Lo que circula por los medios

10 de septiembre de 2010

EL CLARIN DE LA DICTADURA - CLARIN Y LOS CENTROS CLANDESTINOS





http://www.youtube.com/watch?v=Ozd5l_agF5M




http://www.youtube.com/watch?v=lXVESoThDEg

IMAGEN FUENTE; http://www.elortiba.org/notapas/clarin1977-2.jpg



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Entrevistado por Jorge Halperín para el libro “Noticias del poder”
Marcos Cytrynblum, 17 años después,
habló sobre Clarín y la dictadura

Fue durante 15 años secretario general de redacción de Clarín. Fue el que logró convertirlo en un diario masivo. De los 15 años, ocho de ellos transcurrieron durante la última dictadura militar Y otros siete en democracia. Nunca se había referido públicamente al rol del matutino en aquellos años. El periodista Jorge Halperín, logró que acceda a brindar algunos detalles. Y los volcó en un interesante libro sobre periodismo político. Allí Cytrynblum abordó algunos aspectos relacionados con la conducción del matutino en un momento difícil para el periodismo argentino y la sociedad toda. La información sobre la existencia de centros clandestinos de detención. La publicación del primer hábeas corpus. Una entrevista que, sin dudas, constituye un aporte a la reconstrucción de la historia del periodismo de nuestro país.
El libro de Halperín y Marcos Cytrynblum (foto: www.webpilar.com)

Por primera vez, 17 años después de haberse desvinculado de Clarín, Marcos Cytrynblum, ex secretario general del diario, decidió declarar públicamente cómo fue su experiencia al frente de la redacción durante la última dictadura militar. Sus expresiones fueron recogidas por Jorge Halperín en el libro “Noticias del Poder”. El propio Cytrynblum, en diálogo con Diario sobre Diarios (DsD), aseguró que esa entrevista fue la primera vez en que se refirió a su gestión, que entre otras cosas, fue la que llevó a Clarín a trepar en sus niveles de ventas.

Quienes conocieron de cerca el proceso de crecimiento que experimentó el diario de la mano de Cytrynblum, destacan que una de las innovaciones que hicieron que el matutino pegara un salto de calidad fue la de editar en su tapa un título principal, cosa que en aquel momento sólo hacía Crónica. Otra de las modificaciones importantes que hizo fue dejar de “abrir” el diario con la sección “Internacionales” y llevar a las primeras páginas “Política” y “Economía”.

Entrevistado por la desaparecida revista “Un ojo avizor” ( en septiembre de 1997, Héctor Ricardo García, dijo: “Creo que Clarín es una buena copia de Crónica (…) El punto de inflexión fue en la etapa que condujo Marcos Cytrynblum; yo soy amigo de Cytrynblum y cada vez que lo veo le digo ‘¡qué bien me copiaste!’. A mediados de la década del 70, ni Clarín ni La Nación ni La Prensa publicaban noticias policiales en tapa”.

Cytrynblum estuvo al frente de Clarín entre 1975 y 1990, cuando fue reemplazado por Roberto Guareschi. Cuando se hizo cargo de la redacción, Cytrynblum tuvo por encima a un “comisariato político” integrado sucesivamente por Oscar Camillión, Octavio Frigerio y Carlos Zaffore. Fueron los años en los cuales Rogelio Frigerio – dirigente desarrollista - tuvo peso en el matutino, que incorporó en 1972 al también desarrollista, el contador Héctor Magnetto proveniente de la ciudad de La Plata. Éste último fue quien en el 90 pasó a ser el CEO del Grupo y desplazó de la redacción a Cytrynblum y Joaquín Morales Solá. El tucumano Morales Solá llegó a ser el segundo de Cytrynblum. Ingresó a Clarín después de ser corresponsal en dicha provincia, en los tiempos duros de la represión del “Operativo Independencia”. Con Morales Solá llegó otro coterráneo suyo: Ricardo Kirschbaum. La salida de Cytrynblum y Morales Solá, significó el ascenso de Guareschi. Finalmente en 2003, Kirschbaum reemplazó a Guareschi, ocupando el cargo desde entonces y hasta el presente de editor general.

En el periodismo argentino corre desde hace años una leyenda nunca comprobada que afirma que antes de dejar el matutino, tanto Cytrynblum como Morales Solá habrían firmado un acuerdo de “confidencialidad” sobre lo ocurrido en el matutino durante aquellos años. Los acuerdos de “confidencialidad” son aún habituales en el empresariado privado: a la confianza depositada en la toma de decisiones se supone que se le corresponde con prudencia y reserva.

Luego de su paso por Clarín, Cytrynblum también fue secretario de redacción del diario La Prensa en la fallida experiencia que intentó la empresaria Amalia Lacroze de Fortabat en 1994. A fines de los 90 se hizo cargo de la dirección de Canal 9, cuando estuvo a cargo del grupo australiano Prime hasta el 2000. Desde 1998 es presidente de la Fundación Del Viso, de la cooperativa telefónica TelViso y director general de la revista Tercer Sector.

Pasaron ya muchos años. Es fácil comprender que para los periodistas más jóvenes tal vez la vida y trayectoria profesional de Cytrynblum resulte ajena. Por eso DsD presenta hoy esta entrevista. Acercar este material a los lectores apunta a sumar un aporte a la reconstrucción de la historia del periodismo en nuestro país. También porque resulta curioso que la primera vez que Cytrynblum se refiere a su gestión al frente de Clarín haya pasado desapercibido en los medios nacionales.

Cabe consignar aquí, que aunque no tuvo la misma profundidad del reportaje concedido a Halperín, Cytrynblum respondió algunas pocas preguntas sobre su paso por Clarín al sitio Web Pilar, que se publicó en febrero de 2006.

Noticias del poder
El periodista Jorge Halperín publicó este año el libro “Noticias del Poder – buenas y malas prácticas del periodismo político” (Editorial Aguilar) que analiza los vínculos entre los poderes y la prensa, las relaciones entre los profesionales de la información y los dirigentes políticos y la manera en que los diarios construyen la información que se publica en esas secciones como así lo que se “instala” en la agenda mediática. La obra de Halperín incluye relatos propios del periodista sobre distintos hechos que acapararon la atención de las secciones políticas de los diarios como también una variada cantidad de testimonios sobre distintos detalles de la profesión. Desfilan, entre otros, Mario Wainfeld, José María Pasquini Durán, Oscar Raúl Cardoso, Jorge Lanata, Dardo Fernández, Mauricio Carini, Adriana Amado Suárez, Daniel Santoro, Eduardo Aliverti, Tomás Eloy Martínez, Rodolfo Terragno, Fernando Ruiz, Damián Nabot, Edi Zunino, Ana Barón, Carlos D´Elía, Walter Goobar, Carlos Corach, Enrique Nosiglia y Furio Colombo.

Entre los temas referidos al periodismo político que aborda el libro, Halperín destaca: “La construcción de la verdad periodística”, “La cocina de la información”, “Las fuentes, una adicción de alto riesgo”, “Columnistas políticos: las fuentes y los cantos de sirena” y “La construcción de la agenda”. También “La prensa política ante la peor dictadura”, “El periodismo político al servicio del poder”, “La formación del periodista político”, “Te quiero, compruébalo: el periodismo de investigación”, “El corresponsal”, “La televisión”, “Periodismo en las provincias”, “Los políticos”, “El terrorismo”, “Las nuevas tecnologías” y “La mirada internacional”.

El libro también incluye un epílogo de Halperín en donde hace una lista de los “vicios” del periodismo político: “Instalación deliberada de temas ajenos al criterio profesional, falta de investigación, descontextualización de las noticias, operaciones de prensa, amistades peligrosas en el poder, protección de las fuentes hasta la complicidad, falta de distancia crítica de los medios, omisiones complacientes respecto al gobierno, y, sobre todo, una suerte de ensimismamiento de los medios que, en una cantidad más alarmante de casos, parecen ignorar al lector, preocupados como están por aceitar sus vínculos con el poder”.

De todas formas el periodista culmina el prólogo esperanzado:

“Como queda dicho a lo largo del libro, el periodismo no vive su mejor momento. Y sé que constatarlo empuja peligrosamente hacia la resignación o el cinismo. Pero la exigente aventura vivida con este libro me ubica, por suerte, en otro lugar: el de un escepticismo que, no obstante, se resiste a abandonar la esperanza. Después de todo, me digo: ¿por qué creemos que la construcción de ciudadanía, siendo una tarea realmente ardua, es posible; y esta herramienta que ayuda al ciudadano a controlar el poder –el buen periodismo- no lo sería? Por suerte, hay maravillosos ejemplos a mano para aguardar un futuro mejor”.

Halperín lleva 40 años en el periodismo (se inició en 1967). En la actualidad es conductor del programa “La siesta inolvidable” que se emite por Radio Mitre y de “Dinero” que sale al aire en el canal Ciudad Abierta. A lo largo de su carrera pasó por las redacciones de La Razón, Clarín y El Cronista Comercial, desempeñándose en las secciones Internacionales, Opinión y Cultura. También fue director de la desaparecida revista Trespuntos.

El libro “Noticias del Poder” tuvo una amplia repercusión en el ambiente periodístico. Si bien por su temática quizá no esté llamado a ser un best seller, el contenido ha sido profusamente comentado entre los periodistas, en especial aquellos que se desempeñan en las secciones políticas de diarios y revistas. Pero nadie hasta ahora reparó en los dichos de Cytrynblum, diecisiete años después.

Cytrynblum, Clarín y la dictadura
Uno de los aportes de “Noticias del poder” es la entrevista que Halperín le hizo a Marcos Cytrynblum. El capítulo en donde se puede leer el reportaje lleva como título “Los diarios en los tiempos de Videla”.

En diálogo con Diario sobre Diarios (DsD), Cytrynblum agregó algunos elementos para aportar una “contextualización” adecuada al diálogo reproducido por Halperín. En primer lugar destacó que “hay una diferencia importante entre los dueños de los medios y los periodistas que confeccionamos esos medios”. En ese sentido consideró que “las empresas editoras de los diarios son empresas comerciales que fijan una línea editorial a la que los periodistas se deben ceñir”. Agregó que “a pesar de eso en Clarín, los periodistas, hicimos varios esfuerzos por tensar el límite de la censura que imponían férreamente los militares”. Admitió que “publicamos los hábeas corpus después de otros medios como el Herald”, pero señaló que “las dos veces que lo hicimos, Harguindeguy me mandó a la Federal para impedir la salida del diario”.

Recordó también que “fuimos los periodistas del diario los que recibimos al hermano de Jacobo Timerman e hicimos un editorial pidiendo por su aparición con vida”. Aunque afirma que cada aproximación a esos límites “era muy costosa” en términos de presión de los militares a la empresa. “A lo largo de mi carrera recibí muchos premios –prosigue- pero hay uno de ellos que es el que guardo con mayor orgullo: es una edición del libro ‘Las locas de Plaza de Mayo’ editado por las Madres de Plaza de Mayo con una dedicatoria firmada por cada una de ellas en agradecimiento por lo que hicimos”.

Otro elemento de contexto que aporta Cytrynblum es la diferencia entre los distintos medios. “Cuando yo digo que el Herald o La Prensa tenían más posibilidades que nosotros para publicar hábeas corpus, no lo digo en forma peyorativo hacia esos medios. Pero es claro que hay una diferencia que no se puede pasar por alto entre un medio dirigido a una colectividad, de habla extranjera y que vendía 5.000 ejemplares o La Prensa que vendía 8.000, con un medio masivo que en ese momento rondaba los 600.000 ejemplares diarios. Cae de maduro que el ojo de los censores estaba más atento a nosotros que a los otros medios. Y esto sin desmerecer la actitud que han tenido, que desde ya es elogiable”, dice. Y agrega: “Algo que me parece importante destacar es que Clarín fue el primer diario grande que publicó hábeas corpus”.

Para respetar el tenor del diálogo y clima generado entre entrevistador y entrevistado, DsD reproduce textual el reportaje tal como aparece en el libro. También se respetan las reflexiones que el propio Halperín realiza al final de la entrevista. Agradecemos al autor y a la editorial por autorizar al DsD a publicar este pasaje.

Marcos Cytrynblum ha sido no sólo el secretario general de redacción que marcó el salto de Clarín hacia el liderazgo del que hoy goza como el gran diario de la clase media argentina, sino quien tomó las decisiones periodísticas del gran medio aun desde antes de que los diarios se silenciaran ante el poder militar, y por el período más dramático de la historia argentina reciente. Su gestión se extendió hasta la caída de Alfonsín, ya en democracia, y suyas fueron las tapas de los días de la dictadura feroz, de la guerra internacional y del estallido de la hiperinflación. Cytrynblum intuyó desde los días de José López Rega el momento de cambio en la información política:

-¿Entre qué años estuvo al frente de la redacción de Clarín?

-Desde fines de 1975 hasta 1990. Cuando yo asumí como secretario general, en ese mes el diario vendió 290.000 ejemplares contra 230.000 de su competidor, La Nación. Y, cuando me fui del diario, en 1990, estaba vendiendo cerca de 600.0000 ejemplares, con picos de más de un millón, en algunos meses muy especiales, como los de la guerra de las Malvinas, y también los domingos. Al comienzo de mi gestión, el diario abría y seguía por muchas páginas, entre diez y quince, con información internacional. Por ejemplo, teníamos varias páginas dedicadas a la guerra de Vietnam. Parece mentira, pero hasta el año 1975 se abría con Camboya, con Vietnam, con los problemas de Grecia o de Polonia. Cualquier noticia de esa naturaleza precedía a la información local. Y la verdad es que a la gente le importaba muy poco si los norteamericanos habían tomado o perdido una colina en un lejano país. Pero, claro, era en ese momento la fuerza de la costumbre, de esta actitud del editor de pensar que lo importante estaba afuera, que no estaba fronteras adentro. Entonces, lo que hice es darle la mayor atención a lo que ocurría en el país, por aquella vieja ley de “cuanto más lejos esta la noticia, menos importante es”.

-Cuando instala la sección de política nacional como apertura del diario, ¿usted produjo muchos cambios en la organización de esa sección?

-Bueno, la ubicación también nos obligó a una prolijidad mayor, a un mayor despliegue, a un mayor cuidado, porque era la apertura del diario. Ahí pusimos mucho esfuerzo. Recuerdo que traje a [Joaquín] Morales Solá de Tucumán por esos días, y luego incorporamos a Ricardo Kirschbaum, a [Eduardo] Van der Kooy, a [Alfredo] Leuco. Algunos de ellos provenían de la sección de deportes… En fin, buscábamos reforzar política. El primer paso fue tomar conciencia de la necesidad del cambio. De cualquier modo, no fue un cambio brusco, sino una línea tendencial que se reforzó. Además, recordemos la época en que esto ocurría: noviembre de 1975, cuando este país era un caos, la Triple A acomodaba cadáveres en las esquinas, se acababa de echar del poder a [José] López Rega, faltaba un mes para el golpe aeronáutico del brigadier Capellini, y los militares, y el diario La Razón especialmente, venían preparando el terreno para el golpe que nos sumió en la larga oscuridad. Era una imbecilidad hablar de Vietnam, cuando ya teníamos un Vietnam adentro. Con argentinos que eran asesinados, Silvio Frondizi, Ortega Peña, etc. Entonces, desde mi visión del periodismo, el cielo clamaba el cambio y que política pasara a la apertura del diario.

-Usted se hace cargo del diario y a los cinco meses estalla el golpe militar de Videla, que clausura medios, que baja línea a los directores, y que liquida la actividad política. ¿Cómo se le transforma la gestión del medio? ¿Cuánto impactaba en su estrategia periodística?

-Estamos hablando del poder. En una democracia el poder está disputado con formas democráticas, con el diálogo, con la confrontación, con la polémica, etc. El gobierno militar no fue un monobloque, fue un gobierno lleno de facciones. Entonces, la pelea entre la Marina y el Ejército fue una constante. Y eso proveía mucho material, que obviamente no se podía manejar con la soltura con que se manejan en democracia estas cuestiones de poder. Pero, muy rápidamente conocida la política económica de Martínez de Hoz, el diario, en la medida en que se fue animando, comenzó una crítica. ¿Por qué? Porque era desindustrializadora, porque era enemiga del desarrollo de la Argentina, que es el leit motiv de Clarín. ¿Y qué sucedió, entonces? Rápidamente, ofreció cierto paraguas el hecho de que el otro hombre fuerte del gobierno militar, el almirante [Emilio Eduardo] Massera, se pusiera a la cabeza de la crítica contra la política económica. Tal vez por objetivos subalternos comenzó, al mismo tiempo, una pelea muy dura entre los liberales del Ejército y los de la Marina. Eso permitía hablar con algunos especimenes del Ejército que daban una versión de la historia, y con agentes de la Marina, que daban otra versión, y teníamos material y facetas distintas y visiones distintas, aun dentro de un gobierno que aparentaba ser monolítico. No existió tal homogeneidad. Obviamente, no disponíamos de la soltura con la que uno se puede manejar en un gobierno democrático. Por supuesto que hubo un apagón informativo, que estábamos bastante limitados para desarrollar toda nuestra potencialidad para informar a la población. Fueron años muy duros, pero también con el paso del tiempo la solidez de aquel poder se fue resquebrajando. Además, se resquebrajó muy prontamente por la ineptitud de esta gente.

-¿Qué sucede exactamente en el momento del golpe?

-A ver… Cuando se produce el golpe, a nosotros nos convocan al Ministerio de Marina o a la Casa de Gobierno, y nos dicen que iban a revisar todo el material, que íbamos a pasar por una censura.

-¿Era todo el material, o sólo aquello que se refería a política y economía?

-Era todo, todo el diario. Recuerdo que en el área de prensa estaban un capitán Corti y otro capitán de navío, Carpintero. Yo les explicaba que me parecía imposible que pudieran leer todo el material de los diarios a tiempo como para que los diarios llegaran a los kioscos a un horario prudente para que los lectores los pudieran leer. Pero, con la soberbia que les daba haber asumido en un solo golpe todo el poder, no me escucharon. Por supuesto que al segundo día a las cuatro o cinco de la madrugada estaban todos los diarios paralizados. Los militares leían la información, y nos llegaban en cuenta gotas las notas corregidas.

-¿Corregían mucho?

-No, no corregían.

-Convengamos en que la información política en esos días era bastante prudente.

-La información política tenía que ver mucho más con la información que ellos mismos suministraban y la que nosotros recogíamos, que con producción propia…

-¿No había todavía mucha especulación periodística difundiendo trascendidos e internas que realmente existían?

-No, eso no existía, no se podía. Lo primero era que queríamos que el diario se publicara, porque veíamos que los diarios no salían. Bueno, a cierta hora de la madrugada dijeron “publiquen todo”, y el diario salió sin censura, y, a partir de ese momento, cambió su rigidez.

-¿Eso sucedió en los comienzos del gobierno militar?

-Sí, el sistema que planteaban sólo duró un día.

-¿Los militares carecían de estructura para ejercer una censura organizada?

-No tenían estructura. Y, además, los frenaba su desconocimiento de cómo funcionaba el diario.

-¿La Secretaria de Medios no estaba ahí, actuando sobre ustedes?

-En el diario, no. Teníamos que enviar los originales. Si hubieran hecho eso, si instalaban gente propia en los diarios tal vez habrían podido ejercer un control más estricto.

-El dato está revelando que los militares no tenían una política de medios para el golpe.

-Para nada. Y, si la tenían, estaba completamente equivocada. Piense apenas en el traslado de los materiales periodísticos, que llegaban a una oficina burocrática, donde se juntaban todos. Era un caos. Hubiese sido más inteligente del lado de ellos enviar, por ejemplo, cuatro subordinados a Clarín y sentarlos en una oficina del diario a leer los materiales. Pero la burocracia militar los obligaba a consultar cada cosa a sus superiores, y entonces quedaban enmarañados.

-Además, supongo que no tenían “cuadros políticos” capaces de hacer la lectura crítica de la información. Pese a eso, en todo caso podemos hablar de una segunda etapa de prudencia de parte de las redacciones acerca de cuanto podían difundir de las peleas internas.

-Bueno, recuerdo la indicación principal que recibimos cuando nos liberan de aquella estúpida censura: “No se publica nada sobre la lucha antisubversiva que no sea noticia oficial”. Ahí estaba claro que el castigo era la clausura del diario. No lo decían así, pero la orden era que no se podía publicar otra cosa que los partes que entregaban las Fuerzas Armadas. Y eso es lo que tuvimos que hacer, porque, además, en caso de tener alguna información vinculada con algún episodio de armas, no podíamos corroborarla hasta que ellos no nos daban la voz oficial.

-¿Cuanto duró esa prohibición?

-Duró bastante. Yo diría que duró años. Entre el golpe militar y el primer habeas corpus que publico, presentado por las Madres de Plaza de Mayo, pasó bastante tiempo.

-¿De modo que existía una cantidad de información y de denuncias que llegaban al diario pero que no se podían publicar?

-Nosotros hemos tenido, incluso, algunos problemas propios. Por ejemplo, Carlos Pérez era un editor que no trabajaba en la planta del diario, era free lance, y fue detenido. El tema fue así: comenzamos a escuchar sobre gente que era detenida o desaparecida. Para nosotros, desparecido no era la palabra, era detenido. En la confusión enorme que es un cambio de situación de un gobierno constitucional a la toma del poder por los militares, en una situación como la que vivíamos de enfrentamientos, de combate, de acciones de uno y otro lado, y en operativos que realizaban las Fuerzas Armadas, hablábamos de detención: “Está preso”; “Lo metieron preso”. Muy lejos estábamos de pensar que hubiese argentinos que tuvieran en su cabeza un sistema de desaparición, tortura y muerte de otros argentinos.

-¿Pero, acaso no corrían rumores de que había centros clandestinos de detención?

-No. Nosotros no sabíamos dónde los tenían. Pero le aseguro que por muchísimo tiempo no supimos de los lugares clandestinos de detención. En realidad, creo que nuestra primera información procedió de gente que se les escapó, y que desde el exterior hablaban de estos temas. O sea, no nos entraba en la cabeza semejante posibilidad.

-Sin embargo, la Embajada de Estados Unidos tuvo un colaborador que se conectaba con Patricia Derián, secretaria de Estado del gobierno de Jimmy Carter, y que ayudaba recogiendo denuncias de desapariciones, muertes y torturas.

-Pero, cuando nosotros decimos “centros de detención”, estamos pensando en un sistema cuasi nazi. Nosotros escuchábamos que iban a un lugar y se llevaban a una persona, y la detenían…

-Quizás el sentido común le habría dicho “¿No estarán torturando, como se ha hecho en las dictaduras anteriores?”.

-No, ¿a ver en qué dictadura anterior se torturó y se mató? Antes se fusiló, pero esta cosa de tomar personas, meterlas en un campo de concentración, torturarlas sistemáticamente, llevarse lo niños, matar a mujeres y a hombres, tirarlos de los aviones, todo en un plan previamente establecido, que sí funcionó... No estábamos preparados para imaginarlo. Piense que veníamos de un mundo civilizado. Cada uno tenía su pensamiento político. Ya nos asombraba la locura de la pelea peronista entre la derecha y la izquierda… Piense que en 1955, el golpe de la Revolución Libertadora, 1956, con la muerte de Valle, los fusilamientos, eso ya nos espantó. Pero fueron juicios sumarísimos, de alguna manera. Después vino Onganía, los azules y los colorados, y fue una bestia con la inteligencia argentina, “la noche de los bastones largos”. Pero no se mataba como política represiva. El aniquilamiento, en el decreto que firma Raúl Lastiri, ellos lo llevaron a la práctica, por más que Lastiri y compañía digan que aniquilamiento era de las organizaciones y no de las personas. Pero ellos lo cumplieron al pie de la letra. Tenían un plan para matar a todos los zurdos, subversivos, anticristianos.

-¿Esto no llegaba acaso ni como rumor a la redacción?

-Era impensable. ¡Qué argentino podía pensar en eso! Que pudiéramos llegar a esa situación… No es que fuéramos imbéciles. Yo le pido que haga un ejercicio de introspección y me diga si imaginó en 1976 que podíamos llegar a una cosa así.

-Yo escuchaba que se estaba “chupando” gente, pero no sabía de los campos de concentración. Imaginaba, por sentido común, que los debían torturar, porque en verdad ya venía sucediendo con López Rega.

-Lo que nosotros sabíamos por entonces era lo de los asesinatos. Pero López Rega se había ido, y, supuestamente, frente al caos y a las muertes en las calles del gobierno de Isabel Perón, venían los próceres militares a poner orden. Y lograron el consentimiento de gran parte de la sociedad argentina.

-¿Y qué sucede cuando The Buenos Aires Herald y La Prensa empiezan a recoger denuncias de violaciones a los derechos humanos? En ese momento sí aparece una información.

-Pero, ¿de qué época estamos hablando? No era inmediatamente de producido el golpe que se publicó esa información.

-¿Sería tal vez en 1977 o en 1978?

-Yo recuerdo que para mí recién fue un antes y un después el día en que publiqué el primer habeas corpus que me trajeron las Madres de Plaza de Mayo.

-¿Recuerda cuándo fue?

-No me acuerdo.

-¿Y quién se lo llevó, Hebe de Bonafini?

-No, yo lo recibí de Nora de Cortiñas.

-¿El diario se planteó en algún momento, en medio de esa etapa, “qué pasa si nos animamos a no obedecerles a los militares”, y a publicar cosas?

-En realidad, desde el momento en que tomamos conciencia lo que hicimos fue siempre buscar el límite. Entonces, tuvimos algunos conflictos. En algún momento, el general Albano Harguindeguy, ministro del Interior, nos detuvo una edición. Lo mandó a Luis Palacios, que era su segundo en Interior, y nos pararon la edición en la calle Tacuarí. Tuvimos encontronazos. No nos dejó salir porque quería cerciorarse de algo, no recuerdo exactamente el tema. Entonces, a la una de la mañana lo llamé por teléfono y le dije: “Usted no quiere que mañana salga Clarín. Están los distribuidores esperando el periódico, el diario hecho…”.

-En cierto momento los grandes diarios quedaron un poco a la zaga del Herald y de La Prensa en esta materia, porque esos dos medios eran los únicos que se atrevían a denunciar. ¿Provocó discusiones internas en el diario, del tipo “¿qué hacemos, empezamos a publicar?” En definitiva, alguien había corrido el umbral de lo que era publicable...

-Nosotros también lo corrimos empezando con esas publicaciones que nos traían las Madres. Otra cosa importante fue la detención de [Jacobo] Timerman. Entonces, recuerdo una historia un poco triste, porque cuando lo detienen a Timerman también se llevan a otros dos periodistas: Ramiro de Casasbellas, antiguo director de Primera Plana y a Enrique Jara, que fue jefe de redacción de La Opinión. Yo estaba conversando con Jara para incorporarlo a Clarín, y, cuando me enteré de que lo habían liberado a él y a Casasbellas, llamo a Jara a la casa, lo felicito, y me alegro de que lo hayan liberado. Él me dice que soy la primera persona que lo llama, que acaba de llegar a su casa. Poco más tarde, grande fue mi asombro cuando por televisión observo una conferencia de prensa donde ambos acusan a Timerman de todos lo males de los que lo acusaban los militares y le adjudican toda la responsabilidad por su vínculo con las “fuerzas del mal”. Me dio mucha vergüenza y tristeza al mismo tiempo, pero, poco después, yo recibí la visita del hermano de Timerman, que me cuenta que Jacobo estaba siendo torturado. Entonces, llego al diario, planteo la inquietud y publicamos un editorial protestando por esta situación. Recuerdo que fue en 1977.

-¿Empezó, entonces, a correrse el umbral de lo que se publicaba o aquel editorial fue un hecho aislado?

-Los riesgos con los militares tenían que ver con la magnitud de los periódicos. Digamos, los dos diarios que se animaron más, y fueron pioneros en esto, eran, desde el punto de vista de su tirada, diarios marginales. Y acá tiene que ver también el hecho de que en el diario un periodista trabaja en una empresa periodística, y no es el dueño de la organización. Entonces, era el mundo de lo posible. Sin duda que nosotros empujamos por publicar.

-¿Hay un momento en que se libera mucho más la posibilidad de informar sobre denuncias de detenciones clandestinas?

-Hay un momento en el cual los militares empiezan a descargar sus responsabilidades en otras fuerzas. Comienzan a culparse entre sí y a acentuarse las divisiones. Comienzan las aspiraciones individuales de jefes de distintas armas. Esta fractura en el bloque militar hizo que nosotros tuviéramos más posibilidades de contar cosas. Por ejemplo, si publicábamos algo que recibíamos como información no oficial de la Marina, y el Ejército se enojaba, decíamos, “a nosotros nos contó la Marina”, y viceversa. Es decir, podíamos aprovechar estas grietas en la interna militar.

-Imagino que el primer cambio a partir de un gobierno militar fue reorientar a los periodistas políticos para modificar las fuentes, porque hasta ahí las fuentes eran los políticos y funcionarios. A partir del golpe, todos los espacios políticos y la información trascendente provenían de generales, coroneles, almirantes y brigadieres ubicados en los puntos estratégicos del gobierno y del Estado. ¿A cuántos cambios lo obligó esa nueva realidad?

-¿Cuál era el poder? En una democracia el poder es el gobierno, la oposición también, el poder está en el Congreso, en la Justicia, etc. Bueno, el poder eran los militares. Los partidos políticos fueron acallados, no había ninguna manifestación política en la Argentina. El Poder Legislativo había sido reemplazado por un poder burocrático llamado Comisión de Asuntos Legislativos (CAL). Y la Justicia era un apéndice del gobierno militar. Entonces, obviamente, el flujo informativo posible se redujo. Había más gente trabajando los temas del gobierno, que eran inherentes al gobierno militar, y alguna otra gente que traía otra información, ya no del mundo político. Entonces resignamos un poco la tarea; hubo un cambio importante.

-¿Y se le impusieron periodistas “oficiales”, como sucedió en algunos diarios?

-No. Yo no recuerdo. Si se publicaban cosas, tenían que ver con que eran opiniones de alguna gente vinculada al poder militar. Pero eran opiniones como puede ser cualquier otra, nunca la opinión oficial.

-Cuando concluye la etapa de la represión más dura, que prácticamente culmina después del Mundial 78, ¿empiezan a encontrar más flexibilidad para publicar información crítica? ¿Se podía saber algo sobre los campos de concentración clandestinos? Recordemos que ya venía al país Patricia Derián, la funcionaria de Derechos Humanos de Jimmy Carter y planteaba denuncias.

-Publicábamos lo de Derián. Era un dato inocultable e imposible de ser bloqueado. Pero también le quiero recordar que para entonces la Argentina estaba casi lanzada a una potencial guerra con Chile. Y en ese momento también hubo una pequeña censura militar respecto de las informaciones vinculadas con Chile. Solamente había que publicar lo que nos enviaban de las Fuerzas Armadas. Recuerdo que el jefe de Estado Mayor Conjunto, ese ser aborrecible que fue Ramón Camps, me citó una vez para hablarme de la estrategia en el tema con Chile. Me recibió con una pistola 45 sobre la mesa, y el diálogo fue algo así como: “¿Cómo se llama usted?”, haciendo como un gesto de extrañeza e incomprensión. Entonces, le digo: “Cytrynblum”. Y él me dijo: “Cytrynblum… ¿De qué origen es ese apellido?”. Le contesto: “Mi apellido es judío, mis padres son judíos polacos, ¿por qué me lo pregunta?”. Entonces, por toda respuesta me dice: “Qué difícil es, ¿no?”. Es algo imborrable para mí, y lo pinta a Camps de cuerpo entero. Años después, en 1983, vamos a Olivos a saludar a nuestro presidente constitucional porque él nos invita con [Joaquín] Morales Solá y le relato esta historia. Y Alfonsín que no es propenso a decir malas palabras, arrancó de sus tripas más profundas un “¡Que hijo de mil puta!”. Yo volví a mi casa y me reuní con mi familia y le conté unas historias… En general, las historias de los militares nunca las había contado. Les conté esta historia con la reacción de Alfonsín y dije: “No sé cómo le irá a este hombre, pero esta exclamación que le salió de lo más profundo de su ser me indica que es un profundo demócrata, porque no midió las formas y expresó lo que realmente sintió en ese momento”. Hoy sigo pensando que es un gran demócrata y le tengo un aprecio infinito y, además, creo que la Argentina le debe mucho, porque tampoco me voy a olvidar del juicio a las juntas y del momento increíble en que vi entrar en los tribunales a los generales del Proceso, uno tras otro, como reos…


El relato de Cytrynblun es vívido y ofrece una muestra de las formas de amedrentamiento ejercidas sobre los medios por el poder militar manejado por una camarilla mafiosa (¿de qué otra forma describir a un poder que, además de ejecutar a sus víctimas aplicándoles todas las formas de crueldad, usó el aparato del Estado para transferir bienes de los detenidos y desaparecidos a las cuentas personales de generales y almirantes, y perpetuó el saqueo del propio Estado?).

Bien, la prensa fue amedrentada. ¿Se puede compartir la idea de Cytrynblun de que los grandes medios tenían menor margen para publicar denuncias que los de menor tirada, que él llama “marginales”? ¿No habría sido al revés: que los grandes medios, por su gravitación, incluso más allá de las fronteras, hubieran podido pararse con mayor firmeza frente al poder militar, obsesionado por mostrar al mundo que no violaba los derechos humanos?

Es difícil saberlo. Pero, en mi propia experiencia, que incluyó trabajar en grandes medios en una parte del tiempo del Proceso (hasta 1977 en el vespertino La Razón y, desde 1981, en Clarín), si bien en secciones que no eran de política nacional (Espectáculos en La Razón; Internacionales, en Clarín), las cosas no lucían así.

Es sabido que el empresariado fue uno de los sectores de la sociedad argentina para los cuales la dictadura militar fue funcional a la tarea de cerrar un período de enfrentamientos violentos, debilitando el poder de movilización política de sectores del peronismo y de la izquierda, así como a las fuerzas insurreccionales, y que logró también disciplinar a los trabajadores detrás de los planes de concentración económica del ministro Martínez de Hoz. Y los grandes medios eran ya entonces propiedad de empresarios. Claramente, La Razón fue reconocido por esos días como vocero del comando en jefe del Ejército. ¿Qué sucedía con los otros medios, los que no pertenecían al gran empresariado?
DsD 12 - 9 - 2007


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El 25 de marzo de 1976, en el diario se leía: "Se abre ahora una nueva etapa, con renacidas esperanzas. Y, si bien el cuadro que ofrece ahora el país es crítico, no hay que olvidarse que todas las naciones tienen sus horas difíciles y que el temple de sus hijos es capaz de levantarlas de su ruinosa caída".


Sobre la lucha antisubversiva, dijo un artículo publicado en el diario en 1982 - Artículo en la pág. 4 del diario Clarín, del 19 de febrero de 1982.
Ninguna persona responsable negará que dicha acción fue necesaria, puesto que la guerrilla había puesto al país en trance de disgregación. Algo insoportable.


http://es.wikipedia.org/wiki/Diario_Clar%C3%ADn

FONTEVECCHIA




http://www.youtube.com/watch?v=VrPrXKG9ZgA



http://www.youtube.com/watch?v=sjpmqi19ehA

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98-06-07


DIA DEL PERIODISTA

UNA MISIÓN DE LA SIP CONSTATÓ EN 1978 QUE PARA LOS EDITORES DE DIARIOS LA SEGURIDAD NACIONAL TENÍA PRIORIDAD SOBRE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN




Cooperación- "Otros editores y directores dijeron que no le dan espacio a la violencia porque están de acuerdo con la campaña del gobierno en contra del terrorismo y que van a cooperar".

Una foja del informe original de la SIP de 1978
Un documento invalorable para una reflexión sin autoindulgencia ni hipocresía.



Hoy es el Día del Periodista y los medios se cantan y se celebran a sí mismos. Pero hace veinte años una misión de la Sociedad Interamericana de Prensa, que agrupa a los dueños de periódicos del continente, constató que los principales editores de diarios argentinos asignaban prioridad a la seguridad nacional sobre la libertad de expresión, justificaban la censura alegando que compartían los objetivos de la dictadura militar, se negaban a informar sobre la desaparición de personas y se beneficiaban de ese comportamiento, asociándose con el Estado en la explotación de una fábrica de papel. Ese documento excepcional, redactado por los dueños de dos diarios estadounidenses, fue ocultado por la prensa argentina, que llegó a rechazar un premio otorgado por la SIP.

En el Día del Periodista, los medios argentinos se cantan y se celebran a sí mismos. No muestran el mismo entusiasmo por la revisión del pasado. Cuando la encaran, como hizo hace dos meses el presidente de ADEPA, Claudio Escribano, aducen que "no fuimos recios en la crítica contra los hombres que se excedieron en el ejercicio del poder. Debemos lamentar no haber alzado más la voz, porque hubiéramos contribuido a la salud de la República". En ese contexto de autoindulgencia, contribuye a la salud de la República la divulgación de un documento excepcional, redactado hace ahora veinte años por dos periodistas norteamericanos, que visitaron la Argentina como representantes de la Sociedad Interamericana de Prensa, que agrupa a los propietarios de periódicos de todo el continente. Edward Seaton, propietario del diario "Mercury" de Kansas, e Ignacio Lozano, de "La Opinión" de Los Angeles, constataron que para los editores argentinos la seguridad nacional tenía prioridad sobre la libertad de expresión, que justificaban la censura porque se declaraban de acuerdo con la dictadura militar (dentro de la cual distinguían entre duros y moderados y con la cual deseaban cooperar), que se negaban a informar sobre la desaparición de personas y que se beneficiaban de tal comportamiento al asociarse con el Estado para la producción de papel. La prensa argentina ocultó ese documento y varios de sus representantes expresaron su desacuerdo con él rechazando un premio que la SIP confirió a los periodistas argentinos con la intención de ayudarlos en una lucha por la libertad de expresión, que los editores no estaban interesados en librar.

"Absoluta libertad"

La SIP describió a la prensa argentina como "un grupo de periodistas desesperados que escriben y editan en condiciones extremadamente difíciles" pero se sorprendió de que aceptaran "las reglas de la censura impuesta directa o indirectamente por el gobierno militar. Nuestra misión chocó a cada paso con la opinión de que la Argentina", por citar a un editor, "goza de absoluta libertad de prensa dadas las circunstancias". Entre el 18 y el 25 de agosto de 1978 la misión entrevistó a más de cinco docenas de personas que se refirieron a "una situación de guerra" en la que "el país se acercaba a un estado de anarquía". La guerrilla controlaba hasta "territorios próximos a Buenos Aires". Antes del golpe "no había ley ni Justicia" y los secuestros y asesinatos eran tan comunes "que la información sobre ellos pasó a ser como la de los accidentes de tránsito, agrupados en los diarios de a cinco o seis por día bajo un único título. La gente se volvió tan insensible a la muerte, a los secuestros y asesinatos que, de acuerdo con varios directores, el país llegó al borde de la barbarie".

La mayoría de las fuentes consultadas por los visitantes dijo que sin la intervención militar el país hubiera sucumbido a la guerrilla. Después del golpe, se arresta a los sospechosos "a menudo sin proceso". El ministro del interior, general Albano Harguindeguy, dijo a la misión de la SIP que "1500 de esos ‘desaparecidosí estaban detenidos sin proceso por las autoridades militares" y que no serían liberados o juzgados porque eran "prisioneros de guerra". Fuentes extraoficiales "sugieren que su número puede ser de tres a seis veces mayor" y el propio gobierno reconoce en privado que hasta un 20 por ciento de esas detenciones "se deben a confusiones de identidad u otros errores". Harguindeguy dijo que en muchos casos no era posible formular cargos porque las pruebas, "aunque convincentes para los militares, no se sostendrían ante la Justicia". La misión citó un informe de Amnesty International acerca de 39 periodistas desaparecidos hasta enero de 1978, 40 detenidos y otros 22 asesinados, la clausura o suspensión temporaria de más de 60 publicaciones y la clausura permanente de otras tres docenas. Cuatro diarios fueron intervenidos, "La Opinión" de Buenos Aires, "La Opinión" de Trenque Lauquen, "El Independiente" de La Rioja y "El Norte" de Resistencia. "Esas cuatro publicaciones dirigidas ahora por autoridades militares y las publicaciones privadas que sobreviven enfrentan una situación de 'posguerra' dominada por el miedo y la autocensura".

Prioridades- "Es difícil que los observadores externos se sientan bien en un país cuyos principales editores de diarios dicen que la seguridad nacional tiene prioridad sobre la libertad de expresión".



Ministerio del miedo

Según la SIP, "no rigen las garantías constitucionales y el gobierno tiene amplias facultades para confiscar tiradas completas, cerrar publicaciones y disponer arrestos". Sin embargo, la censura no es tanto el resultado de un decreto como de "la proliferación del miedo. Miedo personal a sufrir daño, miedo a la clausura u otro castigo oficial, y miedo a debilitar a los elementos moderados del gobierno que quieren el retorno a la democracia. Cada una de esas fuentes de temor contribuye a la extendida autocensura que practica la prensa del país. La increíble inseguridad que enfrentan editores, directores y periodistas, ha inducido a la mayoría de ellos a no asumir riesgos", aunque "muchos reconocen que mucho de lo que no publican probablemente podría publicarse sin provocar las iras del gobierno". Los editores "también deben contemplar la posibilidad de represalias paraoficiales por elementos militares que actúan fuera del control de las autoridades superiores. Un periodista se refirió a este fenómeno como 'gangsterismo gubernamental'. Además, deben temer represalias de los grupos terroristas completamente ajenos al gobierno".

"La justificación para el castigo rara vez se explica en forma clara". Por ejemplo, "La Opinión" fue clausurada por publicar que "el Ejército había decidido proclamar como el próximo presidente a su representante en la Junta, el general Jorge Videla". La ironía es que el diario está dirigido por las propias Fuerzas Armadas. El funcionario a cargo renunció tres semanas después y fue reemplazado. "Crónica", un vespertino de Buenos Aires, levantó la historia, suponiendo que provenía de los militares. El decreto de clausura de ambos diarios dijo que la nota presentaba "disfrazada como un rumor, una temeraria afirmación acerca de decisiones unilaterales de una institución" que después la realidad confirmó. "El Día" de La Plata "enfrenta un tipo distinto de represalia, porque aparentemente desagrada a las autoridades locales de esa ciudad. El gobierno provincial retiró la publicidad oficial, estimada en unos 100.000 dólares por año; los periodistas de "El Día" no son admitidos en los despachos oficiales y se han enviado minuciosas inspecciones a su sede en busca de evidencias sobre infracciones edilicias menores".

Kafka y Walsh

"Nadie está ni siquiera seguro acerca de quién es responsable de las desapariciones y las muertes que, aunque menos frecuentes últimamente, han llegado a ser lugar común. Debido a este aspecto de la realidad argentina, la atmósfera es la de una sociedad totalitaria, aunque no demasiado bien organizada. Es como vivir en una novela de Franz Kafka. Hay gente que muere, gente que desaparece y luego reaparece. El periodista Julián Delgado, director del principal diario económico, 'El Cronista Comercial', por ejemplo, desapareció recientemente junto con su auto. No se encontraron rastros de ninguno de ellos. Los secuestros de medianoche por personas vestidas de civil a veces terminan con arrestos reconocidos luego por las autoridades. Pero en muchos casos tal reconocimiento no se produce y, sin embargo, la policía no los investiga".

"El caso de Rodolfo Walsh ilustra lo que puede ocurrir. Walsh es uno de los más conocidos periodistas investigativos del país y un abierto y activo partidario del peronismo de izquierda". El día anterior a su secuestro "difundió una Carta Abierta a la Junta Militar denunciando, en el primer aniversario del golpe, las violaciones a los derechos humanos y deplorando el impacto de su gobierno sobre la Argentina. La carta fue la más poderosa y detallada denuncia del gobierno aparecida desde el golpe". La responsabilidad por tales actos "nunca es clara. Varios periodistas bien informados dijeron a nuestra misión que creen que el gobierno no se propone perseguir a los periodistas. Su sospecha es que militares de jerarquías inferiores puedan estar actuando por su cuenta en esos casos. Nuestras fuentes dijeron que en muchos casos los máximos líderes militares no pueden controlar a sus subordinados y que en realidad la Argentina no tiene uno sino el equivalente a seis o siete gobiernos. Además, algunos asesinatos y secuestros también pueden ser responsabilidad de los terroristas de izquierda, dicen".

"Esta situación de extrema inseguridad parece estar mejorando", dice el informe. "El número de asesinatos y desapariciones se ha reducido. Y desde abril, fecha de la más reciente clausura de una publicación, las represalias oficiales han disminuido". El secretario de información pública, almirante Franco, prometió a la misión que no habría más clausuras y que "de ahora en más los llamados desde su oficina se limitarían a pedidos, antes que advertencias o reprimendas". Otros "signos alentadores" mencionados fueron la derogación de dos decretos que prohibían publicar o difundir noticias sobre el país escritas por agencias extranjeras y comentarios sobre el país publicados en el exterior, y el anuncio de "planes para devolver a manos privadas todas las estaciones de radio y televisión excepto un canal cultural no comercial en Buenos Aires y uno en cada capital provincial", algo que no ocurrió.

Zonas grises

"La mayoría de los diarios ignoran la mayoría de los secuestros. Por ejemplo, pocos quisieron cubrir la desaparición de diez dirigentes de las llamadas Madres Locas que se reúnen los jueves frente a la sede presidencial". Luego de referirse a una desaparición en la que habría autoridades comprometidas, la misión consignó que "ningún diario quiere publicar los hechos de los que se deriva esta implicación ni designar un equipo de investigación para ir a fondo. Como expresó un editor, 'si publico los datos de ese caso que conozco, el que desaparece soy yo'. Tres días después de nuestra partida, el director de la revista 'Confirmado', Horacio Agulla, fue muerto a tiros mientras estacionaba su auto en un barrio de clase alta de Buenos Aires". El mismo día "otro periodista, Juan Ramón Nazar, que fue editor del diario 'La Opinión' de Trenque Lauquen fue liberado luego de más de un año desde su secuestro".

"La Argentina está bien lejos de haber vuelto a la normalidad. Muy pocas publicaciones están dispuestas a asumir el riesgo de cubrir la violencia que permea la sociedad. Sólo unos pocos diarios publican en forma habitual noticias sobre secuestros y actividades subversivas. La mayoría de los editores que nuestra misión entrevistó se justificaron por no publicar noticias sobre desaparecidos con afirmaciones como esta: 'De tan común no es noticia'. El director que dijo esto, el mismo día publicó en su diario informaciones sobre secuestros y asesinatos en el exterior. Otros editores y directores dijeron que no le dan espacio a la violencia porque están de acuerdo con la campaña del gobierno en contra del terrorismo y que "van a cooperar". La extensión de esta actitud quedó demostrada en mayo [de 1978] cuando "La Prensa" publicó la lista de 2.500 personas que habían "desaparecido". De acuerdo con un vocero del organismo de derechos humanos que pagó la solicitada, la lista había sido rechazada antes por lo menos en otros tres diarios de Buenos Aires. Y pocos diarios de Buenos Aires informaron de que se hubiera publicado semejante lista". Durante el campeonato mundial de fútbol "fue colocada una bomba en la planta fabril de un gran diario de Buenos Aires, que no publicó la noticia. Cuando explotó otra en el edificio del 'Buenos Aires Herald', el único diario que lo cubrió fue el propio 'Herald'. La prohibición "de toda información independiente sobre actividades subversivas se ha ido relajando". Pero el problema "consiste en saber dónde está el límite. Implicar a los militares en las desapariciones está claramente fuera del límite, aun cuando el propio presidente Videla haya admitido públicamente que la lucha contra la subversión condujo a excesos que deben ser controlados. Los pocos diarios dispuestos a correr riesgos, exploran en forma constante esta zona gris, en busca del límite. Pero la mayoría acepta las normas del gobierno sin quejarse, y en las zonas grises son muy prudentes. Una notable excepción a la ausencia de cobertura de esos crímenes es el "Buenos Aires Herald", el valiente David que recibió el premio Mergenthaler en nuestra última reunión", que se publica en inglés y cuyo director, Robert Cox, fue arrestado y detenido durante 24 horas bajo acusación de violar una ley de seguridad por informar en la tapa acerca de una conferencia de prensa de extremistas argentinos en Roma. Luego del retiro de la misión, Cox marchó al exilio. Según Seaton y Lozano "en este cuadro sombrío no faltan signos alentadores". La promesa de que no habrá más clausuras y las declaraciones oficiales acerca de que "la prensa no tiene nada que temer del gobierno, son estimulantes. Pero es difícil que los observadores externos encuentren algún consuelo en los comentarios de editores y directores de que vivieron la mayor parte de su vida bajo estado de sitio, de modo que la situación actual no es necesariamente anormal. Tampoco pueden sentirse bien en un país cuyos principales editores de diarios dicen que la seguridad nacional tiene prioridad sobre la libertad de expresión".


El papel del crédito

"Otro aspecto de la situación que perturbó a la misión es el crédito a largo plazo que el gobierno concedió a los diarios para una planta de papel". Seaton y Lozano entendieron el deseo de los diarios de desarrollar su propia provisión de papel, "de modo de no estar sujetos a los caprichos de la importación controlada por el Estado", pero expresaron "graves reservas sobre el proyecto emprendido por tres grandes diarios de Buenos Aires. 'La Nación', 'La Razón' y 'Clarín' compraron acciones en la nueva planta" mediante un "generoso crédito ofrecido por el gobierno militar. Semejante situación encierra muchos peligros. No es el menor de ellos que esto casi imponga no antagonizar con el gobierno". El informe dedica dos de sus 18 hojas al caso de Jacobo Timerman, "un propietario y director de diario arrancado de su casa en medio de la noche, torturado, privado de su propiedad, juzgado y absuelto por la justicia militar, que sigue prisionero pese a que la Corte Suprema ordenó su libertad" mientras su diario "La Opinión" es dirigido por un coronel. "Todos debemos preguntar cómo llegó Jacobo Timerman a una situación tan desesperada y qué implica esto para el resto de la prensa en la Argentina". Su caso "no es especial porque él sea periodista ni porque sea único. Muchos otros periodistas están presos sin proceso, porque se considera que tienen conexiones con los terroristas, como se pensaba que Timerman las tenía. La diferencia es que Timerman fue juzgado y absuelto por un tribunal militar por delitos subversivos, y sin embargo sigue bajo arresto". Harguindeguy, "quien parece tener completo control sobre estas cosas", informó a la misión que Timerman aún "debía aclarar sus asuntos financieros ante la justicia civil. Normalmente, los juicios civiles no son causa de detención. En consecuencia, la situación de Timerman representa muy claramente el caso de un prominente director y editor arrestado sin causa, cuyo diario "La Opinión" ha sido confiscado". Aunque las acusaciones de conexión con los subversivos han sido refutadas "su diario no le fue devuelto. Timerman cree categóricamente que su detención es un simple caso de antisemitismo. Otras fuentes coinciden con esta evaluación. Timerman está desilusionado por lo que siente como falta de apoyo de los demás editores argentinos. Sin embargo, nueve meses antes de nuestra visita ADEPA, la organización de los editores de diarios, aprobó una declaración exhortando al gobierno a liberar a Timerman y dispuso que sus directivos pidieran una audiencia con el presidente Videla para expresarle su preocupación. Hasta el momento de nuestra visita la audiencia con Videla aún no había tenido lugar", concluye el muy moderado documento de la SIP. A dos décadas de distancia y en una situación por fortuna muy distinta, su lectura ayuda a rememorar la viscosidad del pantano en que la sociedad argentina hozaba entonces. Hoy es el día apropiado.



LAS NEGRITAS

El informe fue presentado a la 34° Asamblea de la SIP, que sesionó en Miami entre el 9 y el 13 de octubre de 1978. Ese último día "La Nación" tituló su crónica "Firme posición de la Argentina ante la asamblea de la SIP", en la que informó que ADEPA había rechazado el premio SIP Mergenthaler, ofrecido en forma colectiva "a los periodistas argentinos que por defender la libertad de prensa han muerto, desaparecido o sufrido encarcelamiento y persecución". La delegación argentina propuso que se cambiara aquel texto por éste: "A los periodistas argentinos en la figura de Alberto Gainza Paz, quien nunca claudicó en la lucha por los principios que sostiene la SIP". La SIP no aceptó y nadie retiró la plaqueta, que quedó colocada en la sede central de la organización.


Según "Clarín" los asistentes argentinos dijeron que la aceptación del premio "sólo contribuiría a la campaña lanzada por ciertos elementos de la prensa internacional para denigrar el buen nombre del país". El mismo diario dijo que "el restablecimiento de la libertad de prensa registró progresos en la Argentina pero dista mucho de llegar a una total normalidad". El artículo reprodujo tres párrafos genéricos del documento (el de los periodistas desesperados, el de la atmósfera totalitaria y los seis o siete gobiernos, y otro en el que se afirma que la prensa afronta una situación compleja) y destacó con negritas el párrafo sobre los "signos alentadores". Entre ellos mencionó "la concesión a las empresas periodísticas de créditos a largo plazo para la adquisición de papel" convirtiendo en positivo lo que el documento había calificado como motivo de "graves reservas". Las negritas también resaltaron la posibilidad de que "los grupos terroristas tengan responsabilidad en los secuestros de periodistas" y una declaración de Jorge Remonda, de "La Voz del Interior", según quien existía "una insidiosa campaña contra la Argentina desatada en el exterior y aberrantes deformaciones de medios extranjeros de comunicación".

"La Nación" también informó que "la representación de la prensa argentina" había rechazado el informe porque "parecería que en vez de ir a la Argentina a cerciorarse de si existe libertad de prensa se ocupó esencialmente del caso de Jacobo Timerman, quien se encuentra a disposición de la Justicia (sic) por hallarse supuestamente mezclado en el 'affaire Graiver'". El diario reseñó sucintamente el documento y luego se extendió en las respuestas indignadas de los argentinos, entre ellos Remonda, quien dijo que en la Argentina no había antisemitismo. En sus crónicas "La Opinión", confiscada por la Junta Militar, destacó una afirmación de la propietaria de "La Nueva Provincia", Diana Julio de Massot, según quien Timerman "estaba detenido por sus notorios vínculos con manejos financieros que aún hoy el gobierno nacional sigue investigando". Según "La Nueva Provincia", Annuar Jorge dijo que "para algunos parece más importante qué clase de gobierno tenemos que el hecho de que hayamos eliminado a los guerrilleros". Los autores del documento respondieron que "no somos miembros de una conspiración internacional contra la Argentina".

http://www.pagina12.com.ar/1998/98-06/98-06-07/pag10.htm



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Domingo, 29 de agosto de 2010 | Hoy
EL PAIS
La opinión de la SIP



El facsímil que se reproduce corresponde al informe de la SIP sobre la situación de la prensa en la Argentina en 1978, elaborado por los propietarios de dos diarios estadounidenses, Edward Seaton, del Mercury de Kansas, e Ignacio Lozano, de La Opinión de Los Angeles, quienes visitaron el país entre el 18 y el 25 de agosto de ese año. Lo publiqué por primera vez aquí, al cumplirse veinte años de la misión, en el Día del Periodista de 1998. Seaton y Lozano escribieron que los directores y jefes de redacción de los principales diarios del país priorizaban la seguridad nacional sobre la libertad de expresión; justificaban la censura porque deseaban cooperar con la dictadura; se negaban a informar sobre la desaparición de personas, incluyendo periodistas, y se beneficiaban de tal comportamiento al asociarse con el Estado para la producción de papel: “Otro aspecto de la situación que perturbó a la misión fue el otorgamiento por el gobierno de créditos a largo plazo a los diarios para una fábrica de papel. Aunque la misión puede comprender el deseo de los diarios de desarrollar su propia provisión de papel para no estar sujetos a los caprichos de la importación controlada por el Estado, como ocurrió durante el primer régimen de Perón, tenemos graves reservas sobre el proyecto que han emprendido tres grandes diarios de Buenos Aires. La Nación, La Razón y Clarín adquirieron acciones por un total de 8 millones de dólares en la nueva planta que ahora ha entrado en producción. El gobierno y el público también participan como accionistas. Otros diarios del país tuvieron la oportunidad de ingresar en la empresa, pero ninguno eligió hacerlo. A plena capacidad la fábrica puede abastecer el 80 por ciento de las necesidades de los diarios del país. El costo total del proyecto es de 180 millones de dólares y aunque los diarios que participan pusieron otros 25 millones en costos de puesta en marcha, la mayor parte del proyecto se financia con un generoso crédito del gobierno militar. Tal situación encierra muchos peligros. No es el menor de ellos que esto casi imponga no antagonizar con el gobierno durante el período de endeudamiento”. [Los enviados de la SIP ignoraban entonces que la Junta de Comandantes exigió que Clarín, La Nación y La Razón vendieran a los otros diarios del país el 49 por ciento de sus acciones de control, pero que éstos se negaron, lo cual demuestra un grado de autonomía superior al que por lo general se les atribuye].



http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/152223-48907-2010-08-29.html

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INFORME RICARDO MOLINAS

Domingo, 29 de agosto de 2010 | Hoy

EL PAIS
La opinión de Ricardo Molinas



Este memorándum, hallado durante el proceso de digitalización del archivo del Centro de Estudios Legales y Sociales, fue escrito en noviembre de 1978 por Ricardo Molinas, quien formaba parte de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos junto con los fundadores del CELS. Además de describir los beneficios que la Junta Militar otorgó a los diarios socios de Papel Prensa para asegurarse una cobertura favorable, menciona una denuncia de la esposa de Graiver a la justicia realizada ya entonces sobre presiones del ministerio de Economía para que vendiera a precio vil las acciones en beneficio de los compradores.



http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/152223-48908-2010-08-29.html


VER


TENEMBAUM GUITARRERO... ¿UN PERIODISTA NO TENDRIA QUE DAR INFORMACION CONFIABLE? - Sep 01
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Domingo, 29 de agosto de 2010 | Hoy

EL PAIS
Deleznable


Por Horacio Verbitsky

Un entusiasta opinator fue el abogado Julio César Strassera, siempre presentado como el fiscal del juicio de 1985 a las juntas militares. Según Strassera, cuando investigó la relación de Graiver con Montoneros Lidia Papaleo no le mencionó Papel Prensa. Para Strassera “la única presión que tenía Lidia era del lado de Montoneros. Los diarios ni siquiera le insinuaron que vendiera Papel Prensa”. Agregó que el gobierno “para cualquier enemigo político se inventa un crimen de lesa humanidad o relación con la dictadura. Es deleznable”. Los medios que reprodujeron estas declaraciones no se preocuparon demasiado por precisar en qué marco Strassera mantuvo esos diálogos. La viuda, el padre y el hermano de David Graiver fueron condenados en 1977 a 15 años de prisión por un tribunal militar. La Corte Suprema de Justicia dejó sin efecto esas condenas y pasó el expediente a la justicia civil, aún bajo la dictadura. El propio Strassera contó que cuando llegó para el interrogatorio su interlocutora estaba esposada y él ordenó que le liberaran las manos. Sólo las manos: el fiscal pidió cinco años de prisión para Isidoro Graiver y Lidia Papaleo. El juez Fernando Zavalía los absolvió, decisión que fue apelada por Strassera, también sin éxito, porque el país ya era otro.


http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/152223-48910-2010-08-29.html

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