Lo que circula por los medios

6 de febrero de 2010

INTRODUCCION Y LECTURA RECOMENDADA... CURIOSIDADES ARGENTINAS - parte 2


parte 1 -  introduccción


Ahora el artículo de Sandra Russo
CURIOSIDADES ARGENTINAS!! 
y tres más...
Sábado, 6 de febrero de 2010


CONTRATAPA
Curiosidades argentinas

Por Sandra Russo

El miércoles estaba entrando a un restaurante porteño con algunos miembros de la organización barrial Túpac Amaru. Milagro Sala venía media cuadra más atrás, con su marido y otros compañeros. Cuando estábamos por entrar, un policía federal que estaba con otro en la puerta del restaurante de enfrente me miró y me hizo una seña. Nos detuvimos. El policía, un hombre de mediana edad, cruzó la calle y vino directo hacia mí. Yo debo haber retrocedido un poco y la cara se me debe haber puesto involuntariamente tensa: el policía estiraba su mano, iba a agarrarme el brazo.

–No te asustés que estoy emocionado, boluda –me dijo él riéndose, y entonces le vi el brillo en los ojos. Pero era raro. ¿Por qué un policía habría de emocionarse al verme? Nunca me había pasado y no pensé que alguna vez me pasara que un policía federal me abrazara en la calle y me felicitara por mi trabajo. El se separó de mí y me mostró su placa. Leí en un voz alta su apellido, porque él me estaba sugiriendo que en su nombre estaba la explicación de esa emoción. No me lo dijo, pero bien me hubiese podido repetir: “Boluda”. Lo que dijo fue:

–El apellido no. Las iniciales.

Las leí también en voz alta:

–J. D.

Hubo un instante de silencio.

–¡Juan Domingo! –grité.

El pegó una carcajada, asintiendo. Nos reímos mucho todos. En eso llegó Milagro, y para el tipo ya fue el colmo esa sorpresa. La hundió en sus brazos –ella es muy menudita–, y se largó a llorar en su hombro. Un peronista de cuna peronista, con padres que decidieron ponerle Juan Domingo. Un policía federal.

Milagro también es peronista desde niña. Su madre adoptiva, de quien estuvo distanciada muchos años pero a quien siempre amó mucho, y sigue haciéndolo, le escribió una vez una carta a Evita y tuvo respuesta. Le llegó una de aquellas máquinas de coser de las que habla la leyenda. A Jujuy llegó aquella Singer. A Jujuy nunca había llegado nada.

El peronismo está marcado con ese bautismo de reconocimiento de ciudadanía que obtuvieron en los ’40 y ’50 millones de argentinos que hasta ese momento no figuraban ni siquiera en las preocupaciones electorales de los políticos argentinos. Cuando Perón llegó a la Secretaría de Trabajo, lo que se estilaba en este país era el fraude. Era más fácil para los partidos tradicionales y para los ocasionales arribistas al poder gestar un engaño o un golpe que incluir a los oscuros y a los desharrapados como objeto de satisfacción política. Eso que ahora llaman “clientelismo” indiscriminadamente cuando se trata de pobres, no era ni siquiera necesario antes de Perón. El “clientelismo”, aun indiscriminadamente, supone un canje de satisfacción. Un canje tramposo y antidemocrático, es cierto, pero los que le reprochan al peronismo su “clientelismo” son los que también hablan de “populismo”. Las clases dominantes argentinas eran predemocráticas cuando nació el peronismo. No querían ni siquiera comprar a los pobres. Simplemente los explotaban a destajo, sin considerar el poder como algo distinto a su propiedad privada.

Hasta Perón, este país fue un ágora cocoliche, un vip berreta, una careta con un tajo racial marcado en el medio. Nunca lo revisamos ni lo admitimos, pero este país creó su ilusión de identidad con un feroz gesto de racismo. La ciudadanía era hasta entonces más que una condición, una aptitud. Se era apto si se era blanco, porque si se era blanco se había comido en la infancia y se había ido a la escuela. Posiblemente con sacrificios, por supuesto, incluso hasta con pobreza. Esa primera exclusión histórica fue racial.

Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero algunas no han cambiado nada. Ya escribí alguna vez que ese sentimiento de pertenencia que expresa el peronismo me es ajeno y que sólo puedo percibirlo, empatizar con él, rendirme ante su evidencia. Pero aunque no puedo afirmarme en esa identidad, porque no la reconozco en mí, tampoco puedo dejar de comprenderla en toda su contradictoria y magnífica dimensión movimientista.

Le toca ahora encarnar al peronismo disidente la versión del peronismo que no negó ni siquiera Perón. Es cierto que no es menos peronista ese peronismo. Eso lo refleja con maestría la película de Juan José Campanella, El secreto de sus ojos. Un personaje como ese violador incluido en la trama siniestra en la que derivó alguna vez el peronismo de derecha funde la historia particular en la general. Esta es la contradicción no resuelta del peronismo, pero quizá no se trate ya de una contradicción, sino de dos dicciones totalmente diferentes, dos fuerzas condenadas a competir por un nombre y una identidad. Me temo que nunca ninguna será más peronista que la otra. El contradictorio era Perón y cada fuerza refleja una parte de ese hombre que amplió fenomenalmente las bases de la política argentina.

El antiperonismo, en cambio, no es tan contradictorio. Es lineal en su asco a los males modales, en su selectividad estética y en su abyecto lamento por los privilegios perdidos. Y en los sectores medios, es un lamento peor: como dijo inmejorablemente Carlos Barragán, “si los negros viven como uno, uno siente que tiene una vida de negro”.



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Martes, 2 de febrero de 2010 | Hoy
EL PAIS
¿Somos cínicos o somos idiotas?

Por Sandra Russo

Decía la prestigiosa socióloga Norma Giarracca, en una nota publicada el martes pasado en este diario en respuesta a una nota mía, “Lo destituyente”, que le costaba debatir con alguien que, presume, tiene sus mismas buenas intenciones. Se agradece el respeto, que es recíproco, pero también se aprovecha la ocasión. Es un buen momento para debatir entre quienes no queremos comernos los ojos. Finalmente, ésos son los debates que sirven, los intelectualmente honestos, ya que hay demasiado falso debate alrededor, demasiada cáscara de banana que encubre dinamita y no banana. Hay demasiadas poses periodísticas que encubren operaciones políticas, y hay algo que me angustia y sé que angustia a millones: estamos viviendo un altísimo grado de inseguridad informativa. Los medios concentrados están dando una batalla sucia, y del periodismo queda el decorado. Estamos siendo operados continuamente, ahogados en un clima de desánimo que todo argentino con memoria reconoce. Es el que montan para preceder la “defensa de las instituciones” acabando con ellas.

Yo planteaba en esa nota un tema que en cierto modo es tabú en el progresismo, y vuelvo a eso: hay un sector de centroizquierda, al que no le sustraigo ni un milímetro de su buena fe, que hace una lectura del kirchnerismo que es la que me parece oportuno cuestionar, en un ir más allá de los clichés y los slogans, pero también en la afirmación de otras lecturas que, en mi caso, no provienen de la estructura partidaria ni, desde luego, del interés económico.

Hace más de treinta años que trabajo en medios y a lo largo de esos años defendí siempre las mismas banderas. No son muy distintas de las que defiende Norma Giarracca en su artículo. Los derechos humanos, la equidad social, los derechos de los pueblos originarios, la soberanía medioambiental. Si me pongo a pensar si el kirchnerismo implica una victoria sobre cada uno de esos aspectos, creo que en algunos sí, inequívocamente, como los derechos humanos, y en otros no. Al kirchnerismo no le atribuyo victorias, sino más bien ánimo de pelea. Desde que yo me acuerdo, en lo que viví y no en lo que soñé, éste es el período con más ánimo de pelea justa que recuerde. Lo digo, lo afirmo, lo firmo. No me quiero arrepentir de no haberlo hecho.

Y si me pregunto si el kirchnerismo puede asimilarse con un gobierno de índole neoliberal, como afirma Giarracca y les he escuchado sostener también a dirigentes de ese sector de centroizquierda, me contesto que no, que de ninguna manera, que el perfil económico que leo no tiene nada que ver con el ajuste neoliberal con el que sí amenaza una derecha vigorosa que demoniza a este gobierno, con los medios concentrados de su lado. Esos medios se complacen ahora en hacerles notas a los dirigentes de ese centroizquierda para que completen la demonización de “lo K” por el otro lado. Para acorralar. Si ganan, esos dirigentes, ese discurso tan límpido que ahora propugna no pagar la deuda se esfumará de las pantallas, como se han esfumado uno por uno los intelectuales y los dirigentes que no llegan a los medios con su correspondiente y obligada dosis de antikirchnerismo.

Yo no creo que defendiendo la democracia y, en consecuencia, defendiendo la gobernabilidad ahora se defienda al neoliberalismo, contra el que llevo años escribiendo, gritando, marchando y militando. Es más: finalmente, en este contexto latinoamericano, entiendo al periodismo esencialmente como una herramienta de militancia antineoliberal, y por eso esta respuesta. Porque de la nota de Norma Giarracca queda colgando la posibilidad de que quienes defendemos otras posturas que no demonizan “lo K”lo que estemos haciendo sea precisamente eso. O somos cínicos o somos idiotas. Y ni una cosa, ni la otra.


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2010-01-17
Por Sandra Russo

Lo destituyente
Como las cáscaras de una cebolla, una por una se fueron cayendo las máscaras desde que la Resolución 125 hizo chillar tractores y cacerolas. Esa lucha sí que fue una sola desde entonces, sostenida por otros intereses, mezclados, emparentados, amasijados, que se expresan en los medios monopólicos. ¿Será Cristina una presidenta que sale al cruce públicamente de un intento destituyente, será vista así? Todo indica que no. Que la derecha saldrá a decirle que exagera o es muy susceptible, y que buena parte de nuestra centroizquierda saldrá como hasta ahora, sin movimiento de mentón, a coincidir.

Ya uno no puede hacerse el que ve otra película. Estamos viendo la misma. Los que ven TN para “informarse” y los que ven TN para presenciar el gran espectáculo de la desinformación sistemática de un pueblo. El proceso se acelera y ya no se puede mirar para otro lado o instalar debates superpuestos que no rozan el debate urgente. Cierra el relato de la derecha: esto es un caos, los montoneros hacen trotscoleninismo, las señoras como Mirtha Legrand tienen miedo de hablar mal del Gobierno delante de mozos y mucamas, la institucionalidad corre tanto peligro que hay que romperla pronto, meterle un tajo como hicieron ya varias veces en democracia, abortar mandatos, sacárselos de encima. Lo que no cierra es el relato de un sector del centroizquierda según el cual el kirchnerismo simula ser progresista, cuando en realidad hay derecha afuera y adentro del kirchnerismo.

Ni “centroizquierda” designa a algo consustanciado y homogéneo, ni “progresismo” tampoco. Menos todavía, “derecha”. Que la hay dentro y fuera del kirchnerismo es cierto, pero no calibrar, no discernir, no dimensionar los biotipos de derecha y con esa retórica alejada de la verdad dar por respondidas todas las preguntas es por lo menos, a esta altura, estrábico. Yendo en camino de ser imperdonable. Los que probablemente no perdonen un retroceso como el que asoma sean los representados por esas corrientes políticas antikirchneristas que en carne propia volverán a experimentar los rigores monstruosos de la derecha con los más débiles. Tenemos a mano a Buenos Aires para saber qué hace la derecha cuando gobierna. Tenemos también el recuerdo del último gobierno radical.

Es hora de hablar y de pensar un poco más sensatamente. Si fuera posible, de deponer algunos egos en virtud del tamaño de lo que habría que defender. Salvo que se siga adherido a la idea de que cuanto peor, mejor, y en ese caso se esté dispuesto a que se pierdan nuevas generaciones de argentinos en las fauces del neoliberalismo que no cede en su pretensión hegemónica. Salvo que ninguno de los avances que, incluso traspasando las enormes contradicciones del poder, se han materializado en los últimos dos años, resulte de importancia. Salvo que la lucha sea más atractiva que la victoria.

¿Quién banca a la democracia? ¿A qué le llamamos democracia? ¿Qué forma y qué protagonistas tiene la democracia que en todo caso todos defendemos? ¿Nos fijaremos en los ejes comunes o elegiremos diferenciarnos para brillar en las ruinas? ¿Qué cálculos estratégicos hacemos? ¿Qué acumulación de fuerzas privilegiamos? ¿Hasta dónde dejamos avanzar este dislate? ¿Quiénes somos “nosotros”? ¿Qué conjuntos creamos para pechar la embestida? ¿Qué cosas nos importan realmente? ¿Qué motores políticos nos encienden? Y sobre todo, ¿contra quién, contra qué peleamos? De las respuestas a estas preguntas puede salir una resistencia con mayoría de edad, de gente grande, de pueblo grande. Si se miran las otras experiencias latinoamericanas exitosas, ninguna ha salido a flote sin un mínimo consenso interno de las fuerzas populares. El peronismo lo complica todo, ya lo sabemos. Pero estamos a años luz de que en este país se pueda producir un avance popular que lo excluya. Ya lo intentó la derecha, con la proscripción. El centroizquierda tiene que elaborarlo.

Aquel ánimo destituyente que denunció Carta Abierta hace ya mucho, y que fue desmentido puerilmente por periodistas que aunque cacareen progresismo tienen sus intereses personales atados a los grandes medios, nos sopla el oído.

Acá el problema son las mayorías, el problema es la ampliación de ciudadanía, el problema es que estamos en una región que de diversos modos mira este Bicentenario con ojos de un desafío que las clases dominantes no soportan. El problema es que las masas clientelares de siempre en todas partes encuentran grietas y ya no se trata de los desocupados de los ’90, sino de conciencias que piden su parte. Este Gobierno no satisface a muchos de esos sectores. Pero duele imaginar el destino de esos sectores, de los representados por esas dirigencias, si gana la restauración.

Tenemos un centroizquierda que no enfoca la trama que tiene delante de sus narices. Con la escena preparada para una destitución que, como en Honduras, busca su pata judicial, con un vicepresidente que opera como líder de una oposición inenarrablemente reaccionaria, con el vendaval de fondo de viejos servicios que vuelven a amenazar de muerte a militantes y periodistas no alineados en el discurso único mediático, por bandas de la noche que se sienten amparadas moralmente por las estrellas de la televisión, con la derecha pinochetista llegando a un Chile extraño y doloroso que despide a Michelle Bachelet con una extraordinaria imagen positiva, pero vota el regreso de la sombra, es por lo menos zozobrante ver a algunos dirigentes de centroizquierda hablar en TN como si TN fuera un vulgar canal de noticias.

Es tiempo de ajustar las lecturas, porque qué pasaría si la cosa fuera al revés, y si el llamado centroizquierda fuera el que simulara un progresismo que, por ejemplo, fue bien disimulado cuando le abrieron el camino a Elisa Carrió para presidir la comisión de Juicio Político. Una posición orgásmica para la infeliz pitonisa que, no obstante, será probablemente uno de los obstáculos entre Cobos y el poder adelantado.

Acá no pasa nada de lo que dicen que pasa y nada que justifique que las cosas se cuenten como se cuentan. Acá hay canales, radios y diarios que operan sin parar en la abyección más visible, y una democracia que corre peligro si algunos sectores clave se siguen haciendo los más puros y los más esclarecidos que ninguno. Es una cuestión de prioridades, que es una buena palabra en política. Una palabra que puede salvar los pasos adelante y dejar lo pendiente para el juego democrático, y cuya abstracción puede depararnos desastres que hoy no podemos evaluar.

Ya está claro que hay más que ánimo destituyente. Saltó por el lugar más obvio, el Banco Central. No hay nada de espontáneo en Redrado declarando “Yo soy un técnico, yo soy un técnico”, como si las aberraciones políticas de los técnicos no hubieran provocado tan luego ahora mismo la crisis económica mundial.

Ya está claro que se opera para limar, desgastar, perjudicar, desanimar, obstruir, aplastar un proceso político que se basa en la mayoría aplastante de las elecciones presidenciales de 2007. No respetar esa regla de juego, que es la principal, la línea rectora de la democracia, es asomarse al mundo sin reglas de los golpistas, de los genuflexos que sólo prosperan en escenarios circunstanciales, de los cómplices que esta vez no podrán decir que no sabían qué pasaba.

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2010-01-26
Por Norma Giarracca *
Acerca del “buen gobierno”

En la columna “Lo destituyente” (Página/12, 17/1/10), Sandra Russo planteó una serie de elementos para analizar el conflicto del Banco Central y se interrogó por qué las posturas de centroizquierda no pueden reconocer el momento de peligro que acecha a esta democracia y se ubican en la oposición, al lado de posturas políticas y mediáticas de derecha y destituyentes. Me cuesta mucho debatir con personas que intuyo que tienen la misma fuerte y honesta convicción que yo acerca de una sociedad más justa e igualitaria, aunque le adjudiquen distintos sentidos a la cuestión. Pero leyéndola recordé una historia que tal vez pueda acercarle comprensión de las motivaciones por las que algunos mantenemos una fuerte e irreductible distancia con el Gobierno.

La historia me la contó Gustavo Esteva, un intelectual latinoamericano sugerente y creativo que conoció el Estado mexicano por dentro y luego decidió trabajar en y para las comunidades de su Oaxaca natal. Contaba que en una campaña electoral fue el representante del partido de gobierno, reunió a los comuneros de Oaxaca y en castellano les prometió “trabajo, desarrollo, progreso, participación”. Cuando finalizó, ellos le hablaron en sus lenguas y el político, molesto, dijo que no comprendía; entonces, uno de los referentes comunales lo interpeló en castellano acerca de su pretensión de “gobernarlos” sin comprender sus lenguas, sus culturas, sus modos de encarar la reproducción económica y social, el afecto por el territorio que los rodea. Terminó con un consejo: si deseaba hacer un “buen gobierno”, debía comprender que las comunidades sólo necesitan un poco de sombra, como la que otorga un frondoso árbol, protegiéndolos del sol y habilitando la vida. Que el resto se los dejara a ellos, que eran experimentados conocedores del “buen vivir” y no necesitaban propuestas de “desarrollo y progreso”.

Argentina no es una comunidad indígena con experiencia sobre el “buen vivir” (aunque algunos de los que la habitan tienen esos orígenes y sentidos), pero en sus escasos dos siglos de vida como nación algo ha aprendido y está plasmado en la Constitución con las reformas de 1994. Podría mejorar, pero es la que se ha logrado acordar como conjunto social y, cada vez que las dictaduras la violan o no se logra su absoluto respeto, se registra un gran sufrimiento social. En la metáfora del árbol, el respeto por nuestra Constitución es un ombú frondoso que nos protege como sociedad heterogénea, abigarrada, mestiza sobre fértiles y diversos territorios; lo hace con sus articulados igualitaristas, con el respeto a los tratados internacionales que garantizan territorios y autonomía a los pueblos originarios; con toda la potencia del derecho ambiental; con la preservación del patrimonio natural, cultural y la diversidad biológica; con los derechos al progreso económico con justicia social garantizando la real igualdad de oportunidades; con el respeto a los ancianos y a las mujeres y a una opción de género, con el derecho a los consumidores; con el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales; con la convención internacional para eliminar toda forma de discriminación racial; con la Convención sobre los Derechos del Niño; y podríamos seguir. Recordemos que la Constitución habilitó el fallo del juez Jorge Ballestero sobre la deuda externa en el “caso Olmos”, que no se ejecutó. Necesitamos esa sombra vital que es el respeto a la Constitución para resignificar el sistema de representación democrática; necesitamos interacciones entre las poblaciones en “movimiento(s)” y legisladores idóneos utilizando los dispositivos plebiscitarios, el derecho a presentar leyes como ciudadanos (iniciativa popular) para achicar las distancias entre instituciones y poblaciones. Es indispensable una Justicia apegada a estos pactos y un Ejecutivo con vocación para cumplirlos y exigir su cumplimiento. Esto se pidió a los gritos en 2001-2002; esto recogemos de las poblaciones en nuestra labor de cientistas sociales; éste es un sendero posible hacia una “sociedad mejor”, o hacia “el buen gobierno”, esto, a mi juicio, es “un gobierno progresista” posible.

¿Por qué no lo es este gobierno? Porque a pesar de su política de derechos humanos y su habilitación a democratizar los medios, sigue los derroteros esenciales del neoliberalismo global que lo inhabilitan para seguir los mandatos igualitaristas, ambientalistas y protectores de los acuerdos constitucionales. El neoliberalismo es inequitativo, polarizante, extractivista y contaminante. Y las políticas gubernamentales fomentan una economía extractiva depredadora, contaminadora que genera violencia, enfermedades y represión. El neoliberalismo presenta una dinámica donde los cuerpos son prescindibles y en ese contexto se comprende la incapacidad para parar el genocidio de jóvenes y niños/niñas pobres objetos y víctimas del dispositivo semiótico de “la inseguridad”. En el neoliberalismo no caben políticas de fuertes inversiones en salud o educación, porque pasaron de ser bienes comunes a ser mercancías que se compran, y “lo social” se resuelve con políticas bajadas por el Banco Mundial que fomentan experiencias heterónomas atadas a la suerte de los gobiernos; el neoliberalismo es polarizador y en ese contexto se justifica que millones de argentinos sufren condiciones de pobreza frente a una descarada exhibición de opulencias, de vidas privadas millonarias y de acumulación de riqueza en pocos años. En el neoliberalismo predomina la “tecnociencia” al servicio de la ganancia y de este modo se comprenden las consecuencias de la mentada “sociedad del conocimiento” en universidades colonizadas por la lógica de las corporaciones y empobrecidas en sus pensamientos sociales. Sumemos los dramas del Indec, de no tener la voluntad política para debatir la deuda externa y de las muertes, sufrimientos y persecuciones de diaguitas, mapuches, wichís y campesinos.

Simplemente de eso se trata, esto también ocurre desde 2003 y hubiese podido ser de otro modo. En 2011 puede empeorar, es una posibilidad cierta (Chile es un ejemplo, aunque los mapuches ni se enteren), pero la democracia, aún limitada, otorga otras posibilidades que registran la urgencia de parar esta plaga neoliberal porque las montañas, las yungas, la tierra no se pueden volver a producir y los niños y niñas pobres tienen una sola vida. Por todo esto, estimada Sandra Russo, me planteo sus propios interrogantes invertidos: ¿A qué llamamos democracia? ¿Qué cálculos estratégicos hacemos? ¿Qué acumulación de fuerzas privilegiamos? ¿Quiénes somos “nosotros”? ¿Qué cosas nos importan realmente? Y sobre todo, ¿contra quién, contra qué peleamos?

* Socióloga, investigadora del Instituto Gino Germani (UBA).




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Sábado, 26 de diciembre de 2009 | Hoy

La mejor parte del amor

Por Sandra Russo

Seguramente los apropiadores de niños sienten amor por ellos, o al menos eso deben creer. Quién sabe qué siente alguien que oculta una verdad atroz; que obliga al ser presuntamente amado a una reciprocidad que él mismo viola. Nadie está, sin embargo, preparado para fingir toda su vida. Ese amor que los apropiadores sienten por esos bebés que hoy son hombres y mujeres de treinta y pico debe haber tenido fallas, grietas, lapsus, desbordes inevitables de la verdad. Un hijo apropiado debe saber, en alguna parte sí, alguna forma de la verdad. Seguramente huele el tufo de ese amor, su hedor, el rastro de un crimen. Hay cuatrocientas personas todavía viviendo esas tensiones soterradas.

Hay mecanismos psíquicos y sociales que permanentemente bloquean el amor y lo reemplazan por sus simulacros. Estamos todos tan confundidos con el amor, que aceptamos sus sustitutos, sus malas copias. Los apropiadores de niños les han dicho a lo sumo a esas personas que son hijos adoptivos, bebés que ellos sí aman, en reemplazo de madres que los abandonaron. Desde el punto de vista de ese tipo de víctima, el hijo abandonado, ser hijo de un desaparecido es una enorme descarga de angustia. Es constatar que no hubo abandono. No son hijos biológicos de una madre que eligió seguir su vida sin ellos, sino que fueron bebés arrebatados de las manos de sus madres. Sus madres no siguieron sus vidas, no formaron otras familias, no tuvieron otros hijos. Fueron asesinadas.

Lo innombrable del abandono es el desamor. Cualquiera que haya sido abandonado en una circunstancia amorosa sabe que lo anímicamente intragable del abandono es el desamor. Una de las razones que siempre esgrimieron las Abuelas como motores de su búsqueda es hacerles saber a sus nietos que fueron bebés muy deseados y amados por sus padres y sus familias. Quieren hacerles saber algo que puede curarles un trauma y sanarles la vida.

Cuando esos bebés llegaron a la adolescencia, cuando pudieron hacer lo que un niño pequeño no puede, muchos hijos adoptivos fueron por sí mismos a la sede de Abuelas. Querían saber si eran hijos de desaparecidos. Buscaban su identidad, pero también buscaban, probablemente, ese consuelo terrible: no haber sido bebés abandonados, sino víctimas de crímenes políticos. Esto no tiene nada de ideológico, en principio. Se trata más bien de distintas dimensiones del amor y el desamor. Nuestras vidas penden de esas nociones. Nuestros dolores y pasiones nacen allí, a la sombra de cómo fuimos o no fuimos amados.

La idea que tenemos del amor, eso que reconocemos en los otros y en nosotros mismos como amor, no puede germinar en la mentira, sólo en la libertad. Nadie puede obligarnos a amar. No podemos tampoco obligarnos a nosotros mismos a hacerlo. Es un sentimiento que está fuera de nuestro control, que aparece y también desaparece, pero que suponemos sólo posible entre criaturas libres. Cuando la mentira atraviesa la circunstancia amorosa, no hay amor. Hay manipulación.

La manipulación en el amor, sin embargo, no es cosa extraña. El mercado Vero Peso, en la desembocadura del Amazonas, es enorme y extraordinario. Hay interminables filas de puestos que venden los mangos más grandes del mundo, pescados de diseños exóticos, instrumentos musicales de madera maciza. Allí hay un sector de hechiceras que vende frasquitos de esencias y aceites para curar la salud y para recuperar o afirmar el amor. Esas mujeres de etnias amazónicas la agarran a una de la pollera cuando pasa, le ofrecen felicidad. Un embrujo no es otra cosa que manipulación. O simulación.

Traje de allí un pequeño volante que no es indígena, es afro. “Mae Triana Cartomante Exotérica” se llama la mujer vidente. Promete traer a la persona amada rápido, “amarrada a tus pies”. El amarre es un tópico de la hechicería. Hay brujas urbanas en todo el mundo especializadas en amarres. Los amarres pretenden reemplazar al amor por fascinación. Ese es un truco posmoderno. Una prestidigitación tecnológica que hace llamar amistad a lo que pasa en Facebook. Es un atajo virtual para el atajo que siempre en todas las culturas se buscó: tomar por amor un sentimiento sintético que no se regocija en el bienestar del ser amado, sino en la propia necesidad de conexión.

A fin de año la palabra “amor” se multiplica. Son palabras. Las palabras tienen la particularidad de ser nada menos y nada más que palabras. Pueden ser decisivas o intrascendentes, pueden estar llenas o vacías.

Venimos terminando un año en el que las palabras fueron aligeradas, violentadas, subvertidas por el establishment. Se llegó a tal extremo que tuvimos que escuchar, como una reivindicación política de la mentira, que los hijos de Ernestina Herrera de Noble son nuestros hijos. Llama muy poco la atención que la lucha de las Abuelas sea cuestionada desde sectores golpistas que participan del juego democrático justo cuando esa lucha roza a una mujer muy poderosa. Cuando roza al poder. Eso pasa no inadvertido, sino no dicho.

Este año se puso en jaque a los derechos humanos. La primera en hacerlo fue Susana Giménez, entretenedora exquisita para la videopolítica. “Esa estupidez de los derechos humanos”, dijo aunque quedó sonando la otra parte de la frase, “el que mata tiene que morir”. Después se cuestionó a las Madres y a las Abuelas por la ley de ADN y se alzó nuevamente la frase hecha de que “los derechos humanos son sólo para los delincuentes”, y no para las víctimas de “la inseguridad”. Las coberturas políticas y policiales se entremezclaron. Abel Posse tuvo que renunciar, pero pasamos por el trance de tener unos días un ministro de Educación porteño que volvió a reivindicar el terrorismo de Estado. El huevo de la serpiente se instala en muchos nidos.

Nuestra veta fascista tiene sus dirigentes, pero tiene también muchos voceros en las calles, hombres o mujeres comunes y corrientes que de pronto se entreveran en conversaciones en las que piden matar a unos cuantos. La muerte es una de nuestras tradiciones. Una pulsión argentina que se regodea en soluciones finales. Matarlos a todos es una ilusión degenerada.

Hubo una época bastante reciente en la que los mataron. A todos los que pudieron. Hubo uno o dos años, durante y después del Juicio a las Juntas, en los que el horror sacudía las almas. Habían hecho cosas como tirar a la gente viva de los aviones o como asesinarla y robarse a sus hijos. Eso no es de izquierda ni de derecha. A veces uno se pregunta, en este país jodido, si acaso es de izquierda o peronista haberse quedado atravesado por la decisión de “nunca más”. Este año, uno ha tenido la sensación de que si apareciera un liderazgo bestial, tendría sus bases en esa gente que tiene mucho y no quiere perderlo, o en los que tienen muy poco, quizá un freezer y un auto, o una casa propia y un plazo fijo en el banco, y sin embargo arengan la muerte de los que tienen menos que ellos.

Si se me permite, quisiera dedicar esta columna de fin de año a las Madres y a las Abuelas, por muchas razones. Pero entre ellas, la más firme y convencida es el agradecimiento por haber tramitado su dolor con lucha, y no con venganza. Por haber pedido siempre justicia, y haberse avenido a la mala, la poca, la lenta justicia que obtuvieron. Por haber estado dispuestas siempre a ofrecer a sus victimarios las garantías que sus hijos y sus nietos no tuvieron. Porque a pesar de sus diferencias y de sus líneas internas, siempre todas se pararon allí, en ese escalón que separa la civilización de la barbarie. Y porque en este país que aún conserva su horrible pulsión hacia la muerte, ellas la saltaron, se sobrepusieron, la reciclaron, la gestionaron hacia la vida. Porque son parte de lo mejor que somos, y somos peores si lo olvidamos.




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