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22 de abril de 2011

Y al final... habló Vargas LLosa... la censura no existió.


Jueves, 21 de Abril de 2011 20:13
Y al final habló Vargas Llosa. El escritor y el hombre político.

Y al final... habló Vargas LLosa... la censura no existió.


El Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, disertó sobre "La libertad y los libros" en la sala Jorge Luis Borges de la 37º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Mucho se habló sobre la participación de Vargas LLosa en la Feria del Libro. Voces en contra y voces a favor de que el escritor peruano abriera la Feria. El arte y lo político cruzaron veredas y abrieron un debate.

¿Cómo iba a presentarse Vargas LLosa, como escritor o como representante de políticas neoliberales? Esa fue la pregunta que recorrió cada debate.


Debate y apertura de una encerrona, ya que el sujeto -el hombre- es un ser que despliega en sociedad varias facetas con las cuales asume diferentes roles sociales que cohexisten.

Un sujeto que asume varios roles y que da cuerpo a un pensamiento y un discurso. Decir entonces que Vargas Llosa es solo un escritor es una abstracción y también una falacia.

Es impensable entonces hablar de Vargas Llosa solo como un escritor. Vargas Llosa inició una carrera política fundando el movimiento Libertad y que se presentó como candidato a la Presidencia del Perú en 1990. Luego de la derrota política el partido se disolvió.

Un diario español (fuera de circulación en la actualidad) tituló en 1990: "Un ingeniero japonés devuelve a Mario Vargas Llosa a la literatura". Quizás una falacia a la hora de pensar que alguien puede abandonar sus ideas políticas, su acción política.

El escritor ha continuado con su obra, pero no ha abandonado la lectura política y su prédica por las políticas neoliberales. La política en su ejercicio no queda reducida a ciertos espacios. Se puede obrar en política desde un partido, pero también desde "el llano". Es decir desde otra posición en lo social.

Existe un "Vargas Llosa escritor", pero también "un Vargas Llosa" como hombre político. Ambos cohexisten y se encuentran en ese pensamiento que rige un discurso.

Los debates enriquecen, permiten pensar, analizar y reflexionar; pero resultan más enriquecedores cuando a la hora de debatir se ponen todas las cartas sobre la mesa.

Previo a la presentación que realizó en la Feria del Libro, el lunes, Vargas Llosa recibió en un hotel porteño a representantes de la oposición. Entre ellos: el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Mauricio Macri, Eduardo Duhalde, Francisco De Narváez, Patricia Bullrich y Gustavo Ferrari. Y hoy se reunió con Ricardo Alfonsín.

Al término del encuentro Alfonsín manifestó: "Nos mostramos interesados por lo que sucede en el campo político e institucional de nuestros países, Perú y Argentina, y coincidimos en la necesidad de robustecer el sistema republicano como base esencial para la edificación de ambas democracias, en libertad y en la búsqueda de la igualdad"

Discurso inicial Feria del Libro


http://youtu.be/aJxsfXIKenw

¿Qué dijo Vargas Llosa sobre la Argentina?

Al término de su discurso escrito, se dio paso a una entrevista entre Vargas Llosa y el periodista de La Nacion Jorge Fernández Díaz.



http://youtu.be/cpFulLGDPEY


Por su parte las Madres de Plaza de Mayo entregaron hoy una carta al escritor peruano Mario Vargas Llosa, "quien se declara defensor de las libertades", en la que afirman que sufren la censura.

"Estamos censuradas por Cablevisión" dijo Hebe de Bonafini en referencia a que Cable visión no incluye en su grilla el canal informativo CN23, donde Madres de Plaza de Mayo poseen un programa propio, "La Clementina". Hebe de Bonafini, declaró que espera que Vargas Llosa atienda a su reclamo contra la censura.


Cablevisión, que pertenece al grupo Clarín, no aplica la disposición que indica la inclusión de la señal de CN 23, y del canal para niños "PakaPaka", que produce el Ministerio de Educación de Argentina.


relacionadas:

Se inauguró la Feria del Libro

LaPistaOculta/GN


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Agradece Vargas Llosa no ser vetado Horacio González



http://youtu.be/tW5IfFslKLM

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¿Vargas Llosa, Videla sigue siendo General?

Lo que dijo Vargas Llosa de la Argentina y lo que Varguita no dijo...
Horacio González y Vargas Llosa
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El Premio Nobel en la Feria del Libro
Vargas Llosa bajó los decibeles y dejó con las ganas a la derecha
Publicado el 22 de Abril de 2011

Por Mónica López Ocón
El escritor peruano le agradeció a la presidenta por haber frenado los cuestionamientos sobre su participación en la Feria. Después de hablar largo rato de literatura, afirmó que vincular liberalismo con dictadura es una “obscenidad”.


La entrada de Mario Vargas Llosa al predio de la Feria del Libro tuvo una espectacularidad hollywoodense que no parecía en sintonía con su condición de escritor, sino que era más acorde con la irrupción de un rock star o de una megaestrella de cine. Hubo una desbandada entre quienes hacían cola para escucharlo cuando el Passat plateado con vidrios polarizados que lo llevaba a bordo hizo su entrada triunfal seguido por un séquito de noteros y reporteros gráficos que corrían detrás del auto. Todos querían la mejor foto o, por lo menos, ver de cerca al Premio Nobel devenido emisario de la Libertad.

A Vargas Llosa no le tembló la voz cuando, entrevistado públicamente por el periodista Jorge Fernández Díaz en la Feria del Libro, aseguró que no existía relación alguna entre liberalismo y dictadura, a pesar de que la historia argentina demuestra exactamente lo contrario. Aunque el revuelo que produjo la visita del Premio Nobel a la Argentina tuvo un origen más político que literario, sólo habló de política luego de hacer un largo periplo por la literatura, primero durante su conferencia referida a la libertad y los libros, y luego durante la entrevista periodística. Sin embargo, una buena parte del público, entre el que se contaban algunos integrantes del Partido Liberal Libertario, aplaudió con espíritu de revancha cualquier frase que pudiera ser leída en clave política. Así, la mención de la revista Sur, liderada por Victoria Ocampo, recibió una ovación cerrada que hizo rememorar los aplausos recibidos por la Sociedad Rural Argentina en los tiempos de la 125, que hoy parecen tan lejanos.

Pese a que había tenido un día cargado de compromisos, el escritor lucía impecable enfundado en su traje oscuro. Por la mañana había sido declarado Huésped de Honor de la Ciudad de Buenos Aires por la Legislatura porteña, y además de la consabida plaqueta y del diploma había recibido como regalo sorpresa un viejo ejemplar del Billiken, publicación que, según Vargas Llosa, marcó profundamente su infancia.
Las declaraciones previas sobre el discurso que iba a pronunciar en la Feria daban a entender que los decibeles de agresión política serían más bajos de lo que se esperaba. Se percibía un sutil clima de decepción anticipada entre cierta parte del público, deseosa de que el autor de La ciudad y los perros se convirtiera en adalid de la causa antikirchnerista. La decepción pareció justificarse cuando antes de su alocución leída dijo que le agradecía a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner su gesto de frenar a quienes cuestionaban su presencia en la Feria.

“Los libros nos ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos e ideológicos. Por debajo de las fronteras nacionales somos iguales. Los libros nos hacen más libres, nos ayudan a descubrir que nosotros somos en verdad nosotros mismos”, aseguró con fervor durante su conferencia.

Luego, durante la entrevista, cuando el público ya comenzaba a inquietarse ante la perspectiva de que Fernández Díaz continuara preguntándole por el origen de cada una de sus novelas, por fin, preguntó por el tema que esperaba la mayoría. Y allí Vargas Llosa explicó el largo proceso que lo llevó a “desengancharse” del marxismo (aclaró que había sido militante del Partido Comunista) para abrazar la causa liberal. Pasó revista a la historia política reciente de su país de origen y también se preguntó por el –para él– fallido destino de grandeza de los argentinos. “Argentina era un país del Primer Mundo –aseguró– cuando tres cuartas partes de Europa eran todavía el Tercer Mundo. Llegó a tener un sistema educativo tan avanzado que fue un modelo para el mundo. Casi llegó a acabar con el analfabetismo. Era una realidad que maravillaba al resto del mundo a principios del siglo XX. ¿Qué pasó para que este país que había dado esos pasos tan absolutamente extraordinarios de progreso y que hoy debería tener el mismo nivel de vida de Suecia, de Suiza..? ¿Por qué de pronto la violencia política cobra fuerza y vienen dictaduras, viene represión, viene el terrorismo?” Vargas Llosa también aclaró los alcances del término “liberalismo”, que para él no tiene vinculación alguna con las dictaduras, sino estrictamente con la libertad, y calificó cualquier intento de vincular una cosa y otra como una “obscenidad”.

Carismático, buen orador, cargado de energía y convicción, el Premio Nobel puso en evidencia que, en efecto, el Billiken ha dejado en él su marca, ya que concibe la historia de los pueblos y la política como una batalla entre figuritas buenas y figuritas malas en la que las corporaciones económicas no tienen participación alguna.

http://tiempo.elargentino.com/notas/vargas-llosa-bajo-los-decibeles-y-dejo-con-las-ganas-derecha 

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Viernes, 22 de abril de 2011
EL PAIS › REPORTAJE A MARIO VARGAS LLOSA SOBRE SU CONVERSION DEL SOCIALISMO AL LIBERALISMO
“Los socialdemócratas tienen debilidades colectivistas”

Defendió a Von Hayek y Friedman, los ultraderechistas que respaldaron a Pinochet y fundaron la Sociedad Mont Pelerin que lo invitó a la Argentina. Pero dijo que él nunca apoyó a una dictadura. Una entrevista con Vargas Llosa sobre la economía, Lula, Cardoso, el Estado, los liberales, Sudamérica, Humala y Dostoievski.

Por Martín Granovsky y
Silvina Friera

Si tiene que quedarse con un solo libro sabe cuál es: La guerra y la paz, de León Tolstoi. Conoce su próximo voto en el ballottage peruano: será por Ollanta Humala y no por Keiko, la hija del dictador Alberto Fujimori. Confiesa que se siente perplejo sobre la crisis económica internacional. Y, quizá porque la provoca, acepta la polémica.

Mario Vargas Llosa vino a Buenos Aires para dar una conferencia en la Feria del Libro (ver página 5) y participar de una reunión de la Mont Pelerin Society, fundada en 1947, entre otros, por los economistas Milton Friedman y Friedrich von Hayek y presidida hoy por el neocelandés ultraconservador Kenneth Minogue, profesor de Ciencia Política en la London School of Economics. Los visitantes fueron agasajados por Mauricio Macri y discutieron un tema que los preocupa: “El desafío populista a la libertad latinoamericana”.

A las 10 de la mañana de ayer, cuando recibió a Página/12 en la suite presidencial del Sheraton, la bruma caía sobre Retiro. Vargas Llosa miró el paisaje desde la ventana dos veces, al llegar y antes de irse. En el medio concedió un reportaje que aquí se transcribe en el orden exacto en que fue realizado y entero, incluyendo su crítica a la Revolución Cubana y hasta la curiosa forma en que el escritor se refirió a su idolatrado Fernando Henrique Cardoso, el ex presidente brasileño: Henríquez.

–En El sueño del Celta un personaje dice: “Se puede ser un gran escritor y un timorato en asuntos políticos”. ¿Qué piensa usted de la frase?
–El personaje a quien se refiere es Joseph Conrad y no Roger Casement. Conrad era timorato políticamente por una razón obvia: era un recién venido a la nacionalidad británica. Por otra parte, tenía esa especie de lealtad perruna que tiene un inmigrante de primera generación al país que ha hecho suyo, que lo ha acogido y al que se ha integrado. Aunque eran muy amigos, el hecho de que Casement optara por Alemania en la Primera Guerra Mundial, un país al que, por razones obvias, los polacos...
–Como Conrad.
–Claro. Los polacos odiaban a Alemania tanto como a Rusia porque los habían desaparecido como país. Eso hizo que Conrad tomara distancia de Casement y retirara su firma de ese manifiesto de los intelectuales que pedían la conmutación de la pena. Debió dolerle mucho porque eran amigos. Casement tenía una enorme admiración por Conrad. Conrad sí había apoyado la lucha de Casement contra el gobierno belga por las atrocidades que se cometían en el Congo. El diálogo es ficticio, inventado.
–Pero Conrad retiró su firma.
–Sí, sí existió el hecho de que Conrad retiró su firma, y aunque no hay testimonios de eso, es segurísimo que para Casement debió ser muy doloroso que una persona que tanto admiraba, y que además tenía prestigio, no quisiera firmar esa solicitud.
–¿Qué es un timorato en política? Porque timorato es una palabra que se usa poco.
Es alguien que teme pronunciarse con claridad sobre aquellas cosas que cree. No es una persona vacilante...
–No está hablando de un apolítico.
–No, es una persona que no tiene el coraje de asumir públicamente sus opiniones políticas porque piensa que hay riesgos implicados en ello. Eso diría que es un timorato. Una persona puede ser vacilante, puede tener dudas respecto a ciertos temas, eso es perfectamente legítimo.

–Y es bueno, ¿no?
–Sí, es bueno, en muchos casos es bueno. Tener mucha seguridad es peligroso (se ríe).
–¿Qué es lo contrario de “timorato” para alguien que conoce tan bien la lengua como usted? ¿Hay un antónimo?
–(Piensa.) A ver... Yo creo que es un poco exacerbado decir “valiente”. No lo sé. Me parece que si una persona tiene ideas políticas, sobre todo en circunstancias en que esas ideas están puestas a prueba (y ya no se diga cuando están en peligro), debe defenderlas. Si cree en ellas, debe defenderlas. Sobre todo en América latina nosotros sabemos muchas veces adónde conducen esos riesgos. Entonces me parece que una persona debe defender sus ideas, preferentemente con razones y no a pedradas o puñetazos.
–¿Usted hizo un click en sus ideas políticas de un momento a otro?
–No. Un click de un momento a otro nunca, creo. Ha sido un proceso. Por ejemplo, el pasar de convicciones socialistas a convicciones democráticas y liberales ha sido un proceso que tiene distintas etapas, pero creo que se inicia a mediados de los años ’60, en relación con Cuba, básicamente.
–¿Pero en algún momento hace un click entre no decir las cosas o decirlas?
–No, no. Digamos que yo creo que estaba muy identificado con la izquierda, básicamente a partir de la Revolución Cubana, y empecé a tener ciertas dudas, pero no me atrevía a hacerlas públicas. La primera duda seria que yo tengo con la Revolución Cubana es cuando la Umap, las unidades militares de apoyo a la producción, un eufemismo para campos de concentración.
–¿Por qué lo dice?
–Eran campos de concentración donde metieron a gusanos, a criminales comunes y a gays. Para mí eso fue una experiencia muy chocante, yo no lo esperaba. Conocí a bastantes de los jóvenes que fueron a los campos de concentración.
–El año pasado Fidel Castro dijo al diario La Jornada de México que la persecución a los gays había sido uno de los grandes errores de la Revolución Cubana.
–Un poco tarde, ¿no? Porque en esa experiencia pues no solamente sufrieron terriblemente chicas y chicos que eran identificados con la revolución, los del grupo El Puente. Fue muy traumático, muy violento, y para mí fue la primera vez que tuve dudas muy serias de si la Revolución Cubana era lo que yo creía y lo que yo decía que era. Ese hecho me fue cambiando muchísimo, me creó muchas dudas, me empezó a estimular actitudes críticas frente a la revolución. Otra experiencia que resultó confirmatoria y mucho más importante para mi evolución fue el apoyo de Fidel a la invasión de Checoslovaquia, cuando la invasión de los países del Pacto de Varsovia.
–La de 1968.
–Sí. Fue la primera vez que ya no me importó “armar al enemigo”, y lo digo entre comillas para hablar de la fórmula chantajista que mantenía siempre a los críticos de izquierda en el silencio. Ahí escribí un artículo que se llamó “El socialismo y los tanques”, claramente haciendo una crítica a la revolución. Pero todavía fui una vez más a Cuba después de eso, que fue la última vez que he estado allá, ya no me acuerdo el año, no sé si ’69 o ’70, inmediatamente antes del caso (del poeta Heberto) Padilla. Todavía no lo habían metido preso, pero era evidente que lo iban a meter preso en cualquier momento. Padilla estaba enloquecido por la tensión en la que vivía, y el clima era un clima... de una... Uff, había zozobra, había miedo entre muchos escritores que conocía muy bien. Yo salí completamente angustiado de ese viaje, y al poquito ocurrió el caso Padilla, que fue lo definitivo.

–¿Ese fue un cambio de ideas socialistas a ideas liberales?
–No, el liberalismo es posterior. En ese momento el socialismo entusiasta pasa a ser un socialismo muy crítico, pasa a ser una socialdemocracia. Yo me sentí como se sienten los curas que de pronto se vuelven ateos: muy desamparado, muy solo, en un mundo muy confuso. Fue un proceso lento de revalorización de la idea de democracia, la importancia de esa democracia formal tan denostada por la izquierda, y empecé a leer a Raymond Aron, a (George) Orwell, a (Arthur) Koestler y a (Albert) Camus, a quien había leído y había atacado cuando yo era muy sartreano. Incluso publiqué un librito que se llama Entre Sartre y Camus, contando esa evolución.
–¿Y el liberalismo cuándo comenzó en usted?
–Primero fue una especie de rescate de la idea democrática, de la importancia de esos valores formales, de las formas en lo político. Y luego creo que el liberalismo fue el descubrimiento de Isaiah Berlin y (Karl) Popper. La lectura de Popper, la lectura de La sociedad abierta y sus enemigos para mí fue fundamental; es uno de los libros que más me ha marcado, me ha cambiado, me enriqueció extraordinariamente lo que es la visión del autoritarismo, de lo que es el totalitarismo, y cómo esa es una amenaza que está siempre presente, incluso en las sociedades más libres, más avanzadas.
–Usted acaba de participar de un seminario sobre populismo organizado en Buenos Aires por la Sociedad Mount Pelerin. Popper fue uno de sus fundadores.
–Sí, claro, Popper estuvo en el año ’47...
–Y (Milton) Friedman y (Friedrich von) Hayek también. Los dos terminaron sosteniendo la dictadura de Augusto Pinochet.
–No tienen ellos la culpa de la dictadura de Pinochet.
–Sostenes, no causantes.

–Pinochet aplicó políticas de mercado, pero jamás apoyó la política liberal, que parte de la democracia política.

–Pinochet no apoyó el liberalismo político, pero Friedman y Von Hayek apoyaron la dictadura de Pinochet.
–No, no. Apoyaron la política económica, pensaron que la política económica era la buena, pero nunca apoyaron la dictadura de Pinochet, nunca apoyaron los crímenes, nunca apoyaron la desaparición de un Congreso, de elecciones libres. Nunca. Von Hayek ha defendido... Miren... No sé si han leído The Constitution of Liberty, un libro absolutamente fundamental en defensa de la cultura democrática y de la libertad económica a partir de la libertad política. Es el sustento fundamental de la idea de Von Hayek.
–Pero no estamos hablando de las ideas sino del apoyo a una política concreta.
–Pues yo no conozco ninguna declaración de Von Hayek a favor de Pinochet, que haya estado defendiendo la dictadura de Pinochet. Todo el paquete, con los crímenes, las desapariciones. Y si la defendió, se equivocó.
–Si quiere pasemos a Friedman. Estuvo varias veces como invitado en el Chile de Pinochet.
–Pero fue a dar conferencias.
–Hasta escribió cartas de agradecimiento a Pinochet por haber aplicado sus recomendaciones económicas.
–No conozco esas cartas.
–Son de 1975. Aquí están, impresas. Podemos leerlas, pero se extendería el reportaje.
–Si Friedman y Von Hayek lo hicieron, se equivocaron. Cometieron una gravísima equivocación y hay que criticarlos por eso, porque ningún liberal debe apoyar una dictadura política. Y si lo hace se equivoca, y hay que criticarlo. Yo soy un liberal y nunca he apoyado una dictadura.
–Isaiah Berlin es una cosa, Popper, que fue cofundador de la Sociedad Mont Pelerin, es otra. Y los otros dos fundadores, Friedman y Von Hayek, fueron muy activos políticamente, en los Estados Unidos y en Chile.
–La Sociedad Mont Pelerin es una sociedad creada fundamentalmente para pasar revista o tomar el pulso a la situación de la economía en el mundo. Es una sociedad que crean especialistas en economía, a la cual yo no pertenezco. Es la primera vez en mi vida que he asistido a una reunión de la Mont Pelerin. Yo estoy totalmente a favor de la libertad económica como un correlato de o contrapartida de la libertad política. Esa es mi visión del liberalismo. Esa es la visión de liberalismo de los liberales que admiro, que leo. De tal manera que si hay liberales que han apoyado una dictadura, para mí no son liberales. No tengo por qué cargar con la responsabilidad de señores que defienden dictaduras.
–Una sociedad de liberales políticos que reivindican a Friedman y Von Hayek es como fundar un centro de estudios socialdemócratas y ponerle de nombre Sociedad Lavrenti Beria, en homenaje al jefe de la policía secreta de José Stalin.
–(Se ríe.) ¡Pero es injusto! La Sociedad Mont Pelerin defiende la libertad económica, está constituida fundamentalmente por economistas, pero que yo sepa, que yo recuerde, jamás se ha identificado con ninguna dictadura, porque esa dictadura hizo políticas de mercado. Von Hayek y Friedman defendieron la libertad económica que se introdujo en Chile, defendieron ciertas reformas.
–¿Esas reformas se podrían haber introducido en 1973 sin dictadura?
–Deberían haberse introducido en democracia. Esa es la postura de un liberal. Un liberal es un señor que cree en la libertad y que cree que la libertad es indivisible, que no se puede dividir la libertad política de la económica. Ese es un principio básico del liberalismo. Está en Adam Smith, el padre del liberalismo. Si hay alguien que pretende dividir la libertad política y económica, se equivoca: no tiene derecho a ser llamado un liberal o da una visión completamente corrompida y criticable del liberalismo. Eso no es el liberalismo que defiendo y con el que yo me siento identificado. Además, creo haber demostrado que mi conducta es una conducta clarísimamente de defensa de la libertad en el campo político, en el campo social y en el campo económico.
–Usted acaba de participar en una reunión sobre el populismo en América latina. Uno podría decir que Franklin Delano Roosevelt, el presidente norteamericano que asumió en 1933, fue un gran populista. ¿Está de acuerdo?
–Todo depende de las definiciones. Por ejemplo aquí el día de la inauguración de la Mont Pelerin el representante del presidente de la Sociedad dijo que había un populismo “bueno” y un populismo “malo”. El populismo bueno era el de Ronald Reagan. ¿Qué es lo que quería decir este señor? Entendía por populismo la proyección a nivel popular de las reformas liberales a través de un gran comunicador, como era Reagan.
–Es el momento en que comienza el proceso de mayor desigualdad histórica de los Estados Unidos. Lo dice Paul Krugman, otro Nobel pero de Economía, no de literatura.
–Sí, pero... Si yo tengo que corregir cada frase vamos a perder mucho tiempo.
–No es corregir o no corregir. Es una entrevista.
–Los liberales no estamos a favor de que haya desigualdad.
–¿Qué quieren?
–Que todo nazca del éxito, del esfuerzo, de la producción de bienes o servicios que benefician al conjunto de la comunidad. Que haya gentes que tienen mayores o menores ingresos en función de su excelencia, de su talento, es legítimo para un liberal. Lo que no es legítimo es que esas diferencias se establezcan a partir del privilegio o de la desaparición de la igualdad de oportunidades de base, que es un principio liberal.
–¿Y qué sucede cuando, por ejemplo, como dice Krugman, Reagan modifica la política impositiva y quita impuestos a los más ricos? ¿No cambia lo que usted define como igualdad de oportunidades de base?
–Mmmm, es que ahí tendríamos que discutir muchísimo. Krugman no es precisamente un liberal. Krugman es un hombre muy inteligente, pero es una especie de socialdemócrata con debilidades considerables hacia fórmulas socialistas, colectivistas. Tiene debilidades en ese campo.
–¿Usted dice que Krugman, el columnista de The New York Times, es colectivista?
–Sí, tiene debilidades colectivistas, como muchos socialdemócratas muy respetables, demócratas impecables que tienen debilidades colectivistas. Por ejemplo los demócratas cristianos son absolutamente demócratas, pero ellos creían que el Estado tenía que intervenir masivamente en la economía para suplir lo que llamaban las desigualdades de base. Los liberales siempre hemos criticado esa idea.

–¿Pero acaso la intervención del Estado no la propugnaba también Adam Smith?
–No, no. La intervención del Estado en la economía para suplir lo que los demócratas cristianos llamaban –porque eso ha cambiado– las debilidades de base, es una forma de intervencionismo que al final genera mucha más injusticia y muchos más privilegios. Pero en fin..., eso creo que nos aburriría muchísimo.
–Volvamos al tema del populismo. Del populismo bueno y del populismo malo.
–Pero eso decía ese señor y yo creo que se equivocaba. Llamaba populismo a una forma de popularidad. Entonces, si eso es populismo toda forma de comunicación exitosa sería populismo. Yo creo que populismo es sacrificar el futuro en nombre de una actualidad pasajera, efímera, y hacer política con esta visión. Hay un populismo de derecha y hay un populismo de izquierda, sin ninguna duda.
–¿El cortoplacismo sería un populismo?
–El cortoplacismo es una forma de populismo, sobre todo en medidas económicas. Pero hay un populismo político, no solamente económico.
–Si le parece volvamos a Roosevelt. Usted no desconoce qué hacía. Con la radio como herramienta, le hablaba directamente al pueblo sobre los efectos de la crisis de los años ’30.
–¿Pero qué es lo que consigue Roosevelt? Consigue dar seguridad en un momento de una inseguridad terrible. Entonces, con esa tranquilidad con la que él se dirige a su sociedad, a sus electores, crea una seguridad que hacía una falta extraordinaria para que la crisis económica no se profundizara.
–Roosevelt les decía a los ciudadanos que apelaba directamente a ellos para explicarles que el Senado y los bancos no lo dejaban resolver la crisis.
–Pero bueno, está bien... El Senado y los bancos en ese momento no lo dejaban gobernar. A veces es bueno no dejar gobernar a los políticos si hacen malas políticas, ¿no es verdad?
–¿Y en ese caso era bueno?
–No hablo de hacer revoluciones, pero sí de que existan una democracia y unas instituciones que permitan frenar las malas leyes. Por ejemplo en el Perú, en la época de Alan García, nosotros conseguimos parar una medida, que para mí era el final de la democracia: la nacionalización de los bancos. Y la paramos en democracia, sin hacer nada sedicioso, mediante manifestaciones y actos públicos. Y al final conseguimos que esa ley, que era una mala ley que podía acabar con la democracia en el Perú, no prosperara, diera marcha atrás y no hubo ningún muerto, ningún preso.
–¿Ningún liberal reivindica a Roosevelt y a John Maynard Keynes? Un liberal como usted, ¿qué dice?
–Keynes sí. Ambos fueron grandes demócratas. Keynes fue un genio, un hombre de una cultura absolutamente prodigiosa, y las tesis keynesianas, que la socialdemocracia luego hace suyas, son unas tesis generadas en un contexto muy especial de crisis terrible, en las que ya no estaba en juego una política económica sino la supervivencia de un país y de una cultura democrática. Ese es el contexto en el que nace el keynesianismo, que no se puede aplicar de una manera automática. Nadie ha descrito mejor que el propio Friedman lo que significa la inflación para un país, ¿no es verdad? Yo tengo mucho respeto por Keynes, creo que es uno de los grandes pensadores modernos, sin ninguna duda, y en cierta forma buena parte de su legado lo pueden reivindicar los liberales. Sin ninguna duda.
–En cierta medida, y siguiendo su frase de que nada se puede aplicar de manera automática, los países más importantes de Sudamérica estaban en una situación parecida a la que usted describe. Y en los últimos años resolvieron su tremenda crisis con mayor intervención estatal.
–Hay circunstancias en que ningún liberal va a rechazar una cierta intervención del Estado a partir de ciertos consensos democráticos, por supuesto. Sin ninguna duda, ¿no es verdad? En esta última crisis terrible, por ejemplo...
–La crisis mundial que comenzó en 2008.
–Sí. Frente a ella, los liberales han estado completamente divididos. Algunos decían que se trataba de “salvar al muerto” que se iba a morir. Entonces, si se va a morir, que intervenga el Estado. Otros liberales decían que lo que se iba a morir no era el Estado sino las políticas que nos han llevado a esta crisis absolutamente monstruosa.
–¿Y usted qué decía?
–Yo estaba en la confusión total, y creo que ahí se necesitaba un tipo de conocimiento técnico de la magnitud de la crisis y de las consecuencias para tomar una decisión. Yo carecía de eso y simplemente, como sobre muchas otras cosas, lo que he declarado es mi perplejidad. Sobre eso no puedo opinar porque no sé, opinaría a partir del puro pálpito y creo que eso es irresponsable, no en literatura, pero sí en política.
–¿Tiene un pálpito para el ballottage peruano entre Ollanta Humala y Keiko Fujimori?
–No hay pálpito allí sino un conocimiento muy claro. Hay un mal menor y un mal menor. El mal mayor es Keiko Fujimori y entonces yo voto por Humala. Eso es clarísimo. Los problemas que pueda traer Humala ya los enfrentaremos cuando venga. Pero tengo una esperanza que quiero que quede escrita. Mi esperanza es que Humala se aleje realmente de (Hugo) Chávez y se acerque realmente a gente como (Luiz Inácio) Lula (da Silva), como (José) Mujica, como (Mauricio) Funes, y haga una política semejante en el campo económico.
–De cualquier modo, en América latina cada país se termina dando su destino nacional, no hay forma de copiar...
–No hay destinos nacionales...
–Aunque alguien quiera copiar, no podrá hacerlo porque cada nación es única.
–Hay formas de copiar la orientación, hay formas de entender que la creación de la riqueza pasa por el mercado, no pasa por el estatismo. Las pruebas son tan absolutamente contundentes... Eso lo han entendido el socialismo chileno, el uruguayo, el brasileño. Hay una izquierda peruana que ya entiende eso, aunque es muy pequeñita. Ojalá con Humala ésa pasara a ser la política que se adopte. Sería una salvación.
–Usted habló de Lula como modelo. Su estrategia fue de intervención fuerte del Estado.
–No tan intervencionista gracias a que el anterior presidente fue Henriquez Cardoso. Las grandes reformas que ha aprovechado Lula las hace Cardoso. El es el gran estadista.
–¿Fernando Henrique Cardoso?
–Sí.
–Pero Lula no representó la continuidad respecto de Cardoso sino la ruptura.
–¡No, no, no! ¿Cómo? ¡Qué horror, qué injusticia! ¡Qué dices!
–Brasil creció y se hizo más justo con Lula.
–Pero porque la gran reforma económica, la gran reforma monetaria la hace Henriquez Cardoso. Crea las bases de una economía de mercado. Abre las fronteras de Brasil. Lo que pasa es que lo hace con discreción, con una elegancia británica porque no es un populista. Entonces Lula, que no sabía nada de economía, que no entendía absolutamente nada...
–¿Usted dice que un hombre que fue fundador del Partido de los Trabajadores y secretario general de los metalúrgicos no sabía nada de economía?
–Lula de pronto se encuentra con un país preparado gracias a la extraordinaria habilidad y la inmensa cultura de Henriquez Cardoso, que es el que abre la modernidad para Brasil, el que introduce una economía de mercado auténtica, el que hace entender a la izquierda brasileña que no hay creación de riqueza sin mercado, sin empresa privada, sin inversiones, sin integración al mundo. Y Lula, en buena hora para Brasil, sigue esa ruta.
–Tal vez Lula sea considerado “tribal” por Hayek, pero Lula es el que habla de justicia social, no Cardoso.
–Hablar de justicia social no quiere decir nada...
–Hayek decía que buscar la justicia social es una actitud que venía de las tribus o las hordas. ¿Lula fue tribal al poner en práctica ese principio?
–Para hacerlo hay que crear riquezas. Un país tiene que prosperar. Eso es lo que ha permitido la política de Henriquez Cardoso: que ese país prospere.
–Pero el país no creció con Cardoso, y no superó el tres por ciento anual.
–Pero creó las condiciones y empezó a crecer y se ordenó la moneda. Encontró una estabilidad que en la historia Brasil prácticamente no había tenido nunca. Esa estabilidad es fundamental para que haya una economía de mercado. ¿Cómo puede haber inversión, cómo puede un empresario proyectar su plan de trabajo, de inversiones, si la moneda está sujeta a los vaivenes permanentes como estaba cuando sube al poder Henriquez Cardoso?
–Tal vez la novedad de Lula sea que la justicia social no fue sólo un valor sino una condición de eficacia y posibilidad práctica para conseguir el desarrollo económico.
–Ahí nos estamos acercando ya, creo (risas). No hemos hablado nada de literatura, sólo una preguntita. El ideólogo no lo ha permitido (se ríe). Una entrevista tras otra... Qué barbaridad, es un ritmo estajanovista.
–Es una palabra muy soviética.
–Ahora que la Unión Soviética desapareció se pueden decir.
–¿Es retro, es vintage?
–He visto en Nueva York los retratos del realismo socialista y ahora resulta que la frivolidad ya los puso de moda. La frivolidad de la vanguardia hace que toda esa pintura se empiece a rescatar en las galerías neoyorquinas.
–¿Qué hubiera dicho Milton Friedman?
–Friedman era un buen lector de novelas. La única vez que conversé con él no hablamos nada de economía, sólo de literatura.

–¿Qué está leyendo usted ahora?
–El último libro de Jorge Edwards, La muerte de Montaigne. Parece una crónica histórica y después empieza a surgir la ficción.
–¿Con qué libro se quedaría?
–La guerra y la paz. Si tengo que quedarme con uno solo quizá me quedo con ése.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-166793-2011-04-22.html
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Viernes, 22 de abril de 2011
EL PAIS › OPINION
El escribidor y el otro

Por Mario Wainfeld


Al otro, a Varguitas, es a quien le ocurren las cosas. Mario Vargas Llosa vive, se deja vivir, para que Varguitas pueda tramar su literatura y esa literatura, de algún modo, lo justifica.

Vargas Llosa hace política de modo explícito, torpe y primitivo. Frecuenta seminarios de trogloditas, gentes de derecha de magra imaginación y de correrías funestas. Quiso jugar a la bolita, no fue diestro: perdió una elección con Alberto Fujimori. Ahora, propone votar al candidato Ollanta Humala, sin especificar si es el cáncer o el sida con los que lo comparaba un par de semanas atrás. Varguitas, en el ínterin, redacta libros memorables.

Vargas Llosa, un fiscal del populismo, es invitado por un conjunto de mercaderes a inaugurar la Feria del Libro en Buenos Aires, un modo de mojar la oreja al gobierno nacional del país anfitrión. Se suscita una discusión, la Presidenta le imprime un rumbo definitivo, inteligente e irrevocable. Se retoca el formato.

El día prefijado Vargas Llosa y Varguitas van juntos a la disertación que insume, cronométrica, una hora y media. Hubo momentos de Varguitas que ameritaban pedirle un bis. Vargas Llosa se retira a la hora señalada porque es un profesional (un manejador de exclusividades y preferencias) y dispone de su tiempo en consecuencia.

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No hay grupos de choque del kirchnerismo, muchos canales de noticias transmiten la presentación en vivo. El canal estatal de aire difunde su primer tramo, el discurso escrito que leen el escribidor y el cuadro de derechas, a dúo. Seguramente lo han escrito a cuatro manos, en el atril a veces cuesta discernir quién habla.

El político Vargas Llosa modera su verba a niveles impensados, durante ese primer tramo y en el reportaje que le realiza luego el editor de La Nación, Jorge Fernández Díaz.

Este cronista puede equivocarse o haberse chispoteado una línea pero cree que el invitado ilustre nunca mencionó la palabra “populismo”. Aludió una sola vez a Cristina Fernández de Kirchner para agradecerle su intervención. Zorro, le aconseja que su tolerancia derrame sobre sus compañeros y sobre su gestión. Es una insinuación delicada que el público presente (seguramente ávido de menciones más agresivas) agradece con una salva de aplausos.

El texto escrito enaltece a los libros, en general se centra en los de ficción. Y glorifica a Buenos Aires, “ciudad de librerías, de escribidores y de lectores”. Hay lugares comunes, edificantes, olvidables, en el relato: “bosque encantado”, “viaje a lo imaginario”. El respetable público aplaude esas naderías. Varguitas escribe cosas mejores.

Vargas Llosa se define como un liberal antagónico frente a todas las dictaduras. Tuvo un par de derrapes, sin ir más lejos en Irak, donde aplaudió a una potencia colonial que impuso a sangre y fuego su mensaje liberador. El orador ahorra menciones a realidades específicas, se le agradece.

Evoca a la Inquisición como etapa fundacional de la persecución a los libros. La mayoría del respetable público se desconcierta, no asistió a esa cita de honor para abuchear a la Inquisición, sino a protagonistas más cercanos.

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Varguitas contesta a la entrevista, cuenta sus rutinas de escribidor. Siempre es bello que alguien que ama su trabajo lo referencie con minucia. El escritor actual cuyos libros más espera el cronista, el norteamericano Philip Roth, hace un culto de esas narrativas.

Tiempo atrás el cronista esperaba la salida de los libros de Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Manuel Scorza, Rodolfo Walsh por mencionar sus predilectos en una nómina más larga. Parece fábula, vivieron más o menos contemporáneamente en esta región del planeta. Se hablaba de un boom de la literatura latinoamericana, expresión fea y fenicia si las hay. Era la explosión de la mejor literatura escrita en lengua castellana en un lapso relativamente breve e inusualmente fructífero.

Políticamente, Vargas Llosa se apartó de ese conjunto encomiable. En la escritura, le guste a quien le guste o caiga quien caiga, sigue revistando en él.

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Varguitas toma el micrófono durante un buen tramo del reportaje, el mejor, aquél en el que se le pregunta sobre sus novelas, cómo se inspiró, qué le evocan. Cuando le llega en turno a La tía Julia y el escribidor repasa la semblanza de uno de sus personajes, Pedro Camacho, afiebrado autor de radioteatros. Varguitas describe a Camacho, sus imaginerías, sus obsesiones, la suerte de embriaguez que lo confundía e impregnaba su obra. El público ríe, bate palmas, se entusiasma como cualquier auditorio ante una bella fantasía.... ¿que ya conocía y gusta de escuchar de nuevo, como los pueblos y como los chicos? ¿O que oye por primera vez? El cronista, suspicaz e ideologizado, tiene una intuición crítica. No la expresará, porque carece de pruebas y porque es grato, en cualquier caso, que un auditorio goce de una bella historia referida por un hablador.

Varguitas se enciende cuando cuenta cómo cuenta, hay alegría en esas parrafadas. Humor e ironía escasean, no son el estilo de Vargas ni siquiera el de Varguitas. Una pizca, alguna alusión como aquella que llega en el final cuando inventa que “los liberales se dividen aún más que los trotskistas”. En el bajoneante final porque en él retornan Vargas Llosa y su mensaje político.

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Todo fulgor perece, el invitado de honor culmina su speech hablando de la Argentina. Engola (apenitas) el tono, enarca las cejas, repite frases y datos remanidos como si fueran revelaciones. En una digresión valorable recuerda que el escritor mendocino Antonio Di Benedetto fue martirizado por la dictadura militar y que él mismo, desde el PEN Club, gestionó en pos de su liberación. No se interroga (los cuadros de la derecha no son dados a interrogarse, así tengan un alter ego escribidor) qué hizo su sponsor en esta visita, el diario La Nación, por Benedetto en tan infausto trance. O por Rodolfo Walsh. Si bregó por ellos, si los mentó tan siquiera. No repara en que La Nación comenzó a llamar, de modo intermitente, “dictadura” a la dictadura hace menos de diez años. Y que, hoy por hoy, todavía es más dado a llamar “lucha antisubversiva” o “represión ilegal” al terrorismo de Estado. El escribidor da cuenta de un mundo complejo y multicolor, el político elude revisar sus premisas o someterlas a cotejo con datos de la realidad. La empiria, a menudo, es populista o denuncia qué hicieron los “liberales” en la guerra sucia, papá.

Vargas Llosa hace copia carbónica sin saberlo y reitera el discurso de la dictadura sobre la Argentina ubérrima de principios del siglo XX. Son tópicos raídos, Vargas Llosa cree ser su descubridor. La Argentina, propone, era un país del Primer Mundo, “una democracia funcional” (sic). En esa democracia funcional, intervendría un guarango, no había las elecciones libres que Vargas Llosa endiosa cuando teoriza. Cuando llegaron las urnas dendeveras, el pueblo iletrado se inclinó por la primera vertiente nacional y popular, contra los “galeritas” y la oligarquía.

“¿Cuándo se jodió la Argentina?”, inquiere, usando otras palabras menos memorables, Vargas Llosa. Y se responde, valiéndose de elipsis, sin decirlo tampoco de este modo: cuando advinieron la democracia de masas, el sufragio universal, el Estado benefactor.

El gran escribidor es un gran lector. Todo artista se reconoce en otros. Varguitas hilvana admiraciones indiscutibles: Flaubert, Proust, Cortázar, Conrad, Camus. Su cofrade, un político sudamericano de derechas, descuida los contrastes, soslaya lecturas imprescindibles. Al cronista, que no es nadie, le dan ganas de acercarle el Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas del catalán Juan Bialet Massé. Médico, ingeniero y abogado, el hombre diseccionó qué tal vivían, sufrían, eran explotados y morían los laburantes en su país de acogida en esa supuesta utopía democrática y de bienestar. Fechó su informe, un relevamiento pedido por el gobierno conservador, en 1904. Habría que pegarle una ojeadita antes de ensalzar la etapa predemocrática.

El cronista no le acercará ese libro a Vargas Llosa. Le agradaría hacerlo y le agradaría que le interesara. Pero tal portento no puede ocurrir. Vargas Llosa es el otro, un panfletario elegante y maniqueo, sordo a voces que no sean las que lo corroboran. Por suerte, existe Varguitas. Los dos hablaron con plena libertad, para que los atendiera quien tuviera ganas.

mwainfeld@pagina12.com.ar

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-166794-2011-04-22.html
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actuliazada
Sábado, 23 de abril de 2011
EL PAIS › PANORAMA POLITICO
Vargas a la carga

Por Luis Bruschtein

Antes de los ‘80 se decía que los liberales en política eran intervencionistas en economía. Y al revés. Los liberales en economía eran autoritarios en política. Autoritarios quiere decir que en realidad fragoteaban todo el tiempo para dar golpes militares. Viene a cuento porque el discurso liberal épico del escritor Vargas Llosa pareciera desconocerlo. Los liberales argentinos fueron golpistas desde el ’30 en adelante. Se dieron casos ridículos porque un buen militar tiene que ser nacionalista. Pero cada vez que un militar “nacionalista” dio un golpe, puso a un ministro de Economía liberal. Los golpes militares tuvieron siempre un discurso anticorrupción y supuestamente nacionalista con fragor de botas y banderas, pero fueron liberales en economía.

Se decía que un liberal en economía tenía que ser irremediablemente autoritario en política porque las medidas económicas de libre mercado son esencialmente antipopulares, y se pensaba que solamente podían ser aplicables con represión y mano dura. Eso no estaba en discusión y así sucedía.

Por el contrario, se decía que un liberal en política era intervencionista en la economía –o sea, lo contrario al libre mercado– porque las fuerzas del mercado no son democráticas, ya que siguen otras reglas, como la ley del más fuerte –el que más tiene, más gana y tiene más capacidad para sobrevivir y eliminar al más débil– que es lo opuesto a la democracia, donde todos los votos tienen el mismo valor. El libre mercado no es democrático porque favorece al más fuerte. Entonces, para ser democrático en economía, había que intervenir a través del Estado para equilibrar fuerzas y derechos.

El liberalismo original, el de los textos clásicos que plantearon igualdad ante la ley y de oportunidades, surgió en oposición a las monarquías y de allí se construyó el costado épico de su discurso. Pero, ya en el siglo XX, la herramienta política del liberalismo económico no fueron los votos sino los golpes militares. El liberalismo que llega a la modernidad no es el de los carbonarios sino el de los países centrales y el de los grandes capitales, o sea el discurso de los poderosos, que en nuestros países se verificó en invasiones y dictaduras. Ningún golpe de Estado se hizo en nombre de las dictaduras. Por el contrario, se hicieron “para defender la libertad y la democracia”. Los dictadores se presentaban siempre como demócratas. Además no es casual que los que defienden a los militares de la dictadura en la Argentina sean, sobre todo, los sectores liberales. Cuanto más liberales en el discurso, más los defienden y muchos de ellos son amigos y tienen relaciones personales con los viejos represores. José Alfredo Martínez de Hoz no era populista. Por el contrario, era muy representativo del capital concentrado que se expresaba en términos de “defensa de la democracia”, e ideológicamente se definía como un gran liberal.

Queda demostrado que, por lo menos en la Argentina moderna, ese liberalismo no fue democrático. En todo caso fueron más democráticos los acusados de populistas, como Yrigoyen y Perón, porque ampliaron derechos ciudadanos, aunque para ello debieron afectar intereses económicos.

En la excelente entrevista que le hicieron Martín Granovsky y Silvina Friera, publicada ayer por Página/12, el escritor peruano se ataja y afirma que los que apoyaron dictaduras no son verdaderamente liberales, y que no tiene por qué hacerse cargo de lo que hicieron otras personas que se dicen liberales, aun cuando hayan sido referentes ideológicos suyos, como Milton Friedman o Friedrik von Hayek, que respaldaron calurosamente a la dictadura de Augusto Pinochet en Chile y formaron parte de la Sociedad Mont Pelerin que trajo a Vargas Llosa a la Argentina.

La pasión y energía que invirtió –según relata en esa entrevista– en desentrañar las contradicciones del discurso revolucionario que lo había seducido en los ’60, contrasta con el desinterés y hasta la pereza intelectual que muestra el escritor frente a esas contradicciones del discurso liberal en los países de América latina.

Desinterés y pereza, más que ceguera o ingenuidad, porque en cada reunión a la que asiste en la región está acompañado por dirigentes y personajes que son empresarios o asesores de grandes empresas devenidos en políticos, más que políticos con trayectorias que sobresalgan por sus desempeños democráticos y pensamientos profundos. Aquí en la Argentina, su principal anfitrión fue Mauricio Macri, un hombre que repite que prefiere la mano dura antes que la negociación o que estigmatiza los inmigrantes de los países vecinos.

Vargas Llosa afirmó que el populismo y la izquierda ganaron una batalla al conseguir que el término “liberal” sea tomado como una mala palabra. En realidad, la izquierda y el supuesto populismo no estaban para dar ninguna batalla en los años ’90. Fueron los mismos liberales los que lograron ese desmérito.

En los años ’80, con el comienzo de la globalización, los gobiernos militares ya no ofrecían seguridad jurídica para la desbordante liquidez mundial. A partir de allí, no hubo más golpes. Cuando estos supuestos liberales dejaron de buscarlos o apoyarlos, se acabaron los golpes en América latina. O si los hubo, fracasaron. Las nuevas herramientas para llevar adelante esas políticas económicas fueron la presión mediática, los golpes de mercado y, por supuesto, las poderosas consecuencias de un nuevo ordenamiento mundial con hegemonía unilateral norteamericana. En el caso de la Argentina, esas presiones doblegaron a los partidos tradicionales desde la segunda mitad del gobierno de Alfonsín, más los dos gobiernos de Carlos Menem y el gobierno de la Alianza. Fueron más de 15 años de neoliberalismo que culminaron con la mitad de la población por debajo de la línea de pobreza.

Pero la ola fue tan fuerte que, de la misma manera que en los años ’70 se habían reproducido como una plaga las dictaduras en la región, entre los ’80 y los ’90 se extendieron las experiencias neoliberales y en todos los países con los mismos resultados desastrosos. Pensadores populares que habían participado en el desarrollo de la Teoría de la Dependencia como el brasileño Fernando Henrique Cardoso se convirtieron al neoliberalismo y, en su caso, fue el presidente que aplicó esas teorías en Brasil. El peronismo en la Argentina, que había sido el gran muro de contención contra esas medidas, se dio vuelta con el menemismo y se convirtió en su herramienta política. Algunos gobiernos se cuidaron un poco más, Brasil no privatizó su petrolera estatal y en Chile tampoco lo hicieron con la empresa del cobre. En la Argentina, el menemismo vendió hasta la vajilla de la abuelita. En todos hubo una reacción en contra. En la Argentina, donde esas políticas habían sido salvajes, la crisis fue más profunda y la reacción popular, más violenta. Se equivoca Vargas Llosa: la izquierda o el supuesto populismo no tuvieron ningún mérito en la campaña por convertir al liberalismo en mala palabra. Fue todo obra de los mismos liberales, algunos de los cuales lo acompañan ahora cuando viene a darles charlas magistrales.

No existe liberal de izquierda, ni liberal progresista, y cuando hablan equívocamente de progreso o de cambio, siempre son cambios regresivos que favorecen al más fuerte. Cualquier desviación del libre mercado es considerada “colectivista”. Ni hablar de la distribución de la riqueza. En suma: para ser liberal hay que ser rico o, por lo menos, no hay que ser pobre. Esta expresión de un liberalismo donde prima lo que ellos llaman libertades económicas sobre los factores sociales, y donde el valor supremo es el de la propiedad, es más bien el neoliberalismo, una versión parcial y más cruda de los viejos ideales de los revolucionarios antimonárquicos que en su idealismo ponían por delante la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades. Esta segunda parte del discurso de los viejos liberales no está muy considerada por quienes en la actualidad se asumen como sus discípulos, porque la única forma de que haya igualdad de oportunidades es a través de un Estado que regule los procesos económicos preservando una dinámica democrática.

Resulta simpático advertir que antes a los marxistas se les decía “materialistas” porque afirmaban que lo económico determinaba por sí sólo lo social y cultural. A los viejos liberales se les llamaba “idealistas” porque decían que las ideas determinaban todo lo demás. Pero estos nuevos liberales ya no son idealistas sino marxistas al revés: lo que prima es la economía, pero a favor de los poderosos.


http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-166850-2011-04-23.html
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LECTURAS RECOMENDADA: El periodismo del nuevo siglo por Ignacio Ramonet - La fiesta invisible por Sandra Russo y otras notas - Feb 18

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