Lo que circula por los medios

11 de agosto de 2011

Economía: industria - campo - industrialización y crecimiento


El proceso de reindustrialización, Por Juan Santiago Fraschina
11 de mayo de 2010
El proceso de reindustrialización


Cuando se analiza la lógica y características de un modelo económico para entender su composición estructural es fundamental comprender hacia dónde se dirige el excedente económico generado en esa economía.


Por ejemplo, los fisiócratas, que fueron una escuela económica francesa que existió desde mediados del siglo XVII hasta fines del siglo XVIII, introdujeron el concepto de producto neto, que era la diferencia entre el valor de la producción final y el valor de la inversión inicial. Es decir, elproducto neto es el concepto de excedente generado por una economía.


Según esta escuela francesa, la única actividad capaz de generar producto neto, esto es, excedente, era la agricultura. Por lo tanto, si Francia quería convertirse en un país más rico tenía que lograr que todo el excedente producido por la economía francesa debía volcarse a la agricultura.


Con este objetivo los fisiócratas recomendaban el liberalismo económico como política de crecimiento, debido a que si se dejaba funcionar libremente al mercado la riqueza de Francia iría en forma automática al sector agrario, lo cual provocaría un incremento de la inversión agraria y de esta forma un aumento del producto neto, permitiendo que Francia sea un país más desarrollado.


Fueron Adam Smith y David Ricardo los primeros economistas en darse cuenta de que, para lograr un crecimiento sostenido de la economía, el excedente tenía que ser volcado hacia el sector industrial.
Por ejemplo, David Ricardo se enfrentó drásticamente al sostenimiento de la ley de granos que existía en Inglaterra debido a que protegía la importación de productos agropecuarios, protegiendo de esta manera el negocio de los terratenientes. Por lo tanto, según el economista, si la ley de granos continuaba, el excedente de Inglaterra se destinaría en gran parte al sector agrario obstaculizando el proceso de industrialización de la economía británica.


En cambio, con la eliminación de la ley de granos se permitiría la importación de productos agropecuarios a un precio más barato, lo cual lograría reducir los costos industriales provocando de esta manera que el excedente de Inglaterra se volcara en forma masiva al sector manufacturero. En 1846 se eliminó la ley de granos e Inglaterra se transformó definitivamente en la potencia industrial a nivel mundial.


En la actualidad, algunos economistas comenzaron a diferenciar entre el concepto de crecimiento y desarrollo. Según estos economistas, crecimiento es el aumento del producto bruto interno y desarrollo económico incluye al crecimiento económico más una justa distribución del ingreso y un cambio sustancial en la estructura económica.


En efecto: para que exista desarrollo tiene que verificarse por un lado un proceso de distribución del ingreso. Pero también, según estos economistas, para que se experimente un desarrollo debe producirse un importante cambio en su estructura económica. En otras palabras, el desarrollo significa pasar de una economía agraria a una economía industrial.


Por lo tanto, según estos autores, el proceso de industrialización es un cambio estructural necesario para transitar el camino del desarrollo económico. De esta forma, un cambio estructural requiere que la mayor parte del excedente de la economía se vuelque al sector manufacturero.


Ahora bien: el destino del excedente económico depende fundamentalmente del diseño macroeconómico y de las políticas sectoriales aplicadas por el Gobierno nacional que determinan las rentabilidades relativas de las distintas actividades económicas y por lo tanto de la tasa de ganancia de los diferentes sectores. En este sentido, la economía argentina experimentó distintos modelos económicos a lo largo de su historia según las políticas económicas aplicadas.


El modelo agroexportador (1880-1930) implicaba la exportación de productos agrarios-ganaderos a los países centrales, principalmente Gran Bretaña, y la importación de productos manufactureros desde los países desarrollados. En este modelo, basado en el liberalismo económico, el excedente de la economía argentina se volcaba masivamente al sector agrario siendo el obstáculo central a la ausencia del proceso de industrialización.


En efecto: la falta de aranceles a las importaciones de productos industriales sumada a la necesidad creciente de alimentos y materias primas por parte de los países centrales implicó una mayor tasa de ganancia del sector agrario que del industrial. El resultado fue que la mayor parte de la inversión, y por lo tanto del excedente económico, estuviera en el sector agrario-ganadero.


A partir de 1930, y como consecuencia de la Gran Depresión que generó el aumento del proteccionismo de los países centrales provocando una fuerte reducción de las exportaciones de productos primarios y por lo tanto, ante la falta de divisas, una caída del poder de compra de la economía argentina se produjo el agotamiento y caída del modelo agroexportador.


A partir específicamente del Plan Pinedo en 1932 se inició un nuevo modelo de desarrollo denominado industrialización por sustitución de importaciones que se extendió, más allá de sus diferencias, hasta 1976.


La industrialización sustitutiva sustentada en un mayor intervencionismo estatal se tradujo en un proceso de industrialización de la economía argentina, generando que la mayor parte del excedente de nuestra economía se invirtiera en el sector manufacturero argentino.


El nuevo diseño macroeconómico y las políticas económicas permitieron que la tasa de rentabilidad del sector manufacturero fuera mayor que las actividades primarias. De esta forma, el modelo de industrialización por sustitución de importaciones implicó un traslado de recursos desde el sector primario al sector secundario permitiendo el crecimiento del aparato industrial en la economía nacional.


Sin embargo, a partir de la dictadura militar de 1976 con la implementación de las políticas neoliberales y sobre todo con la reforma financiera introducida por Martínez de Hoz en 1977, la economía argentina comenzó a experimentar un modelo de valorización financiera, donde la mayor parte del excedente de la economía se destinaba al sector especulativo-financiero y donde la renta financiera era el centro de la economía nacional.


En efecto: a partir del nuevo diseño macroeconómico el sector financiero se transformó en el ordenador de la economía argentina. Este modelo rentístico-financiero fue legitimado por Alfonsín y profundizado por Menem y De la Rúa con el régimen de convertibilidad.


Las consecuencias del modelo de valorización financiera fue no sólo el aumento de la deuda externa y la fuga de capitales sino además un fuerte proceso de desindustrialización con el consiguiente incremento de la desocupación, de la pobreza y de la indigencia.


En contraposición, a partir del nuevo modelo de desarrollo instaurado en el 2003 con la presidencia de Néstor Kirchner el sector industrial se transformó nuevamente en el centro de la economía argentina, siendo la actividad manufacturera uno de los sectores que más creció durante el modelo kirchnerista.
El tipo de cambio competitivo, el crecimiento del mercado interno como resultado de la generación de puestos de trabajo, el aumento del salario de los trabajadores a partir del retorno de las paritarias, el incremento de las jubilaciones y el aumento del gasto público sumado a ciertas políticas particulares de subsidios e incentivos permitieron que el excedente nuevamente volviera al sector industrial al aumentar la rentabilidad del sector manufacturero.


La instauración del modelo de valorización productiva, reemplazando a la valorización financiera, y que se tradujo en un proceso de reindustrialización y reducción del desempleo y la pobreza fue el primer y más profundo cambio estructural del gobierno de Kirchner.


La industria genera, entre otras cosas, dos ventajas para cualquier economía. En primer lugar, permite la mayor generación de puestos de trabajo al implicar un mayor valor agregado. Por otro lado, la mayor parte de los avances tecnológicos se encuentra en el sector industrial. Por lo tanto, para conseguir reducir el desempleo y aspirar a ser un país tecnológicamente avanzado se debe lograr mejorar la rentabilidad relativa de la industria para mejorar el retorno de la inversión industrial y tender de esta manera a consolidar el proceso de reindustrialización.


Sin embargo, fundamentalmente a partir del lockout patronal de las entidades agrarias debido a la resolución 125 que fijaba las retenciones móviles de la soja se inició en la Argentina una fuerte disputa político-económica sobre el destino del excedente generado por la economía argentina.


En efecto: para las entidades agrarias la mayor parte del excedente, al igual que para los fisiócratas, debe destinarse al sector primario. Su objetivo central es retornar a la lógica del modelo agroexportador donde nuevamente la actividad fundamental sea la exportación de productos primarios a las economías centrales.


Sin embargo, este modelo económico es sumamente excluyente debido a que la actividad primaria no absorbe gran cantidad de mano de obra. Por lo cual, si la economía argentina, como quieren los grandes terratenientes, se especializa en la producción y exportación de bienes primarios se traduciría en un fuerte incremento de la desocupación y el consiguiente aumento de la pobreza y la indigencia.
De esta forma, se plantea una disputa enteramente política pero con fuertes consecuencias económicas. O profundizamos el proceso de reindustrialización y el desarrollo económico o generamos que el excedente económico vuelva al sector agrario-ganadero reprimarizando la economía nacional y retrocediendo en el grado de desarrollo nacional.


* Economista del Grupo de Estudio de Economía Nacional y Popular (GEENaP); www.geenap.com.ar
http://es-la.facebook.com/note.php?note_id=122552044430969
http://causapopularynacional.blogspot.com/2010/05/el-proceso-de-reindustrializacion.html


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DOMINGO, 16 DE ENERO DE 2011
INTEGRACION DE LA ARGENTINA AL COMERCIO Y ORGANISMOS INTERNACIONALES
El mito del aislamiento


Durante años se ha estado reiterando el slogan referido al supuesto aislamiento del “mundo”, idea que ha sido desmentida por hechos contundentes. En realidad, la corriente conservadora aspira a reinsertar al país en el mundo de la globalización financiera.


Por Juan Santiago Fraschina *


Uno de los lugares comunes a los que recurre la corriente conservadora con los economistas ortodoxos como voceros es que la Argentina se encuentra aislada del mundo. 


Incluso, lo declaman a pesar de que el país fue designada en la presidencia del G-77 más China, entre otros hechos importantes que se dieron en la política internacional desde el 2003.
¿Por qué siguen insistiendo con esa idea de aislamiento del mundo? Porque para esos sectores el mundo es el sistema financiero internacional y el Fondo Monetario. Entonces, surge una segunda pregunta: ¿cómo funciona ese “mundo”?


La actual globalización financiera comenzó a configurarse en la década del ‘70, cuando el sistema financiero internacional pasó de la escasez a la abundancia de dólares que había caracterizado al sistema capitalista durante el período de posguerra. Este fenómeno se reforzó con los petrodólares a partir de 1973. Otro factor que generó un incremento de la liquidez mundial y que por lo tanto constituyó un fuerte estímulo para el desarrollo del capital financiero fue el aumento de los precios del petróleo. Esto provocó una gran afluencia de dólares hacia los países productores de petróleo. Al ser en su mayoría economías subdesarrolladas, esos países no tenían la capacidad de absorberlos en el corto plazo. Entonces comenzaron a depositar gran parte de esa masa dineraria en distintos bancos extranjeros de países desarrollados dando origen a los denominados petrodólares.


En marzo de 1973 se abandonaron definitivamente los tipos de cambio fijos para adoptar los tipos de cambio flexibles. Todo esto condujo a la inestabilidad permanente de los tipos de cambio generando un contexto de incertidumbre en el cual la especulación cambiaria se transformó en uno de los rasgos estructurales de la nueva etapa del capitalismo. En ese contexto, a partir de las recomendaciones del Fondo Monetario se eliminaron las distintas regulaciones de las finanzas internacionales que caracterizaban a las economías de posguerra. Se liberalizó de esta manera la acción de los operadores financieros, sobre todo a partir de la apertura de los países desarrollados a los movimiento de capital de corto plazo. Es decir, mientras que el escenario de tipo de cambio flexible dio lugar a generosas oportunidades para la especulación cambiaria, la liberalización y desregulación financiera permitió el estimulo al capital financiero en general. Fue así como se constituyó la denominada globalización financiera.


La globalización financiera presenta dos características centrales. En primer lugar, una centralidad del capital financiero especulativo donde las instituciones financiera no bancarias se encuentran en el centro de la economía mundial teniendo como objetivo principal la de incrementar los fondos que tienen a su cargo a partir de la especulación financiera. 


Por otro lado, esas instituciones financieras privilegian las operaciones de colocación de corto plazo en contraposición a las inversiones productivas de largo plazo. De esta forma, durante la globalización financiera se verificó una abrupta distribución del ingreso a favor del capital financiero y en detrimento de los salarios de los trabajadores y del capital productivo, creciendo aceleradamente la inversión especulativa de corto plazo.


Además, esas operaciones financieras crecientemente especulativas se han alejado en forma constante de la producción y del comercio, esto es, de la economía real. La esfera financiera al crecer sostenidamente por encima de la producción se desliga cada vez más de la actividad real. De esta forma, la esfera de la producción real de la economía quedó subordinada y subsumida a la esfera financiera que va adquiriendo en forma creciente una autonomía relativa en una superioridad jerárquica en relación con la producción, la inversión y el comercio.


Una segunda característica de esa globalización es que está marcada por una serie de shocks y crisis que se fueron incrementando por la misma especulación financiera. Esta multiplicidad de shocks demuestra la “fragilidad financiera” y el “riesgo sistémico” existente en la etapa iniciada a mediados de la década del setenta. La globalización financiera se caracteriza por una fragilidad sistémica que se explicita en las sucesivas crisis que azotan en estas últimas décadas a la economía mundial.


Las causas de esta fragilidad sistémica se encuentra en el nivel alcanzado por el monto del valor nominal de los activos financieros, de la distribución del ingreso a favor del capital financiero en detrimento de la producción, la desvinculación creciente entre la esfera financiera y la esfera de la producción y el comercio y la debilidad de los sistema bancarios nacionales producto de la liberalización y desregulación financiera. De esta manera, la desregulación y liberalización financiera que caracterizan a la globalización condujeron a la creación de economías muy frágiles, las cuales se encuentran muy vulnerables a los contagios de los shocks financieros generados por los mercados especulativos.


Por lo tanto, estas crisis de carácter puramente financieras poseen dos rasgos destacables: por un lado, se producen en forma continua durante el modelo de globalización financiera y, por otro lado, presentan consecuencias más devastadoras para la economía en su conjunto y son más complejas de solucionar que las crisis tradicionales del sistema capitalista de producción. En este contexto de riesgo sistémico son las economías periféricas las más vulnerables.


A partir del inicio del nuevo modelo de desarrollado en el 2003 centrado en la producción y reindustrialización de la economía era por lo tanto imprescindible aislar a la Argentina de ese “mundo” de la globalización financiera y el Fondo Monetario Internacional. Romper al mismo tiempo con las relaciones “carnales” con los países centrales y privilegiar la integración latinoamericana. En resumen, la Argentina no se ha aislado del mundo sino más bien que ha cambiado su forma de inserción para poder aumentar la independencia económica
* Economista del Grupo de Estudio de Economía Nacional y Popular (Geenap).www.geenap.com.ar
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-4916-2011-01-16.html
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LA DECADA MARAVILLOSA, por Juan Santiago Fraschina
Capital Federal 26/11/2010)


Estas últimas semanas aparecieron excelentes noticias desde el punto de vista económico que reafirman el éxito del camino iniciado por Néstor Kirchner en el año 2003. En primer lugar, el Club de Paris aceptó la renegociación de la deuda sin la interferencia del Fondo Monetario Internacional. De esta forma, la Argentina comienza a salir definitivamente del default declarado por Rodríguez Saa en la semana que fue presidente de la Nación.
Con la asunción de Néstor Kirchner a la presidencia en mayo de 2003 se inició un doble proceso de desendeudamiento externo del sector público junto con la salida del default, lo cual lo convertía en un objetivo difícil de conquistar. 


Pero al mismo tiempo, esto se intentaba lograr en un modelo macroeconómico que no implicará el ajuste permanente del gasto público que se traduciciría en un incremento constante del desempleo y la pobreza, lo cual lo hacía aún más difícil.
Una tarea complicada: salir del default, reducir la deuda externa y generar un modelo económico que reduzca la desocupación, la pobreza y mejore la distribución del ingreso y sin la auditoria del Fondo. Para los economistas ortodoxos misión imposible. Para estos economistas era más fácil seguir en el Fondo, proseguir con el endeudamiento que nos permitiera salir del default rápidamente y que sea el organismo financiero internacional el que decida cuales eran las políticas económicas que debíamos aplicar.


La independencia económica tiene sus costos. Ser independiente económicamente implica que debes generar tus propios recursos para sostener el modelo y decidir uno mismo cuales son las políticas eficientes para poder generar crecimiento e inclusión social. Es más fácil en el corto plazo abrirles las puertas al organismo internacional, conseguir recursos en forma inmediata y que sea el FMI el que piense las políticas económicas. Pero al mismo tiempo más costoso en el largo plazo. El ejemplo más paradigmático de esto fue la década del noventa.


Pensar que los economistas neoliberales denominan gobiernos populistas (como el de Néstor Kirchner y el de Cristina Fernández) a los que privilegian el corto plazo por sobre el largo. En efecto, aumentar la inversión pública es, según estos economistas, una medida populista porque genera beneficios en el corto plazo pero hipotecando el futuro debido a que conducirá a un déficit fiscal que obligaría tarde o temprano a una política de ajuste. Sin embargo, los gobiernos que los economistas ortodoxos consideraron como serios (ejemplos, los gobierno que prevalecieron en los años noventa) fueron los que en definitiva tuvieron una preeminencia del corto por el lago plazo: aceptar los recursos del sistema financiero internacional y del Fondo que permitían un alivio en el corto plazo a cambio de las políticas de ajuste impuestas por el organismo internacional que generaron problemas estructurales y de largo plazo que terminarían en la peor crisis de la historia económica argentina, es decir, la crisis del 2001.


En contraposición, los gobiernos “populistas” iniciados en el 2003 prefirieron un camino más arduo, pero que hoy tienen sus resultados positivos a la vista. En el 2005 se finalizó el primer canje de la deuda externa pública en forma exitosa en donde aproximadamente el 80% de los acreedores externos privados aceptaron los nuevos bonos de la deuda y que además se tradujo en una quita de aproximadamente 60.000 millones de dólares de deuda externa pública. Recursos que se hubieran destinado al pago de los servicios de la deuda; a partir del canje estuvieron dispuestos para el aumento constante de la inversión pública que generaron puestos de trabajo y crecimiento
En el 2006 se le pagó al Fondo los 10.000 millones de dólares que se le debía con parte de las reservas del Banco Central de la República Argentina. El pago al organismo financiero internacional no sólo implicó una reducción de la deuda externa sino además evitar las auditoria del FMI que se traducían permanentemente en “recomendaciones” de políticas ortodoxas de ajuste. El año 2006 fue, en este sentido, un año clave en la recuperación de la independencia económica para la consolidación del modelo de reindustrialización con inclusión social.






Por último, en el 2010 se produjo el nuevo canje de la deuda para aquellos bonistas que no aceptaron el primero y que también terminó en un éxito permitiendo salir del default con los acreedores privados. Sólo quedaba la deuda con el Club de Paris. El año termina y el Club de París acepta la renegociación de la deuda sin la intervención del Fondo como quería la Argentina. Un síntoma más de recuperación de independencia económica. De esta forma, se va cerrando con éxito la historia de salir del default al mismo tiempo que el proceso de desendeudamiento. Un camino más difícil, pero más sustentable y perdurable.


Asimismo, esta última semana se dieron a conocer tres noticias positivas más. Por un lado, un fuerte crecimiento de la recaudación tributaria y de los recursos del sistema de seguridad social que permite entre otras cosas sostener el aumento del gasto público, el superávit fiscal y dar un aumento de 500 pesos para los jubilados que reciben la minima jubilatoria. Es cierto, este incremento es por única vez, pero se suma a los dos incrementos de las jubilaciones que se produjeron por ley este año.


Por otro lado, el último dato vuelve arrojar un superávit comercial y se estima que el año cierre con una balanza comercial positiva cercana a los 10.000 millones de dólares. Nuevamente, este superávit de la balanza comercial que se tradujo a lo largo de todo el 2010 en un saldo positivo de la cuenta corriente de la balanza de pagos que permitió continuar con la política de acumulación de reservas por parte del Banco Central de la República Argentina, llegando al nivel de reservas record de aproximadamente 52.000 millones de dólares.


Es importante destacar que el aumento de reservas se produjo en un año en el cual se utilizaron parte de las reservas (cercano a los 6.000 millones de dólares) para la política de desendeudamiento externo. En otras palabras, se pago deuda externa pública con reservas y estas no sólo que no cayeron sino que además siguieron creciendo. 


Recuerdo nuevamente el debate del verano donde la oposición se negaba a utilizar reservar para el pago de la deuda argumentando, al igual que cuando se pago al FMI, que el Banco Central se quedaría sin reservas y que esto generaría entre otras cosas un aumento de la desconfianza en la economía argentina.


Pero también esta semana se dio a conocer el dato del producto industrial, el cual volvió a registrar un importante aumento sosteniendo de esta manera el proceso de reindustrialización que se viene dando en la Argentina desde el 2003.


El sector manufacturero durante el 2010 nuevamente fue una de las actividades centrales, junto con la construcción, que impulsó la fuerte expansión económica que se viene dando a lo largo del presente año.





Pero el dato más importante que se conoció esta semana fue el de la tasa de desocupación. Efectivamente, en el tercer trimestre de 2010 el desempleo en la Argentina fue del 7,5%, siendo una de las tasa de desocupación más baja de los últimos 20 años. 


Y este es el dato más significativo. Pues los otros datos son positivos siempre y cuando se traduzca en un mejor nivel de vida para los Argentinos. Y la década actual se caracterizó justamente por la reducción del desempleo, subocupación, pobreza, indigencia y desigualdad social.


El siglo XXI comenzó para los Argentinos con una de las peores crisis económica y social de su historia. Reinaba la desesperanza. 


El FMI nos reclamaban nuevos ajustes, más privatizaciones, más reducción de salarios y jubilaciones. Sin embargo, con la asunción de Néstor Kirchner a la presidencia se produjo el hecho más notable: la política volvió a tener preeminencia por sobre la economía y las políticas económicas no eran fijada ni desde el FMI ni desde el palacio de hacienda sino más bien desde la Casa Rosada. El mensaje era claro: es la política la que fijará desde ahora en más el destino de los Argentinos. La política volvió a tener sentido como espacio de transformación del destino del país.


A partir de este fenómeno se produjo dos de las consecuencia más importante y las cuales están íntimamente relacionadas entre sí. Por un lado, se produjo desde el punto de vista económico y social un proceso de reindustrialización con crecimiento del mercado interno y una fuerte inclusión social. Pero por otro lado, volvió la juventud a la política a partir de la revalorización de la política como eje ordenador de la sociedad y de la economía Argentina.


La presente década es un contrapunto de la década del ochenta del siglo pasado. Los años ochenta comenzaron con una efervescencia inusitada debido al fin de la dictadura y el retorno de la democracia con una fuerte participación de los jóvenes a la política. Sin embargo, terminó con una fuerte despolitización de la sociedad al sentirse traicionados debido a la sumisión a los grande poderes económicos como el FMI (la aplicación de los planes de ajustes estructural impuesto por el organismo internacional) y los militares (leyes de punto final y obediencia debida). Y desde lo económico finalizó con la crisis hiperinflacionaria que implicó la salida anticipada del gobierno de Alfonsín. No es casual el nombre con la cual se caracterizó a la década del ochenta: la década perdida. En este sentido, la década actual que implicó el camino opuesto se la puede denominar por lo tanto como la década maravillosa.


http://apu001.blogspot.com/2010/12/la-decada-maravillosa-por-juan-santiago.html
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El debate sobre la inflación Juan Santiago Fraschina
18.12.2009




Existen varios especialistas que pronostican para el año que viene un recrudecimiento de la inflación. En el 2009 la discusión económica giró desde el aumento de precios a los efectos de la crisis financiera internacional en la economía argentina. Fue por el menor crecimiento verificado en este año, que se produjo porque la repercusión de la crisis iniciada en los Estados Unidos provocó una desaceleración en la suba de los precios.
Sin embargo, la mayoría de los pronósticos anuncian una recuperación de la economía argentina para el 2010, con lo que vuelve a escena el debate sobre la inflación.
En este contexto surge una pregunta central: ¿cuál es la política antiinflacionaria más efectiva que debe aplicar el Gobierno para evitar la caída de los ingresos reales de la población?




Para responderla es fundamental entender primero las causas centrales que en los últimos años han provocado la suba de precios. En otras palabras, para poder controlar la inflación en forma exitosa se debe entender en primer lugar el motivo que la genera. En efecto, la inflación es un fenómeno multicausal, es decir, son varias las causas que pueden desencadenar en una
economía la suba generalizada de los precios. De esta forma, es imprescindible, a la hora de establecer una política antiinflacionaria, comprender cuál de todas las causas es la más importante en la actualidad en la economía argentina.




TRADICIONALES. Según la ortodoxia económica, son dos las causas centrales del proceso inflacionario. Por un lado, la denominada inflación por costos. Dicho de otra forma, una de las causas centrales del aumento de los precios es el incremento de los costos de los empresarios.




En este caso, los economistas ortodoxos ponen su énfasis en el aumento de los salarios de los trabajadoresal traducirse en una suba de los costos que luego los empresarios trasladan a los precios. Por lo tanto, para la visión tradicional el incremento de salarios es una de las causas fundamentales que generó el aumento de los precios en los últimos años en la economía
argentina.
Por otro lado, la otra causa central para estos economistas es la inflación por demanda. Esto es, que el crecimiento de la demanda genera aumento de precios. Por lo tanto, la expansión del consumo y del gasto público se traduce automáticamente, para esta visión, en un incremento en el nivel general de precios.
En resumen, para la ortodoxia económica la inflación generada sobre todo a partir de la etapa kirchnerista se debió al aumento de los salarios de los trabajadores junto con el crecimiento del consumo y del gasto público que provocaron un aumento de la demanda efectiva.




Para estos economistas, entonces, la política antiinflacionaria del Gobierno debería ser la contención en el aumento de las remuneraciones y el "enfriamiento" de la economía. Es decir, para contener la inflación se debe desarticular básicamente dos de los pilares del nuevo modelo de desarrollo instaurado en el 2003: las paritarias salariales y el incremento del gasto
público.
Es importante destacar que esta visión de la inflación no es casual. La política antiinflacionaria recomendada por la ortodoxia económica es totalmente funcional a los intereses de los sectores dominantes argentinos. Para los grandes empresarios industriales que exportan y/o venden sus
productos al mercado interno a los sectores medios-altos y altos y que, por lo tanto, sus ventas no dependen del consumo de los sectores populares, el estancamiento de los salarios implica un aumento en su tasa de ganancia.




Para estos capitalistas la remuneración de los trabajadores es vista exclusivamente como un costo y no como un factor de demanda de sus productos. De esta manera, la reducción de salarios se traduce en forma automática en un aumento de sus beneficios.




Por otro lado, para los grandes terratenientes la reducción del consumo provoca un aumento del saldo exportable y de la renta agraria. En otras palabras, si el consumo interno se reduce, los productores de alimentos tienen más mercancías para exportar, lo cual les permite obtener gran
cantidad de divisas.




Es así como la política antiinflacionaria recomendada por la ortodoxia económica implicaría un aumento de la ganancia de los grandes industriales y terratenientes a partir de la contención de los salarios, la caída del consumo y la disminución del gasto público generando una reducción del mercado interno; la desaparición de una gran cantidad de pequeñas y medianas empresas, y el aumento de la desocupación y de la pobreza. Es decir, para la visión económica tradicional y los sectores dominantes la causa de la inflación es por culpa de los sectores populares que quieren trabajar, ganar más y consumir.






ESTRUCTURALISTAS. Sin embargo, los economistas estructuralistas, que surgieron en la década del '50, dieron una visión completamente distinta. Según estos economistas, todo proceso de crecimiento y desarrollo como la industrialización sustitutiva presenta presiones inflacionarias.




Los estructuralistas latinoamericanos argumentaron que el aumento generalizado de precios en la región se debía a rigideces estructurales del lado de la oferta. Para este enfoque, la inflación era el resultado de la interacción de dos componentes:




Las presiones fundamentales que generaban aumentos de precios y que se debían a rigideces estructurales.
Los mecanismos de propagación que se encargaban de transmitir el aumento inicial de la inflación al resto de la economía.
Para el paradigma estructuralista era imprescindible atacar las presiones fundamentales para terminar definitivamente con el problema de la inflación.
Es decir, la raíz del problema inflacionario se encontraba en las presiones fundamentales y no en los mecanismos de propagación.




En este sentido, para estos economistas, existían dos presiones fundamentales que originaban el aumento en el nivel general de precios durante el modelo de industrialización por sustitución de importaciones: la débil productividad de la agricultura debido a la concentración de la tierra
y los desequilibrios en el sector externo a partir de los "cuellos" de botella que se generaban como resultado de la importación de los productos de la industria pesada.
Según esta visión, la inflación en la industrialización sustitutiva se debía a que este nuevo modelo de acumulación, que generaba puestos de trabajo y aumentos salariales, provocaba un incremento del consumo que no podía ser satisfecho por la baja productividad del campo.




Pero, al mismo tiempo, el crecimiento económico en la industrialización sustitutiva conducía a un déficit comercial debido al boom importador de maquinas e insumos industriales que se solucionaba con una devaluación de la moneda. Ambos fenómenos se traducían en un crecimiento de los precios. A partir de este momento comenzaban a funcionar los mecanismos de propagación, transfiriendo esta presión inflacionaria al resto de la economía.




Ahora bien, para atacar la inflación la solución no era, según los estructuralistas, reducir la demanda, sino más bien eliminar las rigideces estructurales a través de una reforma agraria que permitiera una producción intensiva de la tierra y el desarrollo de la industria pesada en la
Argentina.




En efecto, debido a que el origen de la inflación era estructural, la única manera de eliminarla era superando los cuellos de botella. De esta manera, la forma de eliminar el aumento generalizado de precios era por medio de la profundización del desarrollo económico para superar las rigideces estructurales.




Para estos economistas la reducción de la demanda puede reducir la inflación. Sin embargo, esto lo logra a costa del crecimiento económico y además sin atacar la raíz del problema. Es decir, la reducción de la demanda sólo ataca los factores de propagación pero no las presiones fundamentales que generaba el aumento de los precios.




En la actualidad, a partir del proceso de reindustrialización de la economía argentina desde la etapa kirchnerista aparecieron nuevamente presiones inflacionarias. Sin embargo, y a contraposición de la visión tradicional, se debe complejizar, como los estructuralistas latinoamericanos, el análisis de las causas de la suba de los precios para poder diseñar una política antiinflacionaria exitosa.


Las rigideces estructurales y la puja distributiva se encuentran en el centro de la generación de la inflación actual. Por lo tanto, el mayor desarrollo económico y social y la desconcentración económica deben ser las principales políticas de contención de la suba generalizada de los precios.
Juan Santiago Fraschina (Economista del Grupo de Estudio de Economía Nacional y Popular (GEENaP)


http://www.elargentino.com/nota-70243-El-debate-sobre-la-inflacion.html


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