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25 de septiembre de 2008

Banderas ochentistas y deuda siglo veintiuno


Veintitres
Por Marcelo Zlotogwiazda

Banderas ochentistas y deuda siglo veintiuno

24-09-2008 / La bandera ochentista del no pago de la deuda ilegítima quedó sepultada por los sucesivos canjes que modificaron por completo el cuadro de los acreedores, e incluso buena parte ya había sido pagada con los activos que se privatizaron.

Marcelo Zlotogwiazda Tres o cuatro consignas bastaban en la primavera democrática de 1983 para caracterizar al militante de centroizquierda:
Aparición con vida y juicio y castigo a los culpables de las violaciones a los derechos humanos.
Nacionalización de la banca y del comercio exterior.
No al pago de la deuda externa fraudulenta.

El alfonsinismo avanzó parcialmente y con contramarchas en el primero de los temas. Nunca hizo suya la segunda de las banderas. Y cerró las pequeñas hendijas que se habían abierto para investigar y discernir cuánto de la deuda externa heredada era ilegítima y cuánto no.

Quizás aquel pecado de origen, al que luego se sumaron renegociaciones nada convenientes como el Plan Brady, la aceptación de los títulos de la deuda como parte de pago de las privatizaciones (ambas durante el menemismo), y el megacanje durante la Alianza, sirvan como pistas para llegar a comprender por qué veinticinco años después cualquier cosa parecida a pagar deuda externa es para algunos una medida incorrecta, de derecha, injusta, regresiva. Los cuatro calificativos juntos para que no queden dudas. Hay como un reflejo muy a flor de piel que reacciona mal ante el pago de deuda externa, independientemente de las circunstancias.

Está mal por principio. Es un axioma. Hay que oponerse y rechazar el pago sin hesitar.
Pasó hace algunas semanas con el anuncio de la cancelación de la deuda con los Estados miembros del Club de París. En aquella ocasión, desde algún progresismo y toda la izquierda se argumentó sin fundamentos sobre la ilegitimidad de lo adeudado y hubo cuestionamientos al uso de las reservas del Banco Central para ese fin y no para cancelar alguna deuda social. ¿Por qué no invertirlas en vivienda, hospitales, escuelas, caminos o centrales eléctricas? ¿O acaso no se podría distribuir el dinero entre jubilados y pobres?, se preguntaba esta columna a comienzos de septiembre. Y contestaba: la respuesta no es simpática ni obvia. Si los problemas se resolvieran repartiendo dinero o gastando más desde el Estado, ni siquiera haría falta usar los dólares. Bastaría con imprimir el equivalente en pesos. Lo que habría que discutir, entonces, es el riesgo inflacionario de una expansión monetaria, sea de pesos o dólares. Podría argumentarse que si el temor es a una presión de demanda, una alternativa podría ser usar los dólares no en el mercado interno sino para importar y repartir, por ejemplo, alimentos, medicamentos, o comprar llave en mano equipamiento hospitalario, por ejemplo. Es un planteo transgresor, complejo, y demasiado utópico para la realidad dominante.

Volvió a suceder a partir del lunes pasado, cuando se conoció el preacuerdo entre el Gobierno y tres bancos internacionales para encarar el canje de bonos de tenedores que no entraron a la renegociación del 2005 (conocidos como holdouts), y el refinanciamiento de parte de los vencimientos de los próximos dos años.

Se trata de pagar deuda externa. Eso es intrínsecamente malo. Hay que estar en contra.
Dejando de lado dogmatismos pueriles y anacrónicos, la noticia tiene varios planos de análisis. Desde el punto de vista macroeconómico, lo más importante es que la operación en su conjunto despejaría bastante el panorama de vencimientos de la deuda para los próximos dos años. El cronograma venía de por sí cargado para el 2009, y la perspectiva se había complicado algo más por el blooper que cometió el Gobierno con la última colocación de bonos al gobierno de Hugo Chávez a una estrafalaria tasa del 15 por ciento.

La operación despejaría el horizonte y terminaría con los infundados temores sobre un default debido a que, por un lado, el Gobierno patearía muchos años para adelante los vencimientos de los llamados Préstamos Garantizados (que serían canjeados por el bono denominado Discount), y porque además recibiría no menos de 3.000 millones de dólares de dinero fresco. El grueso de esos fondos cash provendría de la cláusula según la cual por cada 1.000 dólares que los holdouts canjearían por Discount el inversor debe suscribir 250 dólares de un nuevo bono a 10 años. El resto del dinero fresco deriva de una cláusula similar para los Préstamos Garantizados que se refinancien.

Volviendo a los cuestionamientos, hay quienes critican al Gobierno por mostrarse dispuesto a reconocer la deuda con los holdouts, como si los 20.000 millones de dólares de bonos que no ingresaron al canje de 2005 pudieran ser ignorados de por vida por el hecho de que no aceptaron las condiciones originales.

Otro plano de análisis es el estrictamente técnico, donde se debería verificar que el canje con los holdouts se concrete en condiciones “más ventajosas para la Argentina”, tal como afirmó la Presidenta el lunes pasado. Pero esa evaluación requiere de información que todavía no fue revelada en detalle.

La bandera ochentista del no pago de la deuda ilegítima quedó sepultada por los sucesivos canjes que modificaron por completo el cuadro de los acreedores, e incluso buena parte ya había sido pagada con los activos que se privatizaron.

La deuda es la que es, y a menos que se quiera repetir un default, no hay otra alternativa que pagarla o refinanciarla. Si razonablemente se descarta la primera opción, lo que queda es definir la mejor manera de hacer lo que normalmente hacen los deudores.
zlotogwiazda@hotmail.com


1

http://www.elargentino.com/nota-7767-Banderas-ochentistas-y-deuda-siglo-XXI.html

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