Lo que circula por los medios

21 de noviembre de 2010

VOCEROS, CONDICIONES Y NOTAS PARA RELEER -


Entrevista a Eduardo Aliverti
“El pueblo salió a la calle por lo que ya se hizo, no por lo que se va a hacer”
Publicado el 6 de Noviembre de 2010

Por Tomás Forster
El hombre, al que nunca le importó la corrección política y dijo que buena parte del periodismo callaba, analiza los logros del irchnerismo, habla sobre los medios hegemónicos y se atreve a hacer pronósticos respecto del reordenamiento político, luego de la muerte de Néstor Kirchner.

Arraigarse y ganarse un lugar propio en el imaginario colectivo supone un destino casi quimérico cuando no se obedecen los mandatos de la moda y del márketing. Esos casos contados sólo pueden explicarse por una combinación de talento, esfuerzo, sensibilidad, originalidad, convencimiento, carisma y también la porción de azar inevitable que conlleva estar en el momento y espacio indicados.
Entre las voces más características de nuestra radio, asoma una que se ganó un lugar perdurable e imprescindible en un medio que pese a los avatares tecnológicos de las últimas décadas –TV omnipresente, Internet y ola digital– sigue siendo parte fundamental de la vida cotidiana de millones de argentinos.
Una voz que irrumpió en las entrañas del pueblo oyente, diciendo aquello que callaba, en tiempos funestos, la inmensa mayoría de los comunicadores y periodistas. “Desde muy joven tuve claro que quería ser un locutor periodístico, un comunicador basado en la interpretación política, no sólo un comunicador comercial. El país no me dio posibilidades para apuntar a otra cosa”, dice Eduardo Aliverti.
Aquella decisiva experiencia en radio Continental durante los años dictatoriales, sumada a la huella y los amigos de siempre que le dejó su efervescente secundario “entre el Cordobazo y Cámpora”, como le gusta recordar, su historia posterior y su presente, no lo dejan mentir. Crítico férreo de los medios concentrados, resalta que detrás de la expresión-entelequia “independiente” está la derecha y defiende al periodismo libre que “se para en un lugar ideológico determinado”. Con las resonancias que dejó la muerte de Néstor Kirchner como eje ineludible de esta entrevista, Aliverti reflexionó y se explayó sobre los principales temas que recorren la extraordinaria, dramática e histórica situación política que atraviesa la Argentina actual.

–¿Cómo analizás la cobertura que hicieron los medios de comunicación concentrados de la muerte de Kirchner y los días posteriores?
–En el caso de los medios que venían militando en la denostación de todo lo que oliese a gobierno, bajaron un par de cambios. A las muy pocas horas de conocida la noticia, empezó a quedar claro que había surgido, desde abajo de la baldosa, una multitud que no estaba en sus cálculos. Hubo excepciones como las de Eduardo van der Kooy, en Clarín, que a los 20 minutos de anunciada la noticia ya tenía su columna subida –¡la verdad que no sé cómo se hace una columna en veinte minutos!–, y Rosendo Fraga que eleva el segundo pliego de condiciones de La Nación. El primero fue el que escribe José Claudio Escribano cuando asume Kirchner en 2003 y que hablaba de romper con Cuba, recomponer con el FMI y amnistiar a los militares. Fraga cierra el circuito. Salvo esas excepciones gráficas, el tratamiento radiofónico, televisivo y del resto de los diarios transmitió sorpresa y cautela.
–¿Cómo se explica que algunos referentes de la centroizquierda opositora y del peronismo disidente expresaran una encendida valoración del ex presidente?
–El caso más destellante fue el de Solá que habló de que si el “el pueblo está con el muerto por algo será”, al punto de que sé que le pasaron factura por expresarse de esa manera. Y en el caso del resto, me parece que hubo gente auténticamente conmovida como Alcira Argumedo, cosa que también me pareció advertir en Giustiniani. Pero en estos últimos días, tenemos a Stolbizer exigiendo un gobierno de concertación y a Sanz que se recupere la agenda institucional. También hubo mucha gente común, consternada porque la muerte de Kirchner la indujo a pensar sobre quién manejará la gobernabilidad, la mugre, los mafiosos del Conurbano, el peronismo, ahora que él no está. Esto lo noté con muchos de los que no fueron a la plaza: taxistas, mozos, oficinistas, que te decían ¿y ahora qué?
–¿Y ese cambio de clima fue repentino o viene de antes?
–Viene de antes. Hubo signos, particularmente este año, de que el país no podía ser el de Clarín y compañía. La alegría de millones que se vivió en los festejos del Bicentenario, pero también las convocatorias de Carta Abierta, el fenómeno innegable de 6 , 7, 8. Más allá de lo que se piense del problema respecto a que debería ejercer un pensamiento más crítico, la verdad es que impresiona el fenómeno. Ayer me tocó estar (por la emisión del martes) y me volvió a impactar todos los que van espontáneamente, muchos de origen humilde, que no son extras ni mucho menos.
–Entre los legados más importantes que dejó Kirchner se mencionó su capacidad de acercar a las nuevas generaciones a la política, ¿Cómo ves a los jóvenes?
–El grado de participación juvenil en la multitud me sorprendió. Tenía noción de hechos políticos como los que genera La Cámpora, pero en la plaza vimos muchísimos pibes y pibas muy sueltos. Igualmente, ojo con tirarle toda la responsabilidad y la esperanza a la juventud, porque eso puede ser muy jodido. Hay un caldo de cultivo maravilloso, hay una inserción de la juventud y una creciente expectativa en la política como herramienta fundamental para cambiar la realidad. Pero la responsabilidad mayor, en el corto y mediano plazo, no la tienen ellos.
–Hay quienes tratan de encontrar semejanzas entre el durísimo trance en que estaba el país en 1974 con la Argentina actual, ¿qué diferenciaría a esta etapa de la que se vivió en los ‘70?
–En este momento, la diferencia es que el pueblo –no la gente– salió a la calle por lo que ya se hizo, no por lo que está por hacerse. La historia demostró que si en los ’70 estaban dadas las condiciones subjetivas no lo estaban las objetivas, porque existía una derecha armada a través del partido militar. Kirchner deja a una presidenta como Cristina y a un país en crecimiento demostrando al pueblo y a los pibes que se puede transformar la patria a partir de hechos concretos recientes, mientras Perón dejó a una inepta y a un asesino en la cúpula del poder.
–¿En qué aspectos se debería profundizar el modelo a corto plazo?
–Hay que seguir yendo para adelante. Me enteré de una reunión de Kirchner con Magnetto en Olivos, cercana a las elecciones legislativas del 28 de junio. Ya había sido presentada la Ley de Medios en La Plata y estaba claro que el gobierno había resuelto jugar hacia delante después de la 125. Pero aun así, Kirchner le dijo a Magnetto: “Lo peor que les puede pasar a ustedes es que perdamos, porque si perdemos no nos va a importar nada.” Perdieron y, efectivamente, fueron para adelante. Y eso para mí fue una sorpresa. Parecía que iba a venirse un gobierno más moderado y ocurrió lo contrario. Si al cabo de la 125 y el 28 de junio, se profundizó con, por ejemplo, la Ley de Medios y la Asignación Universal por Hijo, me gustaría saber qué hubiera pasado con el Conurbano en las elecciones de haberse tomado antes esta medida. Ahora que el escenario es otro, no va a darse ningún paso atrás. Medidas como una nueva Ley de Entidades Financieras, un nuevo esquema redistributivo y el proyecto de participación obrera en las ganancias empresarias son parte esencial de lo que tiene que venir. El gobierno haría mal en dormirse y hacer la plancha frente a la bonanza económica que vive el país. Tiene que seguir jugando por izquierda.
–¿Cómo se dará el ordenamiento al interior del peronismo?
–Creo que Scioli, hasta la muerte de Kirchner, era mucho más “sospechoso” respecto de la actitud que iba a adoptar. De hecho, ni siquiera había que leer entre líneas para advertir que Clarín y La Nación estaban jugando a fracturar al kirchnerismo, especulando con la partida de Scioli y que el gobernador de Buenos Aires se decidiera a hacer la gran candidatura blanca. Fuere por convicción íntima o por el impacto que le debe haber producido la manifestación popular, mostró signos de no querer sacar los pies del plato. Esa actitud, hasta el momento, es mucho más importante políticamente que la que dio Moyano quien nunca tuvo algún gesto de importancia que pudiese poner en algún grado de riesgo al gobierno kirchnerista. En torno del líder de la CGT, hay más demonización y mitificación que lo que verdaderamente ocurre en la realidad. Pero por encima de todo esto, lo que está claro es que el peronismo no tiene antecedentes de poder manejarse sin su jefe o jefa gubernamental.
–¿Imaginás a Cristina asumiendo la jefatura del PJ y encargándose de los temas que se ocupaba su compañero?
–Formalmente sí, pero no me parece lo determinante. Lo importante es la inteligencia que tenga para saber rodearse de quienes van a manejar el barro que manejaba el marido. Cristina no puede ni debe atender todos los frentes. No quiero, ni veo a la presidenta sentándose con los barones del Conurbano ni con factores del sindicalismo pesado. Va a constituirse una especie de mesa ampliada que va a cubrir el rol todopoderoso que tenía Kirchner.
–¿Por qué el kirchnerismo todavía no ha podido articular e integrar a sus distintos espacios afines en un movimiento nacional, popular y transformador más definido?
–No hago una connotación negativa o hiriente del rótulo “pareja gobernante”. Es claro que eran el matrimonio político que manejaba este país repartiendo sus funciones. Pero está claro que fueron, mucho tiempo, una conducción cerrada y desconfiada. Es indudable que para tomar algunas decisiones que tomaron, se necesitaba básicamente de la férrea decisión de concentrarse en pocos a través de grandes gestos. El problema, es que quizás los pocos fueron demasiado pocos. Quizás debieron haber trabajado más en la formación de cuadros. Ahora, lo que se produjo alienta la formación de cuadros. Deben abrirse mayores instancias de participación. Es un gobierno que hasta ahora convocó a partir de enormes gestos, pero faltan gestos por debajo: apertura de locales e instancias de participación cercanas al ciudadano común.
–Nunca antes un gobierno había despertado tanta valoración en el ámbito cultural y artístico, ¿por qué sí el kirchnerismo?
–El camporismo tuvo también un nivel de adhesión alto. Igualmente esto que decís lo charlaba la otra vez con Ignacio Copani. Me decía que el de los artistas es un ambiente muy cerrado e individualista al que le cuesta integrarse en algo colectivo. Y también ensayábamos la hipótesis de que al ser un ambiente muy especulativo a propósito de dónde voy a ejercer mi profesión si me la juego por esta experiencia política. Pese a lo dicho, se vienen viendo signos importantes desde el Bicentenario en adelante.
–¿El kichnerismo es la superación del peronismo o es el reencuentro del peronismo con la causa del pueblo?
–Adhiero a la segunda interpretación. Si se toma el tiempo de vigencia del primer peronismo, estos siete años ya están cerca de aquella década si se la compara cuantitativamente. Pero me parece que la potencia del liderazgo de Perón, lo que significó el mito construido a través de la resistencia, todo lo que se gestó en torno a su figura todavía está cualitativamente por encima de esta experiencia. No estoy diciendo que no pueda ocurrir, pero todavía es muy pronto.
–¿Cómo repercutió en el kirchnerismo el asesinato de Mariano Ferreyra y cuál sería la solución de fondo?
–Voy a dar una respuesta de enorme incorrección política: creo que entre todas las cosas que en el corto plazo sepultaron a Kirchner, también está el asesinato de Ferreyra. Todos los datos que manejo dicen que lo afectó mucho. No hay duda de que fue la patota de la Unión Ferroviaria, que fue una emboscada, y vuelvo a decir que el gobierno corre el riesgo de que, aunque sea moralmente, se licue buena parte de su impronta progresista si mas allá de encontrar a los responsables directos, no se saca de encima a los Pedraza y a los factores de poder no controlados y casi autónomos. En términos de gestión política bastaría con que encarcelaran a los asesinos, pero si se lo piensa en términos de moral política, ese sector no tiene nada que hacer adentro del movimiento popular. No es algo que pueda solucionarse de la noche a la mañana, porque sería como resolver lo que significa la mafia de la Bonaerense. El kirchnerismo desactivó el poder militar, pero todavía falta la Policía Bonaerense, así como la mendocina y el poder de este sector minoritario pero muy poderoso del sindicalismo.
–¿Por qué se busca ligar a la conducción de la CGT con ese sector que viene del riñón del menemismo?
–Los medios concentrados buscan asimilar a Moyano con Pedraza, porque querrían que todos sean como Pedraza y que todo sea fuerza de choque antiobrera. Pero Moyano tuvo gestos importantes en cuanto a no tercerizar al trabajador camionero y a que sean trabajadores registrados. Militó contra el menemismo con el MTA. Tiene una historia mucho menos demonizable que lo que la propia prensa hegemónica estipula. Obviamente, debe tomar decisiones contundentes para alejar a ese sector que representa a la burocracia sindical.
–¿Cuál debe ser el rol del periodista en estos tiempos en los que el discurso del llamado “periodismo independiente”, está siendo puesto en cuestión simbólica y materialmente?
–Si para algo sirvió este gobierno es para partir aguas, para que cada uno se pare de un lado o del otro sin perder el pensamiento crítico. Lo que sucedió es que el periodismo presuntamente impoluto murió hace rato. La etapa multimediática y la etapa megacorporativa que viene después de Menem, cambió para siempre la visualización que se tenía de los medios periodísticos. Murió el cuarto poder. Simplemente, hay un poder. El periodismo hegemónico forma parte del poder de la derecha en la Argentina. Y esto sucede en otras geografías, decir Murdoch, Berlusconi, El País, es lo mismo que decir Clarín. Siempre quise hacer periodismo para cambiar el mundo desde un lugar ideológico. Hay que saltar de la definición de independiente a libre. Un periodista libre es aquel se para en un lugar ideológico determinado, siempre metiendo los goles con el pie y no con la mano. Lo que es recuperable es la excelencia redactiva, profesional, el modo en que se comunica.
–¿Por qué referentes del periodismo progresista de los ’90, hoy se paran en un lugar tan antikirchnerista?
–Para copiarme a mí mismo, con una frase que despertó considerable polémica, “con Menem era más fácil ser progre”. Ahora se descubre que el que te parecía de izquierda con Menem, como mucho, podía ser un liberal a la izquierda estadounidense. Además, la gran mayoría de esos colegas no tienen la habitualidad de ser rotulados de oficialistas y juegan a que el periodista debe ser necesariamente opositor. Completando la respuesta anterior, esta es una etapa para intentar jugar a lo que realmente sos y no a lo que crees que debes ser. Buena parte de estos colegas juegan a ser importantes, aun en contra de sus convicciones.
–¿Es una cuestión de ego e imagen?
–¡Claro! Así que Lanata podes volver a contestarme. (risas).


http://tiempo.elargentino.com/notas/pueblo-salio-calle-que-ya-se-hizo-no-que-se-va-hacer

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Domingo, 31 de octubre de 2010 | Hoy
EL PAIS
Nunca Menos *

Por Horacio Verbitsky
No pasaron dos horas desde la muerte de Néstor Kirchner antes de que comenzara el debate acerca de la gobernabilidad. Cada cual participó a su manera y con lo que pudo, desde análisis y propuestas racionales hasta expresiones emotivas. Abrieron punta las columnas y editoriales de los grandes medios. En forma explícita, invitaron a pensar todo de nuevo, pero en realidad propusieron una vez más la vieja lógica que imperó en el país hasta que el azar puso en la Casa Rosada al líder excepcional que acaba de morir.

Uno de los principales columnistas del matutino Clarín escribió que la decisión de que la candidata presidencial en 2007 fuera CFK constituyó el “primer error estratégico grave” de Kirchner. No hay un razonamiento que respalde esa afirmación, que debe aceptarse como un acto de fe. Ante una pregunta sobre algún hecho que hubiera detonado la confrontación sin tregua con el CEO del grupo económico que creció en torno de ese diario, Kirchner respondió hace un par de meses: “Vino a verme a Olivos para decirme que Cristina no podía ser presidente”. No puede reprocharse falta de coherencia a quien mantiene su posición más allá de la muerte. Lo mismo vale para el matutino La Nación, y su reiteración del mismo ultimátum que usó para saludar la llegada de Kirchner al gobierno. El 15 de mayo de 2003, cuando se supo que Carlos Menem no se presentaría a la segunda vuelta, tituló en su tapa que la Argentina había decidido darse gobierno por un año. Firmaba el artículo el director periodístico Claudio Escribano. Desde diez días antes, escribió, Kirchner sabía que “el principal asunto a resolver en el país es el de su gobernabilidad”. También en ese caso, Kirchner dio la explicación para una conducta tan extraña, sin precedentes en el periodismo argentino. Durante la campaña electoral había desayunado con Escribano quien le transmitió un pliego de condiciones:

1. “La Argentina debe alinearse con los Estados Unidos”.

2. “No queremos que haya más revisiones sobre la lucha contra la subversión. Creemos necesaria una reivindicación del desempeño de las Fuerzas Armadas”.

3. “No puede ser que no haya recibido a los empresarios”.

4. “Nos preocupa la posición argentina con respecto a Cuba”.

5. “Es muy grave el problema de la inseguridad. Debe llevarse tranquilidad a las fuerzas del orden con medidas excepcionales de seguridad”.

Kirchner respondió que su mayor preocupación era “que me acompañen los argentinos. Ocurre que usted y yo tenemos visiones distintas del país”. Hace ya largos siete años que La Nación procura en vano aportar al cumplimiento de su interesada profecía. La imprevista muerte de Kirchner le pareció el momento oportuno para reiterar la exigencia. “Sin Kirchner, Cristina puede asumir el poder”, tituló Rosendo Fraga su columna puesta on line a las 11:17 del miércoles 27. Con una prosa menos grandilocuente que la de Escribano, Fraga escribió que la presidente “tiene la oportunidad de modificar, rectificar, corregir, cambiar” las “políticas impuestas por su marido”. Como la primera de las “decisiones que se reclaman”, mencionó “tomar distancia de Hugo Moyano”. Si, en cambio, “insiste en la línea fijada por su marido, no le será fácil gobernar”. Reconoció que Kirchner “deja a su esposa con un gobierno sólido en lo económico, pero enfrentado con el sector productivo más importante del país que es el campo; en conflicto también con el sector industrial”. Por eso, no está en riesgo “la continuidad institucional, pero puede estarlo la gobernabilidad”, si Cristina no deja de ser “la presidenta de una facción para pasar a serlo de todos los argentinos”, es decir de todos los argentinos que cuentan para La Nación. En la misma línea, en el mismo diario y apenas dos horas después, Carlos Pagni ordenó “pensar todo de nuevo”, con un acuerdo entre oficialismo y oposición “para rodear a un gobierno débil”, aunque advierte que no es fácil que la presidente se reconozca débil. Agrega que “hay un líder omnipotente que ha muerto y una viuda al frente del Estado: Perón e Isabel, Kirchner y Cristina. ¿Quién será el Ricardo Balbín de este drama?”. Ni siquiera se priva de amagar que la sucesión presidencial “sigue previéndose para diciembre del año próximo”. Entre los conductores apetecidos para lo que sigue, arriesga los nombres de Daniel Scioli y de José Luis Gioja y también advierte contra Moyano. En los días siguientes continuaron los pronunciamientos en esa misma línea, en ése y en otros diarios asociados a los mismos negocios y proyectos políticos. Más allá de este chantaje, el debate sobre la gobernabilidad es legítimo. Kirchner comenzó a darlo el primer día de su gobierno y lo continuó después de su muerte, con la imponente eclosión de sentimientos y actitudes que estaban en las capas profundas de la sociedad y que la espuma de los días y la trivialidad de las polémicas mediáticas impedían ver. Una generación que nació durante la dictadura militar o en los primeros años posteriores, ocupó las calles de todo el país, con lágrimas en los ojos, para despedir al hombre que le ayudó a creer que la política era una herramienta apta para cambiar una sociedad demasiado injusta y que ellos tenían un sitio en ese intento. La comparación con Isabel y Balbín es una mera expresión de deseos. Cristina no es una frágil mujer que busque ni acepte la conmiseración de nadie ni hay entre los líderes opositores gestos de grandeza proporcionales al vacío que deja la partida de Kirchner (al margen de lo poco que le sirvió Balbín a la estabilidad institucional). La presidencia no es el regalo que recibió por consolar la senectud de un anciano fastidiado sino la consecuencia de un proyecto compartido con su compañero político y sentimental de toda la vida. Juntos construyeron un país pacificado, cuyas instituciones funcionan a pleno, respetado por todos los países de la región, cuyos líderes acompañaron a Cristina. Nunca antes Brasil y Chile habían declarado duelo nacional por algo ocurrido en la Argentina. La economía que crece como pocas en el mundo y como pocas veces antes en la Argentina. Esto ha permitido disminuir los niveles de pobreza e indigencia que de todos modos siguen siendo escandalosos y que constituyen la primera de las asignaturas pendientes. La pareja presidencial, como tantas veces los llamaron para erosionarlos, marcó un punto de inflexión en la larga decadencia argentina, que sin ellos conducía en línea recta a la catástrofe. Esta es la gobernabilidad democrática que, a derecha e izquierda, no soportan quienes anhelan volver al país para pocos ricos, pocos inteligentes, pocos militantes, la que hizo de Kirchner el primer presidente en demasiado tiempo que se retiró del gobierno y de la vida ahora, con altos grados de aprobación social. Si Alfonsín simboliza el Nunca Más, Kirchner deja como legado el Nunca Menos. El otro camino es el del ajuste y la represión, que termina a los palos y los tiros, con cuarenta muertos como el ciclo Menem-Cavallo-De la Rúa o con dos, como el del ex senador Eduardo Duhalde, con la industria en ruinas, la desocupación rampante, los salarios en el subsuelo y superganancias para quienes no se resignan a que otra Argentina sea posible.

(* “Nunca Más, Nunca Menos” es el título de una declaración de la rama argentina de la Sociedad Internacional para el Desarrollo, que dirige el economista Enrique Aschieri.)




http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/156001-50083-2010-10-31.html


Domingo, 14 de noviembre de 2010 | Hoy
A VENTANA › MEDIOS Y COMUNICACION
Esa plaza

Pablo Castillo sostiene que las prácticas sociales y culturales están atravesadas por los nuevos paradigmas de comunicación. Sin embargo, en plena era de la información no fue posible anticipar un acontecimiento como “la plaza” que despidió a Néstor Kirchner.


Por Pablo Castillo *

Los finales de los ochenta y principios de los noventa vinieron acompañados no solamente de una reconversión del Estado, los flujos financieros y las recetas del Fondo, sino que también asistimos a los efectos que la Revolución Científico-Técnica producía sobre las construcciones de identidades y territorios.

Las modalidades en que se configuraban las prácticas sociales y culturales estaban atravesadas por los nuevos paradigmas comunicacionales. Los términos en que los saberes y las experiencias populares se expresaban y se legitimaban eran puestos en cuestión por los diferentes lineamientos que imponía el proceso globalizador.

Los grandes acontecimientos adquieren su punto de inflexión y naturalización a través de una suerte de combinación desigual y asimétrica entre imágenes individuales y colectivas. Las patas en la fuente de Juan Molina, en la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945, o el “Era el subsuelo de la Patria sublevada”, en la definición de Scalabrini, funcionaban como registros articulados (el singular y el general) inscriptos en una misma coordenada. Después, la capacidad polisémica de gestos, actos, silencios, reinterpretaciones terminarían configurando la escena y la proveerían de entidad y proyección histórica.

El imaginario del progreso y de la movilidad social ascendente, expresión simbólica fuerte del modelo nacional y popular, que había entrado en crisis principalmente a partir de los noventa, aunque seguramente los orígenes de esa crisis deban ser rastreados en el golpe militar de 1976, empiezan a ser recuperados como un valor, pero también como una ilusión cada vez más determinante, por amplios sectores, en los últimos siete años.

El peronismo ya no tiene la capacidad para expresar (si alguna vez la tuvo) a la totalidad de lo popular, pero sí parece estar en condiciones de demostrar que en el proceso de implementación y gestión de políticas públicas se producen o se puede ayudar a producir una articulación –a veces imperceptible– entre nuevos y viejos actores sociales con diferentes despliegues de la subjetividad.

La Plaza que despidió a Néstor Kirchner no era la del ’45. Tampoco la del ’52 con Evita. Menos la de Perón en 1974. Porque, entre otras cosas, ni la Argentina ni nosotros somos los mismos. Igualmente, dar cuenta de esas diferencias supone un tratamiento desde otros lugares que trascienden a este texto.

En todo caso, hay dos preguntas que nos parece pertinente hacernos desde acá.

En primer lugar, ¿por qué esa heterogeneidad social, de personas, grupos etarios, colectivos sociales, políticos, culturales, podían compartir solidariamente un mismo espacio público expresando su dolor, su tristeza infinita, pero también su esperanza?

En segundo lugar, ¿por qué en la era de la información, de la noticia al instante, de la transparencia de los hechos, no se pudo conceptualizar que determinados colectivos –muchos de ellos minoritarios– habían encontrado eco a sus demandas, quizás impensadamente, en ciertas decisiones del Gobierno?

Estas preguntas no están planteadas desde la inocencia ni desde el desconocimiento del peso que tienen los multimedios corporativos para formatear los modos en que ordenan hegemónicamente las prioridades de los temas que eligen comunicar, pero la presencia espontánea de miles de jóvenes –muchos de ellos pertenecientes a la clase media urbana– debería llevarnos a reflexionar sobre lo que esa foto expresa en términos comunicacionales y culturales y que no estaba presente en toda su dimensión en ninguna de las hojas de ruta previa, en propios y extraños.

La construcción de una nueva ciudadanía o ciudadanía ampliada especialmente en nuestros países periféricos, desiguales y latinoamericanos constituyen una serie de preocupaciones que viene desvelando, ya desde hace algunos años, a importantes teóricos del campo comunicacional y de otras disciplinas. Si hay alguna enseñanza que dejó la plaza en estas Otras 48 horas es que no hay posibilidad de hablar de ciudadanía –tensionando las connotaciones liberales que aún el término conlleva– sin hacer referencia a sujetos concretos que la encarnen ni colectivos reales que la expresen.

* Psicólogo. Magister en Planificación y Gestión de la Comunicación UNLP.

http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-156616-2010-11-14.html

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Domingo, 14 de noviembre de 2010 | Hoy
ECONOMIA › OPINION
La calle Gingrich
Por Alfredo Zaiat

La “revolución conservadora” estaba liderada por el congresista Newt Gingrich y el senador Bob Dole. Se había articulado en lo que se conoció como el Contract with America. Era un decálogo de evocaciones reaganianas cuyas metas principales eran la eliminación del déficit público junto a la de diversos programas federales, el aumento de los gastos militares, el alivio impositivo a las clases medias altas, el endurecimiento de la lucha contra el crimen y la restauración de los valores tradicionales en torno de la familia, la moralidad y la religión. Ese movimiento había obtenido una mayoría legislativa por el triunfo en las elecciones de medio término de 1994. Clinton recibió entonces un duro revés del Congreso, donde los demócratas quedaron en minoría: el Partido Republicano rechazó el presupuesto y paralizó al Estado. Esto implicó la suspensión del giro de fondos a Vivienda, Salud, Educación, Comercio, Justicia y a varios organismos. Obligó a cerrar varios departamentos federales por falta de dinero para financiar sus actividades y a despedir a empleados administrativos que realizaron una decena de huelgas que paralizaron los departamentos nacionales y el trabajo de los funcionarios. Gingrich fue el estratega de esa decisión al conducir la bancada republicana en el Congreso norteamericano durante la administración Clinton. Esa arremetida republicana fue el comienzo de la recuperación electoral de un golpeado Clinton, que en 1996 consiguió la reelección. Esa positiva reacción fue explicada por analistas políticos en que una parte del electorado que había votado a los republicanos se asustó del excesivo radicalismo del Contract with America en las partidas sociales, además de que Gingrich y su grupo no consiguieron abandonar la imagen de oposicionistas más interesados en desmantelar conquistas sociales que en construir sistemas alternativos.

La discusión sobre el Presupuesto 2011 adquirió características similares a las de la pelea Gingrich-Clinton en 1995, aunque aquí no hay riesgo de paralización del aparato estatal. La denominada ley de leyes, iniciativa relevante para el funcionamiento del Estado, se ha convertido en fango de batalla política con un rigor opositor inédito por la puja mediática y la cercanía del año electoral. El comportamiento dentro y fuera del recinto de las diferentes expresiones de la oposición, en desesperada búsqueda de movileros, reveló que ignoran el antecedente Gingrich. La estrategia tradicional es cuestionar el Presupuesto, criticar el rumbo que supone para la economía y de ciertos legisladores negociar cambios en función del interés de los distritos que representan (obras públicas, promoción industrial) o de grupos sociales o económicos (modificaciones impositivas). Después, a medida que avanza la ejecución del Presupuesto se les presenta la oportunidad de mostrar que tenían razón en sus observaciones, lo que derivaría en un incremento de la confianza de los electores. Ese juego político que se ha reiterado a lo largo de los años desde la restauración de la democracia, y que no es un rasgo particular del Congreso local puesto que es igual al de otros países, registró un acontecimiento original: la pretensión de fuerzas de la oposición de aprobar un presupuesto propio para que sea implementado por el oficialismo.

A ese frente de disputa política se agrega un segundo vinculado con las variables económicas. Consultoras privadas, organismos dedicados a evaluar las finanzas públicas y un reciente informe del Banco Ciudad, entidad comandada por Federico Sturzenegger, economista del opositor macrismo, coinciden en que el Presupuesto 2011 contempla un escenario macro que, a diferencia de otros años, se encuentra bastante en línea con el consenso del mercado, sobre todo en materia de crecimiento económico (+8,9 por ciento en 2010 y +4,3 por ciento en 2011). Algo similar ocurre con las previsiones del tipo de cambio, donde no se esperan mayores sobresaltos, con una depreciación nominal del 5 por ciento. La principal discrepancia aparece con el índice de precios y en la consiguiente subestimación del gasto público. La pérdida de legitimidad del sistema nacional de estadísticas en relación con el IPC habilitó la posibilidad del cuestionamiento general al Presupuesto. Aunque la elaboración de las proyecciones con la estimación de una inflación del 25 por ciento, como están definidas en los dos dictámenes de la oposición, también los descalifica. Ese porcentaje no tiene ninguna base sólida ni rigor técnico. La utilización de esas estadísticas por parte de fuerzas conservadoras no sería extraño, puesto que abrevan de las fuentes de consultoras de la city, que se especializan en pronósticos errados. Lo novedoso es que corrientes políticas que se denominan de centroizquierda las hayan imitado. Esos mismos diseñadores de un presupuesto opositor no están en condiciones de exhibir pergaminos con proyecciones económicas acertadas. En una búsqueda de archivo, el saldo los deja en una posición bastante incómoda: estimación del ajuste por la fórmula de la movilidad jubilatoria, de la evolución del PIB en 2010, de la tasa de desempleo y pobreza, entre otras variables, resultaron muy alejadas de lo que decían iba a ocurrir. El ex empleado del JP Morgan Alfonso Prat Gay había asegurado que este año habría estanflación (estancamiento más inflación). Su capacidad de predicción ha sido mediocre: la economía crecerá el 9,0 por ciento. La misma que han tenido economistas de la city y otros.

En relación con las proyecciones macroeconómicas, se trata de una cuestión conceptual sobre qué significan las metas establecidas en el Presupuesto. Si se considera que las cifras fijadas para la inflación, el tipo de cambio, el crecimiento del PIB es “lo que va a suceder”, se cae en la lógica de funcionamiento engañosa establecida por los economistas del establishment: parte de suponer que existen profesionales que saben qué pasará en la economía con precisión numérica. Como se ha probado en más de una ocasión en estos últimos años, ese sendero conduce a escenarios equivocados. En cambio, si esas proyecciones son fijadas como objetivos a cumplir, la discusión adquiere otra dimensión porque se debe debatir cómo alcanzarlas y, si se superan, cómo redistribuir los recursos excedentes.

En el debate del Presupuesto 2011 se ha presentado un peculiar escenario político: gran parte de la oposición de colores diversos unidos por la misma pasión ha elegido caminar por la calle Gingrich, desconociendo la suerte que corrió el líder republicano.

azaiat@pagina12.com.ar
http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-156847-2010-11-14.html


Entrevista a Víctor Hugo Morales
“No me interesa señalar a los soldados de Clarín, sino a los generales como Magnetto”
Publicado el 14 de Noviembre de 2010

Por Tomás Forster
El flamante multipremiado por ETER se refirió a las distinciones obtenidas, a las acusaciones hacia el gobierno formuladas por la SIP, a los grupos concentrados que representa, y a la importancia crucial de la Ley de Medios.

Él: distinguido como mejor conductor de AM. La mañana: mejor programa y mejor equipo de producción diario. Todos estos galardones fueron para Víctor Hugo Morales y el equipo que lo acompaña cotidianamente en Radio Continental. El referente máximo de la voz rioplatense fue el gran protagonista de la entrega de premios ETER que se realizó el martes pasado.
Con la satisfacción a flor de piel que significa recibir estas condecoraciones de sus colegas y del público radioyente, pero sin perder jamás la humildad espontánea y la claridad expositiva que lo caracterizan, Víctor Hugo Morales se prendió a un diálogo a fondo con Tiempo Argentino. El relator y conductor de TV se explayó sobre sus sensaciones luego de la premiación, desmenuzó las artimañas de la SIP y de los medios concentrados que la representan en nuestro país, cuestionó al periodismo tradicional y señaló los desafíos del que está emergiendo. Además, analizó las repercusiones del fallecimiento de Néstor Kirchner y expuso los motivos de su cambio de postura hacia el gobierno a partir del punto de inflexión que supuso la aparición de la llamada “Madre de todas las batallas”, la nueva Ley de Medios de la democracia.
−¿Qué sensaciones tiene luego del reconocimiento que recibió por los premios ETER?
−Este es un premio al que tomo como de quien viene, de la gente de ETER, un lugar muy ético, que ha hecho una excelente apuesta a la transparencia. El premio puede tener un enorme margen de error en la apreciación, pero no en la honestidad del mismo. Aunque en líneas generales no quisiera recibir nunca un premio por lo inmerecido que lo intuyo, los premios ETER representan la única fiesta con todos los colegas y la juventud radiofónica. Realmente fue una noche muy cálida y emocionante.
−¿Qué impresión tuvo del comunicado de la Sociedad Interamericana de Prensa en relación al supuesto peligro que corre la libertad de expresión en países como el nuestro?
−La SIP, aparte de ser una vergüenza, es obvia y torpe. Y pensar que hasta hace pocos años todos la mirábamos como una institución que irradiaba respeto… pero cuando se instala la discusión sobre el rol de los medios en las sociedades latinoamericanas, ellos se lanzan como lo que son: los dueños del mercado comunicacional y el papel que están haciendo, además de una vergüenza desde el punto de vista ético, es muy pobre intelectualmente. Porque caen en la obviedad, en lo previsible. No les tengo el mínimo respeto ni la mínima consideración. Trabajo para que la gente sepa quienes son.
−¿Cambió la mirada de la sociedad argentina respecto a las corporaciones comunicacionales?
−Ellos eran los que estaban menos expuestos a la mirada de la gente, pero enturbiaron tanto todo que por fin están siendo mirados de otra manera. La credibilidad que tenían y que no merecían, se perdió tanto que tuvieron que salir a la cancha a defender sus mezquinos intereses. Se convirtieron en jugadores políticos directos de la peor manera. La mirada, incluso, de los lectores de sus diarios es muy distinta. También están los que se refugian en su odio al kirchnerismo y por eso no sólo no les importa no informarse, sino que tienen la necesidad de que les mientan para alimentar ese odio. Los que mienten saben que hay una aceptación de la mentira de ese sector de la sociedad, pero a la vez se exponen a los que levantan la defensa de otro periodismo o van saliendo de esa atmósfera viciada de Clarín y compañía. El periodismo, como la propia sociedad, no va a ser el mismo en 2011.
−¿Cómo definiría al periodismo que está surgiendo a partir de todo lo que suscitó la nueva Ley de Medios?
−Tendría que ser una especie de asamblea del nuevo periodismo. Para que se construya una nueva fuente ética hay que basarse en algo que Eduardo Aliverti decía muy bien en la entrega de los premios: “Los goles hay que meterlos con el pié.” Este nuevo periodismo no tiene que dejarse llevar al juego del todo vale. Hay que pensar que surgió como una especie de anticuerpo de lo que el periodismo tradicional fue generando. Este periodismo es joven y lo que tenemos que lograr es que no se cometan las mismas ruindades. Por ejemplo 6,7,8 fue una punta de lanza que algunos hemos tardado en comprender el valor que tuvo y tiene. Pero se debe tener mucho cuidado. Una cosa es desenmascarar al enemigo y otra es empezar a enmascarar una respuesta periodística que tenga el mismo filo en el que cayó el periodismo convencional. Claramente, 6,7,8 no hizo algo así, pero debe estar atento. ¿Qué es caer en lo mismo? Una visión sesgada que se da cuando en la noticia tiene un peso muy fuerte la intención por encima de la información que hay que brindar. Tenemos una hermosa responsabilidad. No basta con haber peleado muy bien, hay que seguir respaldándose en una gran fortaleza moral.
−Para pasar a la etapa de la afirmación más decidida del cambio de paradigma en el periodismo, ¿no falta el paso clave que es la entrada en vigencia de la nueva Ley de Medios?
−La ley ayudará enormemente cuando esté en vigencia, pero va a haber impaciencia si el artículo 161 no se pone en marcha prontamente. Si los jugadores no se alinean en un punto de partida más parejo, el techo de posibilidades para construir un nuevo periodismo va a ser más lejano. Ahora, como decía Marcelo Bielsa el otro día en Chile: “Cuando vos tenés un 90% que construye una verdad falsa, el 10% de la otra verdad para que luzca más la tenés que sobreactuar.” En ese conflicto nunca podés hacer un periodismo de buen nivel, siempre hacés un periodismo que tiene, y esto que no se malinterprete, algo de fanatismo. Cuando yo luchaba contra Clarín y sus satélites, o contra Grondona, era tal mi insistencia que dañaba mi propia forma de hacer periodismo porque pudría a la gente que se cansaba de escuchar siempre lo mismo. Caía en un énfasis que siempre me hubiese gustado que fuera otro, porque a mí me gusta debatir de otro modo, con más tranquilidad. Con esto quiero decir que frente al riesgo de la repetición discursiva, la vigencia de la ley es decisiva, porque va a traer una diversidad que va a refrescar al mundo de la comunicación en general.
−Aliverti acuñó una frase que trascendió: “Con Menem era más fácil ser progre”, ¿por qué varios referentes del periodismo defienden, hoy en día, con tanto ahínco al monopolio que consolidó su poder con la última dictadura militar?
− Son muchos factores que no se pueden integrar en una sola respuesta. El viejo criterio de que ser independiente es oponerse al gobierno, cuestión que yo transité casi toda mi vida hasta el último tiempo, juega un fuerte rol en la mentalidad de algunos comunicadores. No pudieron huir a tiempo y quedaron relacionados con una manera de mirar las cosas. Trabajar para Clarín pudo ser una meta para muchos. Ahora alcanzaron la meta pero se encontraron con que la meta alcanzada no valía la pena y están en una especia de trampa. Pero no me interesa señalar a los soldados, sino a los generales como Magnetto.
−¿Qué motivos lo llevaron a cambiar su visión del kirchnerismo?
−La ley de Medios, la reestatización jubilatoria y el Fútbol para Todos. Fueron hechos que cambiaron mi cabeza. Cuando llega el conflicto por la 125, estaba muy enojado con el gobierno por lo de Multicanal y Cablevisión de diciembre de 2007. Y llega el paro rural y tomo una posición contraria al oficialismo. Además, no me gustaba la idea de tratar como igual a los desiguales, es decir, a los distintos actores del campo. Lamentablemente, estamos hechos de los preconceptos que tenemos. ¿Cuál fue mi suerte? Que los pasos inmediatos fueron hambrunas éticas mías. La estatización de las AFJP para una persona de centroizquierda de toda la vida, el Fútbol para Todos con la mafia de Clarín aplicada a ese tema, la Ley de Medios que era una lucha de tantos años. Al tomarse esas medidas la cabeza me cambió inevitablemente.
−¿Lo sorprendió la inmensa movilización popular que despidió a Néstor Kirchner y apoyó a la presidenta?
−No, para nada. Cuando se anunció la noticia y cuando dijeron que lo iban a traer de Río Gallegos dije y supe que iba a ser una despedida histórica. Porque está claro que fue un hombre que despertó mucho amor. Un amor que tiene que ser muy grande para estar totalmente del lado de Kirchner porque hay que tragarse algunos sapos que forman parte del oficialismo. Igualmente, los últimos seis, siete meses, del gobierno provocaron un cambio de humor y de clima muy grande en la sociedad. La Ley de Medios es lo más grande que pasó, obligó a los medios concentrados a mostrar su verdadera cara. Cuando los ciudadanos empezaron a notar eso cambió el humor social.
− ¿Y el torrente de juventud?
− ¡Menos que menos! No me sorprendió en lo más mínimo. Por ser un tipo conocido, sé quiénes son los que me palmean, me saludan y quiénes me miran con reticencia y desprecio. Y los jóvenes me suelen tratar muy bien. Hace bastante que vengo diciendo que la Ley de Medios fue la caldera de la juventud.
−¿Cómo vislumbra esta nueva etapa del kirchnerismo sin Kirchner?
−Puede ser una puerta de entrada para los que vienen de la centroizquierda. Yo que vengo de una izquierda más entrenada como tal, como es la del Frente Amplio del Uruguay, nunca entendí al peronismo como un lugar al que pudiese apreciar con otro nivel de respeto. Es verdad que me tocó el peronismo de Herminio, después el de Menem… pero el peronismo kirchnerista encontró un vaso comunicante con una izquierda más genuina. De ahí viene el acierto del título de Roberto Caballero en este diario: “Murió Kirchner, nació el kirchnerismo.” Dicho de otra forma, lo que nace es un peronismo de izquierda novedoso y superador al que se podría llamar kirchnerismo.
−¿Qué aspectos debe profundizar el gobierno en el corto plazo?
−Debe matar o morir, políticamente hablando, en este rumbo que tomó. Cualquier debilidad de carácter lo puede perder muchísimo más que los errores lógicos que pueda cometer dentro del camino emprendido.

http://tiempo.elargentino.com/notas/no-me-interesa-senalar-los-soldados-de-clarin-sino-los-generales-como-magnetto

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Inicio » Jorge Muracciole
Precarización laboral
Una herencia a transformar

Publicado el 14 de Noviembre de 2010
Por Jorge Muracciole
Sociólogo, docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

La muerte de Mariano Ferreyra puso al descubierto, detrás del hecho criminal, la actual vigencia de formas de precarización del trabajo en el universo de las relaciones laborales. La asignatura continúa pendiente en esta materia.

Desde poco antes de la década de 1990, en el ámbito laboral a escala global se generalizó el neologismo “flexibilización”. Los popes del neoliberalismo, en su diagnóstico anticrisis, recetaron como principal medicamento para recomponer la tasa de ganancia empresaria, la llamada flexibilización de las relaciones laborales. El ataque a las normas convencionales y el recorte de conquistas históricas del movimiento de los trabajadores fue el efecto más generalizado en la vida cotidiana de los asalariados del mundo.
La Argentina no fue la excepción. La marea flexibilizadora, si bien empezó a esbozarse puntualmente al final del mandato de Raúl Alfonsín, tomó el carácter de política de Estado durante el Menemato, y se prolongó en el tiempo durante el gobierno de la Alianza.
La crisis de 2001 mostró, con palmaria crudeza, los resultados del experimento neoliberal que se aplicó en la Argentina: niveles de desocupación superiores al 20%, con las patéticas consecuencias que uno de cada dos argentinos sobrevivían en la frontera de la pobreza.
Estas cifras incontrastables dejan en claro que las recetas de la tan cacareada flexibilización laboral, publicitada por los medios conservadores durante toda la década de 1990, no sólo no permitió disminuir el drama del desempleo, sino que construyó una matriz en las relaciones laborales signada por la precarización y la degradación de la vida cotidiana de los otrora trabajadores formales. Banelco mediante, como la prolongación del Menemato a través de la Alianza del radicalismo postalfonsinista, encarnado en la abúlica y opaca figura de De la Rúa y el progresismo descafeinado de los ’90, no hizo más que cristalizar el modelo de exclusión y dependencia pensado en el ideario de la dictadura cívico-militar que dio el golpe de Estado en marzo de 1976.
Las empresas paradigmáticas en implementar esta forma específica de organización del trabajo y gestión de la mano de obra fueron las privatizadas. Que no sólo precarizaron el trabajo estable convirtiéndolo, en muchos casos, en contratos temporales. Sino que la llamada flexibilización también afectó las remuneraciones de los nuevos trabajadores, quienes desempeñando las mismas tareas eran discriminados en relación a sus colegas que bajo relación de dependencia se desempeñaban con salarios significativamente más elevados. También las consecuencias de este retroceso en el ámbito reivindicativo tuvo sus efectos nocivos en el salario indirecto, conformado por los beneficios en materia de atención de la salud, y la desaparición de conquistas como el salario anual complementario, o las vacaciones pagas, para los llamados “trabajadores intermitentes”.
La llamada flexibilización interna del puesto de trabajo fue otra forma de transformar las categorías de convenio en lo que respecta a la descripción de tareas, la polivalencia funcional, “justificada” por una nueva apoyatura tecnológica que desdibujo las tareas típicas de los históricos puestos de trabajo convencionales y absorbió diversas funciones en el desempeño flexible de la nueva categoría laboral, en muchos casos sin ningún tipo de discusión con los representantes de los trabajadores, como una suerte de aplicación de facto de los cambios organizacionales.
En ese contexto, con la naturalización de los mass media del discurso de la necesidad de la rebaja de los costos laborales, cualquier medida de las denominadas flexibilizadoras eran vistas como el paso previo e ineludible para la futura creación de puestos de trabajo que disminuyeran los altos niveles de desocupación crecientes desde el Plan de Convertibilidad.
Al implosionar el modelo de acumulación cavallista, la devaluación, si bien permitió encontrar un colchón para los sectores de la producción y evitar así su colapso ante los productos del mercado internacional. Los efectos en la vida cotidiana de los asalariados, de aquellos que viven de su trabajo, significó un duro golpe a sus precarias formas de existencia. Los niveles de pobreza salpicaron a uno de cada dos argentinos y la desocupación superaba a la cuarta parte del universo de ocupados. En ese contexto de profunda asimetría para los trabajadores y sus organizaciones, en 2003 se inicia el proceso de crecimiento ininterrumpido de la economía a tasas chinas y además comienza a desarrollarse un nuevo modelo económico, político y social que se contraponía al imperante durante las largas décadas del neoliberalismo salvaje. El norte del nuevo gobierno encabezado por Néstor Kirchner fue la puesta en marcha del aparato productivo y el combate prioritario al flagelo de la desocupación. A pesar de estos cambios, la herencia en las relaciones laborales de años de sojuzgamiento dejó su marca en la estructura del empleo y la calidad de los trabajos. Si bien esta problemática de la denominada tercerización no era ignorada, lo cierto fue que de la debacle de 2001 y la pesada herencia de “la década infame” del Menemato, los gobiernos postcrisis tuvieron como prioridad la creación de empleo, y no tanto el mejoramiento cualitativo de los mismos. Aunque si uno compara la realidad del trabajo precario y las distintas formas de flexibilización, desde los inicios de la crisis de 2001 hasta la actualidad, podremos observar que el índices de trabajo precario pasó de un 52% del total de la mano de obra ocupada en 2002, al 36% en la actualidad.
La muerte de Mariano Ferreyra, sucedida en las vías del ex Ferrocarril Roca, puso al descubierto que detrás del hecho criminal siguen vigentes las formas de precarización del trabajo en el universo de las relaciones laborales. La asignatura continúa pendiente en esta materia.
La iniciativa parlamentaria del diputado Héctor Recalde, en relación al proyecto de regulación de las empresas tercerizadoras, es un avance de magnitud en la batalla contra la precarización laboral, y sus efectos de degradación de la vida cotidiana de importantes sectores aún postergados. Pero todavía queda pendiente un largo camino a recorrer, en lo que respecta al mejoramiento de la condiciones de trabajo y la calidad del mismo para un tercio de la población ocupada. La batalla contra las formas precarias de trabajo seguramente encontrará la férrea resistencia de importantes sectores empresariales que crecieron durante estos últimos ocho años con un modelo de organización laboral dual, heredero de lo peor de la hegemonía neoliberal.
Ese modelo discriminatorio que basa su patrón de acumulación de beneficios, con un núcleo de trabajadores efectivos con trabajo estable y plenitud de derechos convencionales, y su contracara, el “precariado laboral”, ese universo de contratados, instalados en la incertidumbre contractual, la discriminación salarial y la privación de derechos históricos como el aguinaldo, la obra social o las vacaciones pagas. Avanzar en este desafío de justicia social como eje de la política de Estado será parte del ideario de equidad social de los años venideros. Profundizar el camino de desmantelamiento del andamiaje neoliberal en las relaciones laborales permitirá, para las grandes mayorías, discriminar entre un proyecto igualitario de país, que tenga en cuenta el fin de la degradación de las condiciones de vida de cientos de miles de trabajadores, heredada de la concepción dual del capitalismo salvaje y de aquellas minorías que pretenden seguir monopolizando en sus manos el producto del crecimiento económico, generado por la sociedad toda, y que minimizan las condiciones de existencia de la multitud de sujetos que viven tan sólo de su trabajo, reduciendo su posibilidades de progreso social solamente al necesario, pero insuficiente, primer escalón de la situación de ocupado a secas.

http://tiempo.elargentino.com/notas/una-herencia-transformar

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