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16 de abril de 2009

PRESIDENCIALISMO O PARLAMENTARISMO


Análisis : Presidencialismo y Sistema de Partidos en Argentina.
Enviado por CIUDAD POLITICA el 1/6/2003 3:42:06 (13873 Lecturas)
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Por GAP Argentina*

EL PRESIDENCIALISMO
El presidencialismo es un sistema de gobierno producto de la ingeniería institucional norteamericana que se caracteriza por una estricta división de poderes. A diferencia de lo que sucede en los sistemas parlamentarios de tradición europea - donde el titular del Poder Ejecutivo es seleccionado del y por el cuerpo legislativo -, en los presidencialismos el titular del ejecutivo es elegido mediante sufragio popular por un mandato fijo de tiempo. Es en este sentido, que el premio mayor de los presidencialismos -la presidencia- es indivisible. En pocas palabras, sólo un candidato puede ganarla: The winner takes all.

En la región latinoamericana, todas las democracias han adoptado unánimemente el sistema presidencialista. Para evitar situaciones de bloqueo de poderes -riesgo en el que se cae cuando los poderes ejecutivo y legislativo se enfrentan- los titulares de los ejecutivos latinoamericanos han ido, generalmente, dotándose de amplios poderes que en la práctica han terminado por fortalecer la figura del presidencial y diferenciar los presidencialismos latinoamericanos - también llamados superpresidencialismos - del estadounidense.

En resumen, en el presidencialismo argentino -así como en los demás- el premio mayor e indivisible por el que compiten los partidos políticos nacionales es la presidencia. Por esta razón, el sistema de partidos que mejor se relaciona con el presidencialismo es el bipartidismo, surgido de un comportamiento de lógica centrípeta capaz de crear mayorías para uno u otro partido.

LA CRISIS DEL BIPARTIDISMO

Junto con la caída del gobierno radical de Fernando de la Rúa, Argentina fue testigo de un fenómeno político igualmente decisivo e íntimamente relacionado: la implosión de los partidos políticos. El tradicional bipartidismo que imperó durante buena parte del Siglo XX se ve amenazado por el desmembramiento del Partido Justicialista -PJ- y el proceso de desintegración en el que se ha visto sumergida la Unión Cívica Radical -UCR-. Las elecciones presidenciales de 2003 han sido un claro ejemplo de la crisis un sistema bipartidista que atraviesa una etapa de transición que pude llevar tanto al restablecimiento del bipartidismo como a la consolidación de un universo de fuerzas políticas más vasto.

La configuración del sistema de partidos, su futuro y su incidencia en la política nacional merecen un análisis exhaustivo tanto desde la dirigencia política como desde los profesionales de la materia, lease politólogos-. En este sentido, el presente escrito busca advertir sobre la necesidad y conveniencia de recomponer el debate. Sostendremos, en las páginas siguientes, que existe una posibilidad abierta -aunque reducida- de que las fuerzas electorales rurgidas del desmembramiento del PJ y la UCR se consoliden como partidos políticos. Diremos, que, en este sentido, la formación de un multipartidismo podría contribuir peligrosamente a jaquear al sistema presidencialista. Finalmente sostendremos la importancia de estudiar la variable parlamentaria.

¿LA GENESIS DE UN MULTIPARTIDISMO ?

Durante la elección presidencial de Abril de 2003, cinco fuerzas electorales se presentaron -con posibilidades ciertas de victoria- a competir por la presidencia. Sin embargo, ninguna de estas cinco fuerzas electorales -provenientes tres de ellas del seno del PJ y dos de la UCR-, pueden ser consideradas, por el momento, partidos políticos ya que no cumplen con los elementos básicos constitutivos de éstos. Las fuerzas electorales pueden y deben ser consideradas lemas o facciones desde el momento que, como dijimos en otro lado, son producto de la expresión de conflictos personales y de un comportamiento especulativo que valora más el yo que la identidad partidaria.

Las actuales fuerzas electorales conforman un sistema que hemos denominado bipartidismo de lemas y que puede constituirse en la génesis de un pluralismo moderado. Para que esto acontezca los lemas personalista deberán constituirse en partidos políticos.

Ahora bien, la pregunta es: ¿pueden las facciones argentinas transformarse en partidos? Si, pueden y lo harán. La cuestión es saber cuantos partidos políticos se consolidarán sobre la base de estos cinco o seis -contando la UCR- lemas. En principio, pareciera ser que existe un sustrato común muy fuerte a los tres lemas peronistas, bajo esta perspectiva no sería descabellado suponer que una vez finalizada la elección presidencial 2003 y con una de las conducciones partidarias finalmente derrotada , el PJ tendería a reagruparse. Por otra parte, el caso de la UCR se nos presenta más complejo, tendemos a pensar que es probable una consolidación de los lemas personalistas surgidos de su seno. Las diferenciaciones entre las dos facciones han sido explícitas y el único concepto que parece contactarlos transversalmente es el respeto por las instituciones que, sin embargo, es la sustancia del pensamiento radical.

En resumen, creemos que las grandes posibilidades de reunificación del PJ están supeditadas al fin del enfrentamiento personal que mantienen sus dos máximos líderes. Con respecto a la UCR abrigamos ciertas dudas ya que si bien existen diferencias ideológicas entre las nuevas fuerzas electorales, también comparten un consenso de fondo muy fuerte que es el respeto a la institucionalidad. Habrá que ver si esto es suficiente.

UN ESCENARIO HIPOTETICO

Imaginemos por un momento un escenario hipotético en el cual los desprendimientos de la UCR -el ARI de Elisa Carrió y Recrear Argentina de Ricardo López Murphy- se consolidan como partidos políticos. Imaginemos también que la UCR, gracias a un laborioso lavaje de cara, recupera parte de sus electores, y que la lucha interna del PJ lejos de terminar con la elección del próximo presidente, recrudece. Preguntémonos ahora: ¿Cómo afectaría este escenario imaginario el funcionamiento del presidencialismo?
Parece dable conjeturar que, en un escenario caracterizado por lo que G. Sartori denomina Pluralismo Moderado , ninguna fuerza política estaría en condiciones de alcanzar por si sola la mayoría que establece la Constitución Nacional para obtener la presidencia. En este sentido, las elecciones estarían prácticamente predestinadas a resolverse indefectiblemente en una segunda vuelta electoral entre las dos formulas más votadas .

En este sentido, el Ballottage o segunda vuelta es un mecanismo diseñado con el objeto de crear mayorías allí donde no las hay. Este mecanismo -que generalmente obliga al elector a decidir entre fórmulas que no contaron originalmente con su apoyo- al crear mayorías artificiosas construye, como no podía ser de otro modo, legitimidad artificiosa. Por otra parte, en el periodo eleccionario entre la primera y la segunda vuelta, los candidatos presidenciales se verán empujados a pactar -con aquellos dirigentes que ya han quedado excluidos de la competencia electoral- y conformar alianzas o coaliciones gobernantes para aumentar sus probabilidades de éxito.

El comportamiento legislativo constará con una lógica de funcionamiento similar. Ante la existencia de diversas bancadas partidarias, el acuerdo/coalición entre diferentes fuerzas políticas y el presidente se convertirá en un elemento esencial a la hora de garantizar gobernabilidad democrática.

En el escenario que hemos descrito, la legitimidad y la gobernabilidad democrática del presidente se encuentra fuertemente condicionados por la necesidad de un alto nivel de negociación y acuerdo entre diversas fuerzas políticas. Sin embargo, la teoría y la experiencia recopilada por diversos estudios como los de D. Nohlen, J. Linz y particularmente G. Deheza, sostienen que la inestabilidad de los gobiernos de coalición en los presidencialismos multipartidistas parecen predestinarlos al fracaso, si no logran concierta rapidez una alta efectividad -legitimidad de mandato-.

LAS ALTERATIVAS PARLAMENTARIAS Y LA CUESTIÓN ELECTORAL

Desde hace algunos años se viene discutiendo en nuestro país la factibilidad y conveniencia de reemplazar al sistema presidencialista por un parlamentarismo o un semiparlamentarismo del tipo francés. Aunque no tomaremos posición, rescatamos aquí el valor de ese debate y consideramos que las alternativas de naturaleza parlamentaria se adoptan con naturalidad a los sistemas de partidos múltiples. También entendemos, en el sentido opuesto, que la complejidad de la reforma supone un proceso jurídico-político extremadamente dificultoso y una refundación -al menos parcial- de todas las instituciones de la democracia.

En cuanto a la cuestión electoral, desde que M. Duverger redactó sus famosas leyes de hierro, es sabido que los sistemas electorales mayoritarios tienden a generar sistemas bipartidistas y los sistemas electorales proporcionales multipartidismos. Ahora bien, ¿sería viable la modificación del sistema electoral legislativo para favorecer la reconsolidación de un bipartidismo? No lo creemos, ya que si bien los sistemas mayoritarios fomentan la concentración de partidos e impiden la atomización partidaria, es incapaz de reflejar el cambio social y el surgimiento de nuevas tendencias políticas que para un país como Argentina -especialmente en la actual situación- son fuerzas vitales.

Par finalizar, a lo largo de estas breves líneas hemos intentado demostrar al lector la conveniencia de encarar un debate profundo y concienzudo sobre el futuro de nuestro sistema electoral y, en relación a este, la necesidad de analizar, con la misma exhaustividad, la conveniencia de reemplazar el actual sistema presidencialista por uno que sea capaz de reflejar mejor la pluralidad de opiniones y las coaliciones de poder.

* Grupo de Análisis Político, GAP Argentina - www.gapargentina.com.ar

http://www.ciudadpolitica.com/modules/news/article.php?storyid=177

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Opinión


Presidencialismo o parlamentarismo


Por Jorge Horacio Gentile
Las dos convicciones que no arraigaron en los argentinos en los últimos veinte años de vida democrática son: cumplir estrictamente con la Constitución, la ley y lo acordado en los contratos y que nuestra forma de gobierno, presidencialista, basada en la división de poderes, es la que más nos conviene.

Raúl Alfonsín, en su momento, y Eduardo Duhalde, en los últimos tiempos, han puesto en duda esto último, al prohijar la "atenuación del presidencialismo" o, directamente, insinuar su cambio por un sistema "parlamentarista" como el de los países europeos.

El "parlamentarismo" tiene por modelo la organización del gobierno inglés, es la última etapa de evolución de los regímenes monárquicos y se ordena con un Parlamento, bicameral o unicameral, elegido por el pueblo (en Gran Bretaña es electiva sólo la Cámara de los Comunes, mientras que la de los Lores no lo es), que designa un jefe de gobierno y su gabinete, a propuesta del jefe de Estado que en algunos países es un rey y en otros, un presidente. La permanencia de este consejo de ministros depende del éxito que tenga en los votos de confianza que el primer ministro solicita o los de censura, que propone la oposición al Parlamento; si fracasa en los mismos renuncia y el jefe de Estado propone al órgano legislativo a otro jefe de gobierno.

El llamado sistema "presidencialista", adoptado por nuestra Constitución y que Woodrow Wilson alguna vez llamó más apropiadamente "gobierno congresional", es el diseñado por la Constitución norteamericana en 1787, con una estricta división de poderes: con un Congreso, ocupado principalmente de legislar, denominado Poder Legislativo; un Poder Ejecutivo unipersonal, a cargo de un presidente que dirige el gobierno y la administración del Estado, y los tribunales de justicia, el Poder Judicial, dedicado a resolver los conflictos que se suscitan al aplicar la ley e interpretar su alcance. El Congreso, que en la Cámara de Diputados y en el Senado representa al cuerpo electoral y a las provincias, que votan a sus integrantes, controla al presidente, que es al mismo tiempo jefe de gobierno y jefe de Estado; y los jueces tienen también a su cargo el control de la supremacía de la Constitución sobre las leyes y los actos que dictan los tres poderes del Estado. Los jefes de los partidos políticos tienen más poder en los sistemas "parlamentaristas", porque ellos acuerdan la designación de los ministros, que en los "presidencialistas", donde los congresistas no dependen tanto de los partidos como de los bloques legislativos y, cuando no hay "listas sábana", de los intereses de sus votantes.

Los países de América han optado por el "presidencialismo", con excepción de algunos estados del Caribe que fueron colonias de países europeos que se mantienen "parlamentaristas", y los intentos de sustituirlos por el "parlamentarismo" fueron muy pocos y fracasaron rotundamente.

En el Brasil, durante la monarquía, bajo la vigencia de la Constitución semiabsolutista de 1824, se experimentó el "parlamentarismo" entre 1838 y 1889, y luego entre 1961 y 1963, por la enmienda constitucional aprobada durante la crisis que siguió a la renuncia del presidente Janio Cuadros. En Chile, en 1891 hasta la Constitución de 1925 hubo otra experiencia frustrada de "parlamentarismo", pero como en el caso anterior se volvió al "presidencialismo".

En la Argentina, durante el débil gobierno del presidente Luis Sáenz Peña se formó, entre el 4 de julio y el 12 de agosto de 1893, un "gabinete" encabezado por el ministro Aristóbulo del Valle que pretendió funcionar como en los sistemas parlamentarios, pero no cuajó. En la Convención Constituyente de 1957 hubo un proyecto de Constitución "parlamentarista" del Partido Comunista que no se trató. En la de 1994 se creó el cargo de jefe de Gabinete de Ministros para atenuar el "presidencialismo", con la misión de coordinar a los ministros, informar todos los meses la acción de gobierno a las cámaras del Congreso, el que puede hacerlo renunciar por un voto de censura, pero el presidente siguió siendo tan fuerte como antes.

Nuestra cultura y tradición política están ligadas fuertemente al liderazgo presidencial, que se encuentra fielmente representado en el modelo político adoptado por la Constitución de 1853, donde las decisiones más importantes, que son sancionar las leyes y los códigos de fondo, las toma el Congreso, que es el más importante cualitativamente de los poderes, razón por la cual la Constitución lo trata como en primer término. El presidente dirige la administración del Estado y aplica la ley con el apoyo de la fuerza pública, la mayoría de los recursos del presupuesto y gran cantidad de personal y reparticiones públicas. El Poder Judicial controla, nada menos, que la constitucionalidad de las normas y resuelve los conflictos que afectan a los derechos de los ciudadanos.

Pero, lamentablemente, la práctica institucional y las reformas de 1994 han distorsionado este equilibrio y el Congreso ha declinado sus competencias legislativas, con el pretexto de las "emergencias" y pretende atribuirse funciones judiciales, como lo ha hecho al anular leyes y crear una nueva instancia judicial mediante el juicio político a los ministros de la Corte Suprema. El presidente legisla a 'piacere' mediante "decretos de necesidad y urgencia" o por la delegación que le hace el Congreso. Este no lo controla al no reglamentar estas atribuciones, ni crea la Comisión Bicameral Permanente, que prevé la Constitución para hacer este control. El jefe de Gabinete decide sobre los destinos de las partidas del presupuesto por delegación del Poder Legislativo. Los jueces, por fin, muchas veces hacen la vista gorda a estos desvíos y abusos de poderes. El resultado de todo esto es la inseguridad jurídica.

El presidente Néstor Kirchner, apoyado en el favor de las encuestas, ha opacado el liderazgo del Congreso y de los partidos políticos, pero ello no justifica un cambio de sistema, hay que buscar un equilibrio en el pluralismo democrático.

Un país que no vive su democracia dentro del Estado de derecho, porque las leyes, los contratos y la división de los poderes de gobierno no se respetan, no podrá volver a ser la gran Nación que alguna vez fue, cuando nuestra Constitución tuvo plena vigencia.







(*) Profesor de Derecho Constitucional de la Universidad Nacional de Córdoba y de la Universidad Católica de Córdoba y fue diputado de la Nación.



http://www.rionegro.com.ar/arch200312/18/o18g02.php


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Diagonales

Sería necesario una reforma constitucional
Zaffaroni volvió a pedir el final del sistema presidencialista


14-04-2009 / El juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Eugenio Zaffaroni, retomó un reclamo con que cree, mejoraría la calidad institucional: una reforma constitucional que saque al país de un sistema presidencialista, "agotado", según su criterio, y lo lleve a uno parlamentario, similar al de las democracias europeas.

El juez de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni, cree que “la política superó al sistema institucional” El debate lanzado por el ministro no es casual en este momento. Fue una respuesta crítica a la danza de candidaturas "testimoniales" o "virtuales" de cara a las elecciones del 28 de junio. "La política real está superando a este sistema presidencialista", dijo.
No es la primera vez que Zaffaroni plantea su postura. Ahora, en la coyuntura política actual, la reflotó. "Siempre opiné lo mismo, con todo esto que estamos viendo de candidaturas testimoniales, de funcionarios que se presentan como candidatos, de gente que se sale de un partido y que forma otro, o que se alía con otro, creo que la política real que estamos viviendo está superando la institucionalización", explicó.
Y fue más allá, al indicar que "Latinoamérica, en los últimos 25 años no tiene golpes de Estado, a Dios gracias, pero ha tenido una veintena de presidencias interrumpidas, muchas violentamente, con muertos, etcétera", por lo que "ha llegado el momento de empezar a pensar en pasar a un sistema que permita cambiar un gobierno sin matar a nadie".
"Estas características que estamos viendo son todos manejos y hechos que serían normales en un sistema parlamentario, incluso hasta el adelantamiento de elecciones, dijo, y Ejemplificó que "en Chile hay un sistema presidencialista pero han adoptado reglas del sistema parlamentario".
Pero también puso caso vernáculo: el del gobierno de Eduardo Duhalde, al que definió como "un gobierno parlamentario". Así las cosas, si las soluciones siempre han partido, "con mejores o peores resultados", desde el Parlamento, "es tiempo que dejemos de lado el presidencialismo para avanzar en ese sistema de gobierno".
Un sistema que, destacó, permitirá, sin traumas ni salidas de facto, que "cuando un gobierno ya no guste, pueda ser removido y cambiado" a través del Parlamento

http://www.elargentino.com/nota-36605-Zaffaroni-volvio-a-pedir-el-final-del-sistema-presidencialista.html

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