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22 de febrero de 2017

Otra vez, dolor país




La "guerra de los pasteles" fue un episodio de la historia de Francia: la respuesta que dio el pueblo a la frase terrible de María Antonieta, esposa de Luis XVI: "¿El pueblo no tiene pan? ¡Que coma pasteles entonces!..." Y la inmoralidad salta a la vista, tal vez porque ocurrió en otro país y en otro tiempo, y a nadie le hubiera parecido injusto que le hicieran un nudo en la boca con su pretenciosa peluca si podía decir cosas tan desalmadas sin ninguna sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno....
... Hace algún tiempo se hizo una encuesta en Estados Unidos para elegir el personaje más detestable de los cuentos infantiles; fue nominada, por mayoría y sin dudas, Cruella de Ville. Podemos avanzar alguna interpretación al fenómeno: la madrastra de Blancanieves está celosa de su marido; la de Cenicienta ama a sus propias hijas por encima de todo escrúpulo; el hada devenida mala de La bella durmiente actuó por resentimiento, por exclusión, por no haber sido invitada a la fiesta de bautismo —ya quisieran nuestras clases gobernantes despertarse después de cien años de dormir con el beso de un príncipe y todo intacto para retomar la fiesta... Pero Cruella de Ville no tiene motivos, más que su vanidad, su falta de sensibilidad por el sufrimiento ajeno, la "banalidad" de su egoísmo, el hecho de que pueda quitar la piel del otro sólo para hacerse un objeto de lujo, ni siquiera para sobrevivir...
La dramática frase que Andrés Rivera hace farfullar a Castelli, el orador de la Revolución con la lengua destruida por el cáncer al final de su novela: “Si ves al futuro dile que no venga”, ha estado en los últimos tiempos en la cabeza de todos los argentinos, convencidos de que nada bueno se puede ya esperar y que la agonía sólo puede prolongarse indefinidamente, ya que no necesariamente el camino a recorrer sería el de sucumbir violentamente a la debacle, sino el desmantelamiento, ruidoso y acelerado por momentos, silencioso y paulatino en otros, pero siempre implacable, no sólo de los sueños sino de lo ya construido, de todo lo que alguna vez fuimos en esta capital de un imperio que nunca existió.
Ha estado en la cabeza de todos hasta el miércoles 19 de diciembre, cuando comenzaron las cacerolas y siguieron las batallas en la calle, cuando asomados a las ventanas muchos tuvimos la sensación de que sobre la ciudad no se derramaba aceite hirviendo pero sí el hervor de muchos días, meses, años incluso de frustración y decepción. Y la caída de un presidente débil e incapaz de parar la propuesta demencial de su ministro de economía, no sólo por falta de una mejor sino porque nunca supuso siquiera que pudiera ser más que un administrador-bisagra entre los deudores que constituían su electorado y los acreedores que eran su garantía de existencia, o porque ese ministro representó perversamente su verdadera intención de administrar el país arrojándolo desde lo alto al río como se afirma que algunos de sus familiares políticos lo hicieron con los cuerpos de otros compatriotas, restituyó la dignidad y tal vez la esperanza a este castigado país. No hubo aceite hirviendo pero de alguna manera supimos medir fuerzas, y pudimos probar que la derrota de los sueños acumulados de varias generaciones, sueños arrasados en los 70´con los cuerpos y cabezas de quienes los soñaron, retornaban de la pesadilla. Por eso no nos alcanza con la huida de Sobremonte en helicóptero desde el techo de la Casa de Gobierno, porque si Fernando VII hoy no tiene corona, sino acciones, y bonos, y medidores de “riesgo país”, y retiro del Estado de sus obligaciones de velar por la salud, la educación, e incluso la muerte digna de sus habitantes, diciembre no es simplemente el estallido de la bronca condensada sino, tal vez, el inicio de la recomposición de un conjunto de significaciones acerca de quiénes somos y sobre qué horizonte no sólo económico sino representacional queremos estructurar nuestras vidas...
Fragmentos Silvia Belichmar Dolor País


¿Cómo se mide el "dolor país"?
Artículo publicado en el Diario Clarín, 25 de julio de 2001, Sección Opinión


Cómo se mide, en índices aceptables, la suba inexorable del "dolor país"? Si la sensación térmica es una ecuación entre temperatura, vientos, humedad y presión atmosférica ¿por qué no emplear combinadamente las nuevas estadísticas de suicidio, accidente, infarto, muerte súbita, formas de violencia desgarrantes y desgarradas, venta de antidepresivos, incremento del alcoholismo, abandono de niños recién nacidos en basurales —metáfora magistral de la convicción que tienen los miserables irredentos de que su prole no tiene ni tendrá otro destino—, deserción escolar, éxodo hacia lugares insospechados... para medir el sufrimiento a que somos condenados cotidianamente por la insolvencia no ya económica del país sino moral de sus clases dirigentes?
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo evaluó en algún momento "índices de sufrimiento humano", construidos a partir de diferentes variables: inseguridad, expectativa de vida, tasa de suicidios, mortalidad infantil... Estos datos objetivos no dan cuenta sin embargo, tal vez porque es imposible hacerlo, de los múltiples dolores cotidianos, del desgarramiento interior de quienes los padecen: habría que sumergirse hasta el fondo de los seres humanos, tolerar el horror que números y planillas no reflejan, para encontrar allí las imágenes de la devastación sorda a la cual han sido sometidos.
Perder hasta la identidad
Durante la ocupación alemana se solicitaba a la dirección judía de los guetos una cuota diaria de nombres que ellos mismos debían entregar, suponiendo que la decisión tomada era hecha en función de enviar a algunos a la muerte para salvar a otros. En definitiva, esa cuota no fue sino un engaño, el modo con el cual se logró la colaboración silenciosa de quienes debían elegir, día a día, quién se salvaba y quién moría; y aquellos que lo hicieron supieron que las pobres justificaciones que los alentaban a realizar la bajeza de ese trabajo no era sino el encubrimiento de su propio terror, la degradación cotidiana hacia la desidentidad absoluta.
Hoy nuestras clases dirigentes deciden si le quitan los antibióticos a una maestra o la medicación antihipertensiva a un jubilado, y la llamada reingeniería empresarial obliga a sus próximas víctimas a un diseño cuidadoso de la cuota diaria que deben entregar quienes aún deciden sobre los otros, sabiendo que ese lugar puede alternarse y en cualquier momento se producirá respecto a ellos mismos la expulsión definitiva de la vida. Hay en la infancia un sentimiento de desvalimiento que da lugar a la más profunda de las angustias: se trata de la sensación de "des-auxilio", de "des-ayuda", de sentir que el otro del cual dependen los cuidados básicos no responde al llamado, deja al ser sometido no sólo al terror sino también a la desolación profunda de no ser oído. A tal punto es así, que puede devenir "marasmo", un dejarse morir por desesperanza, por abandono de toda perspectiva de reencuentro con el objeto de auxilio. Y de eso se trata con la desaparición de las funciones mínimas del Estado, porque como decía un cartel de los piqueteros: "Tenemos tres problemas: no tenemos trabajo, no nos jubilan, no nos morimos..." en un país en el cual la desocupación no sólo arrastra la lesión moral de no sentirse necesitado por nadie, de ser sobrante inútil de la masa humana que construye riquezas, sino que implica una agonía deteriorante y paulatina para quien se ve sometido a ello dado que la orfandad a la cual el Estado lo condena se extiende a su mundo entorno, a todo lo que ama. Porque no alcanza con la crisis para sumirnos en este "sobremalestar", en esta sensación de dolor profundo que consume hoy a la mayoría de los argentinos, y que nos embarga hasta la cursilería —como cuando se nos hace un nudo en la garganta al recordar un viejo comercial en el cual un avión despega mientras una voz dice "Aerolíneas Argentinas, la Argentina que levanta vuelo", o se nos seca la boca escuchando una canción patria que fue motivo de chistes infantiles: "Alta en el cieeeeloooo, un águila guerrera..."
El "dolor país" se mide también por una ecuación: la relación entre la cuota diaria de sufrimiento que se les demanda a sus habitantes y la insensibilidad profunda de quienes son responsables de buscar una salida menos cruenta. El suplemento de modas de un diario de esta ciudad traía el jueves, en el marco de una semana de quitas y levas, de protestas y enfrentamientos, un titular extraordinario en su banalidad irresponsable: "Las colecciones de París. El mundo es un lujo". Y en páginas interiores, el casamiento de la hija del ministro que se quedó sin lágrimas de tanto tomar medidas que lo desgarran, con el mismo vestido de encaje que debió ser salvado del vandalismo resentido de quienes esperaban en la puerta. Se puede, por supuesto, cuestionar el derecho a inmiscuir lo público en lo privado, a llevar hasta la boda de una joven la hostilidad reinante en esta ciudad devastada, a arruinar "el día más feliz de la vida de una mujer" trasladando la guerra al salón de fiestas elegido, situado en la "reserva ecológica" de la ciudad, una de las zonas en la cual aún se salvan algunas especies naturales del país. Pero convengamos que hay algo perverso en la ostentación de riqueza y bienestar con la cual se acompañan, simultáneamente, sin intervalo temporal, las demandas más brutales de sacrificio a la Nación con la exhibición del goce de quienes las realizan. La "guerra de los pasteles" fue un episodio de la historia de Francia: la respuesta que dio el pueblo a la frase terrible de María Antonieta, esposa de Luis XVI: "¿El pueblo no tiene pan? ¡Que coma pasteles entonces!..." Y la inmoralidad salta a la vista, tal vez porque ocurrió en otro país y en otro tiempo, y a nadie le hubiera parecido injusto que le hicieran un nudo en la boca con su pretenciosa peluca si podía decir cosas tan desalmadas sin ninguna sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno.
La banalidad del mal
Hace algún tiempo se hizo una encuesta en Estados Unidos para elegir el personaje más detestable de los cuentos infantiles; fue nominada, por mayoría y sin dudas, Cruella de Ville. Podemos avanzar alguna interpretación al fenómeno: la madrastra de Blancanieves está celosa de su marido; la de Cenicienta ama a sus propias hijas por encima de todo escrúpulo; el hada devenida mala de La bella durmiente actuó por resentimiento, por exclusión, por no haber sido invitada a la fiesta de bautismo —ya quisieran nuestras clases gobernantes despertarse después de cien años de dormir con el beso de un príncipe y todo intacto para retomar la fiesta... Pero Cruella de Ville no tiene motivos, más que su vanidad, su falta de sensibilidad por el sufrimiento ajeno, la "banalidad" de su egoísmo, el hecho de que pueda quitar la piel del otro sólo para hacerse un objeto de lujo, ni siquiera para sobrevivir.
Que alguien quiera reencontrar en ese personaje a la ministra que cubrió de zorros su devastada desnudez para mostrar vanidosa, impunemente, adónde iban a parar las comisiones de robos y malas ventas, no exige demasiada suspicacia; pero lo que sí hay que reconocer es que no se vendieron las joyas de la abuela, en un país donde ya no quedaban ni las perlas en las ostras, sino la carne, la sangre y los dientes de todos los viejos, y la posibilidad de que aquellos que aún tienen tiempo por delante se hayan quedado sin futuro con el cual llenarlo. Morgan y sus colegas nos han hecho entrar en la zona roja del mundo.
Todos los días miden el riesgo país con un cuidadoso cálculo que define si tendremos o no libreta sanitaria para seguir trabajando, para seguir siendo plausibles de generar ganancias sin riesgo de infección. Y cada día miles de argentinos pauperizados repetimos aterrados los índices que pueden arrojarnos a la calle, o permitirnos seguir viviendo con un costo cada vez mayor y una sensación de indignidad profunda. Este también es el "dolor país": la imposibilidad de salir de la esterilidad condenada a la cual nos sentimos arrojados, de la cual sólo puede desatraparnos la convicción inexorable de que tenemos el derecho de recuperar los sueños que, como decía María Seoane, anidan en los pliegues del siglo XX, para darles una textura nueva que los haga compatibles con los tiempos que comienzan.

Introducción

Cuando yo era niña los mayores repetían, con un tono mitad reprochante mitad benévolo, una frase que no por irritante tuvo efectos menores en nuestras vidas: ¡Cómo se nota que este país no tuvo hambre ni guerras! Lo decían cada vez que dejábamos la comida en el plato, lo repetían cuando pedíamos algo de manera especial para luego descartarlo, insistían en ello cuando nos rehusábamos a usar ropas de la temporada anterior porque el color o el modelo habían dejado de estar en vigencia, y cuando queríamos una muñeca o una bicicleta de cierta marca no sólo porque nos gustara sino porque todos los chicos del barrio la tenían.
Cincuenta años después el país había atravesado hambre y guerras, y como una profecía autocumplida nuestra generación realizó el deseo mortífero de identificarse con sus padres. Ya no somos menos que ellos, ya tuvimos nuestras guerras y ahora tenemos el hambre, y de modo inexplicable, ya que en este país siempre se supuso que podía faltar cualquier cosa, menos comida. Y es que la comida en realidad nunca ha faltado, siempre ha estado allí, por eso no se entienden los índices de mortalidad infantil incrementados, ni el deterioro de los viejos, ni la subalimentación de las embarazadas, ni el retorno de la tuberculosis... El hambre, por otra parte, nunca se transformó en hambruna, y no sólo porque mal que bien siempre hemos tenido cosechas, sino porque existieron, de modo salvador, las ollas populares, que tuvieron su dignidad solidaria cuando se hacían en las puertas de las fábricas en huelga y mostraban la voluntad de resistir no sólo al hambre sino al riesgo de quedarse sin trabajo, y que hoy se han tornado la marca de la miseria y de la compasión, y como ya no hay fábricas se instalan en las iglesias y en espacios privados que algunos menos desafortunados han creado para dar cuenta de que aún se sostiene, aunque sea en el marco del deterioro y la desintegración social, el concepto de semejante.
Durante esos cincuenta años en los cuales se desplegaron las guerras y se agazapó el hambre hasta irrumpir violentamente en los grandes centros urbanos a fines de los 80´, intentaron conducir al país alternativamente militares y civiles. Más allá de que toda mi generación conozca los acontecimientos, no es banal repasar algunas cifras: de los primeros 28 años – entre 1955 y 1983 - el poder fue ocupado 21 años por militares. En ese marco, sólo por breves períodos gobernaron los civiles, que asumieron definitivamente la conducción del país a partir de 1983. De los 30 años que tuvieron a su cargo el gobierno – once de ellos en pequeños interregnos entre un gobierno militar y otro, y en forma continuada los 19 que han transcurrido luego del retorno a la democracia- se alternaron en la Presidencia de la Nación radicales y peronistas. Y más allá de la corrupción de muchos y la inoperancia de algunos, es evidente que pocas veces se ha visto en la historia de la humanidad mayor coherencia de conjunto por parte de los gobernantes – legítimos o ilegítimos - para desarticular los sueños de todos y el futuro de la mayoría.
Es indudable que hay actos imperdonables en un país y otros cuestionables. Que la inmoralidad cívica de los militares y su operatividad para aumentar la deuda externa sobre la base del crimen organizado desde el poder no están en el mismo plano que la cobardía de gran parte de la clase política y su inoperancia financiera. Es cierto también que no es lo mismo un presidente que no estuvo a la altura de las expectativas que depositamos en él que aquel que nos mintió y robó impunemente, para lo cual corrompió lo que se fue construyendo trabajosamente de la Justicia en los primeros tiempos del retorno a la democracia después de largos períodos de tribunales militares y de jueces civiles cómplices de la masacre.
Para ello hay que tener en cuenta que hay no sólo una diferencia de matices en los diversos modos de producir dolor a otro ser humano, sino diferentes formas de relación con el mundo, de emplazarse en el mundo; no aludo acá a cualidades ideológicas o políticas, sino a formas de funcionamiento de la subjetividad. Mientras que la agresividad es la respuesta con la que el yo se enfrenta a la resistencia que opone el yo del otro para el ejercicio de la voluntad propia, e implica por ello el reconocimiento de ese otro como par, como idéntico, como semejante, incluso en la voluntad de aniquilarlo como obstáculo, el sadismo es efecto del placer que alguien puede sentir de producir dolor sin que se juegue en ello necesariamente un reconocimiento de la subjetividad – el sadismo puede ser ejercido con un animal, en el cual el sólo placer de producir dolor no implica necesariamente intento de destitución subjetiva. En la agresividad yo reconozco al otro, y llego a sentir odio por la resistencia que opone a someterse a mi voluntad: en las luchas sociales, en los enfrentamientos que los seres humanos tienen por el poder, en las guerras y colisiones de distinto tipo, desde las más íntimas, amorosas, familiares, hasta las luchas por el poder político y las guerras que desencadenan, la agresividad está en el centro de las tensiones producidas. En el sadismo se ejerce de hecho una destitución subjetiva, y el cuerpo del otro, cuerpo sufriente, está al servicio del goce que de ese sufrimiento se obtiene: sabemos de las perversiones en las cuales esto se ejercita, y también del modo con el cual la perversión se introduce en situaciones límite, reducido el cuerpo del otro a puro lugar de goce desubjetivizado e inerme. La crueldad, por su parte, tiene algo de ambos: implica una combinatoria de sadismo y agresividad, reconoce el carácter subjetivo del otro e intenta una demolición del mismo por medio del dolor que se le inflige. La tortura es claramente su paradigma, y en algunos sujetos que la han escogido como métier se ha visto esto claramente: hay placer en demoler al otro, en arrancarlo de sí mismo, en destruir toda resistencia subjetiva que dé cuenta de que aún tiene un pensamiento que le pertenece; la necesidad de meterse hasta lo más recóndito y quebrar al otro no radica en el deseo de destruir su ideología sino lo más profundo de su pensamiento, el núcleo mismo de su intimidad y a través de ello, de su identidad.
Hay sin embargo un modo de operar que no es intrínsecamente sádico, ni agresivo, ni cruel, y que es todo eso, sin embargo, por sus efectos. La acción no se sostiene en el intento de demoler al otro sino el desconocimiento liso y llano de su existencia, en la ausencia de todo reconocimiento de lo que se produce en el otro como semejante, en la desarticulación de toda empatía. Bajo esta forma se ejerció lo que Hanna Arendt llamó “la banalidad del mal” : el hecho de que cualquier burócrata podía llevar, durante la Segunda Guerra mundial, planillas con números que controlaban y tornaban más eficientes los planes de exterminio, racionalizaban recursos, decidían la forma de la muerte a partir de una medición de costos materiales y efectos buscados. No hay en el que actúa necesariamente deseo de destrucción, agresividad, sadismo, crueldad, como formas subjetivas del placer. Simplemente hay una falla en la capacidad de reconocer la significación de la acción – no su sentido -, reconocer el hecho de que se están destruyendo seres humanos en toda la dimensión moral que esto tiene, de darse cuenta que aquello que se destruye, se gasea, se quema, se aniquila, es “alguien”, y no simplemente un número en una planilla, una cualidad de lo prescindible o lo desechable.
En la Argentina hemos pasado por el proceso de destrucción bajo modos que se caracterizaron dominantemente por la agresividad, el sadismo o la crueldad. Y no es necesario que me detenga en esto, todos sabemos de qué hablamos, cada uno puede encontrar un número tal de historias al respecto que nos duele el sólo hecho de aludir a su carácter de incontable: militares crueles, represores sádicos, realizando acciones que propician el terror no sólo como medio de control sino como placer de dominio. Sin embargo, estas diferencias que acabo de establecer dan cuenta de la superficialidad de una oposición general, vacía, a la “violencia”: la violencia de la agresividad es inherente, necesariamente, a todo accionar humano, y su regulación está dada por el monto de amor que define la acción realizada. La agresividad que se despliega por desesperación en el intento de defender la vida, propia o de los seres amados, no implica necesariamente crueldad, y mucho menos sadismo. Por el contrario, el deseo de poder despojado de sentido, por el poder mismo, siempre se ha ejercido a dominancia de crueldad, atravesado por la destrucción liberada de todo afán realizativo de otro orden.
A diferencia de otrora, sin embargo, teniendo la banalidad del mal una larga historia, encuentra su culminación en los últimos tiempos. Podemos decir en este sentido que los modos del capitalismo salvaje, neoliberal, al menos bajo la forma que hemos conocido en nuestro país, pasan a una etapa superior aquellas con las cuales se ejerció todo el poder anterior a nivel económico. Porque así como el nazismo tuvo esa cualidad particular no sólo de haber matado millones de personas con intención genocida - lo cual ya habían hecho los turcos en Armenia y mucho antes los cristianos con los turcos, y acá nomás, en el sur de aire cortante y cielo transparente esa versión farsesca de Custer llamado Roca que se dedicó a matar indios antes de ser Presidente – sino de haber llevado sus cuidadosos registros, haber eficientizado de manera inédita y racionalizado de modo no previsto los modos de la muerte, subordinando la dignidad a la eficacia económica de forma tal que no se gastaran finalmente balas que se necesitaban para matar enemigos en seres inertes con los cuales se podía ejercer la destrucción sin tanto gasto bélico. Y bien, del mismo modo el capitalismo salvaje, el llamado neoliberalismo, organizó su modo de desmantelamiento y aniquilación regido simplemente por planillas y computadoras, y sus funcionarios ejercieron la banalidad del mal desde los planes gubernamentales y los directivos de cada empresa repitieron la acción racional de desprenderse del lastre.
En la Austria ocupada de la banalidad del mal un médico describió un modo patológico del funcionamiento psíquico que se conoció con su nombre, como síndrome de Asperger, caracterizado por ser una suerte de autismo que no implicaba deterioro intelectual, sino vacío de significación. No es casual que fuera en un país en el cual gran parte de la población había llegado a funcionar con indiferencia absoluta por el contenido ético de su propia acción, con escisiones severas que se expresaban en lágrimas profundas por una ópera de Wagner e indiferencia total ante la mirada vaciada de niños destinados a la muerte. Esta fue la novedad de la Alemania nazi y de sus aliados, y lo que torna única la experiencia; porque si nos sobrecoge el relato del genocidio de los armenios cuando nos enteramos que los turcos araron los cementerios para hacer desaparecer de la faz de la tierra los restos materiales de una etnia, no podemos dejar de reconocer en esa acción terrible y enjuiciable el odio como sentimiento arrasador que si nos avergüenza es precisamente porque de otro modo, en otra medida, reconocemos como parte de la condición humana. Pero por el contrario se nos hace absolutamente incomprensible que alguien pueda ejercer actos de tal nivel de destrucción como un trámite, y es en este punto en el cual no podemos identificarnos sino del lado de las víctimas, porque creemos carecer, afortunadamente, de referentes psíquicos que nos pongan del lado de los victimarios.
La banalidad del mal es la indiferencia, la posibilidad de ejercicio de una acción de destrucción sin la menor compasión porque la víctima ha dejado de ser nuestro semejante. Y es eso lo que se intentó producir en la Argentina de los últimos diez años: la convicción de que no había otro camino que tirar al río a la mitad de la población, para que se salvaran los que lograban sobrevivir. La contigüidad de un ministro Asperger, cuyo empecinamiento racional podría muy bien representado por el de un señor que ha sacado una hipoteca y está resuelto a pagarla más allá de que con los intereses que le cobraron ya lo hizo cien veces, y que empecinado en saldar su deuda deja que muera la esposa de tuberculosis, los niños de inanición, el abuelo por falta de medicación, y sigue y sigue tratando de convencer a todos de la necesidad no ya moral sino material de pagar esa deuda cuyo incumplimiento, dice, les augura la muerte, permite vislumbrar una imagen que hubiera sido grotesca si no fuera por el patetismo en el cual sumergió al país.
No hay en esas acciones planificadas con el aval de socios que son corporaciones y computadoras que definen diariamente quién se salva y quién se hunde, nada de la crueldad de los viejos patrones de estancia argentinos que sostenían el poder a rebencazo y cepo. Y sin embargo, en este país de tradiciones profundas, los bonos provinciales retornan en el marco de la racionalidad mediática y la tercera moneda no tiene nada que envidiarle a los vales para carne, galleta y vino con la cual los dueños de la tierra se quedaban con un plus de salario mediante un canje que sólo podía ser realizado en sus propias pulperías. Por eso no es casual que sea un caudillo de la tierra la opción que se ofreció aunque no duró, como resultado de la tempestad desatada en las vísperas de esta Navidad austera no por convicción cristiana sino por despojo planificado. Da cuenta su elección, transitoria o no, de la nueva economía “mixta”: una parte capitalismo de última generación, vale decir neoliberalismo de cepo, otra parte retorno a las viejas tradiciones en las cuales el país de los excluidos encuentra vales que permiten la supervivencia en una reducción a la inmediatez para la cual el paternalismo degradado ya no del ogro filantrópico sino del murciélago que lo acompaña sigue chupando lo que queda de lo que ya no tenemos.
Y la mezquindad de los políticos se expresó tanto en la elección de ese presidente de siete días como en los cálculos escandalosos que hicieron oficialismo y oposición para ver sus posibilidades electorales, al margen de las necesidades del país. Y si las fotos tanto del gabinete de Rodríguez Saa como de su encuentro con los caudillos cegetistas fueron láminas grotescas, fuera de época, para un almanaque del 2002 ilustrado por Molina Campos, las declaraciones de los dirigentes de las fuerzas hasta entonces mayoritarias a nivel político dieron cuenta del conteo escandaloso de la prospectiva de votos, como si el país fuera una enorme mesa de dinero política en la cual en lugar de apostar al valor del dólar para dentro de dos meses se apostara al caudal de votos que podía enriquecer a algunos o voltear a otros.
Sin embargo, en medio de esta sensación de destino trágico, la voluntad de seguir haciendo nos sorprende cotidianamente: Hay en mi barrio una señora, sobria y educada, que todos los días produce una historia que vende a quien se le cruce a cambio de una limosna: hoy con un hijo epiléptico, ayer un marido hemipléjico, mañana su madre inválida que ha tomado a cargo los nietos huérfanos, alguna vez contó que le habían robado la cartera, otra, que vino a ver a un familiar enfermo y ahora tiene que internarlo… Sus mentiras producidas sobre el trasfondo de una verdad tan banal que ya no convoca a nadie, como la de ser sola, desocupada y sin hombre que la sostenga, apela constantemente a una inventiva digna de la picaresca más tradicional -lo cual no obtura el hecho de que en esa verdad que retorna de una familia diariamente inventada de viejos lisiados y niños carentes, despojo de bienes y orfandad, asoma su propio rostro dando cuenta de que no es de otros que habla, sino de sí misma, ya que ella es la conjugación de todos los personajes que habitan sus relatos. Si su representación cotidiana provoca la indignación de muchos que no comprenden la profunda creatividad que anima su desesperanza, despierta también la simpatía de otros que saben que en ella confluye un país en cuya exterioridad volcada por las calles se despliegan todos los modos del arte como desbordamiento del espíritu que se rehusa a ser aplanado a lo puramente autoconservativo. Cuando la he encontrado comprando no un pan sino una medialuna rellena con el dinero tan trabajosamente obtenido - medialuna que no me extrañaría que haya comido en otra época con platito y mantel -, sé que en ella asoma también el país que se rehusa a morir, con sus producción desbordada de cine, teatro, pintura, recitales, encuentros vecinales, relatos en voz alta, diálogos insólitos entre desconocidos, poetas que autoeditan, revistas de papel pobre e ideas ricas, bandoneones y bailarines derramados generosamente sobre nosotros. Y que sus historias dramáticas son fragmentos de un aguafuerte que se ha encontrado con un mundo en el cual no hay enmarcado posible si no lo construimos, porque ya no queda resto para un diálogo de lechería en el cual retorne la muletilla con la cual Arlt hizo famoso el verso amoroso del porteño: “Pero, acaso, ¿yo te juré amor eterno?” dicho en este caso por un político al cual le reprochamos como una novia desengañada sus promesas incumplidas.
El gesto que algunos califican de soberbio de mi vecina, que se niega a comprar pan y sigue comprando medialunas de manteca, es, por otra parte, una afirmación de su voluntad de rehusarse a una desidentificación de sí misma. Si ella cede, si acepta que con lo que obtiene de su trabajo de representación sólo puede sobrevivir, la vida pierde todo sentido porque ha dejado de ser, definitivamente, quien era. Recuerdo una historia del exilio: un amigo, abogado y docente universitario, fue convocado por un empresario a poner en marcha una fábrica de muebles. La propuesta no por absurda era carente de racionalidad: excelente carpintero, hijo de un ebanista austríaco que le había enseñado el oficio en la infancia por amor a la madera y no como perspectiva laboral, se negó sin embargo a aceptarla sabiendo que ganaría mucho menos si continuaba enseñando en la Universidad, empacado en sobrevivir con un sueldo que le garantizaba la identidad al costo de una supervivencia económica en el borde mismo de sus necesidades. Su argumento fue el siguiente: “Mi padre me hizo estudiar porque no quería que yo estuviera, como él, en la carpintería… Yo no puedo volver allí, se han sacrificado demasiadas generaciones de carpinteros para que yo fuera doctor…”
Y bien, en este país se han sacrificado demasiadas generaciones de obreros del calzado, de costureras, chacareros y kiosqueros, para que sus hijos vuelvan a trabajar por nada, para que sus nietos no tengan garantías educativas mínimas, para que sus hijos vayan a la Universidad Tecnológica para no ser torneros como ellos y acaben manejando un taxi porque no habiendo ya torneros en el país tampoco son necesarios ingenieros industriales, para que no puedan operarse porque en el hospital no hay camas, y luego, después de tanto sacrificio, para que ni siquiera puedan enterrarlos porque el PAMI se quedó sin cajones.
Pero si hay algo que todos podemos afirmar porque tenemos la corroboración cotidiana y la certeza subjetiva, es que el índice “dolor país” se ha ido incrementando a lo largo de los años, y que gran parte de los argentinos parecen haber pasado de la desesperación a la desesperanza, lo cual no es indicador de ningún progreso, ya que la desesperación puede perfectamente conducir a la esperanza, mientas la desesperanza es la convicción dramática de que el futuro no tiene nada para ofrecer, y que la única expectativa radica en la evitación de que los tiempos que están por venir no sean aún peores que los actuales.
La dramática frase que Andrés Rivera hace farfullar a Castelli, el orador de la Revolución con la lengua destruida por el cáncer al final de su novela: “Si ves al futuro dile que no venga”, ha estado en los últimos tiempos en la cabeza de todos los argentinos, convencidos de que nada bueno se puede ya esperar y que la agonía sólo puede prolongarse indefinidamente, ya que no necesariamente el camino a recorrer sería el de sucumbir violentamente a la debacle, sino el desmantelamiento, ruidoso y acelerado por momentos, silencioso y paulatino en otros, pero siempre implacable, no sólo de los sueños sino de lo ya construido, de todo lo que alguna vez fuimos en esta capital de un imperio que nunca existió.
Ha estado en la cabeza de todos hasta el miércoles 19 de diciembre, cuando comenzaron las cacerolas y siguieron las batallas en la calle, cuando asomados a las ventanas muchos tuvimos la sensación de que sobre la ciudad no se derramaba aceite hirviendo pero sí el hervor de muchos días, meses, años incluso de frustración y decepción. Y la caída de un presidente débil e incapaz de parar la propuesta demencial de su ministro de economía, no sólo por falta de una mejor sino porque nunca supuso siquiera que pudiera ser más que un administrador-bisagra entre los deudores que constituían su electorado y los acreedores que eran su garantía de existencia, o porque ese ministro representó perversamente su verdadera intención de administrar el país arrojándolo desde lo alto al río como se afirma que algunos de sus familiares políticos lo hicieron con los cuerpos de otros compatriotas, restituyó la dignidad y tal vez la esperanza a este castigado país. No hubo aceite hirviendo pero de alguna manera supimos medir fuerzas, y pudimos probar que la derrota de los sueños acumulados de varias generaciones, sueños arrasados en los 70´con los cuerpos y cabezas de quienes los soñaron, retornaban de la pesadilla. Por eso no nos alcanza con la huida de Sobremonte en helicóptero desde el techo de la Casa de Gobierno, porque si Fernando VII hoy no tiene corona, sino acciones, y bonos, y medidores de “riesgo país”, y retiro del Estado de sus obligaciones de velar por la salud, la educación, e incluso la muerte digna de sus habitantes, diciembre no es simplemente el estallido de la bronca condensada sino, tal vez, el inicio de la recomposición de un conjunto de significaciones acerca de quiénes somos y sobre qué horizonte no sólo económico sino representacional queremos estructurar nuestras vidas .
1-Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén – Un estudio sobre la banalidad del mal, Lumen Ed., Barcelona, 1999
2- Andrés Rivera, La revolución es un sueño eterno, Alfaguara, 1993
3- Las colonias españolas en el Río de la Plata eran gobernadas por un virrey, que era nombrado por el Rey de España para que lo representara en éstas tierras. Pero el 25 de mayo de 1810 los criollos lo depusieron y lo reemplazaron por una Junta elegida por el pueblo. Estos fueron los acontecimientos que prepararon el estallido de la revolución:
Inglaterra se hallaba en guerra con Francia y España desde 1804; necesitaba, por lo tanto, conquistar nuevas colonias que le proveyeran de la materia prima que sus industrias necesitaban y le compraran los productos manufacturados que los europeos se negaban a adquirir.
Para esto, ocupó el Cabo de Buena Esperanza (en el sur de Africa). Desde allí salió una expedición con el objeto de invadir al Río de la Plata.
La primera invasión comandada por Beresford llegó en 1806.
El pueblo de Buenos Aires, sin embargo derrotó a las fuerzas inglesas.
Ante la irresponsabilidad del virrey Sobremonte para enfrentar la situación, que huyó acobardado con el tesoro de la ciudad, la voluntad popular se expresó por medio del Cabildo y, por primera vez, derrocó al virrey, asumió el poder y nombró a Santiago de Liniers jefe militar.
Además, se tomó la decisión de formar las primeras milicias, que tan importante actuación tuvieron en la Revolución de Mayo.
Al año siguiente, los ingleses intentaron una nueva e importante invasión al mando de John Whitelocke. Llegaron a tomar Montevideo. Sobremonte que se hallaba en esta ciudad, huyó, abandonando las tropas que tenía a su cargo. Como consecuencia de ello fue destituido y enviado prisionero a España. Los ingleses marcharon hacia Buenos Aires. Liniers, que había sido nombrado Virrey, los enfrentó en los Corrales de Miserere, donde fueron derrotados.
Consecuencias de las Invasiones Inglesas:
· El pueblo supo, a partir de entonces que era capaz de defenderse.
· La huida de Sobremonte quitó prestigio a las autoridades españolas.
· En los criollos surgió la idea de liberarse de España.
· Se formaron cuerpos militares integrado en su mayoría por criollos.

Dolor país

Contratapa

El 19 de diciembre de 2001 un desabrido mensaje al país del presidente Fernando De la Rúa generó la reacción popular mediante una forma inédita en la Argentina: el cacerolazo. En aquella jornada que empezó con saqueos a supermercados y finalizó con una multitud manifestando su irritación en las calles y provocando la caída del primer mandatario, ha comenzado a escribirse una nueva página de la historia nacional.
Los reclamos no son pocos. Una profunda crítica a la deteriorada clase política y a las altas jerarquías judiciales acompaña el sufrimiento de miles de personas, empujadas a estados terminales de pobreza por la falta de escrúpulos y la incapacidad de los actores de un modelo socio-económico en decadencia.
El presente trabajo analiza una variable que no figura en las estadísticas oficiales pero cuyo crecimiento es alarmante: el índice “dolor país”. En contraposición al “riesgo país”, medido por consultoras internacionales y destinado a los sectores de alta concentración económica, la autora se introduce en las causas que provocaron el estallido y examina los distintos componentes psicológicos de una sociedad en crisis.
Silvia Bleichmar es doctora en psicoanálisis de la Universidad de París VII y docente en universidades de Argentina, España, Brasil, Francia y México. Ha publicado, entre otros libros, En los orígenes del sujeto psíquico, La fundación del inconsciente, y Clínica psicoanalítica y neogénesis, así como numerosos artículos en periódicos y revistas especializadas del país y del exterior.

http://www.silviableichmar.com/libro1.htm

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