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10 de abril de 2008

contradicciones internas??


Más que una amenaza, la soja es una oportunidad


Por Víctor Trucco
Para LA NACION
Sábado 5 de abril de 2008 Publicado en la Edición impresa

La soja es un símbolo de la nueva economía y de la sociedad del conocimiento, bases fundamentales del crecimiento de los países en el siglo XXI.

En los últimos 20 años, en el agro argentino han ocurrido importantes transformaciones, que requieren un cambio de paradigmas para interpretarlos. En los años 70, se empezó a sembrar soja, 50 años después que EE.UU.. Se pensaba que la soja, "acá no venía". A fines de los años 80 se empezó a hacer siembra directa, lo que significó la sustentabilidad de la agricultura y la ampliación del área productiva. Tierras consideradas marginales en el sistema convencional, pasaron a ser tierras aptas en el concepto de siembra directa. Se logró mayor estabilidad de las cosechas por eficiencia en el uso del agua; mejor respuesta al uso de fertilizantes, etcétera.

La sinergia entre soja y siembra directa, resulto una convergencia tecnológica de alto impacto. Con la llegada de la biotecnología este proceso se acentuó, se simplificó el control de malezas y de insectos. La informática, la mejora de las comunicaciones y la profesionalización del agro aumentaron su productividad.

La producción de soja se incremento 1000 veces en la Argentina, en poco más de 30 años. Junto con la soja, creció el polo aceitero más competitivo del mundo y se transformaron los puertos argentinos.

Hay que darse cuenta que es con la venta de la soja y sus derivados que se pagan las investigaciones científicas y la innovación tecnológica. La soja es un negocio de 25.000 millones de dólares. Un fenómeno no previsto, no comprendido y del que se empezó a hablar en los últimos años y por ignorancia se lo llamo "sojización".

De acuerdo con el nuevo paradigma, la productividad de la tierra está determinada por el valor de la producción que podemos genera en ella. Cada actividad agropecuaria es capaz de generar un valor por el uso de la tierra en cada cosecha. En las circunstancias actuales el cultivo de soja ha pasado a ser la actividad más rentable y eso explica porque la soja avanza, restando superficie a otros cultivos y otras actividades como las ganaderías de carne y de leche.

Ahora bien, la mayor productividad de la soja ha obligado a la ganadería de carne y leche, a "transformarse", a hacerse más intensivas, pero no a desaparecer. La vaca no hace fotosíntesis, no necesita capturar la luz solar, por lo tanto no necesita superficie, necesita alimentos que la agricultura le puede brindar. Por otra parte, el trigo y el maíz pasaron a ser socios de la soja en la rotación.

El nuevo paradigma consiste en usar el suelo, para producir granos y forrajes y consumirlos en áreas restringidas. Con el nuevo paradigma la consigna es "ganar - ganar": soja y ganadería; soja y trigo; soja y maíz.

La mayor rentabilidad de las empresas agropecuarias está transformando los pueblos del interior, la industria de la maquinaria agrícola, las plantas de almacenamientos; la infraestructura de los campos, etcétera.

El productor ya no es necesariamente el propietario de la tierra. La producción se articula en una red de contratos: arrendamiento de la tierra, servicios, comercialización física y futura y seguros, entre otros. El cultivo de soja ha ido creciendo por convergencia tecnológica, innovación tanto en lo científico y técnico como en lo organizacional. Además ha sido importante la innovación institucional: la desregulación de la biotecnología y la propiedad intelectual, pilares de la sociedad del conocimiento. Esto sí es función del Estado.

La nueva economía es la que surge de la incorporación del conocimiento como factor fundamental en la creación de riquezas y en la alta productividad; es la que ha permitido pasar de una actividad realizada en un garaje a una gran compañía como Apple. En el modelo argentino, jóvenes sojeros, han pasado del asesoramiento, a formar sociedades (que algunos denominan pooles) y a sembrar miles de hectáreas e incorporando tecnología, lo que les ha permitido crecer económicamente. Por supuesto, asumiendo altos riesgos económicos, que hay que tener en cuenta. Este es el aspecto social de la sojización, han sido estos jóvenes, los más indignados por el aumento de retenciones y los más activos impulsores del paro y el corte de ruta, de estos días.

La nueva economía tiene tres rasgos fundamentales: a) se centra en la información y el conocimiento, como base de la producción, la productividad y la competitividad; b) es una actividad globalizada y c) está basada en una organización en un sistema de "redes". Es lo que ocurre con la soja en la Argentina.

La soja no es una amenaza, sino una oportunidad, constituye una demostración de cómo se pudo construir una cadena competitiva, no hay que castigarla con retenciones, hay que premiarla porque es el mejor ejemplo de distribución de riqueza tanto social, como geográficamente para un país que necesita descongestionar las grandes ciudades. No se puede matar a la gallina de los huevos de oro.

La comprensión de la evolución del cultivo de soja nos puede enseñar el camino a la "Argentina soñada": moderna, integrada al mundo, con bajo niveles de pobreza, próspera, educada, con hospitales públicos a la altura de los conocimientos actuales, con universidades de primer nivel; con provincias unidas por autopistas inteligentes. Es la Argentina en que queremos ver crecer a las nuevas generaciones.

Se necesita que el ciclo de rentabilidad e inversiones de la soja continúe. Es la base del crecimiento en el siglo XXI. Es indispensable tener en cuenta estos hechos y conceptos a la hora de buscar soluciones sustentables. No trata de sojización, en todo caso es un sojazo.

El autor es presidente honorario de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid)

http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/elcampo/nota.asp?nota_id=1001291

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Santa Fe del Lunes/14-Nov-2005

INVESTIGADORES DE LA U.N.R. LANZARON UNA ALERTA SOBRE LAS CONSECUENCIAS DEL MONOCULTIVO

Qué hay debajo de la alfombra de soja en Santa Fe

La soja encandila por los beneficios económicos que implica para la región. Pero catedráticos de las facultades de Veterinarias, Agrarias, Medicina, Ciencia Política y Económicas, agrupados en el Observatorio del Sur, detrás del fenómeno ven desde la pérdida de biodiversidad hasta los daños de una "agricultura sin agricultores".

Por Guillermo Lanfranco

A contrapelo del boom agrícola que llena de divisas las arcas del Estado y de autos último modelo a los pueblos del interior, investigadores de cinco facultades de la Universidad Nacional de Rosario se unieron para lanzar un alerta sobre el modelo "sojadependiente" que ha ganado las explotaciones rurales, y cuyas consecuencias negativas se sienten en la reducción de puestos de trabajo, la destrucción de la biodiversidad, el aumento de los riesgos para la salud y hasta la pérdida de valores culturales, como el sentido de pertenencia a la tierra, que es vista solo como un bien económico. Académicos de las facultades de Ciencias Agrarias, Veterinarias, Ciencia Política, Ciencias Económicas y Medicina confluyen en el "Observatorio del Sur: hacia un desarrollo rural sustentable" (ver aparte), que en lo inmediato se plantea encarar una ronda de contactos con distintos actores del tema, para realizar el año próximo un foro regional.

Eduardo Spiaggi, vicedecano de la Faculta de Ciencias Veterinarias de la UNR, está al frente del Observatorio del Sur. Y Sur es en referencia a la parte inferior de la bota santafesina, que en los últimos años aportó millones de hectáreas a la extensión del "mar verde" de soja, como parte de un boom nacional casi sin precedentes en el mundo: La superficie de cultivo de soja creció el 170 por ciento en los últimos diez años. Si se toma como referencia el año 1977, la superficie aumentó un 1122 por ciento y la producción un 1453 por ciento, llegando en la última temporada 2004/2005 a los 14,6 millones de hectáreas.

"La idea del Observatorio es analizar que hay una idea de desarrollo dominante, con algunas aristas positivas innegables, como el aumento de la producción, lo que trae aparejadas más divisas para el país -señala Spiaggi-; pero lo que ponemos en análisis es si este modelo es sustentable".

Ahí se hacen ver las grietas que presenta el modelo de monocultivo, básicamente vinculadas a cuestiones ambientales y sociales, a partir de fijar la mirada aquí nomás, en el sur de Santa Fe:

* Química pura. La comercialización de agroquímicos y plagicidas se triplicó en la última década, predominando el glifosato, que se aplica en la soja. "Se dice que el glifosato es muy poco tóxico, pero algo que mata de todo menos la soja transgénica, ¿puede ser inocuo? -se pregunta Spiaggi- Eso es muy discutible. Entonces desde el Observatorio del Sur nos preguntamos qué puede pasar a largo plazo con esos productos". Además muchos chacareros usan el glifosato "con mucho descuido, como si fuera un jarabe", en dosis masivas por avión o por vía terrestre.

* Sin datos. A pesar de la intensificación del uso de químicos en el campo, no existen estudios sistemáticos sobre sus consecuencias para la salud de los trabajadores rurales. María Alejandra Silva, investigadora de la Facultad de Medicina y miembro del Grupo Salud de los Trabajadores (Federación Argentina de Medicina General) resalta que en la región el 70 por ciento de las consultas sobre intoxicaciones en los centros de salud especializados son telefónicas. "Se carece de datos epidemiológicos certeros y tampoco hay estudios de población in situ", resalta. Desde el sindicato de peones rurales detectan un incremento de casos de cáncer, pero no cuentan con datos registrados estadísticamente.

* A la banquina. Otro fenómeno negativo es la disminución de la biodiversidad. "La soja está transformando toda la zona en un desierto verde, donde no hay corredores biológicos -resalta Spiaggi-. Las banquinas de las rutas y hasta los terraplenes del ferrocarril, que antes eran refugio de biodiversidad y corredores para la fauna, ahora son sembradas y fumigadas". Además "desde el punto de vista ecosistémico, cuando vos metés un solo elemento, como la soja, y eliminás todo lo que esta al lado, le estas dando oportunidades solamente a los organismos que viven de esa planta. Así aparece la roya, que va a ser un problema grave, y estás generando todas las condiciones ambientales para que ese invasor no encuentre predadores. En cambio, debería haber sistemas diversificados, ademas de soja, con cortinas forestales que te protegen el cultivo, donde puedan anidar pájaros que atacan a los invasores".

* Tierra cansada. La introducción de la siembra directa trajo un beneficio para la tierra, ya que evita la erosión que sufría antes al darse vuelta con el arado y quedar expuesta a la lluvia y el viento, que provocaban erosión. "Desde ese punto de vista la siembra directa es conservacionista -indica el vicedecano de Veterinarias-, pero a partir de los precios que tomó la soja, los productores la transforman en monocultivo, sin rotarla con otros cultivos como el maíz o, mejor aún, con pasturas, incluyendo un ciclo anual de explotación ganadera. Porque la soja de una siembra a otra no deja rastrojos (restos de las plantas) que se incorporen al terreno, y entonces la materia orgánica de la tierra comienza a disminuir".

* Poco agregado. Otra consecuencia del monocultivo es que deja una gran rentabilidad, pero no da más valor agregado a la producción ni genera empleo. Spiaggi cree que "en la misma superficie, con explotaciones más intensivas, agroecológicas, no se contamina el medio ambiente, se genera más trabajo y se gana más plata". Pone como ejemplo una explotación que visitó recientemente en Reconquista. Allí un productor con 200 hectáreas da trabajo a doce empleados más nueve miembros de su familia. "Paga sueldos dignos a todos y sin contaminar", resalta Spiaggi. ¿El secreto? Diversificar la producción, incluyendo leche, quesos, yogur, frutales, cerdos, pollos, juevos, miel. Todo con una concepción muy moderna y con el apoyo de la Universidad que certifica la calidad de sus productos. "¿Qué pasaría si de los 2000 millones de dólares en juego de las retenciones agrícolas, un 5 % se destinara a fomentar producciones alternativas que no dañen el ambiente y generen empleo?", se pregunta Spiaggi.

* Taperas. La gente ya no vive en el campo: donde antes había casas, hoy solo se ven taperas. La Argentina cuenta con una población urbana superior al 90 por ciento aunque, paradójicamente, su principal riqueza nacional es el campo. "Estamos frente a una agricultura sin agricultores -señala Spiaggi- lo que es grave, porque se pierde el sentido de pertenencia a la tierra. Se la ve solo como una fuente de recursos y ese es el punto donde no valorás tener un árbol; peor aun, tratás de sacarlo para pasar mejor con las máquinas. Para cambiar eso, hay que recuperar el sentido de pertenencia a la tierra y generar condiciones distintas para quien vive en el campo, que no lo vea como símbolo de atraso, sino de progreso". Pero la soja da la posibilidad de vivir todo el año en el pueblo o la ciudad, trabajando solo dos meses en el campo. Una solución sería alentar otras producciones que exigen una presencia constante en el campo, como el tambo, cuyos rindes son muy buenos, "pero es un trabajo esclavizante, ya que exige levantarse todos los días de la semana, de madrugada".

* Menos trabajo. Otra paradoja del modelo sojero es que ha disminuido la cantidad de trabajadores rurales registrados. En 2002 había 60 mil peones rurales en la provincia (datos del Censo Nacional), mientras que este año el registro nacional del sector (Renatre) señala que son 30 mil. Incluso hay menos trabajadores permanentes en el sur de la provincia que en el norte, donde la explotaciones son menos rentables. María Alejandra Silva destaca que muchos productores se quejan por la falta de mano de obra para la cosecha de frutilla o de naranja. "La gente prefiere cobrar un subsidio por desempleo y hacer changas antes que trabajar regularmente por menos dinero. ¿Cuál sería una solución? Pagar sueldos más dignos. Si un obrero rural ganara 800 o 900 pesos, difícilmente preferiría cobrar un subsidio. Otra posibilidad es darle al productor el monto del subsidio para que lo incorpore como parte del sueldo de sus empleados".

* La plata se va. Otra página del libro negro de la soja es que la plata pasa de largo de los pueblos. "Mucha soja no deja dinero en los comunas -dice Spiaggi- porque hay pools de siembra que manejan miles hectáreas, compran los insumos en Buenos Aires a gran escala, cosechan y se van. Los intendentes quieren fomentar otro tipo de producción que deje más plata en las arcas de las comunas y que los recursos se gasten en los negocios del pueblo y no en construir un edificio en Buenos Aires o Rosario".

A partir de este inventario parcial, el Observatorio del Sur se plantea generar un amplio debate, donde se incluya a todos los actores, desde las entidades impulsoras del actual modelo, como la poderosa Aapresid (lobby de la siembra directa) hasta las ambientalistas. "El objetivo es ponernos de acuerdo -dice Silva- en algunas cuestiones, como producir en el campo sin dañar el ambiente, generar empleo y lograr una mejor distribución". A partir de la actual ronda de consultas, en 2006 se avanzará hacia un foro regional.

"Vamos a ver si la sociedad y el Estado deciden intervenir sobre la conservación de los recursos que no deberían ser potestad exclusiva del propietario, porque la tierra tiene un interés estratégico para el país, y hay que pensar lo que puede pasar de aquí a cien años", concluye Spiaggi.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/10-948-2005-11-14.html

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Argentina: un mar de soja en el horizonte
El boom de la soja

Matilde Fierro. 2007. Rev. Nueva, Bs. As., 18.11.07,
Fotos Juan Berretta y archivo Revista Nueva.

http://www.produccion-animal.com.ar/




Permitió recaudar por ańo alrededor de nueve mil millones de dólares por exportaciones. El gobierno acaba de elevar al 35% las retenciones para este cultivo. La soja lidera las ventas al exterior y se cotiza alto: en octubre fue más de 800 pesos la tonelada. Pero no todo lo que reluce es oro.

El productor está a la vera del alam­brado. Un ingeniero agrónomo ex­plica la realidad: "Tendrá que rotar los cultivos: haga unas hectáreas de sorgo y otras de maíz, y en el invierno vuelva al trigo o no quedará nada, żentiende? Poniendo tantos químicos, tendrá una tierra inerte, sin vida; los rendimientos serán bajos, y el campo, improductivo".

-Hace 20 ańos que hago soja con siem­bra directa. Todo va bien.- argumenta el hombre de la pampa húmeda.

-No es así -insiste el técnico-. Mire el suelo compactado, a la sembradora le costará hendir la tierra de manera casi quirúrgica para dejar la semilla, observe esas cárcavas allí. Conviene pasar un disco, remover unos centímetros de la superficie para que las raíces de las plantas dispongan de humedad -recomienda­

El análisis del suelo reveló al ingeniero un campo ácido, falto de nutrientes y sin aumento de materia orgánica. "Si al me­nos hubiera sembrado maíz, ahora tendría el suelo tapizado de ese rastrojo rico, entre­cruzado de gruesos tallos secos, de chala y marlos; la cobertura de la soja desapareció y hay malezas que el glifosato no eliminó; agotarán el agua destinada a los cultivos", piensa.

Mientras toma una prueba del molino para medir la salinidad de las napas, recomienda: "Hay que poner más dosis o el nuevo glifosato extra para matar las malezas resistentes, pero si no cambia el planteo, le será difícil seguir con la producción".

El dueńo del campo parece comprender: "... y los vecinos volvieron al sorgo. Claro que la última soja no les dio ni 20 quintales (dos toneladas por hectárea), ˇencima el clima! pero la soja siempre deja algo, aunque si esto sigue así..."

"La soja siempre deja algo, pero también se lleva mucho", replica el profesional, an­tes de regresar por un camino impregna­do del olor del feedlot, donde encerraron 200 vacunos.

La ganadería se divorció de la agricultu­ra, y atrás quedó la rotación ideal que de cuatro o cinco ańos de pasturas pasaba a siete u ocho ańos de cultivos. En cambio hoy, muchas veces en una hectárea -ca­si un campo de concentración- viven los animales alimentados con grano, so­metidos a una batería de medicamentos y antibióticos veterinarios contra las en­fermedades típicas del hacinamiento y del estrés.

Cómoda y líder

El monocultivo de la soja ocupa el ban­quillo de los acusados, pero continúa, con éxito, en carrera ascendente. Muy cómoda en su papel de líder de las exportaciones argentinas, la soja por sí sola representa el quinto (20 %) del total de lo que se vende al exterior. Para alcan­zarla deberían unirse, por ejemplo, los complejos exportadores automotriz (9,9 %) y el petróleo y gas (11,2 % aproximados).

Atrás quedan el maíz y el trigo (granos, harinas y aceite) que rondan el 5 % (cada uno y por semestre), de las exporta­ciones argentinas.

Este ańo serán sembradas 16 millones y medio de hectáreas para producir unas 49 millones de toneladas de soja y res­ponder a las expectativas internacionales. Junto con Brasil, nuestro país va camino a convertirse en el primer exportador mundial detrás de Estados Unidos, lugar que ya ocupa sin sobresaltos como pro­veedor global de harina y de aceites derivados de la soja. Consciente de que su destino es la nutrición animal, la soja argentina se embarca hacia China y hacia la Unión Europea, ya sea como harina (un 47%), aceite (32 %) o porotos (21 %). Mientras que Estados Unidos reduce todo el tiempo sus áreas sojeras y las cambia por maíz, que afecta menos el suelo, y que servirá para producir bioetanol, ella avanza a pesar de todas las advertencias.

Nutrición y cultivos

Requerimientos nutricionales de diferentes cultivos (kilogramos que deben

ser absorbidos para producir una tonela­da de grano o MS (materia seca)


Requerida

Asiática por nacimiento, se sumó en la década del 60 al proceso de siembra de granos de la región agrícola pampeana, y creció hasta abarcar hoy el 50 % de la producción granífera nacional. Ya no es una recién llegada que busca su lugar, sabe que la necesitan en un modelo sus­tentado en las exportaciones agrícolas, y que en la era de los biocombustibles, el mundo reclama cada temporada 10 millo­nes más de toneladas de esta oleaginosa. Durante la última década, el área pro­ductiva de soja, en el país, trepó un 126 % a expensas de la tierra donde se produ­cía leche, maíz, trigo, arroz, algodón, sorgo, en las áreas marginales donde ha­bía ganadería y en las regiones de bos­ques nativos, según el investigador Wal­ter Pengue y el agroecologista chileno y profesor universitario de Berkeley, Cali­fornia, Miguel Altieri.



La razón surge de una combinación que se lanzó con éxito durante la campańa agrícola 1996-1997. Mientras el gobierno autorizaba el uso de semillas RR (trans­génicas) modificadas para resistir al her­bicida glifosato, se difundía el estilo de siembra directa, más rápido y conve­niente (hoy es el preferido por el 70 % de los productores). Esa línea de largada culminó en la última campańa con la cosecha de 94 millones de toneladas de granos, de las cuales un poco menos de 47 millones fueron de soja. El incremento notable de la producción de granos había alcanzado la cifra récord de 74 millones de toneladas en el período 2002-2004, sobre una superficie cultivable de 27 mi­llones de hectáreas que hoy se aproxi­man a 35 millones. Para entender el sig­nificado de esa superficie, basta conside­rar que se aproxima al 10 % del total de la superficie argentina, y que las estima­ciones oficiales y privadas indican que se ocupará, en una década, casi el 30 % del país con áreas agrícolas, cueste lo que cueste.

Equilibrio y rotación

"No es la soja la causante de todos los ma­les, sino la falta de un adecuado planteo de siembra directa con rotación de gramíneas y fertilización balanceada, que son las bases de un manejo agronómico sustentable", in­dicó la ingeniera agrónoma de la Esta­ción Experimental del INTA Manfredi (Córdoba), María Basanta. "El monocul­tivo de la soja por su facilidad de implanta­ción y manejo fue reemplazando a la rota­ción de cultivos, en desmedro de la biodi­versidad del agro-ecosistema, favoreciendo la continuidad de los ciclos de vida de determinadas especies de plagas (insectos), patógenos (hongos, virus y bacterias) y ma­lezas", según Basanta. Para esta especia­lista en la relación del carbono con el crecimiento de los cultivos, "cualquier especie bajo un esquema de monocultivo ocupando grandes superficies, como es el caso de la soja hoy, tiene alta probabilidad de ocasionar problemas ambientales y agro­nómicos".

Suelos más ácidos

"En la Región Pampeana se estima que exis­ten alrededor de 16 millones de hectáreas afectadas por procesos de acidificación ubi­cadas principalmente en el norte de Buenos Aires, centro y sur de Santa Fe, sudeste de Córdoba y noreste de La Pampa, que dismi­nuyen la productividad de los suelos", apunta el ingeniero agrónomo Roberto R. Casas, director del Instituto de Sue­los, INTA Castelar. La acidificación del suelo es un indicador del desequilibrio que genera el monocultivo, por pérdida de nutrientes debido a los fertilizantes químicos de alto índice de acidez. En suelos marginales, como la cuenca de­primida del Salado o en las tierras jóve­nes del Norte recientemente desmonta­das, la desaparición de materia orgánica y los desequilibrios son más veloces. Los suelos argentinos tienen un nivel de aci­dez, de Ph 6 para abajo, fluctúan entre
fuertemente ácidos (5.1 a 5.5 que es un indicador de deficiencia de calcio,.potasio, magnesio, fósforo, azufre y baja materia orgánica) y moderadamente ácidos (Ph 5.6 a 6). El procesó de acidificación pro­voca variaciones desagradables en la di­námica de los nutrientes: aumenta la concentración de hidrógeno, aluminio y manganeso e inmoviliza con deficiencia el fósforo, calcio, magnesio y molibdeno.

RETENCIONES

En estos días, las retenciones aumentaron. En el caso de la soja, la retención se incre­mentó del 27,5 al 35%; para el trigo pasó del 20 al 28% y para el maíz la alícuota subió del 20 al 25%, en tanto que los aceites tendrán una suba de entre 8 y lo puntos, según las categorías.

Compactos

Los organismos oficiales no esconden ninguna de las consecuencias que provoca la denominada soja-dependencia en la Argentina. "La siembra directa con­tinua densifica los suelos. El tránsito origi­nado por los equipos de siembra y cosecha, agravado por las condiciones de humedad y por la pérdida de materia orgánica afecta la permeabilidad, la productividad y otorga a los suelos menor capacidad de resistir estos procesos de degradación", dice la conclusión de un ensayo del INTA realizado en la localidad santafesina de Juncal, en un campo donde se practicó durante 20 ańos consecutivos siembra directa. "Como resultado de la larga secuencia agrícola, la mayoría de los lotes pierden estabilidad estructural, macroporosidad y agregación", concluyó el reconocido técnico Gustavo Ferrraris, del INTA-Pergamino, tradi­cional polo sojero de Buenos Aires.

Exportación de nutrientes


Se acusa a la soja de ser responsable de la disminución acelerada de la fertilidad de los suelos argentinos. Cada ańo con­sume altas cantidades de minerales que no se reponen mediante la aplicación de fertilizantes y que son exportados con los granos. La página de Internet de la Dirección de Agricultura de la Secreta­ría de Agricultura, Pesca y Alimentos SAGPyA, es contundente al explicar: "La falta de reposición de los nutrientes en relación con la extracción, entre otros, es responsable de que estos suelos (argentinos) vayan perdiendo su alta fertilidad natural.

Los nutrientes se encuentran en cantidades no suficientes para el crecimiento y el desa­rrollo de los cultivos, limitando sus rendi­mientos". En ese cuadro, los números oficiales son reveladores: "Para producir una tonelada de grano, la soja extrae 16 ki­logramos por hectárea de calcio, 9 kg de magnesio, 7 kg de azufre, 8 kg de fósforo, 33 kg de potasio, y 80 kg de nitrógeno". Y la ingeniera Basanta explica: “El rastrojo es el residuo de la planta que tiene la fun­ción de retornar al suelo parte de los nu­trientes extraídos, y el de la soja está carac­terizado por una baja relación entre el car­bono y el nitrógeno (C/N), lo que implica una alta velocidad de descomposición". No ocurre lo mismo con los rastrojos del maíz, del girasol y de otros cultivos que tienen más carbono que nitrógeno y tardan en descomponerse.

Frontera agrícola

La mayoría de los productores argentinos no cuestionan los peligros del monocul­tivo. Atados a una mejora de los rendi­mientos (hay que superar los tres mil ki­logramos de soja por hectárea) para hacer frente a los costos de comercialización, impuestos, insumos y arrendamientos cada vez más caros, también son seducidos por los altos precios del mercado. Ex­pandir la frontera agrícola es un desafío: tendrá como escenario las provincias de Chaco y Santiago del Estero, donde se­rán sembrados lotes que antes se desti­naban al girasol, al algodón o había montes nativos, y en la cuenca deprimi­da del Salado, tradicional zona de cría ganadera. Allí, donde antes se veían ter­neros, ahora se observan los primeros intentos por ganar quintales de soja.

Exterminio


"En 1914 había 105 millones de hectáreas de bosques autóctonos. Es decir, un tercio de la superficie, nacional. En 1994 queda­ban 35 millones de hectáreas. En menos de un siglo, perdimos dos tercios de nuestro pa­trimonio forestal", seńaló en un docu­mento el ingeniero forestal Carlos Me­renson, uno de los funcionarios que abrió el sector a la opinión pública cuando estuvo a cargo de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación (1993). Los técnicos ase­guran que con la introducción de soja transgénica, sólo entre 1998 y 2002, el área forestal se redujo en más de 900 mil hectáreas, lo que para Merenson es "un exterminio".

LEY DE BOSQUES

La ley de Bosques tuvo media sanción de la Cámara de Diputados y pasó al Sena­do. Fomenta la protección y el incremen­to de la actual superficie de bosques na­tivos, prohibe el desmonte sin autoriza­ción competente y pretende que en el plazo máximo de un ańo, cada provincia evalúe la existencia de distintas unida­des de bosques. La ley menciona diferen­tes categorías de conservación en fun­ción del valor ambiental de las especies, y considera que, mediante el ordena­miento territorial participativo, podrá organizarse el uso productivo del suelo.

En este avance sin retrocesos, la soja transgénica que se cultiva en la Argentina requiere, por ańo, más de 180 millones de litros del herbicida glifosato, mien­tras se deslizan verdaderos ríos de otros agroquímicos: 1.300.0.00 de toneladas de fertilizantes y unas 150 mil toneladas de plaguicidas.

Pero, entonces, qué pasa cuando un sue­lo se agota? Aparece la típica velocidad de reacción nacional y comienzan a rotarse los cultivos a favor de los suelos, con especies menos exigentes como el sorgo granífero que comenzó a crecer, y también son valorarlos los fertilizantes de origen biológico con microorganismos vivos. En fin, una cuestión de conciencia, para que mientras haya vida, siempre exista la esperanza.

CULTIVOS ORGÁNICOS

En el extremo de lo transgénico, están los cultivos orgánicos, sin agroquímicos ni contaminantes, que ocupan el 1.8 % de las divisas agrícolas argentinas. Para Gonzalo Roca, presidente del Movimien­to Argentino para la Producción Orgánica (MAPO)," lo orgánico representa la parte limpia del negocio agropecuario". Se producen unos 65 rubros, en casi dos millones de hectáreas, entre ellos soja, que se procesa en Fontezuela, departa­mento de Pergamino (Buenos Aires). "Es importante incentivar la educación orgá­nica en las universidades del país para que los jóvenes se acerquen a herra­mientas distintas en el planteo agrícola", predica Roca.

Más info

http://www.sagpya.gov.ar/


www.indec.gov.ar/nuevaweb


http://www.iade.org.ar/


http://www.inta.gov.ar/


http://www.agendaestrategica.com.ar/


http://www.produccionbovina.com/suelos_ganaderos/58-soja.htm

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