Lo que circula por los medios

5 de abril de 2009

La SRA y los abucheos a Alfonsín


2 de abril de 2009

Alfonsin discurso en La Rural



http://www.youtube.com/watch?v=c6rCuq8aKZ0

Domingo, 5 de Abril de 2009

OPINION

Por Sandra Russo

La SRA y los abucheos a Alfonsín
Desde su asunción, en 1983, Raúl Alfonsín no faltó nunca a la inauguración de la Exposición Rural. Lo explicó así de sencillo, esta misma semana, en un reportaje de Radio Provincia, el propio Guillermo Alchourron, presidente de la Sociedad Rural en 1988, cuando el presidente fue salvajemente abucheado, y él respondió a los gritos, con una frase, entre tantas, de contenido contundente: “Es una actitud fascista no escuchar al orador”. Alchourron, rememorando ahora que el tape fue desenterrado hasta el momento exclusivamente por Canal 7, explicó así por qué el presidente Alfonsín nunca faltó a la cita: “Era un amigo de la casa”.

En cierto modo era cierto, tan cierto como habría podido decirse que algunos prominentes miembros de la SRA eran simpatizantes del gobierno radical. El propio Alchourron llegaría más tarde al Congreso con esa filiación. El secretario de Agricultura de Alfonsín, Ernesto Figueras, era miembro de la SRA. Sin embargo, sin que tiemble la voz de Alchourron cuando explica esa tarde humillante que el presidente Alfonsín vivió en la exposición, cuando intenta transmitir la lógica penosa de aquella tarde, indica: “Siempre tuvimos muy buen diálogo con Alfonsín. Pero bueno, dictó esa medida, y la situación de él había debilitado, hacía unos meses había perdido las elecciones en la provincia de Buenos Aires, en fin. La oposición ya estaba muy presente. Los peronistas, los ucedé...”. Así de sencillo, como que lo soltaron.

Retenciones había habido muchas veces, incluso durante la dictadura militar, oportunidad en la cual la SRA emitió un comunicado aceptándolas “en beneficio del país”. Cuando en 1987 el gobierno democrático las repone, aparecieron en los diarios declaraciones de los más importantes dirigentes de Carbap, por ejemplo, diciendo que evidenciaban “un socialismo trasnochado”. La CRA hasta diagnosticaba que lo que tenía la Argentina por delante era “la disolución a corto plazo o la restauración nacional”.

Ese malestar se prolongó durante todo un año. Unos días antes de la Exposición Rural de 1988, según el propio Alchourron, el ministro Sourrouille lo había convocado para anunciarle un desdoblamiento cambiario para las exportaciones agropecuarias. Ese dato corrió como pólvora, y esa tarde, cuando el secretario de Agricultura, Figueras, quiso hablar ante las tribunas repletas de Palermo, la silbatina se lo impidió. Alfonsín se paró ante el micrófono y la silbatina se sostuvo, aunque se dejaban escuchar también algunos “Alfonsín, Alfonsín” de barras radicales que habían ido porque el clima estaba espeso.

“Parece que algunos comportamientos no se consustancian con la democracia. Porque es una actitud fascista no escuchar al orador.” Aquí debe parar de hablar, porque los abucheos no amainan. “No creo que sean productores agropecuarios los que tienen este comportamiento. Son los que muertos de miedo se han quedado en silencio cuando acá vinieron a hablar en representación de la dictadura, y son también los que se han equivocado y han aplaudido a quienes han venido a destruir la producción agraria argentina. No son los productores agropecuarios. No coincido con usted, señor presidente –le dijo el Presidente al presidente de la SRA, Guillermo Alchourron–, en que se han cambiado las reglas de juego.” Esa era la demanda retórica del momento: las reglas de juego.

Parecido el predio de la Rural, aquella tarde de 1988, a un Coliseo donde el ánimo del público inclina el dedo del emperador hacia arriba o abajo, los silbidos contribuyeron a sellar la suerte de un gobierno “amigo de la casa”.



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OPINION
Por Norma Giarracca *

Memorias subjetivas y fragmentadas
Los homenajes al ex presidente Raúl Alfonsín pusieron de manifiesto lo que los sociólogos que trabajamos con entrevistas a los actores sociales conocemos bien: la memoria del pasado, por más reciente que sea, es subjetiva y fragmentada. Todavía más si, como dice José Natanson en Página/12 del 3 de abril, esa memoria está condicionada por situaciones parciales que los medios de comunicación se empeñan en mostrar durante horas y horas. Así, el primer gobierno democrático de 1983 se convirtió en “lo mejor del siglo” y Alfonsín en un estadista que “le quedaba demasiado grande al país”.

Como el mismo Natanson u Osvaldo Bayer (también en Página/12, el 2 de abril) mostraron muy bien, se pueden recordar otros aspectos del primer gobierno de la democracia que, en todo caso, podrían completar el recorte que hicieron los medios con la ayuda de los miembros del partido radical. Me sorprendí cuando volví a ver en la pantalla de televisión –presentados bajo el manto impoluto de Alfonsín– a quienes decidían vida y obra de la Universidad de Buenos Aires, vía llamadas telefónicas de aquel rector que ocupó 16 años ese cargo y consideró que la universidad era de su partido. Sentí una ofensa a mi propia memoria cuando, de la mano del muerto, todos los radicales se convertían en “gente honesta que entraban y salían del gobierno con lo puesto”. ¿Es necesario recordar que el modelo neoliberal que comenzó a implementarse con la dictadura y siguió con el gobierno de Alfonsín tiene como elementos inherentes tanto la concentración y polarización social como la corrupción? Por supuesto, a medida que el modelo se fue perfeccionando en el país con el gobierno “menemista”, todo esto aumentó exponencialmente. Pero, en democracia, todo comenzó con el gobierno de Alfonsín y podría no haber sido así.

No obstante estas críticas, existen dos espacios de gestión del gobierno de Alfonsín que deseo rescatar, la gestión científica y la política agraria. El primer caso fue, a mi juicio, una política consciente y premeditada por el presidente. Eligió personalmente a un hombre para esa secretaría que portaba todos los legados de la mejor tradición científica del país, Manuel Sadovsky. Fueron él y los equipos que lo rodearon quienes intentaron sanear la corrupción que había dejado la dictadura. Asimismo, el Conicet incorporó no sólo a los prescindidos de 1976, sino a todos aquellos que demostraron haber renunciado por miedos o exilios. La concepción de la relación entre ciencia, tecnología y economía de gran parte del equipo Sadovsky distaba mucho de esa otra basada en relaciones de convenios con las grandes corporaciones económicas que luego se convertiría en “política de Estado” en el área de ciencia y de las universidades (con peronistas y radicales universitarios).

En relación con el sector agrario, no fue una política consciente ni premeditada sino que las transformaciones del neoliberalismo entraban con mucha lentitud al sector. Sin embargo, hubo algunos funcionarios radicales o socialistas que defendieron el papel del Estado en la agricultura (el caso de Jorge Elustondo) o promovieron políticas en otras áreas que favorecían a los pequeños y medianos productores del sector.

Es importante recordar que Alfonsín no fue silbado por la Sociedad Rural Argentina porque previamente había consensuado con ella: lo fue porque, desde el comienzo de su gestión, las corporaciones agrarias (lo que un semanario de la época denominó “la patota ganadera”) clamaban por una liberalización de la economía que conseguirían de la mano de la dupla Menem-Cavallo. No es mi memoria la que marca este pequeño error, sino mi conocimiento basado en los trabajos de investigación en el área de los estudios agrarios y rurales que llevé a cabo en esos años. En el período radical se trató de no aplicar una política neoliberal a ultranza en el sector agrario. No obstante, la situación se complicó mucho por los bajos precios internacionales de los cereales, la inflación que carcomía el mercado interno y la suerte de los chacareros pampeanos y pequeños productores de las regiones extrapampeanas estaba echada. Luego, Carlos Menem, Domingo Cavallo y Felipe Solá introducirían sin contemplaciones ni dudas el neoliberalismo en formato de “agronegocio”, y se expandiría lo que hoy tanto nos preocupa. En síntesis, tanto los cientistas sociales como los hombres/mujeres serios de los medios de prensa (con todos sus archivos a disposición) debemos hacer el esfuerzo por ayudar a recordar a las poblaciones nuestro pasado reciente, con blancos, negros y todos los tonos de grises posibles. Cuando la memoria se “subjetiviza” demasiado, están los archivos periodísticos y los trabajos de investigación.

* Profesora de Sociología Rural e investigadora en el Instituto Gino Germani (UBA).

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OPINION
Por Ernesto Semán

Comienzo y final del Liberalismo Populista

Decir que Raúl Alfonsín es “sinónimo de la restauración democrática” hace poco homenaje a la proeza de su proyecto y escamotea una mirada sobre los límites de su gobierno. La apuesta que en 1983 le dio a quien parecía un abogado promedio de la política bonaerense el lugar de un estadista central en América latina fue mucho más ambiciosa que ganar una elección. Muy pocos tenían en ese entonces la intuición de que consolidar las instituciones sólo sería posible tratando de reconciliar las tradiciones liberales y populistas de la política argentina, un esfuerzo único en el que Alfonsín gastó todas sus energías, que marcó la década del ’80 como algo mucho más rico y tenso que la “década perdida” que se describió después, y que hoy parece aplastado bajo diversas formas de honrar a quien recién ahora no tiene chances de responder.

Frente a la obviedad de reconocer que el juicio a las juntas militares fue un punto de inflexión histórico que pocos imaginaban posible, cabe preguntarse hoy qué es lo que ese juicio dejaba atrás. Para Alfonsín, la dictadura era “apenas” el fondo inmediato y trágico detrás del cual se alineaba una infinita lista de fracasos. Como Perón con la Década Infame cuarenta años antes, el lider radical se montó sobre ese drama reciente para construir un corte con la historia nacional y encarar un nuevo comienzo. En su caso, la suerte de “liberalismo populista” que intentó en el ’83 fue el proyecto político más novedoso de la Argentina de entonces, fruto de la intuición del ex presidente de que la clave para consolidar la democracia pasaba por reconciliar tradiciones políticas que desde 1912 se habían mostrado por completo incompatibles: un liberalismo que se definía como excluyente y un populismo que había garantizado la inclusión social en oposición a éste.

En el ’43, consciente del quiebre que había significado la Década Infame, Perón construyó su movimiento no sólo barriendo con las tradiciones populares precedentes, sino denunciando la idea de ciudadanía liberal como un mecanismo de opresión y asociando su ascenso a una ciudadanía social que garantizaba una mayor igualdad en la que se cifraba la libertad efectiva. En el ‘83, el quiebre estaba marcado por el terrorismo de Estado, y la reivindicación de la ciudadanía adquiría entonces una fuerza más poderosa. De su intuición y convicción cívica, junto con el acto más pragmático de preguntarse cómo ganarle una elección al peronismo en la Argentina, Alfonsín emergió con una idea de ciudadanía social en la que no eran los sindicatos sino las instituciones del Estado liberal las que garantizarían la justicia social que hasta entonces el populismo debía buscar contra éstas. El slogan de campaña “con la democracia se come, se cura y se educa” fue la mejor combinación imaginable de ambas tradiciones, y está en la base del enorme arrastre que tuvo el alfonsinismo: no tanto por ofrecer mejoras en la calidad de vida, algo en lo que el peronismo podría tener mucho más prédica, sino en articular esas demandas como un proyecto emancipador.

Y si por cierto la consigna no expresa los resultados de aquel gobierno, sí representa los conflictos de la época, y hoy la machacosa referencia a la capacidad de diálogo del ex presidente oscurece las bases confrontativas y el contenido económico y social sobre las que lo imaginó. De una lectura de cualquier diario de la época surge lo evidente: junto a la restauración de los derechos humanos, los controles de precios y las políticas sociales fueron las políticas públicas con las que el alfonsinismo se armó para dirimir la dicotomía entre el pueblo argentino y sus enemigos, con la figura paternal del presidente al frente de un Estado que debía garantizar el éxito del primero.

Para incorporar en clave liberal la amenaza herética del pueblo contra sus enemigos, Alfonsín desplazaba el conflicto y el consenso hacia terrenos imaginarios, en donde el acuerdo no matara al poder populista, y en donde la demanda populista irreductible no cerrara todas las puertas al acuerdo. En sus concesiones y peleas más memorables, siempre inventaba un “más allá” en el que pudiera justificarse un horizonte de consenso. Podía conciliar con Rico, pero sólo separándolo de un presunto “verdadero” enemigo militar al que seguía combatiendo, inventando que, en realidad, se trataba de un ex combatiente que no buscaba limitar la autoridad del pueblo. O podía confrontar con el sector agropecuario con las fuerzas que le quedaban, pero sólo a condición de pintarlo como falsos ruralistas, dejando la puerta abierta a que los “verdaderos” fueran siempre conciliables. El “no creo que sean productores agropecuarios” del ’88 creaba de forma implícita el “héroe de Malvinas” del año anterior: la convivencia simultánea del irreconciliable enemigo del pueblo con alguna forma, real o imaginaria, de contraparte con la que el acuerdo fuera posible. En sostener esa tensión, Alfonsín invirtió buena parte de su capital político, y el poderoso esquema que impuso comenzó a reconfigurar la política argentina. Le garantizó a la UCR una vida que antes y después todos daban por acabada y, más importante aún, le proveyó a la renovación peronista del libreto básico para reescribir su propia tradición.

A Alfonsín no le faltó fuerza, ni capacidad de confrontación, ni imaginación para hacer de esa lucha un modelo sustentable. Alfonsín falló en un elemento clave sobre el que se monta el atractivo populista y que Perón sí logró tener de su lado, y es que la entrega de resultados efectivos y tangibles se haga parte de su cultura política. Como bien señala Sidicaro, los límites de ese poder creativo estaban en que la Argentina ya no tenía Estado y que el desgaste de quien lo encabezara estaría en relación directa al tamaño de la apuesta. Y Alfonsín había apostado en grande, pero su proyecto se hundió en la brecha abierta entre la apuesta y sus posibilidades.

Que Enrique Nosiglia encabezara las ceremonias de esta semana quizá sobreexpone los límites de aquel proyecto. Nosiglia fue un funcionario político de los ’80 que integró el liderazgo de la Junta Coordinadora Nacional. Sobre ella se montó la idea del “Tercer Movimiento Histórico,” la expresión más acabada del liberalismo populista que Alfonsín llegó a imaginar. Basta revisar los diarios de la época para ver el horror que provocaba en aquellos en quienes debía provocarlo. En la Coordinadora convivían jóvenes dirigentes que aportaban sus dosis (módicas o abundantes) de las cualidades que se apreciaban en aquel entonces: saberes técnicos, destreza en las instituciones ejecutivas y legislativas, preocupación por el armado de estructuras territoriales y, sobre todo, la vocación por la argumentación pública y la construcción de voluntad política. Nosiglia carecía de todas esas virtudes, y su carisma se construía “en oposición” a ellas, como el hombre capaz de enmendar en la oscuridad de los salones ocultos aquello que la política pública no lograba resolver. Era quien venía a decirles a los hombres de la política y a los hombres de Estado que la política y el Estado estaban en retirada. No es que antes no hubiera habido operadores políticos, sino que el atractivo que generaba su figura en los ’80 expresaba en verdad los límites del proyecto para el que servía, y anticipaba el espacio público degradado de la década siguiente.

Pero la foto de esos límites está lejos de ser una historia completa. En un país de desigualdades crecientes que al Estado le quedaban cada vez más grandes, la mayor contribución del alfonsinismo fue asegurar que la normativa democrática quedara legítimamente atada a la cuestión social, aun si en tratar de asegurar ese vínculo se cerraban las puertas de su propio éxito.

En parte, lo limitado de aquella transformación se ve en las versiones más patéticas de las tradiciones liberales y populistas que reemergen hoy en la política. La formulación más completa de las distintas versiones del liberalismo argentino y sus enormes limitaciones puede leerse en los lamentos progresistas por la violencia piquetera, volcados desde las páginas del diario que mayor continuidad evoca con la violencia del terrorismo de Estado. Y el funcionario Jaime, diciendo que el 28 de junio próximo se elige “entre un modelo de inclusión social o un modelo de la oligarquía”, muestra el oxímoron de un populismo que no confronta. En verdad, las formas con las que tanto el Gobierno como Carrió o Cobos asumen los viejos ropajes populistas y republicanos desatiende por completo las dinámicas sociales y las políticas públicas sobre las que en verdad se paran. Lo irreal de sus proclamas es, en verdad, el lado menos dañino. Lo peor es lo real de las mismas, la renuncia a poner la creatividad al servicio de inventar nuevas tradiciones políticas que movilicen fuerzas de cambio, como Perón o Alfonsín lo hicieron en su momento con suerte diversa. La decisión de perpetuar los alineamientos establecidos es un acto regresivo en sí mismo, aun (o mucho más) si se hace en nombre del progresismo, porque reproduce un statu quo que ya está más que maduro para pasar a retiro, y condena a la sociedad a elegir entre distintas versiones de la muerte política. Disfrazados del rescate de viejas tradiciones, los llamados a luchar contra la oligarquía o a salvar la república son un reflejo conservador como pocos, negarse la posibilidad de parir algo nuevo, y en ese mismo acto, negárselo al país. Una de las renuncias que Alfonsín, literalmente a cualquier costo, se negó a hacer.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-122667-2009-04-05.html


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Felipe Sola


Domingo, 5 de Abril de 2009

EL PAIS

El predador



Por Horacio Verbitsky

Las ironías del ministro de Justicia, Aníbal Fernández, quien lo rebautizó Felipe II, le preocupan menos que los informes acerca de su larga gestión como Secretario de Agricultura y Pesca durante el gobierno de Carlos Menem, entre 1989 y 1991 y desde 1993 hasta 1998. Solá está interesado en recuperar fotocopias de las causas iniciadas en la justicia federal de Mar del Plata por la sobrepesca de merluza y calamar, que puso en riesgo de extinción los principales recursos pesqueros del país. Las denuncias fueron formuladas por el capitán de ultramar Roberto V. Maturana, quien citó informes de la Auditoría General de la Nación, de la Procuración del Tesoro y de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Todos fueron consultados para esta nota, salvo el de la UBA, que fue destruido. Desde 1999 la principal especie capturada en el mar argentino, la merluza hubbsi fue declarada en emergencia nacional debido a la sobrepesca, que redujo la biomasa a niveles críticos y con tendencia decreciente. La otra especie auditada es el calamar illex, para la que tampoco existen “planes de manejo a largo plazo” y cuya extracción se multiplicó por seis. Esta fue la consecuencia de una década de advertencias desoídas del Instituto Nacional de Desarrollo Pesquero (Inidep). Pese a que las leyes lo prohibían se permitió que los buques que cedían un permiso siguieran pescando en vez de darse de baja, se transfirieron permisos de buques pequeños a otros de gran porte, se hicieron pasar por pesqueros buques congeladores. La merma del recurso fue tan salvaje que en 1996 se capturaron 600.000 toneladas de merluza y en 2000 fue preciso imponer un cupo máximo de 35.000. Solá se disculpó ante el periodista Vicente Muleiro, quien el 9 de abril de 2000 publicó en Clarín una investigación titulada “Saqueo en alta mar”. “El único que hace un acto de contrición soy yo. La pesca, hasta 1997 fue manejada con el criterio del crecimiento. Toda la economía apuntaba a la competitividad y el eje eran los propios empresarios. Había que ayudarlos a exportar, a renovar la flota. Pero en el 95-96 me encuentro con el problema de la sobrepesca y, entre varios errores, cometí el mayor: no denunciar la situación porque no tenía ley de pesca y no podía parar ningún barco ni a toda la pesca porque generaba un caos social. No tuve la visión de que ése era el momento de cambiarlo todo”. En la misma nota el entonces responsable de la Oficina Anticorrupción, Manuel Garrido dice que Solá y los funcionarios de pesca a sus órdenes deben ser investigados. El precio secreto de esos permisos oscilaba entre 150.000 y 600.000 dólares. Solá también autorizó la introducción en la Argentina de la soja transgénica de Monsanto y el plaguicida que la acompaña, el glifosato. El avance de ese paquete tecnológico amenaza la soberanía alimentaria del país, afecta la calidad de los suelos y ha provocado graves problemas de salud a las poblaciones fumigadas con el agrotóxico que la transnacional estadounidense comercializa con la marca Roundup. La Argentina fue el segundo país del mundo en autorizar la soja RR (por resistente al Roundup), luego de Estados Unidos, en tiempo record y sin otras pruebas que las realizadas por la propia empresa. En su impresionante libro de investigación El mundo según Monsanto, que en un año ya se publicó en trece idiomas, la periodista francesa Marie Monique Robin describe la combinación de amenazas y sobornos con los que Monsanto avanza sus negocios a escala planetaria y menciona los ejemplos de Canadá e Indonesia, donde la transnacional pagó a funcionarios para la introducción de su hormona del crecimiento y su algodón transgénicos. Un dato que incluso algunos calificados investigadores desconocen es que el principal impulsor de la autorización de la soja RR y el glifosato fue el ingeniero Héctor H. Huergo, a quien Solá designó como director del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, INTA, donde permaneció entre febrero y noviembre de 1994. Su esposa de entonces, Silvia Mercado fue la agente de prensa de Solá. El ingeniero agrónonomo e historiador Alberto Lapolla, quien renunció como responsable agrario de Proyecto Sur cuando Claudio Lozano votó en la Cámara de Diputados en contra de las retenciones, como reclamaba la Sociedad Rural, fue compañero de facultad de Huergo. Allí ambos conocieron a Solá, que era unos años menor. Lapolla recuerda que por entonces, Huergo era el dirigente estudiantil del Partido Obrero Revolucionario Posadista. Luego se acercó al frigerismo y en vez de escribir en Voz Planetaria, que era el órgano oficial del POR, ingresó a Clarín, donde desde 1971 dirige el Suplemento Rural. Huergo también preside la Asociación Argentina de Biocombustibles, tiene una consultora en agronegocios y fue el introductor en el país del modelo norteamericano de las ferias abiertas, que Clarín y La Nación aplican en la empresa conjunta Expoagro. Lapolla agrega que durante el gobierno de Alfonsín, Cavallo propuso desde la Fundación Mediterránea “volver al modelo agroexportador que tuvo la Argentina en el pasado”. Cavallo lo llamó “agro petropower” y otro compañero de Huergo y Solá, Héctor Ordóñez, “una Argentina verde y competitiva” que implicaba dejar de lado el proceso de industrialización. El ingeniero agrónomo Luis Polotto, quien militó con Solá en la agrupación estudiantil Cimarrón, cuenta que al asumir con Menem, Solá convocó a varios ex compañeros y les preguntó quiénes estaban dispuesto a acompañarlo para hacer “lo contrario a lo que siempre dijimos”. Polotto trabajaba en esos años en la Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente Humano, la cual propuso investigar los efectos que podría tener la introducción de la soja transgénica. Pero Agricultura y el INTA respondieron que era un tema de su competencia, la secretaria María Julia Alsogaray no insistió y Solá firmó el permiso. Lo hizo en dos resoluciones notablemente escuetas. La 115, del 14 de marzo de 1996, estableció el método de solicitud de autorizaciones para “la experimentación o liberación de la semilla de soja transgénica”. La 167, del 3 de abril de 1996, autorizó a producir y comercializar la semilla y los productos y subproductos de la soja “tolerante al herbicida glifosato”. Ese mismo año, Huergo creó el canal Rural de televisión por cable. Jorge Rulli, quien era titular de la Comisión Nacional de Diversidad Biológica dependiente de la Secretaría de Agricultura le reprochó a Huergo que violara los pactos firmados por la Argentina sobre biodiversidad. Huergo le contestó que se había quedado en el pasado: “Hoy la biodiversidad se hace en los laboratorios”. Para Lapolla las autorizaciones deberían emanar del Ministerio de Salud, ya que es imposible obviar los efectos de los transgénicos sobre el ecosistema, sobre la selección natural y sobre otras especies, como la maleza, que no pueden evaluarse en un par de años y sin una investigación multidisciplinaria, compleja y cara. “Ya entonces Huergo era un empleado de Monsanto. Desestructuró el INTA, transfirió el capital genético estratégico para el país a las empresas privadas como Monsanto y Nidera, les permitió el acceso a los archivos secretos del INTA, cuyos equipos de investigación también fueron comprados por estas empresas. Esto le permitió a Monsanto crear la soja RR sobre la base de la variedad de soja natural desarrollada en la Argentina para los suelos del país. Quienes estaban en desacuerdo fueron despedidos del INTA. Así se perdió, entre otras, una variedad de maíz resistente a las sequías, que hubiese sido muy rentable para los pequeños productores y podría haber competido contra la soja transgénica. Huergo hizo todo esto, pero el impulsor decisivo del avance de la soja transgénica en la Argentina fue el propio Solá”, concluye Lapolla. Huergo coincide. En su columna del 10 de enero El soy power llega a la política, escribió en Clarín Rural: “Felipe Solá fue casi diez años secretario de Agricultura, y su gran pergamino fue la autorización de la soja RR en 1996”. Con admirable modestia, nada dijo de su propio rol en el acontecimiento que, se ilusiona, “cada vez tallará más fuerte en la gran escena política nacional”.



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Domingo, 5 de Abril de 2009

MEMORIA HISTORICA: AGOSTO DE 1988, EN LA RURAL

El día en que silbaron a Alfonsín
El ahora transformado en prócer de la democracia fue abucheado en la inauguración de la Exposición Rural.


Por Claudio Scaletta

El lector puede estar tranquilo. En este artículo no se revisitan las buenas y malas obras del extinto Raúl Alfonsín. Sólo se repasan, en el contexto de su tiempo, algunas de sus acciones de gobierno vinculadas al sector agropecuario para, luego sí, romper la mirada sincrónica y traerlo al presente.

El gobierno radical en 1983 asumió abrumado por las obligaciones de la deuda pública, a las que pronto se sumaría la apertura de la Caja de Pandora de las cuentas de la dictadura. Luego de un programa inicial de corte keynesiano, pero voluntarista, que no pareció advertir ni la verdadera dimensión de los poderes en pugna ni el cambio estructural iniciado en 1976, la administración se sintió obligada, antes que a desconocer una deuda ilegítima, a negociar con los acreedores y los organismos financieros internacionales. Se iniciaban los sucesivos planes de estabilización y ajuste. Debe recordarse que por entonces también se deterioraban los “términos del intercambio”. La situación no podía ser peor. Mientras las obligaciones de la deuda retroalimentaban los desequilibrios macroeconómicos, el resultado del comercio exterior era por demás insuficiente. Tras la declaración de la “economía de guerra” en junio de 1985 llegó el Plan Austral. En materia agropecuaria, la gran esperanza radical era el aumento de la producción para generar divisas. La devaluación del 15 por ciento con que se lanzó el Austral fue acompañada con suba de retenciones. Pero los resultados no fueron los esperados. Durante los años 1986 y 1987 las ventas subsidiadas de cereales estadounidenses a la URSS deprimieron los precios internacionales hasta un 25 por ciento, mientras en el plano local las inundaciones contraían la producción. La escasez de divisas resultante se tradujo en el agotamiento de las reservas del Banco Central a principios de 1988. A mediados de ese año, el gobierno realizó su último intento de control de la economía. Si bien la situación interna continuaba deteriorándose, la externa mejoraba. Las sequías en el Hemisferio Norte dispararon los precios agrícolas. Aunque el Plan Primavera respetó la promesa presidencial de no subir retenciones, intentó captar parte de los mayores ingresos agropecuarios mediante el desdoblamiento cambiario. Se estableció un tipo de cambio fijo con el que liquidar las exportaciones agropecuarias y otro “financiero” de flotación regulada. Para el sector agropecuario, la fijación del tipo de cambio exportador significaba, en rigor, lo mismo que más retenciones.

En aquel contexto, cualquier asesor contemporáneo aconsejaría no asistir a la tribuna de la Rural, pero Alfonsín no pareció advertir el clima. Quienes en tiempos de absolución mediática prefieren las formas a los contenidos podrán ver en la reacción del ex presidente un acto de resistencia. Sin embargo, su discurso fue típicamente radical: el tono duro, pero exculpatorio. “No creo que sean productores agropecuarios”, dijo sobre los que lo silbaban y abucheaban. Son “los que muertos de miedo se han quedado en silencio cuando han venido acá a hablar en representación de la dictadura”, ensayó. Doble error. Lo abucheaban los terratenientes furiosos por el combo retenciones más dólar fijo que, indudablemente, no los tenía muertos de miedo sino muy felices, cuando con fruición aplaudieron al dictador Jorge Videla. “Son también los que se han equivocado y han aplaudido a quienes han venido a destruir la producción agraria argentina”, completó. Otro error: el aplausómetro rural nunca se equivocó. Nunca fue ingrato con quienes representaron su ideología e intereses de clase. Bien lo supieron desde Agustín P. Justo a Carlos Menem y Fernando de la Rúa. Y nunca fueron los socios de la SRA los que engrosaron las filas de excluidos del campo durante la seguidilla de programas neoliberales.

Pero al discurso de aquel frío agosto del ’88 todavía le faltaba lo peor: la promesa de bajar las banderas. “Esfuerzos hacemos todos”, atinó a recriminar Alfonsín al discurso de su desatento anfitrión Guillermo Alchourrón, pero inmediatamente, luego de un inexplicable pedido de “perdón por los errores”, agregó: “a fines del año que viene tendrán como conquista fundamental el dólar libre”. Traído al presente, se trata de un equivalente a que la actual presidenta, en vez de plantarse contra las pretensiones sectoriales en materia de retenciones, prometiese frente a los silbidos eliminarlas pronto.

Pero las preguntas del presente son otras: ¿qué habrá transformado a Alfonsín en prócer mediático? ¿Cuál será la reivindicación de la prensa que hoy exalta por igual a abucheadores y abucheados? ¿La forma o el contenido?

jaius@yahoo.com



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