por ciento las familias, un sector de menor riesgo y mayor rentabilidad.

Además de haber sufrido una caída en la participación del crédito que brinda el sistema, las empresas fueron corridas hacia préstamos de menor plazo y mayor costo. El 55 por ciento de los créditos se canaliza a través de la línea de documentos, fundamentalmente cambio de cheques. El stock de créditos de esta línea llegó a 36.600 millones de pesos el 31 de octubre último. En ese mes, las grandes empresas pagaron hasta un 35 por ciento de interés por canjear cheques y las pymes hasta el 60 por ciento. El segundo rubro es el de adelantos en cuenta corriente, que participa en el 25 por ciento del total de préstamos a empresas. Los giros en descubierto pagaron en promedio durante el mes pasado un 55 por ciento de interés anual. Y las pymes llegaron a pagar un 80 por ciento.

Aunque el stock de préstamos del sistema financiero viene creciendo desde hace 56 meses, el destinado a pymes cayó tres puntos porcentuales entre junio y octubre. Ese retroceso se dio a pesar de que los préstamos pyme de la banca pública siguieron creciendo a un promedio del 5 por ciento mensual. Por otra parte, dentro de los créditos considerados de la línea de pequeñas y medianas empresas, los bancos privados se concentran en los estratos más altos, los créditos de entre 2,5 y 5 millones de pesos y la banca pública en los de menos de 500 mil pesos. En este sector, entre el los bancos Nación y Provincia de Buenos Aires acaparan el 48 por ciento del total de los préstamos del sistema. Mientras en el segmento de créditos más altos sólo participan en el 14 por ciento del total.

Las pymes suman el 95 por ciento del total de las empresas del país y brindan el 80 por ciento de los puestos laborales, pero a fines del mes pasado sólo recibían el 26 por ciento del total del crédito otorgado por el sistema financiero formal. En los últimos doce meses, la situación empeoró. Los créditos pymes de los bancos privados crecieron un 14 por ciento y el de préstamos menores a 500 mil pesos un 9 por ciento. Ambos porcentajes son menores a la inflación real. Es decir que el stock de préstamos de la banca privada hacia las empresas más pequeñas cayó en términos reales. Parte de esa caída fue cubierta por el Banco Nación, que en el último año incrementó un 65 por ciento su saldo de créditos pyme y un 92 por ciento los préstamos de menor monto. También, en menor medida, fue suplantado por la banca cooperativa, que aumentó su stock de préstamos hacia las pymes en un 30,5 por ciento en los últimos doce meses.

La retracción de la banca privada en el segmento de préstamos a pymes es una estrategia de las compañías financieras. A partir de junio, el peor momento del conflicto agropecuario, los gerentes de las sucursales recibieron la orden de disminuir la oferta de créditos destinada a las empresas más chicas. Francisco Dos Reis, titular de Apyme, la cámara que agrupa a las pequeñas empresas, señaló a Cash que “desde mitad de año los empresarios son llamados por los bancos para que reduzcan o, directamente, cancelen sus descubiertos en cuenta corriente. También se les disminuye el monto pactado para canje de cheques”.




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Domingo, 30 de Noviembre de 2008

AGRO > IMPACTO DE LA CRISIS EN EL SECTOR AGROPECUARIO

Precios y cantidades
La inestabilidad financiera internacional alteró la ecuación económica de los productores del campo.




Por Claudio Scaletta

La crisis financiera internacional, al derrumbar los precios de los commodities agropecuarios, puso en primer plano uno de los problemas “ocultos” del auge exportador del agro de los años recientes. Buena parte del aumento de las exportaciones derivó del efecto precios y no de las mayores cantidades enviadas al exterior. La explicación es conocida, pero vale la pena repetirla para interpretar su reversión. La burbuja de precios en los mercados inmobiliarios llevó a una desconfianza en el dólar y al vuelco de los recursos que salían de posiciones en la divisa estadounidense hacia los mercados de commodities y a terceras monedas, como el euro. El dólar se depreció. El aumento del crudo apuntaló la política del Banco Central Europeo de valorizar el euro para facilitar el pago de las importaciones petroleras. La gran paradoja, explicada entre otras razones en el complejo entramado financiero internacional, en el que por ejemplo economías muy fuertes como la China poseen grandes reservas en dólares, fue que frente a los temores de recesión mundial disparados por la crisis en el centro, los fondos especulativos comenzaron a salir de los commodities para refugiarse en el dólar. Desde entonces, el proceso al que asistió el mundo fue el despeje del componente especulativo del precio de los commodities, aunque no es desechable la teoría del péndulo para algunas sobrerreacciones, como el desplome del crudo en torno de los 50 dólares.

El resultado es que el retroceso de precios de la economía mundial no parece apto para cardíacos. Si en medio de la remota discusión por las retenciones móviles alguien hubiese pronosticado que el debate se volvería estéril porque a fin de año la soja costaría menos de la mitad, su sanidad mental hubiese sido puesta en tela de juicio. Hoy sólo queda la nostalgia de cuando se discutía por la abundancia.

Para colmo, los últimos datos del Intercambio Comercial comenzaron a mostrar que el desincentivo de precios también llegó a las cantidades: el último mes, el volumen exportado de commodities agrícolas cayó un 27 por ciento en relación con octubre de 2007. Lo notable es que el componente especulativo aún no se despejó del todo, porque en octubre los precios todavía se mantenían el 39 por ciento por encima de un año antes.

Siempre en términos interanuales, las ventas de semillas y frutos oleaginosos mostraron una caída del 22 por ciento en volumen. Las Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA) lo hicieron el 16 por ciento.

Muchas fueron las explicaciones del efecto de la crisis financiera de los países centrales en la economía argentina. Seguramente muchas serán las que vendrán, pero hay pocas dudas de que los sectores más beneficiados por el efecto precios en años recientes serán ahora los más afectados. Es posible que el perpetuo lamento sectorial se base, por primera vez desde la salida de la convertibilidad, en datos reales. El giro, inesperado en el sector hasta hace muy poco, significa también un cambio en la relación de fuerzas en la puja con el Gobierno, del que el agro necesitará en 2009.

jaius@yahoo.com




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Jueves, 04 de Diciembre de 2008
Domingo, 30 de Noviembre de 2008
ENFOQUE
La lección más dura




Por Robert Reich *

¿Para qué escribir un texto propio si otro lo explica tan bien? Para nosotros, que nos sentimos plenamente interpretados en la nota que sigue, ya resulta interesante traducirla y ponerla en circulación. El INTI entiende necesario conocer este artículo sobre la crisis global, de Robert Reich, profesor universitario norteamericano que fue por algunos años secretario de Trabajo del gobierno de Bill Clinton (E.M.M.).

A raíz del colapso del sistema bancario, los políticos y los periodistas están buscando hacia atrás todas las señales de alerta que desatendieron: la súbita popularidad de las hipotecas con poca garantía, el aumento de los instrumentos de deuda securitizada, el grave fracaso de las agencias de calificación de crédito. Pero tal vez, en lugar de las causas más inmediatas, deberíamos haber prestado atención a una luz roja mucho más básica: la inequidad.

Las maquinaciones financieras específicas que condujeron al colapso son siempre diferentes, pero la inequidad a los niveles alcanzados en Estados Unidos en 2006 (último año para el cual hay datos) es una señal nítida de peligro. El 1 por ciento más rico de los estadounidenses se llevó a casa el año pasado el 23 por ciento del ingreso nacional. En 1980, el 1 por ciento más rico se llevó el 8 por ciento del ingreso total. La última vez que el 1 por ciento superior se llevó más del 20 por ciento del ingreso fue en 1928, un año antes de la Gran Crisis.

No estoy pronosticando otra depresión, pero los paralelos entre lo que sucede ahora y lo que sucedió hace 80 años son sorprendentes. En la década del ‘20, la riqueza y el ingreso comenzaron a concentrarse en la cúpula por un número de razones: una enorme conglomeración de la industria, que recompensó con largueza a ciertos inversores y ejecutivos; la emergencia de Wall Street como impulsor de la economía, a medida que la nación se deslizaba hacia el financiamiento a través de deuda, generando grandes ganancias para los financistas; y la creciente globalización, que ponía grandes sumas de dinero en las manos de aquellos que comandaban la cima del comercio internacional.

¿Cuál fue la respuesta del gobierno a esta creciente concentración del ingreso? El presidente Calvin Coolidge bajó los impuestos a los que ganaban mayores sumas. Al mismo tiempo implementó políticas antisindicales, que redujeron el poder de negociación de los obreros de las industrias y los servicios, lo que derivó en menores salarios para ellos. La única manera que la mayoría de los ciudadanos pudo mantener su porción de la torta fue endeudarse cada vez más. Entre 1913 y 1928, la relación entre la deuda de particulares y la economía nacional total casi se duplicó.

Ese nivel de deuda no se podía sostener. El colapso comenzó con la Gran Crisis, pero continuó durante una docena de años. ¿Por qué? Cuando la gente no pudo seguir financiando su deuda, no pudo seguir comprando en el mismo nivel los bienes y servicios ofrecidos por las fábricas y las oficinas. El resultado inmediato fueron los despidos masivos, dejando a los ciudadanos con aun menos dinero. El resultado de largo plazo fue una depresión económica prolongada.
Los responsables de la política económica han aprendido mucho desde la Depresión. Cuando la economía se cae, la Reserva Federal puede expandir la oferta monetaria y luego bajar las tasas de interés, permitiendo que los consumidores y las empresas tomen préstamos más baratos. El Congreso y el presidente pueden reducir los impuestos y aumentar el gasto para compensar el bache temporario de la demanda privada.

Pero los episodios recientes al aparecer la ruptura de las burbujas de crédito y de valores inmobiliarios sugieren que podemos no haber aprendido tanto como pensábamos. Lo más importante: no hemos absorbido la lección que señala que el aumento de la inequidad es una amenaza para la economía.

Muchos economistas sostienen que los esfuerzos para contrarrestar el aumento de la inequidad son potencialmente dañinos para el crecimiento económico. En el extremo están las políticas sostenidas por Ronald Reagan, George Bush y John McCain, en que se postulan grandes reducciones impositivas para los ricos, sobre el supuesto de que los ricos usarán sus dólares extra para invertir en fábricas, máquinas e invenciones, todo lo cual promoverá el crecimiento. Esta visión ignora dos hechos básicos.

Primero, el capital es global. Hay dos formas de atraerlo. Una, hacer que los salarios sean tan bajos, las regulaciones tan mínimas y los impuestos tan pequeños que el capital global consiga un alto retorno, a consecuencia de que las cosas se han hecho tan baratas. Otra, tener una fuerza de trabajo tan productiva, una infraestructura tan moderna y un sistema de investigación tan avanzado, que el capital global obtenga un alto retorno a consecuencia de que las cosas se pueden hacer muy bien. Sólo la última estrategia puede asegurar al pueblo de una nación tener un alto nivel de vida, pero esto requiere inversiones públicas sustanciales. Y mucho de esa inversión –especialmente en educación, cuidado de la salud, transporte y saneamiento ambiental– debe ser orientada a una ancha clase media y a aquellos que están por debajo de ella. No es simplemente una razón de justicia social. Es un tema de prosperidad diseminada y de crecimiento.

Segundo, los ricos no gastan ni cercanamente la misma proporción de sus ingresos que los ciudadanos de medios más modestos. Después de todo, ser rico significa que ya se tiene más de lo que se necesita. Por lo tanto, una reducción de impuestos a los ricos no genera tanta demanda de bienes y servicios como lo hace una reducción impositiva para el trabajador medio. Un salario mínimo más alto y una mayor compensación impositiva para los que menos ganan estimularán más el gasto que los beneficios orientados a los ricos. No es una cuestión de justicia social. Es buena administración económica.

El problema económico actual nos confirma que hay menos trueque entre crecimiento y justicia social de lo que podríamos haber supuesto. Entre las muchas lecciones que la Gran Depresión nos enseñó, ésta parece ser la más dura de aprender. Estamos pagando el precio por eso.


* Publicado en American Prospect.Traducción al castellano de Enrique M.
Martínezpresidencia@inti.gov.ar



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