Lo que circula por los medios

10 de noviembre de 2010

Murió Massera - Uno de los responsables del Horror y del Genocidio en la Argentina -


Murió Massera - Uno de los responsables del Horror y del Genocidio en la Argentina  -

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VICTOR HUGO MORALES VICTORIA DONDA
20101109




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VICTOR HUGO MORALES LA SIP MASSERA Y LA NUEVA PROVINCIA 20101110
NOTA DIARIO NUEVA PROVINCIA ADJUNTA ABAJO


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POLITICA

Victoria Donda: "El único lugar posible para un genocida es la cárcel"


La titular de la comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, Victoria Donda, aseguró ayer que el ex represor Emilio Massera, "muere impune", al sostener que "el único lugar posible para un genocida es la "cárcel".

Massera, que falleció esta tarde a los 85 años de un paro cardiorespiratorio no traumático, formó parte de la Junta Militar que tomó el poder el 24 de marzo de 1976 instalando una de las dictaduras más cruentas que haya tenido la Argentina.

"Para la memoria de este pueblo, Massera aparecerá siempre como un ser nefasto, alguien a quien la historia terminará condenando al sitio más oscuro", aseveró la diputada de Libres del Sur, hija de desaparecidos, en un comunicado de prensa.

En ese sentido, la diputada nacional sostuvo que "el ex dictador Emilio Eduardo Massera muere impune, lo cual representa un profundo agravio a la democracia, a sus instituciones, a todas las personas que pensamos que el único lugar posible para un genocida es la cárcel".

Donda recordó además que el ex dictador "fue el gran maestro en la ESMA, por lo tanto fue el máximo responsable de la maternidad clandestina que funcionó dentro del centro de tortura".

Finalmente, la titular de la comision de Derechos Humanos de la cámara baja destacó la necesidad de hacer "el máximo esfuerzo del poder judicial para que la causa ESMA avance al mayor ritmo posible. No puede morirse otro genocida impune".

http://www.telam.com.ar/vernota.php?tipo=N&dis=1&sec=1&idPub=203072&id=385662&idnota=385662



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Martes, 09 de noviembre de 2010
EL PAIS › EL INFIERNO ES POCO 
OPINION
El amor vence



Por José Pablo Feinmann

Hizo pintar –en paredes de Mar del Plata, por ejemplo– leyendas de un cinismo memorable: Ganar la paz, decía una. La otra era peor: El amor vence. Galimberti, que lo conocía bien, decía: “Cuando Massera quiere hablar con alguien, lo secuestra”. Desde la picana pensaba llegar al poder absoluto. Tenía pinta y sonrisa como para imaginarse un nuevo Perón. Era un megalómano delirante. Durante el Juicio a las Juntas, desafiante, dijo a la audiencia, a los jueces, a los periodistas, a todos: “A ustedes les queda la crónica, a mí la Historia”. Tenía razón. Por desgracia, Massera pertenece a la historia de nuestro país, a su historia más profunda, a su lógica más perversa. Y más todavía. Pertenece, Massera, al gran Museo de Horrores de la Humanidad. Como el genocidio argentino, del que fue uno de sus más señalados protagonistas.

En Los hundidos y los salvados, Primo Levi marca a los asesinos de este país como imitadores de los criminales alemanes. Dice: “Sus imitadores en Argentina y Chile”. Eso fueron Massera y todos los restantes capitostes de la masacre: imitadores de Himmler, de Goering, de Hess, de Eichmann. Tenía razón Massera esa tarde ante el tribunal que lo juzgaba: no tanto en el primer sentido de su afirmación (“A ustedes les queda la crónica”), pero sí en el segundo: “A mí la Historia”. Sí, le queda la Historia. Ingresó, con pleno derecho, a la historias de las grandes masacres del siglo XX. Y del lado de los masacradores.

Pero hay algo más en el Almirante: a la masacre le añade la crueldad. La ESMA –de la que era jefe absoluto, amo y señor de la vida y de la muerte–- era un campo de concentración y exterminio. Pero, al ser un campo de recabamiento de información, era un campo de torturas. La tortura le fue más esencial a la ESMA que a Auschwitz. El detenido que ingresaba en Auschwitz, el que cruzaba ese portón en que había un cartel que decía El trabajo os hará libres, iba, sin duda, a morir, tarde o temprano habría de morir, pero muchos no fueron torturados, porque Auschwitz no era un centro de acumulación de información. La información, su búsqueda, su urgente necesidad de posesión para atrapar a los otros, a los ligados al detenido antes de que pudieran escapar, era propia de la ESMA. La ESMA era, en primera instancia, un centro de búsqueda de información, es decir, un centro de torturas. Además, la tortura era parte de un esquema prefijado que se proponía quebrar al detenido. Y era tan terrible que muchos, luego de pasar por ella, preferían morir antes que volver. Fue, como Drácula, un empalador. Llenó de cadáveres el Río de la Plata. Gritó (junto a Videla y Agosti y todos los enfervorizados hinchas que desbordaban el estadio de River Plate) los goles de la Selección Argentina, los goles de Kempes, el matador. Con cada gol argentino, más poder para Massera. Más poder para que secuestrara, torturara, violara, prohibiera, le dijera al mundo que éste era el país de las maravillas y que, aquí, se vivía en medio de la alegría y el respeto por los derechos humanos.

Que ahora se muera no sirve para nada. Todos, alguna vez, nos vamos a morir. Massera ya hizo en nuestra historia todo el daño que podía hacer. Lo pidió un pueblo que quería orden y él le dio ese orden. Una de las primeras publicidades televisivas de la Junta decía: Orden, orden, orden, cuando hay orden el país se construye de arriba abajo. En esa búsqueda de orden, siempre exigida por los argentinos, hay que encontrar la explicación de la existencia de monstruos como Massera. Si alguien, hoy, le desea el Infierno, se equivoca. Si Massera va al Infierno lo van a recibir como a un héroe. Al cabo, él es uno de sus creadores. El creador de una de las figuras más perfectas del Infierno, la ESMA. ¿Podríamos entonces desearle el Cielo, ese lugar donde un Dios justo le señalaría sus culpas? Ocurre, sin embargo, que el Cielo y ese Dios justo no existen. ¿Cómo habrían de existir si existió Massera?


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Martes, 09 de noviembre de 2010
CONTRATAPA › EL INFIERNO ES POCO
El almirante y el cardenal


Por Horacio Verbitsky

Por una ironía de la historia, ayer se murió el ex almirante Emilio Massera y debutó ante un tribunal el cardenal Jorge Bergoglio. Así volvieron a cruzarse la rama naval de la dictadura y la Iglesia Católica, en la ciudad de Buenos Aires, donde Massera montó su aparato de torturas y exterminio y en la que Bergoglio encabeza la principal diócesis del país. Uno y otro recibieron de la justicia argentina un trato reverente.

Massera fue detenido por primera vez en plena dictadura, cuando el esposo de su amante no volvió de un paseo en el yate oficial del Comandante en Jefe de la Armada. A ese procesamiento se sumó el segundo en 1985, junto con Jorge Videla y Ramón Agosti. Por última vez de uniforme, se quejó ante la Cámara Federal de la veleidosa sociedad que le daba la espalda luego de haberlo consentido. Durante años rumió su mayor rencor contra los grandes empresarios, cuyos privilegios tuvo la ingenuidad de creer que compartiría para siempre. Indultado por Menem, recorrió canales de televisión prestando un servicio a la sociedad que muchos no valoraron en aquel momento. Su gesto tenso, la repetición de consignas vacías, el despecho y la amenaza en cada palabra, sirvieron para que los más jóvenes aprendieran de primera mano el horror. El señor de la ESMA volvió a caer en 1998, horas después que Pinochet en Londres, por robo de bebés y saqueo de los bienes de sus víctimas. Pero el proceso se suspendió porque en 2002 sufrió un derrame cerebral. La justicia de Roma, donde debía responder por la desaparición de personas de nacionalidad italiana, envió a la Argentina un perito médico. Su dictamen, en febrero de 2009, fue que fingía y que estaba en condiciones de enfrentar el proceso. Al mes siguiente se le realizó un nuevo peritaje argentino. El dictamen ratificó que Massera carecía de la posibilidad de comprender las resoluciones judiciales. Así lo certificaron incluso los peritos designados por las víctimas. Desde entonces, nadie volvió a molestar a uno de los tres jefes de la primera dictadura militar, quien vivió en su casa, con su familia, hasta su internación final. Murió de viejo, a los 85 años. Esa es la diferencia entre el terrorismo de Estado y el estado de derecho, en el que hasta el peor asesino goza de las garantías que en el apogeo de su poder negó a sus víctimas.

Bergoglio tuvo el privilegio de eludir la declaración pública en el tribunal que juzga los crímenes de la dictadura. En cambio los jueces aceptaron visitarlo en su arquidiócesis. Reconoció que en 1999 habló conmigo sobre el secuestro de sus entonces subordinados en la Compañía de Jesús, Orlando Yorio y Francisco Jalics. Pero dijo que nunca oyó hablar de la isla “El Silencio”, en el Tigre, propiedad del Arzobispado porteño, a la que fueron trasladados los prisioneros de la ESMA en 1979 para que no los encontrara la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Eso no es cierto, ya que en aquella entrevista Bergoglio me dio los datos precisos sobre el expediente sucesorio del solterón empleado de la Curia que figuraba como dueño de la propiedad. El papel manuscrito que me entregó se reproduce en esta página.

También negó haberse entrevistado en el Colegio Máximo con el obispo de Morón, Miguel Raspanti. Esto contradice el testimonio de la catequista de Morón Marina Rubino, quien estudiaba teología en el Máximo. Un mediodía, al salir de sus cursos, encontró allí a Raspanti. Marina sabía que sus profesores Jalics y Yorio y un tercer jesuita que trabajaba con ella en el colegio de Castelar, Luis Dourron, habían pedido pasar a la diócesis de Morón. Le dijo que los tres eran intachables, que no dudara en recibirlos. Raspanti le aclaró que la situación era más complicada. No podía recibirlos en la diócesis por “las malas referencias que Bergoglio le había mandado”. Estaba muy angustiado “porque en ese momento Orlando y Francisco no dependían de ninguna autoridad eclesiástica y, me dijo:

–No puedo dejar a dos sacerdotes en esa situación ni puedo recibirlos con el informe que me mandó. Vengo a pedirle que simplemente los autorice y que retire ese informe que decía cosas muy graves”.

Bergoglio dijo a los jueces que cuando los curas fueron secuestrados mantuvo un diálogo duro con Massera, a quien visitó para salvarlos. También le preguntaron por su visita a la Cancillería al pedir un trámite especial para la renovación del pasaporte de Jalics, una vez que quedó en libertad. Contestó que le había dicho al funcionario que lo atendió que Jalics estuvo detenido junto con Yorio, que ambos fueron acusados de guerrilleros pero que “no tenían nada que ver”. No es eso lo que dicen los documentos del archivo de Culto. Según el funcionario Anselmo Orcoyen, Bergoglio le dijo que Jalics tuvo “actividad disolvente en Congregaciones religiosas femeninas (Conflictos de obediencia)”. Fue “detenido en la Escuela de Mecánica de la Armada 24/5/76 XI/76 (seis meses) acusado con el padre Yorio. Sospechoso contacto guerrilleros. Vivían en pequeña comunidad que el superior Jesuita disolvió en febrero de 1976 y se negaron a obedecer solicitando la salida de la Compañía el 19/3. Ningún Obispo del Gran Buenos Aires lo quiso recibir”. Orcoyen añade que Bergoglio le comunicó esos hechos “con especial recomendación de que no se hiciera lugar a lo que solicita”.

Cuando en la megacausa ESMA se trate el secuestro de Yorio y Jalics, es probable que estos hechos vuelvan a ventilarse, pero en otros términos, y que Bergoglio no pueda acogerse a los privilegios que el Código Procesal Penal concede por su jerarquía a algunos testigos, pero no a los imputados. Tal vez entonces envidie las brumas mentales que aliviaron el final de Massera.


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http://www.youtube.com/watch?v=KlULkDRXk9Q




http://www.youtube.com/watch?v=afO6RiWLj1o

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Martes, 09 de noviembre de 2010
EL PAIS › EL INFIERNO ES POCO 
OPINION
El jefe más maquiavélico



Por Claudio Uriarte *

Fue de lejos el jefe más maquiavélico, torcido, barroco, dúplice, oportunista y complejo que tuvo el engendro de siete años de duración que se llamó a sí mismo Proceso de Reorganización Nacional. También fue de lejos el más ambicioso, y el más inescrupuloso a la hora de tratar de concretar su deseo: conquistar el poder absoluto. Porque el ex almirante Emilio Eduardo Massera quiso para sí mismo mucho más que el rol de represor y estafador por el que hoy se lo recuerda de modo excluyente. Fue el más político de los jefes militares de entonces; la represión y la sangre no eran para él más que escalones para lograr sus ambiciones de máxima, en que se imaginaba nada menos que como un nuevo Perón.

Eso lo define como un marino atípico. Desde el apoyo del almirante Domecq García a las bandas rompehuelgas de la Liga Patriótica de la primera parte del siglo hasta el rol del almirante Rojas como jefe del ala dura de la Revolución Libertadora de 1955, desde la temprana convocatoria antiperonista del almirante Vernengo Lima en los días críticos del “gobierno a la Corte” en 1945 hasta el bombardeo aeronaval de la Plaza de Mayo en 1955 y los fusilamientos ilegales de guerrilleros en la Base Naval Almirante Zar en 1972, la Marina de Guerra argentina siempre había encarnado una sola, ininterrumpida línea de conducta como el arma más consistentemente reaccionaria, y de imaginario más aristocratizante, de las que surcaron el proceso político argentino. Pero Massera, un ambicioso oficial de inteligencia cuyo rol más importante en el legajo de servicios había sido la jefatura del Servicio de Informaciones Navales, vio en 1972 la oportunidad y la aprovechó sin asco: el país giraba a la izquierda, la vuelta de Perón era imparable y en estas condiciones era posible que un joven contraalmirante saltara dos promociones y descabezara a las reliquias sobrevivientes del gorilismo para postularse como el jefe naval con que el peronismo podía tratar y hacer negocios. “Masserita: usted se equivocó de tren –le dijo una vez Perón–: en vez de ir a Campo de Mayo se metió en el de Río Santiago.”

Efectivamente, se parecía mucho más a un militar que a un marino, por lo menos en el campo de las ambiciones políticas. Pero la pertenencia a la Marina, que por naturaleza es un arma aislada del contexto general, en barcos lejanos o en abstractos ejercicios de Estado Mayor, y que además nunca representó más de un tercio de la cantidad de hombres del Ejército, era una limitación efectiva. Massera resolvió superarla ganando implantación territorial. Y, en tiempos de la dictadura, eso significaba multiplicar todo el tiempo el papel de la Armada en la represión ilegal. Por eso fue posible el enorme rol de la ESMA –en cuyas primeras operaciones participó en persona– dentro de las operaciones represivas; por eso Massera pudo concretar una decisión aparentemente absurda como la de abrir un Liceo Naval en una provincia mediterránea como Córdoba.

Durante el tercer gobierno peronista, Massera había convertido a la Marina en el arma más sólidamente identificada con el poder político. Muerto Perón, se consagró a seducir platónicamente a su viuda, a la que halagaba con ramos de flores, cajas de bombones y reverencias. Cuando el gobierno de Isabel empezó a tambalearse, hizo de la Armada la fuerza más cerradamente defensora de su derrocamiento. El golpe del 24 de marzo no fue planeado en el Edificio Libertador, del Ejército, sino en el más discreto Edificio Libertad, de la Marina, donde desde octubre de 1975 habían empezado a multiplicarse unos misteriosos cartelitos con la inscripción “Area restringida”. Todo esto tenía el objeto de negociar de antemano un papel inéditamente protagónico para su fuerza dentro del Proceso que se venía. Lo logró a un grado antes inimaginable, logrando establecer el principio de la subdivisión del poder del Estado en un 33 por ciento para cada una de las tres armas. Ministerios, embajadas, radios y televisiones fueron repartidos de acuerdo a este principio de poder feudalizado. Eso favorecía las competencias y las intrigas internas. Y Massera era un intrigante de primera línea.

Desarrolló una maniobra increíble. Para dentro de las Fuerzas Armadas, era el portavoz de la línea dura; para fuera, era el almirante culto y aperturista de los discursos de estilo literario que decía que “nadie muere por el Producto Bruto Interno”, se oponía a la política económica neoliberal de José Alfredo Martínez de Hoz y desplegaba una incesante actividad internacional con epicentros en el Vaticano y la logia Propaganda 2 de Licio Gelli. Pero lo más llamativo es lo que trató de hacer en sus cárceles. En un momento, Massera logró tener en una discreta prisión domiciliaria naval a Isabel Perón, a los peronistas de “centro” como Lorenzo Miguel y Carlos Saúl Menem en el buque 33 Orientales y a los Montoneros, a los que quería recuperar, en la ESMA, como una parodia carcelaria del Movimiento Nacional Justicialista. Y si para dentro de la Junta representaba a la línea dura, de modo de favorecer la quiebra del Ejército entre los comandantes de cuerpo y Jorge Rafael Videla, para afuera buscaba negociar con los Montoneros las reglas de la posguerra.

Paradójicamente, lo que determinó el inicio de su decadencia fue su temeridad al confrontar con poderes demasiado grandes, a los que no podía vencer a largo plazo. Uno de ellos fue el Establishment. Massera fue responsable sucesivamente de las desapariciones del empresario textil radical y embajador procesista en Venezuela Héctor Hidalgo Solá, de la diplomática argentina Elena Holmberg Lanusse –que empezaba a denunciar sus contactos extranjeros con los Montoneros, incluyendo una presunta entrevista en París con Mario Eduardo Firmenich– y del empresario Fernando Branca, con quien había tenido negocios turbios y de cuya esposa, Martha Rodríguez MacCormack, él era amante. Algunos miembros del equipo económico de Martínez de Hoz, como el ex secretario de Hacienda Juan Alemann, nunca dejaron de sospechar que Massera había estado detrás de una misteriosa ola de atentados dinamiteros realizados contra ellos en 1979, como tampoco dejó de estarlo nunca el radical Ricardo Yofre, subsecretario general de la Presidencia de Videla, ante una bomba en el palier de su casa. Dentro de este revoltijo sangriento se mezclaban promiscuamente móviles políticos, sexuales y de negocios, lo que convirtió a Massera en un personaje muy peligroso a los ojos de muchos de los que reinan pero no gobiernan. E incluso para sus propios camaradas. Un vicealmirante de su Gabinete de Asuntos Especiales me comentó años después: “Que matara por política vaya y pase, pero hacerlo por una cuestión de faldas...”. Quizá sea innecesario recordar que Massera, “El Negro”, era también el Don Juan número uno de la dictadura, disfrutando que el mundo comentara sus romances con modelitos como Graciela Alfano y escritoras como Marta Lynch.

Otro de los dioses desafiados fue el Ejército. Aunque Massera tenía muy buenas relaciones con Guillermo Suárez Mason y otros generales exponentes de la línea dura, desde el desbarranque militar tras la aventura de Malvinas en 1982 el grueso del Ejército empezó a resentir sus intrigas y conspiraciones y decidió acabar políticamente con él. La primera vez que Massera estuvo preso no fue en democracia, sino en los últimos tiempos de la dictadura militar, por orden del juez procesista Oscar Salvi, por la causa de la desaparición de Fernando Branca y, de acuerdo a algunas fuentes, por instigación del Batallón de Inteligencia 601.

Pero el núcleo de su fracaso político radicó en que el cumplimiento de su proyecto dependía de demasiados condicionantes que se cancelaban mutuamente. Dependía de que la dictadura se mantuviera, pero no tanto como para que él quedara en los márgenes de su historia; que hubiera cierta apertura política, pero de modo que sólo pudieran emerger él y su raquítico Partido de la Democracia Social; tras pasar a retiro en 1978 empezó a hablar crecientemente como un político de la oposición, pero dependía al mismo tiempo de los recursos de una Marina que seguía siendo parte de la Junta. La tarea de ser al mismo tiempo la encarnación del Proceso y del Antiproceso fue excesiva, incluso para él. Y cuando la dictadura desapareció en desbande, ya no hubo modo que su “movimiento político” de laboratorio, relaciones públicas, diarios inventados, noche y niebla pudiera sobrevivir en la política de la vida real.

Por eso, incapaz de saciar su sed política, pasó sus últimos años rodeado de un pequeño grupito de amigos y colegas, cada vez más viejos y aislados, para reaparecer algunas veces en público y constituirse en el defensor político de todo lo actuado por la dictadura desde 1976, cuando antes había tratado de surgir como su crítico. Muchas veces amagó con la publicación de sus Memorias, y la mano de muchos escritores fantasma pasó sucesivamente por sus páginas, pero el libro nunca quedó en nada más que fárragos de materiales caóticos e incoherentes, como si algunas cosas se resistieran a ser escritas.

* Autor de Almirante Cero. Biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera. Uriarte murió en julio de 2007. Esta nota permanecía inédita hasta hoy.

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Miércoles, 10 de noviembre de 2010


EL PAIS › EL DIARIO LA NUEVA PROVINCIA DESPIDIO CON ELOGIOS AL DICTADOR EMILIO EDUARDO MASSERA
Una patrulla perdida del Almirante Cero

El diario aseguró que el máximo responsable de los crímenes de la ESMA “demostró un espíritu abierto a la reconciliación y ajeno a todo sectarismo, que lo honra”. Vicente Massot, director del medio, fue visitante de la ESMA y viceministro de Carlos Menem.


Emilio Eduardo Massera “demostró un espíritu abierto a la reconciliación y ajeno a todo sectarismo, que lo honra”. Su muerte despertó “la ira de quienes no saben perdonar y el odio de los que no pueden olvidar”. El elogio a la honorabilidad de uno de los mayores iconos del terrorismo de Estado y la crítica solapada a millones de personas que en todo el mundo lo despreciarán hasta el final de los días por golpista y asesino cerraron la necrológica que le dedicó ayer el diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca. El artículo, que circuló por redes sociales y cosechó muestras de rechazo generalizadas, refleja la línea editorial histórica del diario de la familia Massot, portavoz de la Armada y de los sectores integristas de la Iglesia Católica, que aplaudió todos los golpes de Estado de la segunda mitad del siglo pasado y que aún se permite dudar si estuvo “bien o mal aplicar los métodos antiterroristas” que convirtieron a la Argentina en símbolo universal de la desaparición forzada de personas. Como conocen los lectores de Página/12, se trata también del diario donde trabajaban los obreros gráficos Enrique Heinrich y Miguel Angel Loyola, delegados gremiales secuestrados, torturados y fusilados en 1976 luego de enfrentar durante años a la patronal de La Nueva Provincia, que dio la noticia en veinte líneas y nunca rindió cuentas ante el Poder Judicial.

El almirante

“Falleció el almirante Massera”, provocó La Nueva Provincia desde el título, simulando ignorar que había perdido su condición de marino luego de la condena a prisión perpetua en el juicio a los ex comandantes de 1985. En la nota sin firma se reconoce la pluma del director Vicente Massot, visitante de la ESMA en plena dictadura y ex viceministro de Defensa de Carlos Menem, cargo al que debió renunciar luego de reivindicar la tortura.

La semblanza recorre las internas navales, destaca las “dotes de negociador y conductor político” de Massera y la división que sus ambiciones personales provocaron en la Armada. Junto con Isaac Rojas fueron los dos únicos almirantes que durante el siglo XX “despertaron pasiones encendidas a favor o en contra, poco importa” para el editorialista. Massera “tuvo especial protagonismo a partir del pronunciamiento militar (sic) del 24 de marzo de 1976”, aunque “no fue la mezcla de Maquiavelo y asesino serial que han pintado sus enemigos, tan feroces a la hora de enjuiciarlo con la pluma como lo habían enfrentado antes en esa tremenda guerra civil (sic) en la cual ellos llevaron la peor parte”, que Massot nunca se dignó a contar en sus páginas.

Recuerda La Nueva Provincia que Massera “tuvo la descomunal y trágica potestad a la vez de ser –junto a los otros miembros de la Junta de Comandantes– dueño de la vida y de la muerte de las personas, algo que ni siquiera Rosas en el siglo XIX y tampoco Perón en el siguiente tuvieron en esa escala”. “A veces ese poder se usó mal”, admite Massot. No especifica si refiere a cuando robaban criaturas, cuando arrojaban monjas y Madres de Plaza de Mayo desde aviones en vuelo o sólo cuando torturaban y mataban. Luego justifica una vez más el genocidio criminalizando a las víctimas: “Todas las formas de guerra irregular terminan de la misma manera: al terror se le opone el contraterror”.

Igual que en 1993, cuando como funcionario del presidente Carlos Menem defendió los ascensos de los capitanes Antonio Pernías y Juan Carlos Rolón (entonces impunes, hoy a punto de recibir su primera condena), Massot se permitió dudar sobre la legitimidad del Estado para secuestrar, torturar, matar y desaparecer personas. “Si hicieron bien o mal en aplicar los métodos antiterroristas por todos conocidos es algo que seguirá siendo materia de discusión por espacio de décadas”, aseguró ayer La Nueva Provincia, que nunca publicó con qué interlocutores debate el tema. Luego, una vez más, el aplauso: “El flagelo subversivo fue cortado de raíz, ahorrándole males inimaginables al país”. La crítica a la dictadura se limita a “las rencillas absurdas entre los miembros de la primera junta y la incapacidad para acometer los cambios de fondo que la Nación pedía a gritos”.

Claro y preciso

El interlocutor naval de confianza de la directora de La Nueva Provincia durante la dictadura, Diana Julio de Massot, no era Massera, sino el contraalmirante Luis María Mendía, el mismo que informó a 900 oficiales en el cine de la base de Puerto Belgrano sobre la “muerte cristiana” desde las alturas que iban a aplicar las tres Fuerzas Armadas. Diez meses antes del golpe de Estado, sin embargo, el diario ya celebraba el trabajo sucio de la Armada y elogiaba en sus páginas las arengas de Massera, designado al frente de su fuerza por Juan Domingo Perón.

“La Armada vive en guerra y participa con la energía y decisión clásicas de su patrimonio histórico”, afirmó Massera en la base Puerto Belgrano, el Día de la Armada, al lado de la presidenta Isabel Perón y su gabinete. Con las tribunas del estadio repletas, el marino habló aquella tarde sobre su vocación democrática, su convicción sobre “la libertad individual como bien más preciado inherente a la naturaleza humana”, pero diferenció a “los subversivos” y aseguró que la Marina estaba “segura en fuerza y en derechos para enfrentarlos y destruirlos” (LNP 17.5.75).

Fue “una de las más claras y precisas manifestaciones castrenses sobre el sentido del proceso que el país protagoniza y el rol que las Fuerzas Armadas deben cumplir”, lo elogió el mismo día La Nueva Provincia, y reafirmó: “No se trata de comprometerse con la letra fría de la Carta Magna, sino de solidarizarse con lo que ella consagra para el bienestar de la familiar argentina”. En noviembre, mientras se orquestaba el asalto al poder, Massera contaba al periodismo local que “ya hace tiempo que la Armada está actuando contra la subversión”, aunque “en una forma más silenciosa” que el Ejército (LNP 20.11.75).

El 24 de marzo, en un editorial titulado “Refundar la Patria”, la dirección del diario sostuvo que “la Argentina es una nación occidental y cristiana”, enumeró como enemigos “al aparato subversivo, el ‘sacerdocio’ tercermundista, la corrupción sindical, los partidos políticos”, entre otros, y encomendó “destruirlos allí donde se encuentren, sabiendo que sobre la sangre redentora debe alzarse la segunda república”.

Seis meses después, mientras el secretario de redacción Mario Gabrielli publicaba fotos junto a Massera y paseaba en la fragata Libertad por Europa, La Nueva Provincia le dedicó al hombre fuerte de la ESMA un editorial repleto de elogios. Su discurso “contiene los fundamentos de un anhelo que es común a la ciudadanía”, aseguró. Destacó uno en particular: “aniquilar a la subversión, tanto si empuña un arma como si distribuye un panfleto o miente y desvirtúa para confundir” (“El almirante Massera y la realidad”, LNP, editorial, 19.9.76).


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ASOCIADA: 


 diario la nueva provincia

TENIA 85 AÑOS
Murió el almirante Massera

No tendría sentido esbozar aquí una suerte de biografía en cifra del almirante Emilio Massera, fallecido ayer, a la edad de 85 años, en el Hospital Naval. No porque la figura en cuestión careciese de interés para legitimar un propósito semejante, sino porque no es éste el espacio y, mucho menos, la oportunidad. Llegará el día en que, si no acallados para siempre, cuando menos atemperados los odios y las pasiones que despertara en sus años de esplendor político --contemporáneos al así llamado Proceso de Reorganización Nacional del cual fue, por paradójico que resulte, uno de sus forjadores y, al propio tiempo, una de sus principales víctimas--, pueda acometerse dicha empresa con mesura e imparcialidad.
De lo que se trata y de lo que tratan estas líneas, escritas apenas conocida la noticia de su muerte, es de otra cosa. Por de pronto, de trazar siquiera sea a vuelo de pluma, una semblanza del personaje. Nacido en Paraná, el 19 de octubre de 1925, ingresó en la Armada, como cadete del Cuerpo General, en 1942 y tuvo una destacada carrera que lo llevaría a comandar distintas unidades de la Flota y la fragata "Libertad", en 1966; a cumplir funciones de profesor en la Escuela Naval Militar y la Escuela de Guerra Naval; a cargos de relevancia en puestos de gabinete del Comando en Jefe y, entre 1971 y 1976, a cubrir los cargos de Secretario General Naval y Comandante de Operaciones Navales.
Antes de marzo de ese año, su carácter enérgico y acentuada vocación política --nada común en la Armada--, lo situaron en lugares de relevancia, razón por la cual a nadie sorprendió cuando el mismísimo Juan Domingo Perón reparó en él para asumir la conducción de la Marina. No desentonó entonces, a pesar de tener que sortear innumerables dificultades, fruto de la tradicional enemistad que, desde antes de septiembre del '55, había caracterizado las relaciones del peronismo y la fuerza naval. Fue durante esa época cuando sus dotes de negociador y conductor político se solaparon y hasta por momentos opacaron a las propias del Almirantazgo. Fue entonces, también, que su apellido comenzó a dividir aguas en la fuerza: había nacido el "masserismo" y, obviamente, su oposición, fenómeno harto inusual en un arma tan celosa de sus tradiciones y tan refractaria a los liderazgos carismáticos con proyecciones políticas.
Analizada su figura desde esta perspectiva, la suya fue una personalidad atípica, acaso única en la historia de los hombres de mar, sólo comparable --aun cuando todas las comparaciones, según reza el adagio clásico, sean odiosas-- a la de Isaac Francisco Rojas. No en virtud de una inexistente comunidad de ideas o de una misma forma de concebir la acción política. Sólo en razón de este dato decisivo: han sido los dos únicos almirantes que, por distintos motivos, despertaron pasiones encendidas a favor o en contra --poco importa-- en el curso del siglo XX en la Argentina.
Massera, más osado que Rojas a la hora de ejercer el poder, tuvo especial protagonismo a partir del pronunciamiento militar del 24 de marzo de 1976 y hasta septiembre de 1978, período en el cual integró la Junta de Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas. En ese año pasó a situación de retiro por propia voluntad, con la secreta esperanza de vertebrar un movimiento político capaz de llevarlo a la presidencia de la República. Quizá haya sido ésta la mayor ambición de su vida que, con todo, no pasó de ser un sueño fugaz y trunco por el final patético --con pena y sin gloria-- del Proceso de Reorganización Nacional.
No fue, demás está decirlo, la mezcla de Maquiavelo y asesino serial que han pintado sus enemigos, tan feroces a la hora de enjuiciarlo con la pluma, como lo habían enfrentado antes en esa tremenda guerra civil en la cual ellos llevaron la peor parte. Tampoco fue, mirado a la distancia, el clásico almirante forjado en el molde de Brown. Tuvo la descomunal y trágica potestad, a la vez, de ser --junto a los otros miembros de la Junta de Comandantes-- dueño de la vida y de la muerte de las personas, algo que nadie, ni siquiera Rosas, en el siglo XIX, y tampoco Perón, en el siguiente, tuvieron en esa escala.
Como no podía haber sido de otra manera, el ejercicio de tamaño poder lo signó para siempre. Que a veces ese poder se usó mal, no es, a esta altura, ningún descubrimiento. Pero salvo en las conflagraciones de fantasía o en las que se desarrollan en mesas de arena, todas las formas de guerra irregular terminan de la misma manera: al terror se le opone el contraterror.
A los principales responsables del Proceso --y el almirante Massera fue uno de ellos-- les tocó en suerte la decisión más difícil que haya debido enfrentar militar alguno en el último siglo y medio de historia argentina: ¿cómo tratar a un enemigo que había adoptado características criminales en la consecución de la lucha política? Si hicieron bien o mal en aplicar los métodos antiterroristas por todos conocidos, es algo que seguirá siendo materia de discusión por espacio de décadas. Mientras tanto, el flagelo subversivo fue cortado de raíz, ahorrándole males inimaginables al país.
Como quiera que haya sido, en el plano político el Proceso de Reorganización Nacional resultó, a la postre, un fracaso tanto más ostensible cuanto que nunca antes se habían dado entre nosotros las condiciones para que un gobierno sentase las bases de una Argentina distinta. En cambio, las rencillas absurdas entre los miembros de la primera Junta de Comandantes y la incapacidad para acometer los cambios de fondo que la Nación pedía a gritos, hicieron que la empresa política epilogara de manera lastimosa. En ese terreno, no lo que hizo la Junta --cualquiera sea el juicio que nos merezca-- sino lo que, con el enorme poder del gobierno militar, dejó de hacer, signará para siempre a sus integrantes.
La muerte del almirante Massera ha despertado la ira de quienes no saben perdonar y el odio de los que no pueden olvidar. Unos y otros parecen no darse cuenta que prolongan así la pasada guerra civil. Massera, cargado de años y con la experiencia de su derrota política a cuestas, hacía ya tiempo que había dado por terminada dicha contienda. En ello demostró un espíritu abierto a la reconciliación y ajeno a todo sectarismo, que lo honra.

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LA NACION

Murió Emilio Eduardo Massera
Según pudo saber lanacion.com, el ex jefe de la junta militar que gobernó el país en un régimen de facto tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, sufrió un ACV hemorrágico
Lunes 8 de noviembre de 2010 | 16:42 (actualizado a las 17:20)
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Emilio Eduardo Massera, integrante de la junta militar que gobernó el país en un régimen de facto, tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, murió hoy por una accidente cerebro vascular (ACV) hemorrágico en el Hospital Naval, según pudo saber lanacion.com.

El ex jefe de la Armada fue condenado a reclusión perpetua en 1985 e indultado en 1990 por el ex presidente Carlos Menem mediante el decreto 2741/90. Esa decisión fue desestimada por la Corte Suprema de Justicia de la Nación que este año ratificó la nulidad del indulto al dictador.

El máximo tribunal confirmó una sentencia de la Cámara Nacional de Casación Penal y señaló que constituye una obligación del Estado argentino "investigar y establecer las responsabilidades y sanción" de los delitos de lesa humanidad, pues por su gravedad son contrarios a la Constitución nacional y a los tratados internaciones ratificados por el país.

La Corte desestimó y declaró inadmisibles los reclamos que habían formulado los abogados del jefe de la junta militar. Recordó, además, que la Argentina asumió la responsabilidad de investigar y castigar los delitos aberrantes y que ese compromiso no puede ser cerrado por el indulto firmado en 1990 por el ex presidente Menem.

El ex dictador había sufrido en 2002 un aneurisma cerebrovascular; finalmente, en mayo de 2005 fue declarado incapaz por demencia y la Justicia suspendió las causas en su contra. Uno de los últimos estudios ordenado por la Justicia determinó que el ex jefe de la Armada, acusado de centenares de crímenes de la última dictadura, no está en condiciones de ser juzgado: tiene disminuidas sus facultades mentales y su proceso de deterioro es "crónico, irreversible y potencialmente evolutivo".

Especialistas del Cuerpo Médico Forense (CMF) y de la Universidad de Buenos Aires (UBA) confirmaron que el dictador Emilio Eduardo Massera padece la patología de "trastorno psicoorgánico" y por ello "no se encuentra en condiciones de afrontar un proceso judicial".

VIDEO

Sus frases más polémicas









http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1322871
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Joaquín Morales Solá | Ver perfil

Perspectiva
Ambición sin medida
Joaquín Morales Solá
LA NACION
Martes 9 de noviembre de 2010 | Publicado en edición impresa
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Emilio Massera creyó, en su época de esplendor en el poder, que la construcción política podía incluir hasta el crimen. Confundió las malas artes de una represión política, ya ilegítima, con los intereses privados o con la conveniencia política personal. Al final de su carrera en el poder, hasta se convenció de que volvería a la cima política elevado por los votos de la sociedad. ¿Cómo sucedería eso? Sencillo para él: conseguiría que el peronismo (o una parte de ese partido) lo apoyara y que la viuda de Perón le trasladara su todavía poderoso liderazgo en los primeros años 80.

Tuvo una relación rara con María Estela Martínez de Perón. Nadie conspiró tanto como él para tumbarla de la Presidencia y nadie, tampoco, la cortejó tanto luego para que ella le dejara la conducción del peronismo. La viuda de Perón hoy no es nadie en la política argentina, pero fue mucho hasta la aparición de la renovación peronista, en 1987. Fue mucho más todavía cuando se advirtieron, entre 1980 y 1981, los primeros síntomas del final de la dictadura. El peronismo, que se creía predestinado a ganar todas las elecciones, revoloteaba en torno de ella como si fuera una reina en el exilio. También algunos militares, incluido Massera.

La ambición presidencial de Massera era una utopía sin medidas, sobre todo si debía pasar por elecciones, pero ese proyecto define también, de algún modo, la dimensión de su audacia. La única gran victoria de la vida de Massera fue la de haberse convertido en una figura determinante de la dictadura desde la conducción de la Armada, que nunca tuvo la importancia ni la influencia del Ejército. Contribuyó a pergeñar el plan de represión de los grupos insurgentes de los años 70, que incluyó la desaparición, la tortura y el asesinato de personas. De su imaginación surgió la idea, también, de convertir la Escuela de Mecánica de la Armada (la conocida ESMA) en un centro clandestino de detención y, al mismo tiempo, de reclutamiento de guerrilleros arrepentidos.

Con esos nuevos aliados, intentó tender un puente con la conducción en el exilio de Montoneros, quizás para trabar acuerdos electorales. Nunca se supo fehacientemente si fue cierto que se reunió en París con Mario Firmenich, el entonces todopoderoso líder del grupo subversivo filoperonista. Lo cierto es que en el camino perdió la vida, asesinada, la diplomática Elena Holmberg, que habría comprobado ese encuentro e informado al gobierno militar. Se necesitaba una audacia sin límites, o una sensación infinita de impunidad, para llegar a tanto en los años más oscuros de la última dictadura.

Por cuestiones más prosaicas terminó vinculado a la muerte del empresario Fernando Branca, que no tenía ninguna filiación guerrillera, pero sí una fortuna. En medio de su disputa política con el Ejército, se le atribuyó también el asesinato del embajador en Venezuela Héctor Hidalgo Solá, un radical que hacía esfuerzos por moderar el régimen y buscar una salida democrática. Todo eso indica que el crimen era para Massera una herramienta política más amplia que la ya repudiable represión ilegal de los grupos que se habían levantado en armas contra el Estado, aún en tiempos de un gobierno democrático.

Massera fue un caudillo militar de la Armada como no hubo otro, salvo Isaac Rojas en la época del derrocamiento de Perón, en 1955. Una amplia generación de oficiales marineros no habían tenido tanto poder nunca como el que les dio Massera. Hasta se dio el lujo de quebrar políticamente al elefantiásico Ejército de aquellos tiempos. Se llevó con él a generales tan importantes como el entonces comandante del I Cuerpo de Ejército, Guillermo Suárez Mason, y el comandante del III Cuerpo, Luciano Benjamín Menéndez, que lideraban el ala más dura de los militares.

Audacia y ambición

La literatura política de la época pone especial énfasis sobre "duros" y "blandos" entre los uniformados. Supuestamente, los "señores de la guerra", Massera y Suárez Mason, comandaban la vertiente más dura, mientras que Jorge Rafael Videla y Roberto Viola mandaban sobre la franja más moderada. Si fue así, la historia no exculpa a los "blandos": ningún exceso fue evitado por nadie y ninguno pudo frenar la dinámica del régimen; además, tanto Videla como Viola se fueron del poder por otras razones, no por sus disputas con los "duros". Lo único que distinguía a Massera del resto era la audacia y el tamaño de su ambición, que rebasaba el período militar e intentó incrustarse, sin suerte, en la posterior vida democrática.

Massera formó parte de la historia de la empresa Papel Prensa, porque nunca quiso que el Estado autorizara la compra de esa empresa a la familia Graiver por parte de los diarios LA NACION, Clarín y La Razón . Consideraba que el gobierno militar debía hacerse cargo de esa empresa productora de papel para diarios, porque de esa manera intervendría en la distribución del principal insumo de los medios gráficos. Era la forma ideal de controlar lo que quedaba, muy condicionado por cierto, del periodismo independiente en el país.

Según él, a la dictadura le bastaba con sustraerle la papelera a la perseguida familia Graiver, como había hecho como muchos otros bienes de los herederos de David Graiver. Dos figuras periodísticas de esa época, extrañamente acusadas ahora por el gobierno kirchnerista, debieron vivir un largo período bajo amenaza de muerte. La guillotina de la brutal amenaza, que en esos tiempos podía terminar abruptamente con la vida de cualquiera, cayó sobre las máximas autoridades de LA NACION y de Clarín . Los militares tampoco aceptaban que una operación privada los tuviera como meros espectadores.

Massera perteneció a una época en que la vida no valía nada. Fue la expresión despiadada de una respuesta ya demencial a un desafío al Estado por parte de grupos armados, que también cultivaron el crimen como una forma de construcción política. Las prácticas asesinas de unos y otros no son equiparables por muchas razones. Pero vale la pena tener en cuenta ambas tragedias, la de la subversión y la de la represión, para apreciar el amplio significado -no sólo el electoral- del sistema democrático recuperado hace casi 27 años.


http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1323094


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avisos funebres

08:10 - POLITICA

Dos días después de la muerte del represor Massera, se publicaron algunos avisos fúnebres




Dos días después de la muerte del dictador Eduardo Massera, se publicaron hoy algunos avisos fúnebres para despedir a quien fuera uno de los máximos responsables de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar en la Argentina.


A diferencia de lo que suele ocurrir habitualmente tras un deceso, la familia de Massera evitó dar a conocer a través de ese medio el lugar donde se llevarían a cabo las exequias, mientras que tampoco se publicaron inmediatamente mensajes de allegados.


En total fueron nueve los avisos que aparecieron hoy en el diario La Nación en memoria del principal "cerebro" del terrorismo de Estado, fallecido anteayer a los 85 años en el Hospital Naval.


El que encabezó fue el de su esposa, Delia Vieyra; sus hijos, Eduardo y Emilio; sus dos nueras, sus siete nietos y una mujer que fue definida como "amiga y colaboradora" del represor.


Entre el resto de los mensajes se destacan el del Centro Naval, que "participa el deceso de su estimado socio vitalicio"; la promoción 73 de la Escuela Naval Militar, de donde egresó Massera como guardiamarina, en 1946; y uno de la "familia castrense".


Según publicaron algunos medios en sus ediciones de hoy, los restos del dictador fueron inhumados ayer en el cementerio privado Parque Memorial, de la localidad bonaerense de Pilar.


http://www.telam.com.ar/vernota.php?tipo=N&idPub=203195&id=385896&dis=1&sec=1


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EL GENOCIDA QUE AÑORABA CONVERTIRSE EN PRESIDENTE
Había sido condenado a cadena perpetua en el Juicio a las Juntas, pero todavía pesaban en su contra decenas de procesos.


Por Adriana Meyer |*|

Ya no mandaba hacía tiempo, y su salud dañada lo había alejado de los juzgados, donde debía seguir rindiendo cuentas por su condición de genocida. Ayer a la tarde, Emilio Eduardo Massera murió en el Hospital Naval por causa de un accidente cerebrovascular. Había sido condenado a cadena perpetua en el Juicio a las Juntas de 1985 por delitos de lesa humanidad, pero ayer consiguió la extinción de las causas por los crímenes por los que aún no había sido llevado al banquillo. Sus exequias no tendrán ninguno de los rituales castrenses porque había sido despojado de su rango militar. Hacía tiempo que estaba inconsciente, con sus facultades mentales alteradas, según determinó el Cuerpo Médico Forense, pero aún pesaban en su contra decenas de procesos y estaba siendo juzgado en ausencia en Italia. Quien supo tener ambiciones políticas más allá del poder que detentó como ideólogo del plan genocida, ya no controlaba siquiera su propio cuerpo. Massera murió a los 85 años, deja un legado que aún pesa en la Armada, y con él será sepultada invalorable información sobre el destino de los desaparecidos y de los niños apropiados que nacieron en forma clandestina en la ESMA.

Las autoridades del Hospital Naval informaron que el dictador falleció por un "paro cardiorrespiratorio no traumático como consecuencia de sus secuelas neurológicas". En el parte médico dado a conocer frente a las puertas del hospital de Parque Centenario se informó que Massera falleció a las 16 y que su última internación data del 19 de abril. Massera sufrió varias complicaciones de salud luego del primer episodio de ACV que tuvo en 2002. Junto a sus familiares, estaba en una sala común y sin custodia judicial ni policial.

Massera encabezó el golpe de Estado que derrocó a Isabel Martínez de Perón el 24 de marzo de 1976 e integró la primera Junta de Comandantes, junto a Jorge Rafael Videla y Orlando Ramón Agosti. Tras haber dirigido el centro de exterminio que funcionó en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) durante toda la dictadura. En 1983 buscó una postulación para la presidencia, para lo cual creó el Partido para la Democracia Social, que no prosperó porque fue detenido por la desaparición del empresario Fernando Branca.

En la llamada Causa 13 de 1983, más conocida como Juicio a las Juntas Militares, fue condenado por asesinato, tortura y privación de libertad a cadena perpetua por tres casos de homicidio con alevosía, 12 de tormentos, 69 privaciones ilegales de la libertad y siete robos. En diciembre de 1986, cuando ya había sido apartado de la Armada, la Corte Suprema confirmó su condena. Fue el ex presidente Carlos Menem quien le devolvió la libertad al indultarlo en 1990, luego de haber pasado cinco años preso.

Massera no se hacía cargo de haber sido parte de un plan de exterminio, prefería hablar de "guerra justa" contra el "terrorismo subversivo", como expresó en una de las audiencias del histórico juicio. E incluso llegó a jactarse de haberla llevado adelante con el "aval de políticos, empresarios y curas", tal como aseguró en 1995 en una entrevista de este diario.

Tres años más tarde volvió a ser detenido por la apropiación de un bebé nacido en la ESMA, un crimen que había sido excluido de las leyes de impunidad. Estuvo preso en Campo de Mayo, pero desde octubre de 2000 gozó del arresto domiciliario en su quinta de El Talar de Pacheco: un refugio de unos 9 mil metros arbolados, con pileta, dos canchas de tenis y una cómoda casa que Massera compró en 1977 con los mismos intermediarios, testaferros y escribanos que usó para quedarse con otras propiedades de empresarios que fueron secuestrados y asesinados en la ESMA. (De hecho, por la apropiación de los bienes de los desaparecidos hay una causa abierta que lo tenía como imputado, y en la que aún deberán declarar sus hijos Carlos y Eduardo Enrique). Tan cómodo estaba el Almirante Cero que se permitía dar paseos por el perímetro exterior de la quinta, hasta que un grupo de hijos de desaparecidos lo descubrió. No era la primera vez que Massera burlaba un arresto, ya lo había hecho cuando un fotógrafo lo encontró caminando por Barrio Norte cuando debía estar preso en el penal de Magdalena, en la primera detención.

Así, en diciembre de 2002, el ex comandante perdió su beneficio y fue remitido al sector VIP de la cárcel de Gendarmería Nacional, en Campo de Mayo. Pero al poco tiempo tuvo que ser llevado al Hospital Naval, donde quedó internado, primero por un derrame cerebral y más tarde por sufrir un infarto. Las agrupaciones de derechos humanos pusieron en duda la veracidad de los informes médicos que lo tenían preso en el centro de salud de los marinos. En marzo de 2005, la jueza María Servini de Cubría suspendió los procesos en su contra, luego de que médicos forenses le informaran que presentaba una "involución mental" por daños cerebrales. Las evaluaciones médicas informaban que Massera tenía un marcapasos, que "no controla esfínteres", "se babea por momentos" y "emite quejidos", en el marco de un "trastorno psicoorgánico que trae aparejado un deterioro cognitivo global, crónico e irreversible".

En abril de 2007, la Justicia anuló su indulto y el tiempo que transcurrió hasta la ratificación de su condición de insania ­en mayo de 2009 por parte del Cuerpo Médico Forense y en noviembre de ese año por parte del procurador general Luis González Warcalde­ no fue suficiente para obtener ninguna nueva condena en su contra. Por eso quedará un banquillo de los acusados vacío en la megacausa ESMA, y sus conexas sobre la desaparición de Rodolfo Walsh, las monjas francesas y Dagmar Hagelin; en el juicio por la apropiación sistemática de menores durante la dictadura y en lo referido al Plan Cóndor. De acuerdo a las normas procesales, cuando el certificado de defunción llegue a cada uno de los juzgados en los que estaba imputado, los magistrados deberán dictar la extinción de la acción penal por muerte y el consiguiente sobreseimiento del dictador. Sin embargo, con la ratificación el 31 de agosto de la anulación de su indulto por parte de la Corte Suprema, vuelve a tener vigencia aquella condena a perpetua del Juicio a las Juntas. Y queda en pie el embargo de sus bienes para pagar la indemnización a Daniel Tarnopolsky por la desaparición de toda su familia, por la que fue condenado el genocida fallecido ayer. Fue en 2004, el mismo año que había corrido una falsa versión sobre su muerte. El juez español Baltasar Garzón decretó en octubre de 1997 una orden de detención internacional en su contra por el delito de genocidio, y también fue requerido por la Justicia de Alemania, Francia y Suiza. Pero el único proceso en marcha en el exterior contra el dictador es el que se realiza en Roma, por la desaparición de tres ciudadanos italianos: Juan Pegoraro y su hija Susana, que estaba embarazada y dio a luz en la ESMA, y Angela Aietta de Gullo. Los peritos italianos que visitaron a Massera advirtieron "posibles intentos manipulatorios, más o menos conscientes, actuados por medio de exageraciones de síntomas psíquicos ficticios", pero finalmente determinaron que "no se encontraba en condiciones de afrontar un proceso", y por lo tanto comenzaron a juzgarlo en rebeldía.

Alias Negro, Coara y Cero, Massera estableció la ley de la omertà marina por la cual todos los rangos debían involucrarse en las aberrantes prácticas represivas del terrorismo de Estado, y serían premiados con parte del "botín de guerra" robado a las víctimas. "Acá todos ponen los dedos, todos se comprometen, así nadie habla", predicaba. Por eso ayer algunas de sus víctimas lamentaban el definitivo silencio sobre los datos de los desaparecidos y de sus hijos nacidos en las mazmorras de la ESMA, y se quejaban de su legado: centenares de marinos en actividad formados en esa omertà.

|*| Publicado por convenio con Página/12

http://www.larepublica.com.uy/contratapa/431162-el-genocida-que-anoraba-convertirse-en-presidente

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Inicio Columnas Murió un genocida
Murió un genocida
10-11-2010 - 



Emilio Massera fue el dictador ataviado con el unifor-me de la Armada Nacional, autor de crímenes de lesa humanidad, que pretendió revestir su imagen con aura de impecable profesional de las armas. Hasta pretendió fundar un movimiento político. Fue el más inteligente de los integrantes de la Junta Militar, el más sibilino y que buscó crear de sí mismo una imagen que se pareciera al elegante militar, justo, medido y omnipotente. No pudo engañar; sus entrañas de maldad superaban su afán de simulación. Desde la cumbre de su poder sostenía –como los personajes de la Roma Imperial- que “no vamos a combatir hasta la muerte; vamos a combatir hasta la victoria, esté más allá o más acá de la muerte”, proclamó el 2 de noviembre de 1976, ya en la Junta que compartía con Rafael Videla y Agustín Agosti. Fue obsecuente cuando tuvo que serlo –elogió a Perón y buscó acercarse al peronismo en su delirio político-, se asoció con López Rega hasta convertirse en su mayor enemigo, se apropió de la vida y de los bienes de los secuestrados. “No vamos a tolerar que la muerte ande suelta en la Argentina” dijo aquel 2 de noviembre, mientras a metros del lugar de donde hablaba agonizaban encapuchados, engrillados y torturados miles de torturados, entre ellos Cecilia Cacabellos, de 16 años.
Su subordinado, Alfredo Astiz, fue quien le disparó a la adolescente Dagmar Hagelín, responsable de la muerte de las monjas francesas Alice Dumon y Leonie Duquet, también entre otros cientos y miles, de la fundadora de Madres, Azucena Villaflor, de Floreal Avellaneda, un chico de 14 años, de Hidalgo Solá, embajador civil del proceso, de las diplomática Helena Holmberg, secuestrada y asesinada cuando volvió a la Argentina procedente de París para denunciar los vínculos de Massera con montoneros en la ciudad europea. Son citas aisladas de los crímenes que no fueron de “guerra”, sino asesinatos a sangre fría, sin juicio, sin posibilidad de defensa. Con la muerte de Massera se cierra más que una vida, sino que se abre también una página macabra de la historia, que difícilmente llegue a perdonar.

http://www.laopinion.com.ar/columnas/8958-murio-un-genocida.html


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ASOCIADAS

CLARIN - 
PAPEL PRENSA 

Aporte a la causa que investiga los delitos de lesa humanidad en Papel Prensa
Denuncian al periodista que hacía de enlace entre Clarín y el Ejército
Publicado el 10 de Noviembre de 2010
Por Roberto Caballero
Director

La Secretaría de Derechos Humanos de la Nación pedirá la indagatoria de Reinaldo Bandini, ex secretario de redacción del diario de Noble y Magnetto. Las clases magistrales de un cronista a represores infames. La pista de Ginebra.


El ex Secretario de Redacción del diario Clarín, Reinaldo Gregorio Bandini, será denunciado en las próximas horas como coautor de los delitos de lesa humanidad cometidos en el traspaso accionario de Papel Prensa, que tiene como imputado, entre otros, a Héctor Magnetto, actual CEO del holding comunicacional.
La denuncia –que Tiempo Argentino adelanta en exclusiva–, será realizada por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, a cargo de Eduardo Luis Duhalde, con el patrocinio de Luis Alén, ante la fiscalía platense que lleva adelante las investigaciones.
“Esta querella (…) viene a poner en conocimiento de esta fiscalía las graves circunstancias que imputan a Reinaldo Bandini, como coautor de los ilícitos investigados, y que refuerzan la responsabilidad penal de los ya imputados”, comienza el escrito de seis carillas. En él, se pide que Bandini sea llamado a prestar declaración indagatoria por sus actividades como “enlace entre el Estado Mayor del Ejército (y el diario) cuando Clarín decidió conjuntamente con sus socios La Nación y La Razón apropiarse ilegítimamente de Papel Prensa”.
La historia de Bandini puede resumirse así. En 1964, era Jefe de la sección Economía del diario. Había llegado de la mano de su fundador, Roberto Noble, y ejercía en los hechos una suerte de comisariato político desarrollista dentro del periódico. Cinco años después, el 16 de septiembre de 1969, fue ascendido a s ecretario de Redacción, junto a José Tomas y el querido Osvaldo Bayer. Que quede claro: no los unía la ideología, sólo la simultaneidad del nombramiento. Porque mientras Bayer preparaba sus estudios de campo para denunciar la masacre de obreros patagónicos en el Sur argentino a manos del Ejército, Bandini se ganaba la confianza de Noble y del Estado Mayor del mismo Ejército.
El 28 de octubre de ese mismo año, Bandini fue ensalzado por Oscar Camilión, quien recordó que había sido elegido por el propio Noble e integrado al grupo de “primeras espadas” de la empresa.
Entre 1971 y 1973, Bandini pasó a desempeñarse, además, como editorialista económico con tres seudónimos o alias distintos: “Colbert”, “Colbert I” y “Colbert II”. Participó en 27 conferencias internacionales como delegado de Noble y, según revela con orgullo su propio curriculum, no se perdió ninguno de los “mitins del FMI y el Banco Mundial”. Entre 1971 y 1973, se alistó en la Escuela de Defensa Nacional. En 1975, ya consolidado como cuadro gerencial y periodístico del diario, fue nombrado profesor de Factor Económico en esa escuela militar, donde tuvo a cargo “cátedras en cursos superiores e intensivos”.
En abril de 1976, Bandini fue citado por Ernestina Herrera, viuda de Noble, quien lo atendió junto a Héctor Magnetto. Allí se le comunicó que sería incluido en una sociedad fideicomisaria constituida en el principado de Liechtenstein, que, en adelante, sería la propietaria del Grupo Clarín.
Esa sociedad, según el propio Bandini describió años después en una carta documento, se llamó FIDES (controlante de otra, llamada Scripto Establissement), y efectivamente, su composición accionaria reunía a las “espadas” de las que Noble y Camilión hablaban: Bernardo Sofovich, Magnetto, José Aranda, Octavio Frigerio, Ernestina Herrera y el propio Bandini. Es importante destacar, que dos meses antes, en febrero de 1976, Clarín y La Nación crearon FAPEL SA, la empresa pantalla que disimuló como “una venta entre privados” la apropiación ilegal de Papel Prensa por partes de los tres diarios y las tres armas. Entre los accionistas de FAPEL SA se repiten, al menos, tres de los nombres presentes en FIDES: Sofovich, Magnetto y Ernestina Herrera.
La pregunta es qué hacía Bandini figurando en papeles empresarios tan relevantes. La respuesta, por ahora, es otra pregunta: ¿acaso figuraba como garante de algún acuerdo superior? En el escrito de la Secretaría de Derechos Humanos hay una pista: ahora se sabe que Bandini fue la fuente principal del libro Noble Imperio Corrupto, editado por el inclasificable Guillermo Patricio Kelly, en 1993. En sus páginas se reproduce una extensa carta documento que Bandini le envió a Ernestina Herrera de Noble siete años antes. Allí, la ex “espada” se mostraba ofendida por el destrato de la primera dama del diario. Al parecer, le habrían dejado de pagar los aguinaldos acordados, y Bandini desglosa, párrafo a párrafo, su íntima relación con la empresa y las operaciones realizadas mientras trabajó en Clarín, entre ellas, el enjuague ginebrino de FIDES (Scripto Establissement), y alguna más: “Deberé mencionar, además, que por expresa decisión, mi número dentro del mencionado Consejo de Administración era el uno, y que además se ponía a mi cargo la custodia, administración de bienes y educación de sus hijos. Será necesario recordarle que en dicha oportunidad, cumplí su decisión otorgando mandato al señor Magnetto, para que asumiera mi representación en dicho Consejo de Administración Societaria. Será pues necesario recordarle mi gestión ante el Estado Mayor del Ejército, cuando en el año 1976 Clarín decidió comprar parte de Papel Prensa…”
Dice la Secretaría de Derechos Humanos en su presentación: “Estimamos entonces que dicha admisión de las gestiones de unos de los principales directivos del diario Clarín, de estrecha vinculación con su directora, de haber efectuado gestiones ante el Estado mayor Conjunto para la compra de Papel Prensa, constituye una prueba más de la asociación del diario y la dictadura (…). Máxime cuando quien admite haber sido el gestor era un profesor de la Escuela de Defensa Nacional, que era convocado por la dictadura para dar sus ‘clases de formación’ a los cuadros del Terrorismo de Estado.”
Por supuesto, habla de Bandini, que era profesor de dicha escuela desde 1975.
Pero eso no es todo. Tiempo reproduce los facsímiles de una de las clases magistrales que Bandini, como representante del diario Clarín ante el Ejército, ofreció el 7 septiembre de 1978, ante los represores del temible D2 (Departamento de Inteligencia de la Policía de Córdoba) y a un grupo de civiles asociados a la dictadura genocida que usurpaban los poderes del Estado.
En esa conferencia, que duró desde las 16 a las 19:30 horas, Bandini habló sobre los retos futuros del país, sin olvidarse del auditorio: “De algo nos debe servir, después de 50 años de fracasos, la lucha contra la subversión a la que hemos aplastado.”
Bandini trabajó dentro de Clarín tres años más después de aquella conferencia. En 1981 fue desplazado por una nueva camada, liderada casi exclusivamente por Magnetto. En 1987, le envió la carta documento a Ernestina Herrera de Noble. Desde entonces, mantuvo silencio. Ahora, quizá, lo rompa para dar a conocer una verdad dolorosa pero indispensable.
En la carilla final de su presentación, la Secretaría de Derechos Humanos informa a los fiscales:
1)“Que Reinaldo Bandini, en 1976, era un directivo clave de Clarín.”
2)“Que estaba institucionalmente ligado a la dictadura cívico militar, dictando cursos y haciendo apología de su acción terrorista.”
3)“Que fue enlace entre el Estado Mayor del Ejército cuando Clarín decidió apropiarse de Papel Prensa.”
4) “Que participó en la constitución de Scripto Establissement, una sociedad fideicomisaria administrada en Ginebra y que tenía su sede en Lieschtenstein, como dueña de Clarín para eludir las normas jurídicas y de control financiero de la República Argentina.”
5) “Que le caben a Bandini las mismas imputaciones de delitos que se formularan al resto de los querellados.”
Consultado por este diario, Bandini se excusó, por ahora, de hacer comentarios. 

Investigación: Manuel Alfieri y Federico Trofelli 


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