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17 de febrero de 2009

Las cadenas que la patria no rompió


El lector del acto
Las cadenas que la patria no rompió
Por Mex Urtizberea
Para LA NACION

Viernes 25 de mayo de 2007 Publicado en edición impresa


Permítame el lector este recuerdo. El acto por el 25 de mayo acababa de comenzar para todos los chicos de la primaria que estábamos en el salón, junto a padres y docentes.

El telón se abrió y una nena disfrazada de Patria subió al escenario. Llevaba una túnica blanca, un gorro frigio y las muñecas encadenadas. De inmediato, adiviné el truco: dos pedazos de cadenas, una en cada mano, atadas en el medio por un hilo.

Ubicados también en el escenario, podía verse a distintos representantes del pueblo (una mazamorrera, un criollo, un mulato, una lavandera, un hombre con una pluma en la mano y un libro bajo el brazo). La nena disfrazada de Patria se acercaba a cada uno de ellos para preguntarles qué soñaban, y todos contestaban lo mismo: queremos ser libres.

Una vez terminada la ronda de consultas, la Patria se paró en el centro del escenario, abrió sus brazos para romper las cadenas que le ataban las manos y gritó: somos libres.

Pero entonces ocurrió lo inesperado.

Lo que no tenía que suceder.

Ocurrió que las cadenas no se rompieron.

La nena vestida de Patria tironeó de nuevo.

Y nada.

El silencio del salón era absoluto, salvo por algunas risitas que empezaron a oírse, aisladas, y después no tan aisladas, de alumnos y padres.

La nena vestida de Patria estaba cada vez más colorada por la fuerza que hacía para romper las cadenas, más la vergüenza, supongo.

Y no se rompían.

Ninguno de los representantes del pueblo que estaban sobre el escenario atinó a ayudarla, desconcertados ellos también porque el truco hubiera fallado, y sin voluntad, tampoco, para acercarse y formar parte del papelón. Creo incluso recordar que el de la pluma se tapó la cara con el libro. Y que la mazamorrera se evadió del asunto contando sus mazamorras.

Allí estaba la Patria, tironeando de sus cadenas, sola, ante las miradas mitad piadosas, mitad burlonas del público.

Allí estaba, sin poderlas romper.

Sola, en el centro del escenario, no sé si duró un minuto, o un siglo.

La directora desde un costado gritó telón.

Y el telón se cerró, dejando como último recuerdo a la Patria encadenada.

Después se supo, por rumores, lo que había pasado: la maestra encargada de atar los dos pedacitos de cadena con un hilo, distraída con todos los preparativos del acto, no había usado hilo sino un alambre. Para nuestra Patria tan niña, con su fuerza de corta edad, un alambre era imposible de romper.

No supe mucho más. No sé tampoco, no lo recuerdo, si fui de los que se rieron o de los que sintieron piedad. Incluso, a veces me pregunto si no habré sido el de la pluma que se tapó la cara con el libro, o la mazamorrera que se evadió del asunto contando sus mazamorras.

Han pasado cerca de cuarenta años de ese acto del 25 de mayo, y pronto habrán pasado doscientos años de aquel 25 de mayo de 1810, y tengo aún la sensación de que detrás del telón hay una Patria en soledad esperando que se le dé una mano.

Por Mex Urtizberea

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=911447

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