Lo que circula por los medios

15 de febrero de 2015

La DAIA y Zaffaroni





http://www.continental.com.ar/escucha/llevatelo/jorge-elbaum-zaffaroni-fue-pionero-en-investigacion-de-la-shoah/20150106/llevar/2575462.aspx

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Martes, 6 de enero de 2015 | Hoy
CONTRATAPA PIRULO DE TAPA
EL PAIS › OPINION
La DAIA y Zaffaroni


Por Jorge Elbaum *
La DAIA cuestionó recientemente al ex integrante de la Corte Suprema Raúl Eugenio Zaffaroni por comparar el Holocausto (Shoá) que sufrieron los judíos durante la Segunda Guerra Mundial con el “genocidio por goteo” que sufren los sectores populares en América latina desde hace siglos. La declaración de la organización hebrea, quien se autoinstituye como “representante político de la comunidad judía argentina” –prerrogativa como mínimo inconsulta– calificó de inaceptables las expresiones del jurista, al considerarlas una forma de “banalización” de la Shoá.

La acusación realizada por la DAIA merecería la indiferencia –sobre todo por el nivel de ignorancia que incluye– si no tuviera varias implicancias necesarias de esclarecer: por un lado, el hecho de que Zaffaroni es el más importante académico que ha trabajado aspectos ligados a la discriminación en nuestro país, y quien más ha aportado a la enseñanza y la difusión de la problemática de la Shoá. Sus escritos sobre los campos de exterminio no sólo son leídos en los claustros académicos argentinos y latinoamericanos, sino que han formado a miles de estudiantes de grado y posgrado con contenidos de criminología crítica, ligados a fenómenos de genocidio y crímenes contra la humanidad. Su cátedra de Derecho Penal en la Universidad de Buenos Aires fue el primer lugar en la Argentina donde la temática tuvo un estatus de investigación sistemática y donde sus discípulos edificaron los seminarios donde únicamente se enseña historia de la Shoá.

En segundo término, el cuestionamiento de la DAIA aparece como asombroso cuando el propio Zaffaroni ha sido el prologuista de los anuarios que esa institución ha dedicado a relevar la judeofobia y otras formas de discriminación en la Argentina y ha sido, reiteradamente, orador central de los actos de rememoración del Holocausto por ser uno de los más importantes conocedores del tema. En la declaración del último fin de semana –amplificada morbosamente por el diario Clarín– se consigna: “Las expresiones de Zaffaroni son inaceptables. La Shoá no debe compararse con ninguna otra situación. Hay infinidad de calificativos para graficar situaciones como para usar uno tan caro a la sensibilidad de la comunidad judía toda”. Esta sola apreciación exigiría que los dirigentes de la DAIA realicen un seminario intensivo de capacitación sobre la temática: en su inducción deberían leer como bibliografía obligatoria los textos de quien es el máximo referente actual de la Shoá a nivel mundial, el investigador Yehuda Bauer: “Obviamente, el Holocausto fue un genocidio y, por lo tanto, no sólo puede, sino que debe ser comparado con otros eventos genocidas de similar naturaleza o calidad. El paralelo principal entre éste y otros genocidios es el hecho del asesinato en masa, que es bastante obvio. Otro, principal y paralelo se encuentra en el sufrimiento de las víctimas, que es siempre el mismo. No hay gradaciones de sufrimiento, y no hay mejores asesinatos o torturas o violaciones que otros. El sufrimiento de las víctimas es siempre el mismo, y desde ese punto de vista no hay diferencia entre judíos, polacos, roma (“gitanos”), rusos, darfurianos, tutsis o cualquier otra persona (1).

Mientras Zaffaroni advierte que en América latina la discriminación, el desprecio y la inferiorización siguen generando marginalización –y los medios la amplían al construir “enemigos peligrosos”–, la DAIA mira su desteñido ombligo haciendo oídos sordos a la vulnerabilidad que la discriminación produce. Mientras Zaffaroni nos señala el genocidio neocolonial que se expresa –también– en los 43 normalistas de Ayotzinapa, la “representación política” repudia a quien se alarma por esta sangría. Y al mismo tiempo enmudece frente a quienes se encargan día a día de instalar la idea de que “los pibes pobres son chorros”, cosificando a quienes tienen ya bastante con vivir en condiciones de vulnerabilidad.

El mapa de la discriminación en Argentina, publicado por el Inadi, nos muestra que los grupos más desvalorizados a nivel social son los bolivianos, paraguayos, pueblos originarios, las mujeres y los discapacitados. Quizá sería hora de que la DAIA pusiera atención en esos colectivos que son “los judíos de nuestra época”. La llamada de atención realizada por Zaffaroni debiera ser tomada en cuenta por la DAIA para indagar acerca de la difusión, reproducción, ampliación o indiferencia que producen los megáfonos virtuales en relación con una problemática que produce trescientos femicidios anuales, miles de pibes asesinados por su sola condición de “morochos” –como el caso Arruga– y múltiples formas del sufrimiento social por “portación de cara”, obesidad u orientación sexual no hegemónica.

Además de la ignorancia evidenciada por las declaraciones de la institución de la calle Pasteur, es indudable la presencia de una raigambre ideológica: la DAIA viene –velozmente, en caída casi libre– transformándose en vocera de los sectores opositores al gobierno nacional. Abandona, de esta manera, la misión por la que fue fundada en 1935, cuando el rol central estaba constituido en “la lucha contra el fascismo, la judeofobia y toda forma de discriminación”. Las declaraciones de sus actuales dirigentes debieran estar orientadas a condenar al racismo que todavía sufren los colectivos marginados, repudiar el desprecio que sufren los bolivianos cuando son considerados “bolitas” o enfrentar la habitual asociación entre musulmanes y terrorismo, con la que se humilla a mil trescientos millones de islámicos en los canales de TV, el cine o los juegos de PlayStation.

La tergiversación de la misión original de la DAIA es lo que le permite al vicepresidente de la DAIA, Waldo Wolf, solicitar que Zaffaroni “recapacite y exprese a la brevedad la correspondiente retractación a estas desafortunadas e inoportunas declaraciones”. Quizá, frente al desaguisado –que mixtura ignorancia y embanderamiento opositor–, podrían invitar a Raúl Eugenio Zaffaroni para que ofreciera una conferencia acerca de qué es, qué fue la Shoá y cuáles son sus correlatos y herencias contemporáneas. En esa oportunidad tendrían la gran posibilidad de aprender algo acerca de la lógica de los campos de exterminio y –sobre todo– de pedirle disculpas.

* Sociólogo. Ex director ejecutivo de la DAIA.

1. Yehuda Bauer, Holocausto y Genocidio Hoy, Museo del Holocausto, Buenos Aires, 2009, página 20.


http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-263307-2015-01-06.html


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siguiente Sábado, 19 de abril de 2014 | Hoy
EL PAIS › OPINION
Holocausto, genocidios y negacionismo

Por Jorge Elbaum *
En abril de cada año se conmemoran –con diferencia de pocos días– dos acontecimientos trágicos del siglo XX, nombrados por lo que la filo-sofía política ha denominado “El mal absoluto”.

A principios del siglo XX, el nacionalismo de los jóvenes turcos, comandados por Kemal Atartuk, ejecutó el genocidio contra el pueblo armenio bajo la mirada mayoritariamente indiferente del resto del mundo. Veinte años después, entre otros factores, gracias a la impunidad obtenida por el Estado turco que nunca fue juzgado por sus crímenes, Hitler ordenaba la “Solución Final” que concluyó en el asesinato de 6 millones de judíos (entre ellos un millón y medio de niños menores de 12 años), y cientos de miles de opositores políticos, gitanos, testigos de Jehová, homosexuales y discapacitados.

Cada año se recuerda a las víctimas, a quienes se enfrentaron a la opresión totalitaria y a quienes se negaron a ser cómplices de las masacres. Sin embargo, el fantasma de los negacionismos –las prácticas consistentes en invisibilizar los genocidios, negarlos u ocultarlos en los pliegues de la historia– aparece como un desafío frente a quienes buscan mantener encendida la llama bifronte de la memoria: alumbrando por un lado a quienes fueron asesinados, y por el otro advirtiendo al mundo acerca de la posibilidad recurrente de matanzas similares.

Mientras los homenajes se suceden, pocas veces se hace referencia a los objetivos explícitos de los negacionismos “estratégicos”: quienes postulan el Gran Silencio no son sujetos de la ignorancia –aunque sus reproductores puedan serlo–, ni son portadores de escepticismo. Son simplemente los legitimadores de quienes buscan el perdón, el indulto, la amnistía o –incluso– el bronce de los victimarios. La validación de los jóvenes turcos como “verdaderos nacionalistas”, la aceptación de la limpieza racial como una válida estrategia de supervivencia en la “lucha por el más apto”, o la revalorización de quienes “lucharon contra los subversivos”, sólo pretenden impulsar el negacionismo y la desnaturalización de las hechos del pasado.

Los negacionistas buscan explícita y deliberadamente contar con la justificación de las atrocidades cometidas, e incluso preparar el terreno para la próxima matanza. Intentarán negar la existencia del genocidio armenio, afirmar que no fueron 6 millones de judíos las víctimas o enunciar la teoría de los dos demonios. En todas esas afirmaciones se esconderán las sutiles licencias para validar los genocidios o justificar a sus ejecutores asesinos.

El enfrentamiento al negacionismo exige trabajar con la verdad histórica sin pasteurizarla. Implica explicitar que los crímenes de lesa humanidad, cuando permanecen impunes, “auguran” y permiten nuevas oleadas de aniquilamientos, si las sociedades y los Estados, en su conjunto, no se abroquelan contra los genocidas y sus justificaciones pseudo nacionalistas, raciales o étnicas.

Nuestro país, desde 2003 hasta la actualidad, como nunca antes en nuestra historia ha optado por el camino de cuestionar toda forma de negacionismo, tanto en lo referente a los armenios, los judíos como a las desapariciones forzadas durante la última dictadura militar. En enero de 2007, el Parlamento de nuestro país sancionó la Ley 26.199 en la que se reconocen las indudables evidencias del genocidio producido contra un millón y medio de armenios. Recientemente, la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, anunció el emplazamiento del Monumento a la Shoá, en rememoración de los 6 millones de víctimas asesinados industrialmente por el régimen nazi. Las políticas de Verdad y Justicia han permitido que torturadores de mujeres embarazadas y secuestradores de niños permanezcan hoy en cárceles comunes, mientras los negacionistas siguen impulsando los indultos de dichos crímenes atroces.

Quienes pretenden hacer tabla rasa sobre el rol de los grupos de tareas, mantienen una histórica alianza compuesta por las rancias oligarquías patricias y el original neoliberalismo vernáculo. Por su parte, quienes se encargan de difamar la memoria de las víctimas del pueblo judío, se reducen a marginales falangistas locales y confusos seguidores de los ayatolás iraníes. Por último, quienes defienden y promueven el Gran Silencio sobre la catástrofe (Aghed) del pueblo armenio suelen ser periodistas financiados por el lobby turco y melancólicos defensores del Imperio Otomano.

Frente a estos tres agrupamientos negacionistas –hoy minoritarios–, la sociedad y el Estado deben permanecer alertas. El negacionismo no sólo es búsqueda por suprimir el pasado. Es, más específicamente, la intención denodada de quitarle gravedad, avalarlo y brindar el horizonte posible de una nueva y futura ejecución.

Frente a la negación no hay respuesta más efectiva que la Verdad y la Justicia. Y no hay acompañamiento más eficaz que recordar y homenajear a quienes –en los propios campos de concentración donde la ignominia se desarrollaba– se enfrentaban sin cuartel, incluso militarmente, contra el Itihad (partido genocida de los jóvenes turcos), los nazis o los torturadores de la ESMA.

El “Nunca más” deja de ser una consigna cuando las víctimas y los combatientes contra los totalitarismos son reconocidos y postulados como la expresión más frontal a sus designios. Las palabras proféticas del dramaturgo armenio Berdj Zeituntsiants desafiando el “Gran Silencio”, los grupos guerrilleros de Mordejai Anilavich combatiendo con revólveres y bombas molotov a los tanques nazis, y las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo desafiando la represión de los genocidas militares, son las imágenes más lacerantes a los ojos del negacionismo de toda laya. El enfrentamiento a los negacionismos debe ser sin miedo: sólo la imagen de la resistencia al terror los deja sin palabras.

Probablemente esto lo sepan bien los responsables de las fuerzas armadas alemanas, quienes, cada 20 de julio, en Berlín, llevan a cabo los juramentos de los nuevos soldados frente al Reichstag. Ese día rememoran a un grupo de hombres –civiles y militares comandados por Claus von Stauffenberg– que decidieron ponerle una bomba debajo de una mesa a Hitler. ¿Existe una foto más desafiante para los negacionistas que homenajear la memoria de quienes fueron tildados de “subversivos y terroristas”?

Las batallas culturales contra toda forma de tergiversación histórica también incluyen el reconocimiento de quienes se enfrentaron al Mal Absoluto en Turquía, en el Ghetto de Varsovia o en las calles ensangrentadas por los grupos de tareas. Reivindicar a quienes fueron la primera línea contra el terror es probablemente la forma más poderosa de enmudecer al negacionismo.

* Embajador argentino ante la Alianza Internacional para la Rememoración de la Shoá/Holocausto. Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.


http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-244443-2014-04-19.html

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http://www.generaciones-shoa.org.ar/images/holocausto_y_genocidio_hoy_yehuda_bauer.pdf

Holocausto y Genocidio Hoy
Yehuda Bauer 2009
(Revisión y corrección de traducción: Diana Wang.)
El Holocausto no puede ser abordado como una serie de acontecimientos fuera de un
contexto o de varios contextos. Los contextos son esenciales para una perspectiva global:
contextos verticales y horizontales. Por verticales me refiero a los que se ocupan en
profundidad de la historia judía, la historia de las relaciones entre judíos y no judíos en toda
la civilización, incluye el antisemitismo, la historia de Europa, la historia alemana, y así
sucesivamente. Por horizontales me refiero al impacto que tiene el Holocausto en América
Latina, en EEUU y Canadá, en China y Japón, en el sur de África, y en otros lugares. Uno
de esos contextos horizontales es el de genocidio. Es obvio que el Holocausto fue una
forma de genocidio y por lo tanto debe estar relacionada con todos los otros
acontecimientos similares.
En diciembre de 1948, la ONU adoptó la Convención para la Prevención y Castigo del
Delito de Genocidio. Desde entonces han sucedido varios genocidios y uno, en Darfur, está
teniendo lugar en estos momentos. Según el sociólogo y politólogo estadounidense
Rudolph J. Rummel, entre 1900 y 1987 (las fechas se eligieron de manera arbitraria),
algunos gobiernos u otros grupos políticos asesinaron a 169 millones de civiles desarmados
y prisioneros de guerra. En comparación, durante ese mismo período (que incluyó las dos
guerras mundiales) murieron 34 millones de soldados. De los 169 millones de civiles
muertos, 38 millones murieron por causas genocidas según lo definido por la Convención;
cerca de seis millones de ellos fueron los judíos asesinados en el Holocausto; estas cifras no
incluyen Ruanda, Bosnia, Congo o Darfur, es decir, todo lo que pasó después de 1987.
Obviamente, se trata de un tema importante para toda la humanidad. Sin embargo, las
opiniones acerca de qué constituye exactamente un genocidio son variadas y
contradictorias.
El término “genocidio” fue acuñado por un abogado polaco-judío llamado Raphael
Lemkin, refugiado en Nueva York, probablemente en 1943. Lo hizo ante la evidencia de
que judíos y polacos estaban siendo asesinados por la Alemania nazionalsocialista. La
aniquilación de los polacos fue parcial, ya que los alemanes pretendían utilizarlos como
mano de obra esclava; mientras que el asesinato de los judíos iba a ser total - toda persona
que habían definido como judío y que pudiera ser encontrada sería asesinada –. La
Convención define a un genocidio como la intención de aniquilar a un grupo étnico,
nacional, racial o religioso como tal, en forma parcial o total. Las palabras usadas en la
Convención son problemáticas. Habla acerca de grupos raciales lo que en el contexto de
1948 todavía tenía sentido. Pero hoy sabemos que no hay razas: todos somos descendientes
del mismo grupo de homo sapiens que habitaba en el este de África hace unos 150.000
años. Esto ha sido demostrado de manera incontrastable por análisis de ADN.
Ya sea que seamos aborígenes australianos, pigmeos africanos, estudiantes de Harvard,
Einstein, Hitler, Stalin, Obama o Hu Jin-tao, usted o yo, todos venimos del mismo lugar.
Las diferencias en el color o la forma del cuerpo son mutaciones secundarias o terciarias,
insignificantes a nivel genético. Hay muchas más diferencias entre los distintos tipos de
gatos o perros de las que existen entre los seres humanos. Somos una sola raza, pero por
supuesto, el racismo existe y está fundado en una construcción social que refleja actitudes
sociales, económicas y políticas o ideologías y, sobre todo, luchas de poder. En mi opinión,
la inclusión del término "grupos raciales” en un documento de la ONU es problemático,
porque puede ser interpretado como una legitimización de una división artificial de la
humanidad en las así llamadas razas y su implicancia de jerarquización, una diferencia de
valor, algunas superiores, otras inferiores.
Es importante también tener en cuenta la gran diferencia entre la aniquilación de un grupo
como tal, en parte o totalmente. Si el objetivo es aniquilar a un grupo como tal, en parte,
entonces hay una esperanza de que el grupo pueda revivir y recuperar sus pérdidas. Si la
aniquilación es total, ya no queda esperanza alguna. La inclusión de ambas situaciones en el
Convención es, de nuevo, un problema.
La Convención enumera cinco tipos de acciones que definen el genocidio: matanza de
miembros del grupo, producción daño físico o mental al grupo, creación de condiciones de
vida que hagan imposible la supervivencia del grupo, prohibición de nacimientos y
secuestro los niños. Pero si el proceso de aniquilación es total, como fue para los judíos
durante el Holocausto, es decir que los alemanes pretendían matar a todas las mujeres, ¿qué
sentido tiene entonces la frase "la prohibición de los nacimientos"? Además, si todos los
niños iban a ser asesinados, ¿cómo se los puede secuestrar? ¿Y es empujar a la gente a las
cámaras de gas “crear condiciones de vida que hacen que la supervivencia sea imposible”?
El enunciado de todo esto fue el resultado de un tira y afloja entre Occidente y la Unión
Soviética en 1948 y deja mucho que desear. Pero la falla más crucial de la Convención
radica en el hecho de que en realidad no dice lo que debe hacerse si algo es reconocido
como un genocidio. Todo lo que dice la Convención es que debe ser derivado a la ONU y a
su Consejo de Seguridad. Pues entonces, buena suerte. Desde 1945 ni un solo caso fue
encarado según los criterios de la Convención. La razón es muy clara: cuando una de las
cinco potencias con derecho de veto, o un grupo influyente de Estados (por ejemplo la
ASEAN, la Liga Árabe, etc), se opone a tomar medidas debido a intereses económicos o
políticos, reales o supuestos, no se hace nada. Sólo cuando no hay grandes intereses en
juego interviene la ONU para impedir un genocidio o un conflicto que pueda convertirse en
un genocidio. En Kenya, por ejemplo, un violento conflicto entre grupos étnicos amenazó
con convertirse en un asesinato en masa que podría haber degenerado en una situación de
genocidio, no hay grandes intereses económicos, políticos ni países poderosos
involucrados, en consecuencia Kofi Anan fue enviado inmediatamente para mediar, y lo
consiguió. O en Macedonia, donde un conflicto latente y peligroso entre albaneses y
macedonios amenazó con en el asesinato en masa, la intervención de la ONU tuvo éxito
porque ninguno de los grandes poderes estaba interesado en Macedonia. Por otra parte, en
Darfur, la ONU no podrá intervenir a menos que China, que tiene importantes concesiones
de petróleo en el Sudán, está de acuerdo, o que los rebeldes sean lo suficientemente fuertes
como para obligar al gobierno a negociar seriamente.
En la actualidad, la mayoría de los académicos sostiene que hay que añadir a la Convención
lo que se conoce como politicidio, es decir la aniquilación de grupos políticos o sociales
como tales, sea que estos grupos existan en realidad o que se trate de grupos virtuales,
como eran los kulaks, los así llamados campesinos ricos en la URSS, millones de los cuales
fueron asesinados o murieron de hambre bajo el régimen de Stalin.
No hay una posibilidad realista de cambiar o modificar la Convención sobre Genocidio.
Los 193 Estados Miembros hacen imposible acordar algún cambio. ¿Es entonces inútil la
Convención? No, no lo creo. Existe como una espada de Damocles que pende sobre los
posibles autores materiales con la amenaza de algún castigo o acción de parte de la ONU, y
aunque hasta ahora no ha pasado, bien podría suceder en el futuro que alguna acción sea
tomada. Hay también un elemento muy positivo en la Convención: en el artículo II dice que
la incitación al genocidio es también punible como crimen de genocidio. Mahmoud
Ahmadinejad, amenazó a Israel con el exterminio lo que constituye claramente una
incitación al genocidio ya sea que la amenaza sea realizada o no, pero nada se ha hecho al
respecto. Sin embargo el cargo de incitación existe y eso es lo importante.
Conflicto y genocidio.
Es importante diferenciar entre conflicto y genocidio. El conflicto es una confrontación
entre dos o más partes, ninguna de las cuales tiene suficiente poder para conquistar y/o
aniquilar a la/s otra/s o no puede, por alguna razón, usar el poder que tiene. En contraste, la
situación de genocidio, sea que cumpla los requisitos de la Convención o no, se produce
cuando una parte es muy poderosa y la víctima designada es absolutamente impotente. Así,
el problema de Cachemira es un conflicto, no un suceso genocida, y en Sri Lanka, incluso
si el gobierno somete por completo a los separatistas tamiles, no hay peligro real de
genocidio, aunque la opresión política y la amenaza de una lucha de guerrillas sean
posibilidades probables. Lo mismo ocurre con el Oriente Medio, donde los palestinos no
pueden superar a Israel mediante el terrorismo o los cohetes, ni Israel puede hacerlo
venciendo a la población palestina; es un conflicto sangriento y difícil, pero no es un
genocidio. Los conflictos pueden ser resueltos por pactos luego de negociaciones o
arbitrajes, o por la intervención de una fuerza externa, o por el agotamiento de las partes lo
que conduce al encuentro de una solución, o por una victoria de un bando que no lleve al
asesinato en masa, como lo recién mencionado respecto a Sri Lanka. Pero un conflicto
también puede escalar y degenerar en un genocidio o en una situación genocida si
permanece sin resolver y si uno de los bandos adquiere suficiente poder y motivación para
exterminar a una población designada.
Inversamente, un genocidio puede des-escalar y volverse un conflicto, por ejemplo, en
Darfur, si los rebeldes logran suficiente influencia para plantear un obstáculo insuperable a
la voluntad del gobierno sudanés y sus aliados Janjaweed para destruir las tribus agrícolas
negras, específicamente los Fur, Masa'alit, Zaghawa y Tanjur, hay posibilidades real de que
las negociaciones pueden conducir a una negociación y un pacto de convivencia posterior.
Del mismo modo, si el gobierno sudanés se encontrara en una situación internacional
difícil, debido a una serie de razones políticas y económicas, la situación genocida podría
des-escalar, convertirse en un conflicto pasible de ser resuelto mediante un acuerdo
negociado.
Enfrentamos situaciones genocidas en todo el globo y un informe de riesgo realizado en
EE.UU detalla unos 46 sitios en el mundo donde podrían desarrollarse asesinatos masivos o
situaciones genocidas, algunas más posibles que otras. Pero, uno podría preguntarse ¿por
qué pensar en 2009 en el Holocausto y no con Darfur, el Congo o Ruanda? ¿Fue el
genocidio de los judíos, lo que llamamos Holocausto, diferente de las otras tragedias en
algún modo? ¿No tuvo paralelos? Desde mi punto de vista, son las dos cosas. Solía llamar
«único» al Holocausto pero hace varios años abandoné el concepto de "unicidad" para
referirme al genocidio de los judíos y he comenzado a utilizar, de hecho fui quien acuñó la
engorrosa palabra "sin precedente”, en su lugar. ¿Por qué es inapropiado hablar de
“unicidad”? Básicamente por dos razones. Por un lado, «unicidad» podría dar a entender
que el Holocausto es un acontecimiento único que no se puede repetir; pero si esto es así,
casi no tiene sentido ocuparse de ello puesto que no hay peligro de que se repita. Sin
embargo, esta suposición es incorrecta: el genocidio de los judíos fue diseñado y ejecutado
por los seres humanos por motivos humanos, y cualquier cosa hecha por el hombre puede
repetirse, seguramente no exactamente de la misma manera, pero de maneras muy
similares. Por otro lado, la noción de “unicidad” también podría implicar que se trató de un
designio divino, algún Dios, o Satanás, una fuerza trascendental, que Hitler y sus autores
fueron ejecutores de una voluntad suprahumana, actores que obedecieron a una fuerza
superior y que no pueden ser responsabilizados por sus actos. Ésta es de hecho la posición
de algunos pensadores judíos ultra-ortodoxos, como el fallecido rabino Shneersohn líder de
Jabad (una secta jasídica) y algunos cristianos, también, por ejemplo, algunos predicadores
evangélicos. Ver a Hitler como el emisario de un poder trascendental no es una nimiedad.
Y, sin embargo, estos pensadores, no aceptan la idea de falta de responsabilidad de los
autores y argumentan, con bastante poca lógica creo, que hay libre albedrío, que se puede
elegir entre el bien y el mal, y que los perpetradores eligieron mal. Por otra parte también
dicen que nada puede suceder sin la voluntad del Todopoderoso, lo que lleva a la
conclusión de que, efectivamente, la culpa recae en el Todopoderoso, no en los
perpetradores. Si se rechaza esta opinión y uno concluye que el Holocausto, y por lo tanto
todos los otros genocidios, fue obra de seres humanos, no de factores trascendentales,
entonces no se lo puede pensar como un hecho único.
Paralelos.
Obviamente, el Holocausto fue un genocidio, y por lo tanto, no sólo puede, sino que debe
ser comparado con otros sucesos genocidas de la misma naturaleza o calidad. El paralelo
principal entre éste y otros genocidios es el asesinato en masa, que es bastante obvio. Otro,
paralelo central se asienta en el sufrimiento de las víctimas, que es siempre el mismo. No
hay gradaciones de sufrimiento, y no hay mejores o peores asesinatos, torturas o
violaciones, que otros. El sufrimiento de las víctimas es siempre el mismo, y desde ese
punto de vista no hay diferencia entre judíos, polacos, roma (gitanos), rusos, Darfur, tutsis,
o cualquier otra persona.
Otro paralelo, a mi juicio, es que los autores de genocidios o de atrocidades en masa
siempre utilizarán los mejores medios a su disposición para realizar su proyecto: en el
genocidio de los armenios en la Primera Guerra Mundial, que sigue siendo negado
oficialmente por Turquía, los turcos otomanos usaron las vías férreas, ametralladoras,
unidades de asesinato reclutadas especialmente, una burocracia bastante eficiente
desarrollada con la ayuda de consejeros franceses, alemanes y austriacos, y un gran ejército.
Los alemanes, en la Segunda Guerra Mundial, utilizaron también los ferrocarriles, las
unidades especiales, armamento moderno, una excelente burocracia, la propaganda brillante
y un ejército muy poderoso. Usaron el gas, porque lo tenían; los otomanos no lo usaron
porque no lo tenían. Pareciera que fueron iguales. Sin embargo respecto del Holocausto hay
un elemento en el genocidio de los judíos que no tiene precedentes, incluso en los métodos
adoptados: por primera vez en la historia de la Humanidad se estableció una industria para
producir algo que nunca antes se había producido: cadáveres. En Auschwitz-Birkenau,
Treblinka, Sobibor, Belzec y Chelmno, los judíos entraban vivos por un extremo y por el
otro salían cadáveres. Hay, en consecuencia, una advertencia respecto de los medios
empleados en el genocidio y el Holocausto se destaca como algo totalmente nuevo en este
sentido.
Yo diría además, que lo elementos de cualquier genocidio se repitieron en los demás, salvo
en el Holocausto que, hasta donde yo sé, tiene elementos que antes no habían sido
utilizados. Si el Holocausto no tuvo precedentes, a partir de su existencia es un precedente,
y sus elementos se puede repetir, aunque no exactamente y nunca en la misma forma.
¿Cuáles son estos elementos?
Aspectos sin precedentes.
Un elemento es la totalidad: no existe un precedente, al parecer, de un asesinato en masa
organizado por un estado sobre un grupo designado en el que cada persona identificada por
los perpetradores –no los auto definidos- como miembro de ese grupo (es decir,
identificado como judío) fue buscado, marcado, registrado, identificado, despojado,
humillado, aterrorizado, concentrado, transportado y asesinado. Esto se aplicó a toda
persona apresada, definida como judío, sin una sola excepción. Los que sobrevivieron
porque fueron usados como fuerza de trabajo esclava, fue debido a que los alemanes
decidieron que podían permanecer vivos temporalmente, para que su trabajo colaborara con
la victoria de un régimen que se había propuesto su total exterminio una vez que no fueran
necesarios o cuando ya no pudieran trabajar. En el Reich alemán, fuera de las zonas
conquistadas de Europa, los llamados medio-judíos sobrevivieron en su mayoría porque
había un desacuerdo entre los burócratas sobre si debían seguir vivos o no. La mayoría de
los burócratas implicados pensaba que debían ser esterilizados para que su media sangre
judía-no entrara en el torrente sanguíneo alemán y lo contaminara. Como no pudieron
ponerse de acuerdo, la mayoría de los llamados medio-judíos alemanes sobrevivieron, no
así en los territorios ocupados, en los que fueron asesinados. En Alemania, los que tenían
un abuelo judío eran considerados judíos. Fuera de Alemania, la decisión de qué hacer con
ellos quedó en manos de las autoridades alemanas locales. El exterminio fue diseñado para
ser lo más completo que fuera posible.
El segundo elemento es la universalidad: no hay precedentes, creo, de un genocidio
concebido de manera universal. Los turcos otomanos no se preocuparon por los armenios
que vivían en Jerusalén, porque aquél no era territorio turco. El poder Hutu quiso «limpiar»
a Ruanda de tutsis, pero al parecer no tenía planes para matar a todos los tutsis de otras
partes (aunque después del genocidio en Ruanda hubo intentos para matar grupos
emparentados con los Tutsi en el Congo oriental). Contrariamente, el régimen nazionalsocialista
en Alemania pretendió ocuparse de los judíos en todas partes del mundo "de la
forma en que los tratamos aquí en Alemania", según le dijera Hitler al muftí de Jerusalén,
Hajj Amin el-Husseini, el 28 de noviembre de 1941, para citar tan sólo esta declaración
aunque hubo otras. Este universalismo genocida iba a ser desarrollado por etapas, por
supuesto, y no tenía, como dije antes, ningún precedente conocido.
El tercer elemento fue una ideología que no se basó en una consideración pragmática,
económica, política, militar, o de otro tipo, sino en lo que los marxistas llamarían
superestructura ideológica pura. Si lo comparamos con el genocidio armenio, éste fue la
respuesta a las derrotas turcas, tanto militares como políticas, en los Balcanes, y que
resultaron en el sueño de un nuevo imperio turco que se extendería desde los Dardanelos a
Kazajstán en reemplazo del imperio perdido; a ello puede añadirse el temor justificado de
una invasión de Rusia con el apoyo de los armenios que destruiría por completo el sueño de
un Estado turco. También debe mencionarse el intento de reemplazar a la clase media
urbana armenia, exitosa, con turcos étnicos. Se trata de motivaciones pragmáticas, políticas,
militares y económicas que luego se investían de una ideología para justificar el asesinato
en masa. Otro ejemplo es la situación actual en Darfur. Las razones que fundamentan la
situación genocida allí son económicas y políticas. Una larga historia de abandono por parte
de los gobernantes británicos al principio y luego sudaneses en esta zona del Nilo precedió
el desastre actual. Darfur es una región enorme, donde la reserva de agua sólo proviene de
las lluvias y de las inundaciones anuales, no de los ríos, y donde los últimos cien años el
desierto ha invadido las tierras de labranza. Las tierras de los agricultores negros cuyas
tribus alguna vez gobernaron Darfur son codiciadas por los beduinos nómadas, apoyados
por el gobierno central de Jartum. Además, se encontró una cuenca petrolífera muy rica en
el sur de Sudán que produce un importante ingreso del cual los agricultores negros,
históricos moradores de esas tierras, quieren recibir su parte. China posee la mayor parte de
estas concesiones petroleras, y por lo tanto apoya al gobierno en contra de los rebeldes,
sosteniendo de este modo el genocidio. Estos son básicamente los factores pragmáticos,
pero un intelectual beduino de la tribu de Salamat cuyos límites están entre Darfur y Chad,
desarrolló una ideología en la década del setenta. Se trata de Ahmed Acyl Aghbash quien
murió en un accidente en 1982, pero su ideología se enraizó en los perpetradores, las
milicias Janjaweed. Argumenta que los beduinos árabes de Darfur y Chad descienden de la
tribu del profeta Mahoma, los Quraish Bani, y que estaban allí antes y tienen por lo tanto el
derecho de quitar, echar y matar a los negros a quienes llama esclavos: los beduinos
pretenden controlar toda la superficie entre el Nilo y el Lago Chad. Esta ideología es
claramente una superestructura diseñada a posteriori para justificar una política cuyos
verdaderos motivos son económicos, sociales y políticos.
Tomando cualquier otro genocidio se encontrarán similares bases pragmáticas, sobre las
que se construyeron ideologías a modo de racionalizaciones posteriores. No hubo tales
elementos pragmáticos en los nazis. Los judíos alemanes no controlaban la economía
alemana a pesar de lo que declamaba la propaganda. Sólo un importante establecimiento
industrial, la AEG, la principal compañía eléctrica de Alemania, era propiedad de una
familia judía, los Rathenau, y había un solo judío entre un centenar de miembros de las
juntas directivas de los cinco bancos más importantes de Alemania. Los judíos pertenecían
en su mayoría a la clase media, la clase media baja, eran miembros de profesiones liberales
y artesanos, había una clase media alta de comerciantes y algunas familias ricas eran las
propietarias de varias grandes tiendas. Pero los judíos no eran un grupo organizado; la
organización comunitaria, el Reichsvertretung, fue fundada recién en septiembre de 1933,
ocho meses después del ascenso de los nazis al poder, como resultado de la presión nazi, no
antes. Nunca habían estado organizados previamente. No poseían territorio ni ninguna
presencia política, militar o de poder alguno. Hubo un político judío, Walther Rathenau, el
jefe de la familia que acabo de mencionar, que fue el único ministro judío en un gobierno
alemán antes de que los nazis llegaran al poder, y fue asesinado por los nacionalistas
alemanes de extrema derecha. Los motivos para la persecución de los judíos no tienen en
consecuencia relación alguna con la realidad: se trataba de una construcción con elementos
de pesadilla, la idea de una conspiración judía imaginada para controlar el mundo (una
imagen en espejo de lo que los nazis querían lograr), la supuesta corrupción de la sangre
alemana y de la sociedad y la cultura por parte de los judíos (cuando en realidad los judíos,
leales ciudadanos alemanes, habían contribuido muy considerablemente a la cultura
alemana), el libelo de sangre (la acusación de que los judíos matan niños cristianos para
hornear matzot –pan ácimo- con su sangre), y así sucesivamente. No conozco ningún otro
caso en la historia pasada en se cometiera un asesinato masivo por motivos tan
absolutamente ausentes de pragmatismo alguno. Ciertos historiadores parecen creer que los
judíos fueron asesinados para que los alemanes se adueñasen de sus propiedades. Es un
error demostrable: los judíos fueron asesinados después de haber sido privados de sus
bienes, y no había por qué asesinarlos, se los podrían haber utilizado como mano de obra
esclava, el motivo no era económico. El saqueo se hizo en el proceso que condujo a la
muerte o después de los judíos fueron asesinados, y no fue la razón para el asesinato.
El carácter no-pragmático de este genocidio se pueden mostrar literalmente en cientos de
casos. Así, por ejemplo, en Lodz, la segunda mayor ciudad de Polonia de preguerra, estaba
el último gueto en territorio polaco en la primavera de 1944 porque sus talleres operados
por trabajadores esclavos producían alrededor de un 9% de la ropa y botas para la
Wehrmacht, el ejército regular alemán. A principios de 1944, los burócratas nazis locales se
oponían a la liquidación del gueto, en parte debido a la utilidad del gueto para el Ejército
alemán, y también porque ellos mismos se estaban enriqueciendo a costa del trabajo de los
judíos, y además, si el gueto era aniquilado se verían obligados a servir en el ejército, lo que
no era una perspectiva muy atractiva. Sin embargo, el gueto fue exterminado por orden
explícita de Himmler, en contra de cualquier pragmatismo económico. La ideología
dominó, y ningún argumento económico fue admitido. ¿Eso es capitalista? ¿Rentable?
¿Racional? No hay ningún precedente conocido para un genocidio cómo éste perpetrado
por fantasías pesadillescas.
En cuarto lugar, la ideología nazi racista fue totalmente revolucionaria. El comunismo,
(antes de convertirse en la racionalización para el imperialismo de Rusia), quería sustituir
una clase social por otra, algo ya conocido en la historia pasada, por ejemplo, en la
Revolución Francesa. Países han reemplazado a países, imperios han reemplazado a
imperios, religiones han usurpado y reemplazado religiones. Pero ¿"razas"? Nunca antes.
Y, por supuesto, como dije antes, no hay razas. El Nazional Socialismo fue, diría yo, el
único intento verdaderamente revolucionario en el siglo XX, y por supuesto, sin ningún
precedente. Una nueva jerarquía debía gobernar el mundo, una jerarquía presidida por los
pueblos nórdicos de la “raza aria”: además de los alemanes, los escandinavos, los ingleses,
holandeses y flamencos, ninguno de los cuales pareció entusiasmarse con su supuesta
pertenencia a la “raza superior”. El mando nórdico sobre el mundo sería compartido con,
por ejemplo, los aliados japoneses (que no eran exactamente arios nórdicos “raciales” lo
que creó algunos problemas ideológicos), y todos los demás estarían sometidos a ellos.
Ningún judíos estaría allí porque, obviamente, todos habrían muerto para entonces. Los
negros, que eran seres a mitad de camino entre monos y humanos, sería tratados bien,
como se trataba a los animales, porque los nazis eran amables con los animales, siempre y
cuando no pretendieran ser humanos. El Nazional Socialismo tenía un punto de vista cuasireligioso
aunque de manera distorsionada: había un Dios, un Mesías, es decir, el Führer, y
un pueblo santo o la “raza” sagrada, y por otro lado estaba Satanás. El judío satánico fue
tomado de un antisemitismo cristiano descristianizado. Y, naturalmente, Satanás tenía que
ser combatido, derrotado y muerto. ¿Existe algún precedente de esto en la historia humana?
Yo diría que no.
Por último, en quinto lugar, los judíos, cuya cultura constituye uno de los elementos básicos
de lo que mal se llama "civilización occidental". Los nazis se rebelaron contra eso, contra
la Ilustración, así como contra el cristianismo, que aducían que era una creación judía
(tenían razón en eso). Querían acabar con la moral tradicional, porque era una invención
judía metida en las cabezas de la gente por el cristianismo. Querían acabar con el
liberalismo, la democracia liberal y conservadora, la democracia social, el sistema
parlamentario, todo lo cual se entiende era el legado de la Revolución Francesa. Pero este
legado de la Revolución Francesa se basa en Atenas, Roma y Jerusalén (la estética, la
literatura, la ley y el orden de los griegos y los romanos, y la ética de los profetas judíos);
los romanos y los atenienses de hoy hablan otros idiomas, oran a otros dioses, y escriben
literatura que no tiene relación directa con sus fuentes. Pero los judíos estaban entonces y
siguen estando hoy, hablaban y hablan el mismo idioma. Claro que podría decirse que su
lengua había estado dormida por milenios pero es un argumento defectuoso, porque
mientras que el hebreo no se usaba para comprar el pan o para el habla cotidiana, era el
lenguaje escrito común que cualquier judío alfabetizado conocía usaba. La correspondencia
en hebreo se mantuvo durante más de dos mil años. Las obras literarias, tanto en prosa
como la poesía, fueron escritas y leídas en hebreo porque, como he dicho, todos los
alfabetizados judíos lo sabían. Las tradiciones judías, aunque se desarrollaron y cambiaron
con el tiempo, practicadas tanto por religiosos (una minoría) como por no religiosos (la
mayoría), son una corriente cultural directa ininterrumpida (no necesariamente biológica)
que proviene de la fuente original y tiene directa relación con ella. La cultura judía
contemporánea y su literatura, son indescifrables si no se las relaciona con los textos
antiguos. El ataque destructivo, violento y brutal sobre el legado de la Revolución Francesa
implicó necesaria y lógicamente, un ataque contra el único resto sobreviviente de las
fuentes originales sobre las que se desarrolló la civilización occidental. La ética de los
profetas judíos contradecía las ideas del darwinismo social que sostenía la revolución nazi,
básicamente, una ideología que dice que las “razas” y los pueblos más fuertes tienen no
sólo el derecho sino el deber de gobernar el mundo y terminar con los más débiles, incluso
a aniquilarlos.
El Holocausto, entonces, no tenía precedentes, fue un hecho de enorme importancia para
cualquier persona que quiere luchar contra las tendencias auto-destructivas en la sociedad
humana. Pero también es un precedente y de hecho, en Ruanda, se pretendió hacer realidad
el primer punto de la “revolución” nazi o sea, el exterminio total del grupo designado: todos
los tutsis de Ruanda debían ser muertos. Sospecho que el principal ideólogo del poder
hutu, Ferdinand Nahimana, ahora en la cárcel, puede haber oído algo acerca del exterminio
de los judíos planeado por los nazis cuando estudió filosofía e historia en Europa. No puedo
probarlo, pero valdría la pena investigarlo.
La especificidad judía y las implicaciones universales del Holocausto son dos caras de una
misma moneda. Cada genocidio es específico, luego, paradójicamente, esta especificidad
en el caso del Holocausto judío, se convierte en un rasgo universal. Esta característica
universal tiene que ser puesta en contexto: somos los únicos mamíferos depredadores que
se matan unos a otros en grandes cantidades, en matanzas masivas, y algunas de esas
atrocidades son llamadas, genocidio; son, por desgracia, la forma más extrema de este muy
humano comportamiento. Y la forma más extrema de genocidio, hasta la fecha, fue el
genocidio de los judíos, repito, no por el sufrimiento de las víctimas, no por el número de
personas que perecieron ni tampoco por el porcentaje de los muertos en relación con el
número total de judíos en el mundo. Es el caso extremo debido a los puntos mencionados
anteriormente, y quizás algunos otros. Es que la noción del carácter sin precedentes del
Holocausto, no es siempre precisa, pero igualmente convirtió al Holocausto, ante los ojos
de un número creciente de personas e instituciones (por ejemplo, la ONU), en el paradigma
del genocidio, porque es el más forma extrema de una enfermedad que aflige a la
humanidad. En noviembre de 2005, la ONU aprobó por unanimidad una resolución para
conmemorar anualmente el Holocausto, el 27 de enero, fecha en la que en 1945 Auschwitz
fue liberado por el ejército soviético. La delegación iraní se retiró de la Asamblea General
al momento de la votación, por lo que la resolución fue unánime. Pero la resolución
también entregó un mandato a la ONU para educar a la gente sobre el Holocausto, tomado
como el genocidio paradigmático. Se han hecho algunos esfuerzos en esta dirección, y ha
habido algunos esfuerzos heroicos de un pequeño grupo de personas,. El punto principal es
que el principio ha sido establecido con claridad.
Mi conclusión sería que el Holocausto está en el centro de cualquier estudio o
consideración sobre el genocidio, debido a su carácter paradigmático; es también el punto
de partida de cualquier intento serio para evitar que tales atrocidades masivas sucedan.
Cuando se parte del caso extremo, el Holocausto, - repito, no porque el sufrimiento es
diferente sino por los otros factores implicados – y se comprende que ha sido provocado
por una enfermedad humana, es inevitable el compromiso en el esfuerzo para impedir
futuros genocidios o detener genocidios en curso. Es preciso añadir: los asesinatos en masa
cometidos por seres humanos contra seres humanos no son conductas inhumanas – ojala lo
fueran – sino que, por desgracia, son muy humanas. El slogan "el hombre es el lobo del
hombre" sigue siendo vigente. El asesinato en masa es un aspecto de la humanidad contra
el que tenemos que luchar, no es exterior a nosotros. Hay que lidiar con Darfur, Zimbabwe,
el Congo oriental, el sur de Sudán, Birmania, y una serie de otros lugares en un mundo
pequeño cada vez más poblado. La principal lección que se puede extraer del Holocausto es
que se debe luchar contra el genocidio.
Si este análisis es correcto, entonces surge una pregunta importante: ¿es posible prevenir
genocidios? Frente a las evidencias, las perspectivas están lejos de ser color de rosa.
Cuando observamos el comportamiento humano desde sus inicios, podemos ver que los
genocidios o comportamientos genocidas caracterizan a la raza humana desde su
concepción y, posiblemente, antes de ello. Los seres humanos son mamíferos depredadores,
igual que los tigres o los osos. Cazan y matar para poder vivir. Pero como los seres
humanos son depredadores débiles y no tienen los dientes de los tigres o las garras de los
osos, deben cazar en manadas, en grupo, para poder vivir. Es un instinto básico de los
humanos. Por supuesto, es poco probable que, después de escuchar o de leer esto, usted
vaya a la calle a cazar antílopes; en lugar de eso, irá a un supermercado a comprar carne o
pescado (con la excepción de los pocos vegetarianos que pudiera haber entre nosotros). Los
métodos han cambiado, pero no los instintos básicos. Cazamos en grupo, lo que significa
que somos animales de manada. De vez en cuando alguien puede tratar de subsistir por sus
propios medios, pero en general no funciona. De modo que ese universalismo idealista que
dice que no pertenezco a ningún grupo nacional, étnico o social, que solo soy un ser
humano, es simplemente una ilusión. Si no pertenecemos a un grupo, pertenecemos a otro,
nos guste o no. Pero también somos depredadores territoriales porque necesitamos un
territorio en el que podemos encontrar nuestros medios de subsistencia. Nuestros
antepasados usaban el territorio para cazar, nosotros lo usamos para crear grandes
industrias que luego buscan introducirse en otros territorios de la mejor manera posible.
Básicamente, se trata del mismo proceso. Cuando otro grupo intenta entrar en nuestro
territorio, independientemente de que el territorio sea real o si sólo exista en nuestra mente,
tenemos, al parecer, cuatro opciones: 1) los podemos absorber porque nos pueden
fortalecer, 2) los podemos esclavizar porque no queremos hacer ciertos trabajos o porque
podemos utilizar su mano de obra para nuestro beneficio, 3) podemos echarlos, obligarlos
a irse, lo que veces harán y otras no, o 4) los podemos matar. Cuando hacemos eso, cuando
matamos a un gran número de ellos, lo llamamos genocidio. Los seres humanos han estado
haciendo esto durante miles de años, como cualquiera que sepa algo de historia antigua
sabe. La destrucción de Cartago por los romanos, o de la isla de Melos por los atenienses, o
la aniquilación de los madianitas de acuerdo al capítulo 31 en el cuarto libro de Moisés, o la
aniquilación de los enemigos en los Vedas indios, no es más que una pequeña muestra de lo
que somos capaces de hacer.
Pero si esto es cierto, si entonces el genocidio es el resultado del instinto, de una
inclinación humana general ¿cómo podemos luchar contra ello?
Afortunadamente, el instinto de matar, llamado Tánatos por algunos psicólogos, está
compensado con otro instinto, llamado Eros, libido por Freud, quien lo lee en términos
demasiado sexuales. Eros, instinto de vida, deriva de la misma fuente que el instinto de
muerte. Somos, después de todo, no sólo los cazadores, sino también recolectores.
Comemos frutos de la tierra, vegetales y frutos de los árboles también comemos hierbas;
los granos provienen de ciertos tipos de hierbas, crecen brotes que luego se muelen para
hacer harina, y después se comen. Por lo tanto, somos comedores de hierbas y frutos y
necesitamos esfuerzos colectivos para hacerlo. Es ese esfuerzo colectivo lo que nos hace
crear sociedades que desarrollan estructuras sociales que, a su vez, hacen que nuestra
supervivencia posible. Las sociedades no pueden existir si sólo sirven como plataforma
para una lucha de todos contra todos. Los seres humanos hemos desarrollado actitudes y
emociones de empatía, amor, colaboración, cuidado mutuo, de cohesión familiar, grupal -el
clan-,y tribal, y hemos desarrollado incluso la disposición para sacrificarnos tanto por el
bien de la supervivencia de la sociedad como por el rescate de personas absolutamente
desconocidas. Inconcientemente, sabemos que hemos establecido un lazo con la persona
que hemos ayudado que quedará ligada a nosotros y podrá ayudarnos a su vez en algún
momento de necesidad.
Hemos desarrollado lo que llamamos moral para justificar lo que hacemos, y hemos creado
leyes y reglamentaciones para apoyar nuestra estructura social. También usamos las leyes
que creamos para tratar de domesticar nuestros instintos destructivos. Por nuestra
naturaleza tenemos tendencia a matar, es para luchar en contra de nuestras inclinaciones
que desarrollamos leyes que prohíben el asesinato. Si no fuera asesinar parte de nuestra
naturaleza no habría sido necesario crear las leyes que lo prohíben. Sin embargo, matar (en
inglés: kill) está permitido cuando es considerado útil para la sociedad. Es el asesinato (en
inglés: murder) lo que está prohibido. Del mismo modo, si no estuviéramos dispuestos a
apropiarnos de las cosas que pertenecen a otros, es decir, robar, no necesitaríamos leyes en
contra del robo. Si el asesinato es el matar prohibido, entonces matar es el asesinato
permitido, y cuando las sociedades se pelean por territorio y poder, matar se convierte en
una virtud, como cualquier soldado sabe.
Tenemos dos tipos de conducta instintiva en conflicto que se convierten en actitudes
culturales: el instinto destructivo, el de muerte, y el instinto de la afirmación de la vida, el
del altruismo. Podemos en consecuencia luchar en contra del instinto asesino que tenemos
enfatizando y promoviendo concientemente el instinto altruista, el que promueve la vida. Es
posible luchar en general contra el genocidio y los asesinatos en masa, pero es
extremadamente difícil.
Permítanme volver a la política contemporánea. Para luchar por la prevención del
genocidio es importante ver cuáles son las dificultades, por cierto enormes. Presenciamos
esfuerzos de predicadores bien intencionados, Desmond Tutu, Elie Wiesel, el Papa, algunos
rabinos, algunos clérigos musulmanes, escritores, músicos, y así sucesivamente, que
intentan crear una conciencia pública y que realizan masivas convocatorias para apoyar
acciones contra el genocidio, por ejemplo en Darfur.
Son esfuerzos importantes y valiosos que pueden crear una conciencia importante para
acciones políticas en la dirección correcta. Pero los discursos no hacen mucha diferencia, y
mucho de lo que estas buenas personas predican se ha convertido en clichés. Lo que
necesitamos más que nada es una serie de acciones principalmente en la esfera política. Los
académicos pueden hacer una diferencia allí, porque los gobiernos, sobre todo en regímenes
democráticos o semi-democráticos por supuesto, acuden a los think tanks -grupos de
reflexión- para ayudarlos a comprender y dominar esta realidad cada vez más complicada
que tienen entre manos. Es cierto que muchos de estos think tanks -grupos de reflexión- son
más tanques que pensamientos (juego de palabras: think tanks es, literalmente, tanques de
pensamiento), pero algunos de ellos son de gran importancia. Tiene que haber una
combinación de presión y asesoramiento sobre los gobiernos y el mundo político. Está
creciendo el número de políticos y de burócratas gubernamentales conscientes de la
necesidad de hacer frente al riesgo de los conflictos y los peligros genocidas. Esa buena
voluntad tiene que ser tomada en cuenta y utilizada y los académicos deben trabajar en
conjunto con cualquier persona interesada en el mundo de la política, los medios de
comunicación y la burocracia, que entienda y esté dispuesta a actuar.
Todavía no entendemos lo suficiente acerca de los pasos y desarrollos que conducen a
genocidios. Necesitamos más investigación estadística y estudio de situaciones tanto de
genocidios pasados como de genocidios y de amenazas genocidas presentes y esto es algo
que los académicos están capacitados para hacer.
De hecho, ya hay grupos formales e informales, sea organizados en ONGs o no, que
responden a estas necesidades, al menos parcialmente, y que tienen que ser apoyados y
escuchados. Se hacen evaluaciones de riesgos de peligros genocidas a las que algunos
gobiernos se han acercado. Es un proceso lento que tomará tiempo, y es imposible anticipar
si el tiempo será suficiente o si se agotará rápidamente antes de que podemos impedir otros
genocidios. Se han hecho y se hacen análisis políticos y de aspectos económicos centrales.
Precisamos más expertos en problemas económicos para conocer la influencia y el impacto
de la economía en las amenazas de conflicto, asesinatos en masa y genocidios, y viceversa.
Lo ideal sería que todos estos esfuerzos académicos fueran conjuntos o por lo menos
coordinados. La rivalidad institucional entre las ONGs que se ocupan de los mismos temas
desde puntos de vista similares es un problema importante, un frente más unido puede
hacer una gran diferencia.
Finalmente, es preciso afrontar el problema principal: el mundo real es un mundo de
conflictos de intereses entre grandes potencias, potencias medianas y grupos de Estados
combinados. El actual estancamiento en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, -
otra vez un problema con el nombre porque efectivamente se trata de naciones pero están
apenas unidas- hace que un verdadero progreso sea difícil, si no imposible. Los Estados
miembros debían organizarse para presionar e intentar cambiar esta situación, lo que es
todavía muy difícil de lograr.
Además, hay un mundo paralelo de ideologías que estructura e influye sobre los intereses
del poder y en ocasiones es la ideología la que determina la economía y la política y no al
revés, como decían los marxistas. El incremento actual del islamismo radical que niega
hechos, pasados y presentes, es parte de una realidad histórica de los movimientos radicales
ideológicos, religiosos o cuasi religiosos, que se ha desarrollado durante los últimos cien
años. El bolcheviquismo, el Nazional Socialismo, y el Islam radical, son por supuesto
diferentes entre sí en muchos aspectos, pero también tienen paralelos importantes. Los tres
son ideologías exclusivistas, religiosas o cuasi religiosas, cuyo objetivo explícito es el
control de todo el mundo. Los tres tienen como metodología el uso indiscriminado de la
fuerza, el exterminio total de enemigos reales o percibidos como tales. Los tres son, en
esencia, anti-nacionalistas, y se oponen a la tendencia moderna del establecimiento de
unidades independientes o autónomas basadas en la etnia o nacionalidad. El
Nazionalsocialismo pasó de un nacionalismo alemán extremo al concepto de la unidad de
los pueblos germánicos nórdicos de la “raza aria”, los pueblos nórdicos integrados por
alemanes, escandinavos, ingleses, holandeses y flamencos. Todas las otras nacionalidades
serían pueblos inferiores, sometidos de una manera u otra. Los soviéticos actuaron en el
principio de "socialista en contenido, nacional en su forma", lo que en la práctica significó
la supremacía del imperialismo ruso y el sometimiento de todos los demás. El islam radical,
especialmente en su versión sunita, se opone explícitamente al nacionalismo, especialmente
el nacionalismo árabe; Hamás no aspira a un Estado nacional palestino, sino a un Estado
islámico de Palestina, como parte de una federación mundial de países islámicos y las
unidades nacionales serían solo subdivisiones de la entidad islámica mundial. Tanto el
Nazional-socialismo como el islamismo radical son anti-feministas. Y los tres, en
diferentes grados son o han sido anti-judíos. El nazismo quería exterminar a los judíos y lo
mismo quiere el islamismo radical. El bolcheviquismo soviético llegó a ser groseramente
antisemita, especialmente durante los últimos años de la vida de Stalin. Y, como último
paralelo, los tres surgieron más o menos en la misma década del siglo 20: la primera
declaración política de Hitler se hizo en septiembre de 1919, la revolución bolchevique se
produjo en 1917, y Hassan el-Bana fundó la Hermandad Musulmana en 1928. En cierto
modo, uno puede ver el resurgimiento de la religión radical, ya sea teísta o no, en un
contexto mucho más amplio. El bolcheviquismo soviético era una fe atea que tenía todas
las características de la religión radical. Lo mismo puede decirse de las creencias del
darwinismo social de las elites nazis pensada como una religión de la naturaleza. Y por
supuesto el islamismo radical es una ideología religiosa genocida. Pero puede verse
también la emergencia en el siglo pasado de credos evangélicos radicales en los EE.UU. y
otros lugares, y también un desarrollo similar en el hinduismo, e incluso en el budismo, en
Sri Lanka, por ejemplo, donde los monjes budistas que favorecen políticas violentas hacia
la minoría tamil. Entre los judíos, una evolución similar puede observarse por ejemplo en
el movimiento radical de colonos religiosos en Israel, que albergan tendencias genocidas
potenciales, y también en grupos no violentos, pero muy radicales y exclusivistas dentro de
las sectas jasídicas ultra-ortodoxas. Todos estos son tremendos obstáculos hacia las
posibles acciones internacionales contra el asesinato en masa y genocidio, por no
mencionar las situaciones de conflicto existentes.
Para terminar, ¿donde encaja el Holocausto en el marco de los intentos para combatir
situaciones de genocidio? Es imposible tratar con todos los genocidios simultáneamente y
se tiene que elegir por dónde empezar y cuál es el paradigma. El Holocausto es un punto de
partida esencial para todos esos intentos porque era la forma más extrema de una
enfermedad general. Fue extrema, hay que destacarlo una vez más, no porque sus víctimas
sufrieron más que otros, no fue así, sino por el carácter sin precedentes de algunos de sus
elementos centrales. Observamos que cualquier propuesta contemporánea para una acción
social y política es inmediatamente referida al Holocausto, ya sea que este tipo de
comparaciones o analogías estén justificadas o no, y por lo general no lo son. Pero el
Holocausto se ha convertido en el paradigma de genocidio en la conciencia de amigos y
enemigos por igual y por tanto cualquier discusión sobre el genocidio y las acciones a
tomar se iniciará allí. Esto no significa que uno debe concentrarse solamente en el
Holocausto, todo lo contrario: las comparaciones son esenciales, y cualquiera que se ocupe
del Holocausto debe aprender sobre otros genocidios y referirse a ellos como mejor pueda.
Esto es cierto especialmente en el campo de la educación: estudiar del Holocausto es una
forma importante, tal vez LA más importante para entrar en el abismo, para usar el término
de Gitta Sereny (Into that Abyss, su libro sobre Franz Stangl, el comandante de Treblinka).
Hay una especie de tensión dialéctica entre lo inédito –imprecedente- del Holocausto que lo
convierte en el paradigma de genocidio en general y la necesidad esencial de compararlo
con todos los otros genocidios, que es a su vez la condición previa para cualquier medida
que, quizás con suerte, reduzca su recurrencia o incluso le ponga un punto final. Acercarnos
a ese objetivo o no está en nuestras manos.
Yehuda Bauer es Profesor Emérito de Holocaust Studies en la Universidad Hebrea de
Jerusalém y asesor académico de Yad Vashem y el Jewish Memorial Institution to the
Holocaust
(Revisión y corrección de traducción: Diana Wang.)

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