Lo que circula por los medios

26 de mayo de 2010

EN NOMBRE DEL ESTABLISHMENT - ESCRIBEN SOBRE EL BICENTENARIO -



Patriotismo
Lejos de la pompa acosadora, mutantes y buscas patrullan con displicencia la “Ciudad Bicentenarizada”. El estruendo hiriente que envuelve al Centro suscita la respuesta despreciativa de un sarcasmo sordo.
Por Pepe Eliaschev | 22.05.2010 | 22:59
Lejos de la pompa acosadora, mutantes y buscas patrullan con displicencia la “Ciudad Bicentenarizada”. El estruendo hiriente que envuelve al Centro suscita la respuesta despreciativa de un sarcasmo sordo. Las gentes van y vienen, rodeadas de un pronunciado aire de ajenidad. Los fastos encarados a alto costo para celebrar los famosos doscientos años del país no los afectan, ni tampoco interpelan.

En varios sentidos, las muchedumbres porteñas miran de reojo y con fastidio el desparramo en una ciudad colapsada por preparativos de gruesa teatralidad. Se nos informa que estamos de fiesta.

Con la 9 de Julio literalmente intervenida, las laterales son corredores de pintoresco existencialismo, patrullados por merodeadores de todo pelaje. Al mediodía del jueves, camino por Lima desde Avenida de Mayo, y paso junto al sobredimensionado stand de las Madres de Bonafini convertidas en estatuas. Por la acera, innumerables tarjeteros, uno cada diez metros, reparten una folletería reveladora de un país envilecido donde innumerables desocupados rasguñan el fondo de la olla. Entregan unas pequeñas octavillas de 8x5, las mismas que decoran las derruidas cabinas telefónicas, vergonzosamente subsistentes.

En Buenos Aires la explosión incontenible de la promoción de servicios sexuales es llamativa. Las pequeñas tarjetas incluyen dirección formal y teléfono de línea de los burdeles. Sus apelaciones son pedestres. Completita, dulce y atrevida. Cumplimos todas tus fantasías. Sólo para exigentes. Sensual y atrevida. Ambiente climatizado. Solita en mi departamento. Te espero. Firman Candela, Pamela, Sofía, Aby, Brisa, Abril.

Ruidosos, beligerantes, invasivos, los bondis marchan a paso de hombre, paragolpe contra paragolpe. Nadie entiende por qué, ni para qué tamaño desbarajuste, pero por todas partes un patrioterismo banderillero y desfachatado pretende justificar el desorden, como si esta gestualidad callejera tan desaforada fuese equivalente a la exaltación de nobles ideas nacionales.

Esas gentes caminan a mi lado, rozan o chocan sus cuerpos, enajenados y miran sin ver nada. Habitan este tablado nacional de fines de la segunda centuria. ¿Estamos molestos? Claro que sí, pero nuestra reacción encarna la irritación arquetípica de esta época argentina, ya que nuestro prurito de fastidio no sale de un intrínseco aislamiento. No cambia nada.

El Teatro Colón muestra su formidable estampa recuperada, puesta en valor tan impresionante que sólo será debidamente valorizada dentro de algunos años, pero hasta en su propio entorno no se han podido evitar las radiografías más elocuentes de la rispidez social. En una Plaza Lavalle embellecida a fuerza de rejas para acotar el vandalismo galopante que barbariza los espacios públicos de este país, y cuya impronta de destructividad más furiosa se hace ver en Buenos Aires, césped, arbustos, canteros y árboles coexisten con grupos de indigentes que duermen al sereno, bajo tolderías vergonzosas. Hay que ser necio o deshonesto para no advertir la ostensible degradación humana patentizada en las calles de esta ciudad.

En una metrópolis donde había por lo menos diez espacios abiertos, enormes y propicios para montar la gran exhibición del patrioterismo gubernamental sin asfixiar a la gente, el Gobierno exhibe su desaforada espectacularidad en torno del Obelisco, para enloquecer aún más la vida cotidiana de decenas de millares de personas durante un mes, antes y después de este 25 de Mayo. No optaron por la Costanera Sur, el Parque Indoamericano, el Autódromo, o el Parque de la Memoria en la Costanera Norte. No. La idea es de un populismo primitivo y rutilante, para enfadar a la mayor cantidad de gente, la mayor cantidad de tiempo posible y al mayor costo.

Supuestamente “autónoma” desde 1994, la Ciudad de Buenos Aires padece impotente la trituradora estatal, que cierra calles, desvía tránsito y destruye espacios oportunamente reparados. En muchos sentidos, todo lo que acontece pareciera sugerir que hay en curso un “máster plan” perverso, indómito e imparable, destinado a cambiar la sustancia y espíritu de una ciudad a la que el poder nacional desdeña, por demasiado burguesa.

Sentadas en cuclillas, a la manera andina, personas ataviadas como indígenas del Altiplano venden objetos, supuestamente artesanales, exhibidos en sus mantas en la esquina, supuestamente peatonal, de Avenida de Mayo y Perú. Para acentuar su apariencia de habitantes legítimamente originarios, beben mate y fuman unas imponentes pipas, junto a la legendaria confitería London eternizada por Julio Cortázar en Los premios, sitio otrora encantado en apasionantes tiempos ya idos.

Recorrer la ciudad observando sus intersticios con morosa y atenta prolijidad revela existencias sorprendentes. ¿Qué tienen que ver esas estampas de derrota y abatimiento con la prepotente y grosera exhibición nacionalista que se agiganta este 25 de Mayo?

Cerca del Congreso, los que viven y duermen en la calle dejan sus colchones sobre los altos alfeizares del edificio del Senado, en la esquina de Solís y Rivadavia. Cuando anochece los bajan, se acurrucan en ellos y ahí se quedan hasta la madrugada. No menos de 50 seres duermen en esos huecos, alimentados de noche desde camionetas del Gobierno de la Ciudad que reparten comida caliente en la Plaza del Congreso. Pocas cuadras más al sur, en la esquina de Solís y Belgrano, a cien metros del Departamento de Policia, un chico está casi todo el día echado al piso junto a una boca de respiración desde la que sale el aire caliente de la cocina de una pizzería.

Mutantes, ambulantes, resignados, alelados, gente desorientada y condenada, sobrevive malamente en una impávida ciudad emborrachada de banderas argentinas y Bicentenarios pretenciosos.

Si me despojo, por un breve instante, de los efectos anestesiantes del brebaje patriotero, percibo de modo rotundo, las imágenes de una puesta en escena indecorosa, como si una gruesa capa de maquillaje intentara tenazmente vestir de tersura y belleza un rostro descompuesto y surcado de arrugas.



--------------------------------------------------------------------------

Joaquín Morales Solá | Ver perfil
El análisis
Esa obsesión por dividir y fracturar
Joaquín Morales Solá
LA NACION
Noticias de Política: anterior | siguiente
Miércoles 26 de mayo de 2010 | Publicado en edición impresa


Votar (393)


Dividió la historia y fracturó el presente para convocar a la unidad nacional a partir de la experiencia de ellos mismos. Esa contradicción rupturista y egocéntrica de Cristina Kirchner chocó ayer, sobre todo, con una sociedad que se encontró con una razón de la existencia nacional y que se volcó masivamente a las calles. No eran argentinos enarbolando banderas partidarias (éstas existieron sólo en los actos del kirchnerismo), sino mucho más conscientes que sus gobernantes del instante excepcional y único de la historia que estaban viviendo. Millones de argentinos se encontraron en el espacio público para celebrar un aniversario que nunca más volverán a vivir. Quizá futuras generaciones podrán hacer planes para sus próximos 100 años, pero seguramente no serán las que están hoy con vida.

¿Es extraña esa fractura en los hechos y en el discurso de los Kirchner? Por el contrario, actos y palabras de verídica unidad por parte de los gobernantes argentinos hubieran significado la sorpresa de lo original. Simplemente, fueron coherentes. Esa coherencia entre fisuras constantes convirtió la conmemoración de la fecha patria en una convivencia inestable y permanente entre dos Argentinas.

De hecho, no hubo en los últimos cuatro días un solo acto que comprendiera a las diversidades políticas, sectoriales, religiosas y sociales. Donde estaban unos no estaban los otros; donde cabía un discurso no tenía lugar ningún otro discurso distinto. Los actos de Cristina Kirchner fueron ceremonias casi monárquicas que sólo admitieron a los propios, salvo algún gobernador disidente y escasos legisladores opositores (dos, nada más). El resto fue la platea eterna de los fastos kirchneristas, tan cercanos ya a la adulación de los líderes que se tornan incompatibles con una República.

El otro acto fue el de la reapertura del Teatro Colón, donde convivieron amablemente peronistas, radicales, socialistas y la centroderecha de Pro. Más allá de las personas que allí expresaban esas ideas, es probable que en ese estilo, civilizado y pacífico, se esté incubando el futuro no tan lejano de la Argentina. Un río social subterráneo parece crecer con fuerza bajo el suelo presuntamente seguro de los actuales gobernantes. Los argentinos que atestaron las calles de Buenos Aires preferían estar unidos antes que inexplicablemente divididos. Nunca se vio mejor que en esos contrastes entre el llano y la cima el irreversible ocaso del proyecto y del estilo kirchnerista.

Merece un paréntesis la presencia en el Colón del presidente uruguayo, José Mujica. Fue el único presidente extranjero que decidió, audaz como es, desafiar el malhumor de los Kirchner; él, un viejo guerrillero, razonable ahora, se entendió sin inconvenientes con Mauricio Macri, un acaudalado descendiente de una familia de empresarios.

Ni Mujica dejó de ser lo que es ni Macri cambió sus ideas. Macri le debe a Mujica más de lo que está dispuesto a aceptar. El viejo presidente legitimó con su presencia la convocatoria del jefe porteño y blanqueó al Colón del equívoco color de las ideologías. Mujica contó que su padre, un humilde trabajador uruguayo, ahorraba de su salario para poder ir al Colón de vez en cuando. Por eso, su hijo estuvo ahí.

Es difícil explicar por qué la Presidenta corrió hasta Luján huyendo de la homilía del cardenal Jorge Bergoglio. Al final, en Luján la esperó un sermón casi idéntico del obispo Agustín Radrizzani. Los discursos eclesiásticos pregonaron el diálogo y el consenso, el valor de las instituciones por encima de los liderazgos fugaces, y remarcaron la existencia de niveles inexplicables de pobreza. Los dos dijeron lo mismo.

La Presidenta intentó la división hasta en territorios que pertenecen a la religión, donde sólo se transmiten e interpretan las palabras de Dios. La religión (la católica es inmensamente mayoritaria en el país) es también un bien común de los argentinos que no hace diferencias entre sectores sociales ni políticos.

¿Quién le dijo que Radrizzani sería mejor que Bergoglio? El mensajero presidencial no sabía de lo que hablaba o entendió que la Presidenta sólo quería fugarse de la Catedral de Buenos Aires. Radrizzani puede tener matices de estilo distintos de Bergoglio (¿por qué no, si son dos personas distintas?), pero integra el mayoritario centrismo de los obispos argentinos. Estos reconocen en el cardenal de Buenos Aires a un valioso líder religioso. Peor fue el resultado de las concurrencias: mientras la Catedral de la Capital estuvo llena de gente común que no ostentó ninguna identificación partidaria, la de Luján estuvo marcada, otra vez, por la presencia de las delegaciones políticas, trasladadas generalmente por los escépticos barones del conurbano.

Dos Argentinas se movían aquí y allá, por todos lados. Populares artistas, aunque mayoritariamente de un color ideológico determinado, actuaron bajo la organización de los actos del gobierno nacional. Otros artistas, menos ideologizados, trabajaron o presenciaron el espectáculo del Colón. Hubo multitudes en los dos lados. Ni una multitud era kirchnerista ni la otra era macrista.

Esa corriente incesante de divisiones llegó a su apogeo con el discurso presidencial de ayer. El Centenario fue un horror, empezó Cristina. Extrapoló los valores de entonces a los de ahora, se negó a comparar los progresos sociales y políticos de la humanidad durante un siglo y no reconoció el esfuerzo de la generación de 1910 para hacer de la Argentina una de las principales potencias económicas del mundo. La Argentina de hoy es mejor en muchos aspectos, pero no tiene la pujanza económica de entonces ni el optimismo social de hace un siglo. No es cierto, por lo demás, que éste sea el mejor momento democrático que la Argentina haya vivido nunca, como aseguró la Presidenta, siempre autorreferencial.

La batalla permanente

"La vida es una batalla permanente, una todos los días", se le escapó a la Presidenta, aunque se dio cuenta en el acto del desvarío del inconsciente y trató de suavizar ese desliz, que fue la mejor profesión de fe kirchnerista. ¿Por qué tenía que ningunear a España, delante de su embajador, cuando mencionó despectivamente que un miembro de la corona española había sido la figura central del Centenario? ¿No se pavonea ella ahora con la supuesta amistad de los actuales reyes españoles? ¿Nadie le dijo, además, que en el Centenario visitaron el país los presidentes de Chile y de Brasil en medio de ceremonias mucho más importantes que las de ahora?

Ninguna otra cosa, sin embargo, fue tan divisoria -ni tan explicativa del presente- como la entronización de Ernesto Guevara en el panteón de los próceres latinoamericanos. El "Che" es un mito y no un héroe; al mito se le permiten todas las fantasías que al héroe se le niegan. Guevara fue una persona valiente, pero de una asombrosa frialdad para matar y para hacer matar, para descerrajar guerras civiles y para enfrentar a los hombres y bañarlos de sangre.

Esas ideas no están en la Argentina de hoy, desde ya, pero sus conceptos de grietas y crispaciones parecen ser las predominantes entre los que gobiernan. Abajo, la sociedad bullía levantando principios más generosos que una recordación sesgada e ideologizada, que los últimos rastros de una polarización condenada a vivir su otoño.


columnistas
PANORAMA // ni libres ni unidos, dominados por el rencor
Bicente por aquí, nario por allá
Llegamos al 25 de mayo con dos Argentina en apariencia irreconciliables, fruto de las obsesiones y aprietes oficiales. Los K, ¿minoría en expansión?
Ver Comentarios (29)
Por Alfredo Leuco | 21.05.2010 | 23:34

“La patria es un dolor que nuestros ojos no aprenden a llorar/ la patria es un dolor que aún no tiene bautismo.”
Leopoldo Marechal



Nadie debe sorprenderse. El Bicentenario, en lugar de convertirse en un símbolo de unidad y cohesión nacional, va a expresar como nunca desde 1983 la fractura expuesta de una sociedad envenenada por el odio. Perón sentenció que el año 2000 nos iba a encontrar unidos o dominados. Unidos no estamos salvo en la intención de ver caído al otro, al que piensa distinto y transita por la otra vereda. El principal responsable de esta tragedia que va a costar años suturar es a todas luces Néstor Kirchner. En su afán de ocupar el lugar de la patria coloca al adversario en el campo de la antipatria. Son dos Argentina irreconciliables. El Teatro Colón sin kirchneristas y con el vice Julio Cobos como máxima autoridad institucional será la crónica de una segunda vuelta anunciada, con música de Tchaikovsky y Puccini.

Pese al crecimiento de los Kirchner en las encuestas, aún hay siete de cada diez argentinos dispuestos a utilizar su voto como un límite para un proyecto autoritario y castigador. El Tedeum en la Basílica de Luján, con el oficialismo como protagonista casi solitario, va en el mismo sentido y es una demostración del fracaso de integrar a la comunidad en una convivencia pacífica que celebre las diferencias y las procese en el debate democrático, sin gritos ni puñetazos en la mesa. El abismo es tan profundo que el propio cardenal Jorge Bergoglio, a quien los Kirchner ubican como uno de los jefes de la oposición junto a Héctor Magnetto, tuvo que llamar a la cordura y recordar que lo que ocurrirá el 25 de mayo en la Catedral será un acto religioso. Estaba en marcha una convocatoria multisectorial de todos a quienes los Kirchner han marginado para hacer una demostración de fuerza.
El estilo de Néstor Kirchner demostró tanta capacidad para la construcción como para la destrucción política. Si el aparato de desprestigio mediático del Estado funciona las 24 horas agraviando opositores, periodistas y repiqueteando el bombo de la propaganda es difícil que a la hora del encuentro patriótico entre los argentinos se coseche otra cosa que no sean facturas y despechos. Lo más peligroso a futuro es que ese quiebre (potenciado en antinomias, como en los tiempos mas nefastos) no alcanza sólo a los dirigentes. Hay multitudes de argentinos que viven en y del campo, que han mejorado notablemente su situación económica. Eso en cualquier lugar del mundo se traduciría en intención de voto o en imagen positiva de Cristina y Néstor. Pero fue tan grande la humillación de la guerra gaucha (golpistas, oligarcas, grupos de tareas), que produjo heridas que no cierran con dinero. Va a tener que trabajar mucho en esos sectores el oficialismo para mejorar sus posibilidades electorales.
En las clases medias urbanas ocurre algo similar. En Córdoba y la Ciudad de Buenos Aires, los candidatos del FpV hicieron los papelones más grandes de las últimas elecciones. En Capital, sacaron un voto de cada diez y en la provincia mediterránea llegaron cuartos: ganó la sociedad entre la UCR y Roberto Lavagna en 2007 y en 2009, Luis Juez. La ofensiva callejera, mediática y agresiva del kirchnerismo del último trimestre en estos dos grandes distritos logró en dosis homeopáticas el objetivo de salir de la vergüenza y retomar ciertos niveles de iniciativa. Felipe Solá lo definió con mordacidad: “El kirchnerismo es una minoría en expansión”. La idea era comunicar el siguiente mensaje: no nos han vencido. Sin embargo, ese mecanismo azuzado desde la televisión oficial y paraoficial y las declaraciones patéticamente soberbias y triunfalistas de un par de funcionarios funcionaron como el patoterismo de una minoría. Como alguien que en lugar de reconocer los errores y revisarlos para no volverlos a cometer, resuelve negar la realidad y levantar el dedito para acusar de gorila y destituyente al que piense distinto y le ganó la elección. Eso fue inoculando la peor de las ponzoñas. Y por eso, entre otros motivos, tanto en Córdoba como en Buenos Aires cuesta encontrar banderas colgadas en los balcones de las casas particulares. Los contestadores telefónicos de las radios, las conversaciones de ocasión en supermercados y una módica cadena de mails fogonearon el estado de ánimo de bronca de mucha gente e incitaron a manifestar su descontento con los Kirchner dejando desnudos los frentes de sus domicilios.

Es muy difícil sopesar la magnitud de un fenómeno cargado de subjetividades, pero convoca al análisis porque las banderas brillan por su ausencia. Amplias franjas de la comunidad sintieron rechazo por esa obsesión enfermiza de los Kirchner de partidizar todo lo que tocan, de no dar puntada sin hilo, de intentar capitalizar los recitales, los triunfos deportivos, los festejos patrios. La codicia del avaro siempre fabrica enemigos. Los Kirchner han demostrado astucia y habilidad para muchos aspectos del crecimiento de su proyecto de poder. Pero se comportaron como elefantes en un bazar cuando fueron obligados por la historia (como en esta ¿fiesta? de los 200 años) a buscar consensos amplios que reflejen la diversidad de nuestra sociedad. La intolerancia tiene patas cortas. Produce llagas sobre la piel que el día menos pensado se convierten en búmeran.

El general Manuel Belgrano decía que “la patria es el sentimiento de libertad que es capaz de transformar en héroes a los ciudadanos mas simples”. El poeta, filósofo y educador Juan Crisóstomo Lafinur murió en 1824, pero escribió algo que parece una crónica de estos tiempos de cólera: “¿Cuál es el que a los tiranos protege en sus agresiones y fomenta disensiones entre amigos y entre hermanos? ¿Quién el que a los ciudadanos les extingue el patriotismo? El fanatismo”. Lamentablemente en esta Argentina de florecimiento económico, atomización social y fragmentación política, el sol del 25 no viene asomando. Y la patria sigue siendo ese dolor que no aprendemos a llorar.

0 comentarios:

Entrada destacada

¿No se crearon puestos de trabajo en los últimos 4 años?

Víctor Hugo transmitió en vivo. 9 de septiembre a las 8:50 · Facebook Mentions · Es #falso que en los últimos años no se creó #emple...

Blog Archive

Etiquetas