Lo que circula por los medios

20 de mayo de 2010

ESPERANDO EL BICENTENARIO CON LOS PUEBLOS ORIGINARIOS Y UNA CANCION





ANTIGUOS DUEÑOS DE LAS FLECHAS




MERCEDES SOSA CON JAIRO

Otra vez, otra vez, otra vez!!!!!!!

http://www.youtube.com/watch?v=GmaWdwqlMwk




http://www.youtube.com/watch?v=7pzdKONHCaw



Sábado, 15 de mayo de 2010

Los indios

Por Sandra Russo
Como muchos argentinos de mi generación, conocí primero a los siouxs que a los mapuches. De los indios no nos hablaban en la escuela, pero en la televisión pasaban películas del Far West. Las caravanas de colonos, llenas de mujeres, niños y cacharros, avanzaban siempre destartaladas en territorio hostil, custodiadas por los hombres del rifle. Acechaban los indios. Sus alaridos espantaban en la noche.

Los espectadores nos identificábamos con los colonos. La colonización era, así, visible como una cuña blanca en el enigma de un mundo desconocido, habitado por seres fascinantes que incluso eran coleccionables en sus versiones plásticas, pero que pese a su fascinación había que aniquilar. Reducían cabezas, arrancaban cueros cabelludos y hacían sacrificios humanos a sus dioses. Los blancos también, aunque siempre lo negaron. Aquí no hubo colonización sino conquista. Los blancos ofrecieron en sacrificio a su único dios a millones de seres humanos, como sin darse cuenta de lo que hacían, como simples inconscientes y amorales. Siempre hablaban de otra cosa. Una nación, una cultura, la civilización, la razón, la ciencia, la religión.

Cuando –hace tanto tiempo– yo era adolescente, en el ámbito rockero y literario en el que me movía, no se hacían fiestas de quince, pero había, a los dieciocho, viajes al Machu Picchu. Era un programita de valores de emergencia, toda vez que la política nos estaba prohibida. Fui adolescente en un país con miedo real, en un país en el que no se hablaba del miedo.

Entonces aquella generación tomó para sí algunos valores posibles, menores, cotidianos, y los convirtió en un modo de vida. En una identidad. Mi generación volvió militancia un ideario aplicado a la vida cotidiana. Fundió política con cultura para sobrevivir.

Las chicas de quince lo menos que queríamos era una fiesta de quince. No estaba bien visto el éxito en general. No íbamos a bailar. Amábamos a los antihéroes y a los perdedores. Nos identificamos con ellos.

Los grandes perdedores de la historia argentina que está por cumplir 200 años eran los que en una enorme pincelada discriminatoria aún llamamos “indios”. Aquella inclinación juvenil por lo indígena no logró, por ser más reacción que iniciativa, perforar los prejuicios que estaban inscriptos hasta en la lengua. Sobre la palabra “indio”, Aiban Wagua, miembro de la comunidad kunayala, escribió sobre las innumerables naciones preexistentes al “descubrimiento” de América:

“Los blancos nos parieron a los indios y evitaron así considerar a los pueblos de Abia Yala como sujetos válidos en sí mismos, con sus sistemas sociopolíticos y religiosos bien diferenciados. Entonces, el indio fue un ente abstracto, sin carne, pero marginado, borracho, pobre entre los pobres. Nos simplificaron y abstrajeron tanto, y tanta fue la insistencia que prácticamente les creímos. A los mayas, a los kunayalas, a los aymaras, a los toltecas, a los totomayas, nos cortaron a todos por igual, porque la sociedad dominante quería simplificar las cosas, y corrimos todos la suerte de indios o indígenas. Tanto que hasta hay teólogos capaces de hablar con una ingenuidad tremenda de la creencia india de América, de una concepción india de la vida o de una cosmovisión india o de una mitología india. Millones de personas que conformamos pueblos o naciones de Abia Yala comenzamos a dar sentido y hueso a los indios. Siglos más tarde nos pareció bueno usarlo como signo de lucha. Y nuestros dirigentes nos dijeron: ‘Ya que nos hicieron indios, como indios vamos a luchar’”.

En estos días recorren el país las tres columnas de la Marcha de los Pueblos Originarios, que por primera vez en la historia plantean reformular su relación con el Estado y ser considerados estrictamente como lo que son: naciones y culturas preexistentes a las otras que se superpusieron en “lo argentino”.

Hasta ahora nuestra concepción del país los ha corrido del borde. No llegarán el 20 de mayo a Buenos Aires para que los porteños se saquen fotos con ellos, como cuando se van de vacaciones. No quieren seguir siendo una opción exótica para el turismo europeo. Vienen a hablar de mineras, de petroleras, de madereras, de producción a gran escala y medio ambiente, de tierras y de agua. Vienen a hablar de esas culturas subestimadas y arrasadas que jamás hubieran atentado contra el planeta. Quieren ser ciudadanos de derecho pleno e identidades colectivas resistentes, aptas para un debate político serio que tome en cuenta sus demandas. Escucharlas es profundizar un modelo hasta la tripa.



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Decir “che” es una marca inconfundible de argentinidad.

Decir “che” es una marca inconfundible de argentinidad. La asiduidad con que la utilizaba Ernesto Guevara la convirtió en el apodo con el que hoy se lo conoce en todo el mundo. “Che” es una de las muchas palabras tomadas de las lenguas autóctonas que han enriquecido el idioma del conquistador incorporando parte de la cosmovisión de los pueblos originarios. Según la versión más difundida, la palabra “che” nos llega de la lengua de los mapuches, pueblo indígena cuya denominación significa “gente de la tierra” (mapa=tierra y che=gente/persona). Paradójicamente, es por el derecho a su ‘tierra’ que este pueblo ha luchado durante siglos, convirtiéndose en “la gente sin tierra”. Hace poco tiempo, un conductor televisivo de Argentina, que ha recaudado millones jibarizando a su audiencia, habría comprado tierras donde habitan familias mapuches.
“¡Che, qué vergüenza!”. No decimos “che” a cualquiera, sólo a aquellos con los que tenemos mucha confianza, especialmente los amigos, y generalmente lo acompañamos del nombre de la persona a quien nos dirijimos: “Che Alan, me das una mano”, “¿Qué contás, che?”. El uso del “che” como apelativo de confianza es asimilable a la marcada predilección por los vocativos cariñosos (“terms of endearment” como se llaman en inglés) que caracteriza a nuestro idioma. En muchas situaciones de nuestra vida social nos dirijimos al otro -con mayor frecuencia, una mujer- con expresiones que en las culturas de otros idiomas serían interpretadas como inapropiadas y hasta intolerablemente insolentes en el diálogo entre personas que no tienen una relación cercana: corazón, reina, cielo, gordita, mi vida, tesoro, chiquita, dulce, etc.
Como sucede con estos vocativos cariñosos, la elección del “che” para dirigirse a otra persona está supeditada a sutiles – y generalmente inconscientes- criterios de adecuación definidos principalmente por los roles de los participantes en la conversación. En Argentina, el “che” va siempre acompañado del voseo.

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