Lo que circula por los medios

26 de julio de 2010

MEMORIA Y SEGURIDAD


A veces nos olvidamos... o no reparamos que la falta de memoria y la inseguridad no son carriles que corren separados en la vida. 

Memoria, para no perder las pisadas ni las huellas; esas marcas que nos dicen de donde venimos, que vimos y que pasos hemos dado o dejado en suspenso...
Y allí resguardada, se asoma la seguridad... La seguirdad en lo que creemos, en lo que decimos, en la confianza que nos da creer en el otro y en sus propuestas. 

La inseguiridad golpea; Y allí el sujeto se siente, sin rumbo, aturdido, inseguro, temeroso y descreido...  

Y con el golpe se pierde esa línea de continuidad, entre el ayer, el hoy y el futuro. 

Memoria para construir y manos a la obra. Solo así tendremos la convicción y la seguridad de estar haciendo  las cosas bien y en pos del bien común...

Gal


 Un cuento: Postales de la calle - Memoria Necesaria
Por Andrew Graham-Yooll


Un vecino del barrio que me acercaba a casa en su auto comentó que no se quedaba a tomar un café porque debía saludar a la madre de un gran amigo de la infancia. "En realidad, es un amigo que ya no está –dijo–. Me queda el recuerdo, y lo vivo a través de la madre. Le pegaron un tiro al querer robarle el auto. Veníamos juntos desde primer grado de la primaria. Parece una situación cada vez más frecuente. A muchos les cuesta enfrentar el problema."

El comentario disparó el temor de que quizás estemos en una etapa que en poco tiempo vamos a querer olvidar. La muerte, las heridas graves, físicas y emocionales, que quedan en las personas como resultado de una constante de hechos criminales, afectan de alguna manera a cada miembro de la sociedad. El dolor llega a través de diferentes relaciones de mayor o menor cercanía. Sin embargo, sucede que en la comunidad urbana el duelo es motivo de negación, y muchas veces bordea la insensibilidad. El reconocimiento de los hechos se mantiene vivo a nivel personal. Cada sobreviviente, cada familia, carga con sus recuerdos, pero de la puerta para afuera se instala el olvido.

Con variantes obvias, una enorme sangría ya sucedió en tiempos recientes. Queremos darle matices diferentes porque ya fue. A partir del primero de julio de 1974, fecha en que murió Juan Perón, se desató una lucha por su herencia que cargó con vidas a partir del velatorio mismo. En 1975, bajo lo que se percibía aún como un sistema constitucional, la matanza sectorial política se cobró unas mil doscientas vidas (eso, sin tener en cuenta los hechos de la criminalidad común o las fatalidades en el tránsito), cifra no oficial, pero llevada en un par de redacciones porteñas. De eso hoy ya no se habla. Dado el curso de las circunstancias, es obvio que la catástrofe tiene tiempo de inicio en el 24 de marzo de 1976, fecha de repudio políticamente correcto y algunas veces marcada acorde con las necesidades. Pero aun así un sector grande de la sociedad argentina prefiere bajar la cortina sobre los tiempos de hace tres décadas, entre muchas razones, porque todavía faltan explicaciones. Falta escribir mucha historia.

Ahora también, no está claro si debemos atribuir el creciente nivel de criminalidad –insuficientemente investigada, explicada o castigada– a la situación económica, a la droga, a la caída en la calidad de la educación pública o a la irresponsabilidad personal. Las muertes hasta comienzan a ser soslayadas en el imaginario público. Algunos se arrogan el derecho al odio; otros, al olvido; hoy como entonces. Eso no deja establecido lecciones para el futuro. La novelista inglesa Sybille Bedford, recientemente fallecida, a los 94 años, sostenía que la civilización depende de instituciones fuertes, principalmente de mecanismos de auditoría que no permitan censurar lo que algunas veces la sociedad quiere olvidar. Era una advertencia serena y útil. Gente como el hombre que iba a visitar a la madre del amigo muerto necesitan una sociedad con memoria como forma de seguridad.


Fuente: Revista La Nación - Domingo 23 de abril de 2006 –

El autor es escritor y periodista

----------------------------------------

Lo que aprendí: Andrew Graham Yooll

3 de Agosto de 2006 por Diego Rottman

Entrevista realizada para el Boletín de Periodismo.com Nº 52, de junio de 2002

Las noticias son la dosis diaria de fantasía.

Los periodistas nos tomamos muy en serio. El periodismo es un oficio y no una profesión. Las profesiones son regidas por títulos y códigos. Y el periodismo es un oficio porque en gran medida no se rige por ningún código, excepto el código de compra-venta: si yo no hago algo bien, no me lo van a comprar, lo que sucede con todo oficio. En ese sentido, un periodista es igual a un tornero. Decir que este oficio es un sacerdocio me parece un exceso…

La sociedad empieza a crear un periodismo de estrellas. Son los sheriffs del momento. Los “starfuckers”, los fornicadores de estrellas.

Los nuevos periodistas se destacan por su tremenda energía. Los cronistas de mi generación llegaban a viejos. Ahora veo que para recoger información en la calle hay que ser más joven. Estar en la calle es estar a prueba permanentemente. De cronista hay que jubilarse a los 29 años y después conseguir un trabajo en la redacción.

Los movileros son prepotentes por encargo, porque los señores que los mandan desde el estudio, son mucho más intolerantes.

Al “Buenos Aires Herald” lo lee gente que quiere información en forma telegráfica y después dedicarse a otra cosa, aquellos que quieren practicar inglés o aquellos que consideran que la mezcla de noticias internacionales que publica el Herald en dos páginas es más completa que la de los diarios grandes. Pero en sus 125 años nunca fue un diario de colectividad. El diario en inglés que fue de colectividad, “The Standard”, se fundió por insistir en limitarse a ese único público.

Yo entré al periodismo para aprender a escribir. Como Hemingway, que es la historia heroica, o como Graham Greene que, quizás por ser inglés, es el otro extremo, el sarcasmo.

Nunca estuve tan aburrido como los años que trabajé en la mesa de redacción del “Daily Telegraph”, en Londres. Pero lo que yo aprendí allí me ha servido para siempre: cómo reducir una pieza periodística a lo que importa.

El periodismo me ha dado el mundo: por exilio, por trabajo y por elección.

En Beijing fundé una revista en chino sin saber una palabra de chino. Dirigía una revista en Londres y sus propietarios me mandaron a China para que hiciera una versión de esa misma publicación, pero allí. Lo único que entendía en esa revista era mi propio nombre… aunque también eso me lo habían traducido. Siempre me veían de mal humor y a los gritos y ellos irónicamente me pusieron un nombre cuya traducción era “el hombre de gran calma”.

Como corresponsal de guerra pude aprender que uno nunca tenía la información. En un conflicto bélico hay demasiados frentes: externos, internos y hacia el interior del medio, en la mesa de redacción, donde la gente también toma partido.

Mientras que en Europa la guerra “hace” periodistas, en América latina un periodista se consagra por denuncias de corrupción. Después de 1982, en Inglaterra a mí no me presentaban como “Andrew Graham Yooll, el periodista del ‘Buenos Aires Herald’ o del ‘Daily Telegraph’”, sino como “Andrew Graham Yooll, el que cubrió la Guerra de Malvinas”. Pero se trata de una sociedad que tiene una historia de pueblo guerrero, cosa que no pasa en América latina, donde diez días despues de “La Guerra de los Seis Días” los periodistas estaban rascándose la cabeza para tratar de entender qué había sucedido.

Me fui de Argentina en 1976 con una preocupación enorme por las fechas y los datos. Estábamos perdiendo la memoria, como efectivamente nos sucedió. Entonces, una cronología tan precisa (“hubo diez asesinados el 4 de marzo a las 15:30″) era la única forma de conservar la información en Argentina. Cuando llego a Inglaterra veo otro modo de hacer periodismo: para leer ahora y para tirar a la basura cuando termina el viaje en tren. Ahí no van las fechas, se pone “recientemente”. Con ese nivel de precisión alcanza. El historiador se encarga de la fecha exacta en la cronica oficial al final del año. A ellos les importaba un pepino el dato temporal, porque siempre iba a haber alguien que les iba a proveer la fecha y hora exacta que necesitaban.

Siempre la autocensura es peor que la censura. La autocensura es un acto moral que el periodista se impone, mientras que a la censura el periodista se enfrenta, y hasta se puede divertir. Nos parece graciosísimo joder a un funcionario publicando algo que justamente había pedido que no se publicara. La autocensura da lugar al remordimiento: “si yo hubiera dicho eso, no podría haber logrado que las cosas fueran un poco mejor?”. En la Argentina de los ’70 el miedo era parte de nuestra vida y caminaba con nosotros como una sombra todos los días, ahí venía el “uyuyuy, mejor no digo esto”. Me debe haber pasado miles de veces.

En la profesión sólo tengo una certeza: que hay que llegar al cierre de mañana.

En julio (N. de la R.: de 2002) voy a recibir de la reina la Orden del Imperio Británico. Ellos dicen que me premian por “servicios al periodismo”. A mí me gusta pensar que están premiando una secuencia interminable de borracheras, cierta irreverencia y quizás, también, cierto amor por la gente.


-----------------------------------
NIETOS RECUPERADOS - CAUSA NOBLE - Tenembaum - Zloto P ( + - ) - Jul 21


Te mienten: UNA MANIOBRA ELECTORAL texto que también lo podes ver en este post: CRISTINA SOMOS NOSOTROS, TODOS NOSOTROS parte 1 - Mar 12

todas somos yeguas




















BIOLCATI SE CREE EL DUEÑO DE LA VEREDA?? OTRO CAPITULO DE PERSONAJES QUE SE MIRAN EL OMBLIGO - Jul 25

MACRI PROCESADO POR LA CAMARA CONFERENCIA DE PRENSA - Ejes: inculpar a Kirchner y los asuntos de familia - Jul 19

0 comentarios:

Entrada destacada

¿No se crearon puestos de trabajo en los últimos 4 años?

Víctor Hugo transmitió en vivo. 9 de septiembre a las 8:50 · Facebook Mentions · Es #falso que en los últimos años no se creó #emple...

Blog Archive

Etiquetas