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17 de julio de 2008

SEGUN BAILA EL MONO CAPITULO 2


En una nota en la revista ventitres - Riquezas y pobrezas de La Nación- Marcelo Zlotogwiazda - (número 523 10/07/08) toma un par de notas del diario LA NACION que se hayan en evidente contradicción, contradiccion que de tanto repetirse nos muestra el corazón del diario...

contradicciones anteriores: INCREIBLES DISCURSOS CAMBIANTES!! ENTRE EUROPA Y NOSOTROS

Piquetes según como baila el mono???

Ahora, desde Registromundo buscamos las dos notas a las que se refiere Zlotogwiazda en su artículo...

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Jueves 17.07.2008 Actualizado (actualizado hace 14 días)

Estados Unidos: grandeza e impuestos

Por Carlos Escudé
Jueves 3 de julio de 2008

Ver opiniones de lectores (17)

Los Estados Unidos cumplen 232 años, y la efeméride suscitará comentarios en el mundo entero. Entre otros temas, se hablará de las elecciones venideras, la aparente superación del racismo, la persistente tentación de la tortura y la interminable guerra de Irak. Sin embargo, desde América latina es tiempo de pasar revista a una fuente a menudo olvidada de la grandeza norteamericana: el acatamiento ciudadano y empresario, aun a regañadientes, a la hora de pagar impuestos.

Es verdad que a nadie le gustan esos desembolsos, y los estadounidenses no son la excepción. ¿Qué mejor ejemplo que la Rebelión del Whisky, de 1794, cuando los granjeros de Pensilvania se rebelaron contra el impuesto a esa bebida, portando estandartes con el lema "Libertad, igualdad, fraternidad"? En la reciente reedición de su clásico Federal Taxation in America , publicado conjuntamente por el Centro Woodrow Wilson y la Cambridge University Press, W. Elliot Brownlee nos recuerda que el presidente George Washington despachó quince mil soldados para obligar a los rebeldes a deponer las armas.

Por cierto, la república norteamericana debe parte de sus éxitos a que, pese a la permanente oposición de fuerzas conservadoras, sus padres fundadores se inclinaron por un principio sentado por Adam Smith en La riqueza de las naciones , que postula: "No es muy irrazonable que los ricos contribuyan a los gastos públicos, no sólo en proporción a sus ingresos, sino en una relación algo mayor" (Libro V, capítulo II). Esta es la premisa que subyace a la tributación progresiva auspiciada por líderes del siglo XX como los presidentes Theodore Roosevelt, Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt, que bregaron por el bienestar social capitalista.

El primer Roosevelt abogó por la aplicación de un impuesto progresivo a los ingresos, con el que ya se había experimentado durante la Guerra de Secesión. Aspiraba a que su Partido Republicano se asimilara al progresismo demócrata. A su vez, Wilson no sólo implantó impuestos progresivos a los ingresos y a la herencia, sino que financió la participación norteamericana en la Primera Guerra Mundial con un "impuesto a las ganancias excesivas". El y su secretario del Tesoro, William McAdoo, llevaron a cabo esfuerzos épicos para hacer de Estados Unidos un país igualitario. Pusieron sobre la mesa la espinosa cuestión de si era verdad que la corporación moderna es el motor de la productividad (al que la política fiscal debe alentar), o si, por el contrario, es un depredador natural (al que la política fiscal debe domar).

El impuesto a las ganancias excesivas, que tuvo vigencia durante ambas conflagraciones mundiales y la guerra de Corea, establecía una tasa de retorno "normal" para ciertas producciones cuyo precio de mercado había aumentado exorbitantemente. A las ganancias que superaran ese umbral se les cobraba un impuesto adicional y progresivo. La ley de ingresos de 1917 estableció un impuesto del 65 por ciento sobre las ganancias que fueran superiores en un 30 por ciento a las definidas como normales.

Aunque Wilson aspiraba a perpetuar su vigencia, este impuesto fue derogado en 1921, cuando los republicanos retomaron las riendas. Sin embargo, conservadores esclarecidos, como el secretario del Tesoro, Andrew W. Mellon, gran industrial y filántropo, impidieron que la reforma de Wilson fuera completamente descartada. Cuando, ya en plena depresión, el demócrata Franklin D. Roosevelt fue elegido presidente, resurgió la tendencia distribucionista.

Durante sus primeros años en la Casa Blanca, a Roosevelt le resultó difícil hacerse valer en materia impositiva. A pesar de ello, en 1935 creó el sistema de seguridad social. Desde entonces avanzó de la mano de grandes progresistas, como los secretarios del Tesoro y del Interior, Hans Morgenthau y Harold Ickes. En 1936, implantó un impuesto progresivo a las ganancias corporativas no distribuidas, que se sumaba al de los ingresos de las empresas. Y en 1937 estuvo tentado de identificar públicamente a aquellos hombres muy ricos que, sin evadir impuestos, usaban ar- tilugios legales para pagar menos. Equiparó moralmente el acto de evitar pagar impuestos mediante ardides de leguleyo con el delito de evadirlos.

La recesión de 1937-38 significó un retroceso para estas políticas. Pero en 1940 la marea volvió a revertirse y Roosevelt consiguió imponer otra vez el impuesto graduado a las ganancias excesivas. A partir de 1942, ya perpetrado el bombardeo japonés a Pearl Harbor, la tasa sobre dichas ganancias alcanzó un máximo del 90 por ciento.

Roosevelt, todo un emblema del patriciado estadounidense, llegó a decirle al Congreso en 1943 que, en una emergencia nacional, "ningún ciudadano debe tener un ingreso anual posimpuestos de más de 25.000 dólares". En su concepción, todo el excedente debía usarse para el bien común. El resultado de su política fue que, hacia 1945, el uno por ciento más rico de los hogares norteamericanos aportaba el 35 por ciento de los impuestos a los ingresos personales, a la vez que éstos representaban el 40 por ciento de la recaudación total del fisco, correspondiendo otro 33 por ciento al impuesto a los ingresos corporativos (Brownlee, p. 116).

No obstante, la clase media aportó lo suyo. Fue alentada por la propaganda del Estado, que a veces infundió el patriotismo fiscal de manera deliciosamente ingenua. El prolífico y talentoso Irving Berlin fue contratado para componer una encantadora canción titulada I Paid My Income Tax Today ("Mi impuesto al ingreso hoy pagué"). Y Walt Disney produjo un cortometraje, El nuevo espíritu , con la actuación estelar del Pato Donald. En 1942 fue visto por más de treinta y dos millones de personas. En el film, el pobre Donald se toma una aspirina antes de cumplir con el duro deber de llenar el formulario, pero descubre aliviado que el trámite será menos doloroso gracias a las deducciones a que tiene derecho por la manutención de sus tres sobrinos. Luego visita Washington y comprueba que sus dólares enriquecerán los arsenales con que su país ganará la guerra.

En síntesis, ésta es la historia de cómo se forjó el sistema de imposición progresiva de Estados Unidos. Terminada la guerra, quedaron en pie la mayoría de los avances auspiciados por Roosevelt, haciendo de ese país una sociedad más justa y viable. Ni siquiera la "revolución de Reagan" logró modificarlos en lo sustancial, y sólo las más recientes innovaciones de George W. Bush representaron una amenaza para los consagrados principios progresistas.
Hubo, sin embargo, retrocesos puntuales. Un impuesto derogado después de la Guerra de Corea fue el de las ganancias excesivas. No obstante, un tributo similar, camuflado bajo otro nombre, renació en 1980. Su historia revela aspectos de la política estadounidense muy poco conocidos entre nosotros.

Ocurrió que, en 1971, el republicano Richard Nixon impuso un congelamiento de precios y salarios. Al expirar la norma, en 1973, el Congreso mantuvo controlado el precio del petróleo comercializado dentro del país para evitar que las familias pobres pasaran frío debido al aumento del precio internacional de los hidrocarburos. Cuando a fines del mandato de Jimmy Carter, presiones políticas obligaron a terminar con esa intervención, se sancionó la ley 96-223, que impuso un impuesto especial y progresivo de hasta el 70 por ciento a las ganancias extraordinarias de las empresas petroleras. Se evitó el conflictivo concepto de "ganancias excesivas" y en su lugar se apeló al término windfall profits , que sugiere ganancias caprichosas generadas por los vientos de la historia.

Ronald Reagan aprovechó la recaudación generada por aquel impuesto, que no se derogó hasta 1988. Y en la antesala de una nueva presidencia, Barack Obama y Hillary Clinton se han pronunciado a favor de reimplantarlo.
Casi como aquí con la soja. Pero siempre, por supuesto, con aval legislativo, porque como decían los patriotas de Boston en 1765, la tributación sin representación es tiranía.

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1026769

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Editorial II
No se debe gravar la renta financiera


Noticias de Opinión: anterior Domingo 29 de junio de 2008
Ver opiniones de lectores (20)

Luego de que el jefe de Gabinete anunciara que estaba en estudio gravar las rentas financieras hoy exentas, dos días después el mismo funcionario desmintió que el Poder Ejecutivo se propusiera enviar al Congreso un proyecto con tal fin. El primer anuncio tuvo repercusión inmediata en un momento de incertidumbre, en el cual se producía un desplazamiento de depósitos bancarios hacia la compra de moneda extranjera. En alguna medida, la insinuación de incluir los intereses como renta gravada provocó una suba de la tasa de interés que los bancos debían ofrecer a los ahorristas para retener sus depósitos y poder solventar así su cartera de préstamos. El efecto negativo sobre el crédito, la producción y el consumo, que puso en evidencia la sola noticia, llevó rápidamente luego a rectificar la decisión de avanzar en la iniciativa. Sin embargo, quedó la sensación de que el Gobierno sigue buscando nuevas fuentes de recursos para apuntalar una situación fiscal que se proyecta con dificultades y que además está ensayando caminos que confirman una cierta visión anticapitalista.
Es conveniente por lo tanto profundizar el análisis de medidas como ésta que pueden aparentar un efecto redistributivo, pero que en rigor afectan resortes de la economía que son esenciales para que el sistema productivo y el comercio puedan desenvolverse y no sean negativamente afectados perjudicando la creación de empleo y de bienestar.
El sistema financiero juega un papel esencial en las economías modernas. Es el instrumento para canalizar los ahorros de las personas y las empresas hacia la inversión productiva. El sistema financiero solventa además el crédito que permite a las familias de ingresos medios y bajos acceder a la vivienda o a la compra de electrodomésticos y otros bienes que mejoran su calidad de vida.
El paso del dinero a través de las instituciones bancarias facilita el control de la evasión y dificulta la economía informal y el trabajo en negro. Los países adelantados presentan una muy elevada bancarización. En algunos casos, la masa de los depósitos alcanza cifras cercanas a las del Producto Bruto Interno (PBI). En la Argentina, la relación del total de los depósitos con el PBI es de sólo el 19 por ciento, lo cual muestra la escasa propensión a emplear el sistema. Naturalmente en este rasgo influye la memoria sobre el maltrato hacia los depositantes que se produjo en las crisis fiscales y financieras que conoció nuestra historia. Recuérdese el corralito y el corralón de fines de 2001 o el Plan Bonex de 1990. También influye negativamente el impuesto a las transacciones financieras, más conocido como impuesto al cheque, que grava con una alícuota nada desdeñable los depósitos, extracciones y transferencias entre cuentas.
Si de lo que se trata es de compensar los efectos de este impuesto o de disipar los recuerdos de confiscaciones y bloqueos para así generar confianza, lo peor que puede hacerse es insinuar nuevas medidas que afecten a los depositantes. Ha sido por ello desafortunada la aparición de la noticia del gravamen a la renta financiera aunque se haya desmentido posteriormente.
También circuló en días pasados la mención oficial de que se incorporaría al impuesto a las ganancias, las que provengan de la compraventa de acciones o de otros activos por parte de personas físicas. Este tipo de ganancia no está actualmente alcanzado por el impuesto cuando las operaciones no son habituales. Se evita así gravar aumentos de precios ocurridos meramente por la inflación o bien duplicar la carga impositiva cuando una acción se ha valorizado por un esfuerzo de inversión o por haber dado ganancias que ya a su vez debieron tributar. También en este caso la sola mención de la posibilidad de implantar este impuesto impactó negativamente sobre el mercado de acciones. Se puede desvirtuar de esa forma el propósito de expandir este mercado, tan necesario para la inversión productiva y tan poco desarrollado en la Argentina.
Por el bien de nuestra economía y del bienestar futuro de los argentinos, en particular de los que necesitan trabajo y un buen salario, estos proyectos deben ser definitivamente archivados y debe cuidarse de hacer anuncios como los que aquí hemos comentado.

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1025704

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